Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación

No.

13

(trece)

SECCIÓN

páginas

de la 01 a la 02 de 144

editorial

Guadalajara, México - Septiembre de 2000

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Los posgrados en educación

Tal vez no haya una profesión más necesitada de análisis que la del maestro. Su delicada misión supone la concentración armoniosa de una suerte de destrezas, habilidades, conocimientos y estrategias, que deben combinarse conforme a una paciencia y tolerancia en extremo. No verlo con esta trascendencia ha propiciado una suerte de simulaciones, ignorancia colectiva y fracaso educativo, evitando que los pueblos se enseñen a sí mismos de una forma cada vez más profunda y liberadora e imposibilitando que cumplan con la humana hazaña de saber más y mejor. La hazaña de educar implica, entonces, una articulación armoniosa que requiere no sólo de una inmensa capacidad de los maestros, sino de la sociedad entera, pues si aquéllos son los protagonistas más evidentes, ésta tiene la innegable responsabilidad de planear, organizar y operar esa trama, además de encarar y resolver las múltiples implicaciones que se van presentando.

     Pero el mundo sigue evolucionando y la función de educar inexorablemente debe continuar. Año tras año, por grado y por nivel, magnificándose por lo regular los logros y ocultándose los rezagos, la educación de millones de niños y jóvenes enfrenta cada vez mayores dificultades y retos, aun reconociendo que en muchas escuelas, regiones y modalidades se hacen grandes esfuerzos por mantener una calidad educativa mínimamente deseable; los datos ocultos de la catástrofe silenciosa escolar no afloran pero sí repercuten en las grandes masas de alumnos que no atinan a cumplir con las exigencias curriculares de un conocimiento integral aunque sus calificaciones sean solventes. El mundo de una escuela para todos es en realidad una escuela excluyente cuando vemos las secuelas de esos alumnos en el mundo exterior de las oportunidades.

     En este contexto, una exigencia largamente reclamada por los maestros ha sido que se les provea de un cuerpo más sólido de conocimientos, habilidades y capacidades que les permita enfrentar con mayor solvencia profesional su cotidiana labor en las aulas, puesto que los retos a enfrentar son cada vez mayores. Así, a contracorriente de esas exigencias ineludibles, se ha venido impulsando una política de superación profesional que intenta ir más allá de la pura capacitación fortuita y muchas veces inmediatista. El abatimiento del índice de docentes que no tenían nivel de licenciatura fue resolviendo un problema pero fue creando otro, a partir de que la mayoría de maestros que iban obteniendo el grado —ya fuese en las Normales o en la UPN— empezaron a exigir incrementar su calificación académica. Ya eran licenciados ahora exigían otros niveles de especialización, tal como las tenían las demás profesiones del país.

     La implementación del posgrado pareció así significar —presumiblemente— la posibilidad de poner a tono a los maestros con las actuales condiciones del mundo de la escuela y, de paso, contribuir a elevar la calidad de los servicios. Se fueron creando así, los estudios de maestría junto con los de especialización, y finalmente los de doctorado. Los posgrados se anunciaban orientados a la idea de sistematizar los procesos, las experiencias y la reflexión de la práctica docente y sus múltiples derivaciones. La preocupación explícita que afloró en las políticas de este tipo de estudios, era que el maestro se autorreconociera desde muy diversas perspectivas conceptuales, lo cual pudiera conducir —a través de sus reflexiones sobre su quehacer, in situ y en sus entornos—, a mejorar la práctica profesional desde adentro, es decir desde sus mas recónditas entrañas, haciéndolos comprensivos, autocríticos e innovadores.

     Sin embargo, la puesta en marcha de estas promociones en Jalisco ha conducido a diversas situaciones que es urgente revisar, empezando por las formas y concepciones como han echado a andar todos y cada uno de los posgrados, así como los alcances que de manera efectiva han tenido; no en términos de cifras ni de montajes autojustificables, sino de una evaluación institucional, académica y laboral. ¿Realmente han hecho mejores maestros? Esta pregunta deriva hacia otros cuestionamientos que tienen que ver con la autenticidad del proceso cognitivo que la currícula sugiere (¿de veras aprenden significativamente, al grado de que se generan nuevas actitudes y aptitudes?), la inserción cualitativa de cada maestrante egresado, ¿es efectiva? —es decir, ¿existe la cobertura para desarrollar en sus escuelas su presunto caudal innovador aprehendido? Esto porque los maestros siguen gravitando en el mismo espacio escolar intocado—, y por último: ¿es efectiva y justa la calificación asignada escalafonariamente para valorar con objetividad los saberes y capacidades efectivas de cada maestro?

     En fin, todo este rosario de referentes y otros más requieren de un análisis de los programas de posgrado que es responsabilidad de las autoridades primordialmente, puesto que éstos se han venido convirtiendo en una prioridad del sistema educativo estatal y también han despertado amplias expectativas entre los maestros. Sin embargo, no vemos trazos de que exista una cobertura evaluativa permanente, ni siquiera casuística que dé cuenta de lo que está pasando. En este número de la tarea intentamos contribuir a iniciar un análisis constructivo, buscando ante todo navegar sobre sus zonas críticas más notables así como reconocer sus logros más significativos. De entrada, y a través de los diversos artículos que integran este número se delimitan algunos referentes que merecen reflexionarse y, por lo tanto, revisarse y cambiarse, esperando que los enfoques y líneas de análisis de nuestros colaboradores contribuyan a darle un sentido más prístino y comprensible a este esfuerzo de usuarios, asesores, sindicato y autoridades, cuyo propósito parece partir de mejorar las competencias de los profesores y profesoras y, por consecuencia, elevar la calidad educativa.

     Ofrecemos en esta entrega textos que buscan desarrollar una discusión argumentada sobre el posgrado en Jalisco, aportando una visión retrospectiva de las características de su configuración curricular y diversas reflexiones en torno a su carácter, alcances, naturaleza y régimen de calidad.

     Como visión sumaria, quisiéramos adelantar que el posgrado requiere revisarse a fondo. Pareciera que no está cumpliendo cabalmente con los propósitos académicos ni profesionales para los que fue creado, aun con el esforzado concurso de muchas manos, cabezas, instituciones, esfuerzos sindicales y montos presupuestales. Sin demérito de estas voluntades y evidencias que enaltecen el sistema educativo de nuestra entidad, el posgrado ha contribuido poco a impulsar la calidad docente o el sistema escolar (¿dónde están las evaluaciones institucionales que demuestren lo contrario?); no ha hecho al docente partícipe y reflexivo de su propia materia de trabajo; no se ha visto mejora sustancial en sus emolumentos; no se han creado las condiciones laborales para que todos los maestros que estudien posgrado se dediquen a ello de tiempo completo. No se reconoce el mérito de estos estudios para la asignación de puestos directivos en el Sistema Educativo Estatal —privilegiándose la negociación política en corto, cuyos efectos están a la vista en todos los frentes del organigrama—. Bueno, ni siquiera para el otorgamiento de plazas de docencia, investigación, planeación, administración escolar o coordinaciones académicas. Además, la preparación académica en otras instituciones, fuera de la Secretaría de Educación, no se reconoce. Agreguemos a ello la ausencia total de una política de financiamiento a la investigación por proyectos y la difusión de los productos investigativos del posgrado. Es paradójico ver, por ejemplo, que las escasas publicaciones priorizan la pluma de funcionarios e incluso de personas que ni siquiera pertenecen al sistema, mientras que la mayoría de los investigadores de posgrado siguen esperando una política editorial incluyente. Otra asignatura pendiente es la revisión de la flamante normatividad de este nivel y las formas de sobrerrepresentación. Todo el sistema educativo requiere ser evaluado.

     Los niños que asisten desmañanados o con el sopor de la tarde a las escuelas de preescolar, primaria o secundaria, son quienes resienten como cabeza de playa, los endebles afanes de un sistema escolar que en muchas partes hace agua. Los maestros, considerados secularmente como la imagen predilecta del sistema educativo, requieren mejor destino y por ello mejores condiciones para lograr a plenitud su desempeño docente. El posgrado puede ser la catapulta de una escuela que haga pensar de manera inteligente a maestros y alumnos. No lo convirtamos en un elefante blanco. No podemos darnos ese lujo.

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