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Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación

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Editorial de la revista la tarea, núm. 7

Guadalajara, México., diciembre de 1995

De entre todas las profesiones, la de los maestros de educación básica es la que siempre ha estado sujeta a acciones permanentes de innovación formativa y de un intento de constante mejoramiento de su ejercicio docente.

     Un ejemplo de lo que ha sucedido en los últimos años es la modificación de los planes de estudio de educación Normal en la década de los ochentas, la nueva currícula del Programa de Educación Preescolar (PEP ’92), los nuevos planes y programas para la educación primaria y secundaria, producto del Acuerdo Nacional para la Modernización de la Educación Básica (ANMEB) y los programas emergentes para la actualización de maestros a partir de 1992.

     Sin embargo, el trabajo educativo sigue padeciendo el secular problema de una práctica docente tradicional o deficiente, por más reformas, cambios y modificaciones que se hacen. Entre alguna de las causas hipotéticas que propician ese problema está la confusión, y por lo tanto la operación, de lo que constituye la formación, capacitación y actualización docente, ya que se parte de una concepción en la que este tipo de tareas y acciones se diseñan "desde afuera y desde arriba" y no "desde adentro y desde abajo", en donde necesariamente se parta de la recuperación de las experiencias y las expectativas de los maestros de grupo.

     Partiendo de una caracterización elemental, podríamos referirnos a la formación, como el conjunto de aprendizajes teóricos y de índole técnico, que permiten al profesor estar habilitado para ejercer de una manera verdaderamente pedagógica la docencia.

     Por su parte, la capacitación se puede entender como toda acción específica destinada a desarrollar algún tipo de habilidad o adiestramiento en quienes ya están en servicio, a fin de mejorar su capacidad de trabajo educativo. En tanto que la actualización es el conjunto de actividades y saberes destinados a operar cambios innovadores que las reformas proponen y las necesidades exigen.

     En ninguno de los tres casos, los procesos de modernización se han ejercido con sapiencia y holgura, con profundidad y sistematicidad; porque resulta que a pesar de todos los cambios invocados en su nombre y publicitados constantemente, una verdadera transformación sigue siendo sólo una aspiración; todo ello sin demérito de las acciones, esfuerzos y avances logrados en los últimos años, tanto por parte de los maestros como de instructores. Sin embargo, es necesario puntualizar algunos problemas que requieren ser atendidos a corto y mediano plazo.

     Un primer problema podemos ubicarlo en lo curricular y en particular en los planes y programas de estudio, los cuales fueron hechos nuevamente sin los referentes diagnósticos y evaluaciones necesarios. Así, por más que se hayan realizado esfuerzos en construirlos con una tónica modernizadora, adolecían de haber sido concebidos nuevamente por expertos de cubículo y con ello, muy lejano a las condiciones y circunstancias que operan en nuestros cotidianos salones de clase, en la escuela y en el contexto social. Agreguemos a ello el aberrante desajuste respecto a que en las escuelas Normales no se han actualizado las currículas por lo que sus egresados siguen siendo formados en paradigmas también desfasados y sujetos a corrientes educativas que no tienen ya nada que ver con lo que se requiere en educación básica. Pero hay más. La estrategia encaminada a la actualización magisterial para empalmar el proyecto de modernización con las plantillas docentes ha sido un verdadero fracaso: cursos fulminantes, improvisados, con asesores deficientes y operados en condiciones precarias, salvo honrosas excepciones; resultado: simulación cognitiva y técnica. Agreguemos a ello que las condiciones institucionales en donde se ejerce la labor educativa siguen siendo idénticas, con toda la dosis de monolitismo personificado por directivos y funcionarios que en la práctica son los principales obstáculos, al pretender impulsar los cambios en cada escuela, zona escolar o sector.

 

Otros problemas a enfrentar son los siguientes:

  1. Falta de coordinación y colaboración real y sistemática entre las instituciones formadoras de docentes.

  2. La educación Normal sigue sujeta a una estructura anquilosada donde las autoridades administrativas no han promovido aquellos cambios orgánicos que conviertan verdaderamente a las escuelas Normales en instituciones de educación superior, con: autogestión curricular, investigación, difusión, planeación, ejercicio académico colegiado y una suficiente cobertura presupuestaria.

  3. Algunas instituciones, como las unidades de la Universidad Pedagógica Nacional de Jalisco, lejos de avanzar por este camino, enfrentan hoy la intransigencia de las autoridades que pretenden constreñir el proyecto académico, definido en términos de su normatividad orgánica a partir de una rectoría nacional, a un manejo administrativista. Está claro que la operación de los recursos humanos, materiales y financieros fueron transferidos al Sistema Educativo Estatal; de la misma manera debería estarlo el que las iniciativas, innovaciones y propuestas académicas corresponden a la esfera rectora nacional. Esta cerrazón en no entender lo anterior, que para los trabajadores es inobjetable, es lesivo para el desarrollo profesional de los mismos y de sus proyectos institucionales.

  4. En muchos casos el desempeño profesional de los formadores de docentes deja mucho que desear, no existe actualización ni capacitación; en otros casos, ni estudios de licenciatura poseen; los "conocimientos" que tienen se han hecho rígidos y anacrónicos.

     El proceso de formación y actualización de docentes deberá, cada vez más, retomar la experiencia cotidiana del maestro, para recuperar lo valioso y superar los vacíos y las ineficiencias. Los cursos de actualización, que parten del supuesto de que los mismos contenidos se pueden ofrecer de manera indistinta a todos los maestros, están condenados al fracaso.

     La polémica de hacer docentes-investigadores o hacer investigación de la docencia, se debe superar en los hechos a través del uso que los docentes hagan de los resultados de investigación.

     La situación actual del país, la crisis económica que hoy se vive, la globalización de la economía, la democratización de la sociedad, los cambios científicos y tecnológicos, plantean nuevos escenarios y nuevos retos a la formación y actualización de docentes.

     Es aquí donde el sindicato tiene mucho que decir y mucho que ofrecer; creemos que estamos en tiempo para que la organización sindical se inserte con propuestas, planes y organización en el trabajo de actualización y capacitación.
    Se trata de que, desde la perspectiva de los trabajadores y con su concurso, se construyan e instrumenten paradigmas innovadores que transformen la práctica docente de la educación básica, Normal, especial, indígena, para adultos, entre otros niveles y modalidades posibles.

     Lo anterior constituye, sin duda alguna, una impostergable tarea que tenemos obligatoriamente que estar siempre atendiendo. Vaya pues esta modesta aportación, a través de las páginas de este número, como un esfuerzo para problematizar y encontrar algunas salidas al reto que nos plantea, ahora más que nunca, la formación, capacitación y actualización de docentes.