Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación

No.

15

(quince)

SECCIÓN

páginas

de la 01 a la 02 de 144

editorial

Guadalajara, México - Junio de 2001

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En esta tarea que nos hemos echado a cuestas, en el ir y venir por el campo donde suceden los hechos educativos, fuera y dentro de las escuelas, nos hemos acercado a una gran diversidad de asuntos que tienen que ver con la educación. Así, indagamos lo que sucede con las prácticas educativas en las relaciones de género; nos aventuramos a investigar acerca de la historia de la educación y la enseñanza de la historia; analizamos experiencias y propuestas de la educación a distancia; nos asomamos a ver el futuro que nos espera con la incorporación de las tecnologías de la información y la comunicación en las prácticas educativas y otros temas que han resultado muy interesantes, entre ellos los tratados en cada una de las secciones de la tarea, que enmarcan, en un contexto de historia, cultura y buen humor, la esencia temática de cada número.

Ahora, este número se lo dedicamos al curriculum, pero sin limitarnos a una tira de materias o espacios curriculares encerrados en un plan de estudios, que luego un administrador escolar se encarga de acomodar en cuadros de doble entrada para que cada contenido de aprendizaje, legitimado oficialmente, se atienda en el lugar y tiempo determinado y de acuerdo a la manera en que el profesor interprete el curriculum y a los modos de aprender y enseñar que conozca y quiera.

Es de lo más común que los profesores y profesoras platiquemos de nuestra permanente preocupación en relación con el avance de los programas escolares, especialmente tratándose de educación básica, cuando directivos y docentes tienen el cuidado de ir cumpliendo planes y programas de estudio día por día, semana por semana, mes por mes, bimestre por bimestre, semestre por semestre y año por año. Que cada espacio curricular y cada contenido de aprendizaje programado oficialmente sea debidamente cumplido en tiempo y forma. Y cuando decimos tiempo y forma, es en tiempo y forma, lo que para nada significa que también sea cumplido en fondo y significado, esto no parece interesar, y cuando interesa, no es fácil encontrarlo y menos analizarlo, criticarlo, recrearlo y proponer en consecuencia. Porque el fondo, la esencia y verdadero sentido del curriculum no se deja encerrar entre los cuadros de un plan de estudios, y menos en tiempos y espacios escolares, más bien se va cruzando, enhebrando y mezclando en las prácticas educativas cotidianas, muchas de las cuales no sólo sin que sean planeadas por el docente, sino incluso, sin que éste se dé cuenta.

No cabe duda que, como se dice en uno de nuestros artículos: "El curriculum escolar oficial es la propuesta de quienes detentan el poder, mientras que el curriculum real es el que viven cotidianamente los estudiantes y los profesores". Y es, precisamente, de este curriculum real del que queremos hablar en este número, refiriéndonos no tanto a los espacios curriculares que se traducen en horas y lugares de enseñanza; sino a los ámbitos, dimensiones y procesos de formación que atraviesan e impregnan todo el curriculum y que está en la base de todo proceso de formación, algunas veces diseñados intencionalmente como ejes transversales o fundamentos de una propuesta curricular, y otras de manera natural y espontánea, como un curriculum no expresado como aprendizajes que vamos viviendo y bebiendo en la cotidianidad escolar y más allá de la escuela.

Así, la democracia aprendida no es la que dicen los libros y los docentes predican, sino la que se vive en las relaciones de poder de todos los días con compañeros y autoridades escolares. Lo mismo podemos decir de la honestidad, el cuidado del medio ambiente, el respeto a la diversidad, la justicia, la convivencia y en fin, tantos aprendizajes que sin límites curriculares llegan a ser lo fundamental de nuestros modos de ser, saber, hacer y convivir. Pues de éstos y otros cuestionamientos tratan nuestros colaboradores en este número, que sin duda despertará un especial interés en nuestros lectores y, esperamos nos motivará a pensar y actuar diferente en nuestro quehacer pedagógico.

La sexualidad, el género, las implicaciones del poder, el derecho y los derechos humanos con la ética, se van entreverando en el tejido de la revista, así como los sentimientos y la sensibilidad se enhebran en la trama del texto.

Así mismo, están presentes en la revista las alumnas y alumnos como protagonistas del curriculum, profesoras y profesores como responsables de su operación y quienes detentan el poder, principales interesados en su cumplimiento oficial.

Y como un testigo que observa la intención de nuestra tarea, alguien al que le sucede lo mismo que a los valores sociales de la educación, el siempre presente, mencionado y olvidado Bourdieu.

Todos esos valores que tanto parecen preocuparnos al menos en los discursos oficiales y en las pláticas de educadoras y educadores, ¿podrán ser mejor aprendidos si se convierten en clases del calendario escolar, o será mejor que sean los fundamentos de nuestras propuestas y prácticas escolares sin necesidad de que ocupen un espacio curricular? La respuesta la tenemos cada uno de nosotros, si propugnamos por el respeto a la diversidad, ésta deberá reflejarse no sólo en la tolerancia, sino en la promoción de la diversidad metodológica y estilos docentes, que a su vez promuevan el florecimiento de la diversidad entre las expresiones culturales y educativas de los estudiantes. Lo importante a final de cuentas, es estar de acuerdo en lo esencial: la búsqueda y la construcción de una sociedad consciente de que para su bienestar, una condición imprescindible es la convivencia pacífica en la pluralidad.

Esperamos entonces dejar este nuevo número de la tarea en sus manos, ante sus ojos y dentro de su conciencia e imaginación pedagógica, y en la fuerza y dinamismo de su voluntad educadora.

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