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Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación

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Editorial de la revista la tarea, núm. 6

Guadalajara, México - Marzo de 1995

En una sociedad en la que subyacen irreductiblemente los desajustes de un modelo de desigualdad que sigue campeando, a pesar de todo, en amplios sectores de la población mexicana, el paradigma más patético por los estragos que en ella se ejercen es la situación de la niñez. Basta asomarnos a las estadísticas, que reflejan la incidencia de mortalidad infantil y la causa de los decesos, para constatar que un alto porcentaje se debe a las llamadas enfermedades de la pobreza; entre ellas la gastroenteritis, producto de una vida de privaciones, desnutrición y abandono que, en otros contextos, fuesen perfectamente prevenibles; evitando la grave secuela que hace morir a los infantes de males que pudieran ser remediables.

     Existen, sin embargo, otras situaciones que sin ser elocuentemente contundentes son también el signo trágico de un sector de la niñez que sobrevive en condiciones verdaderamente aciagas. Nos referimos a los efectos psicológicos y sociales de niños a los que no se les ha ofrecido un ambiente digno para vivir. Que habitan en contextos familiares en los cuales no existe un ambiente mínimo de satisfacciones materiales, y en consecuencia, de armonía y estabilidad, de apoyo conductual, de los insumos mínimos para una vida digna, de falta de ejemplos de superación y estímulos humanos.

     Cientos de estos infantes son materialmente arrojados a la escuela por los padres, suponiendo éstos que con ello se resuelve el problema, no sólo de la institución, sino de su formación como individuos; que ahí, por definición, adquirirán el bagaje cultural que los equipará para tener éxito en la vida.

     La escuela por su parte, no preve la endeble condición de los niños al ingresar a los centros escolares y arremete contra ellos con las exigencias propias de una escolaridad basada en perfiles "normales". Y si el alumno fracasó; si no cumple con los requisitos mínimos de la subjetiva acreditación gradual, entonces se achaca a ellos su fracaso, traducido en el señalamiento estricto de un destino de indolencia o irresponsabilidad.

     Este binomio familia-escuela, responsable de la trama, se lava graciosamente las manos y considera que el fracaso escolar es un asunto personal, es decir, imputable simple y sencillamente al alumno, al hijo.

     Muchos educadores han advertido sobre esta grave aberración. Sin embargo, la escuela pública mexicana, gracias a la tesonera labor de maestros y pedagogos, ha podido insertar en el sistema educativo nacional, instituciones encargadas de atender a muchos de esos infantes, entendiendo que sus problemas de aprendizaje se deben a una precaria situación psicológica y familiar. Están también los factores genéticos, las enfermedades y otras circunstancias, que se presentan como transtornos visuales, auditivos, neuromotores y deficitarias en sus capacidades intelectuales. Para ello han trabajado arduamente y han logrado establecer estrategias psicopedagógicas que ayudan a mejorar las posibilidades de retención, aprendizaje y asimilación educativa. Nuestro sindicato ha tenido una participación destacada en este esfuerzo.

     Sin embargo, todos estos esfuerzos ejemplares, tienen de antemano las limitaciones propias de nuestro sistema social, que se expresan en la falta de presupuestos acordes con los requerimientos. Se convierte por ello en selectiva y muchas veces sólo emergente, la labor desarrollada en las instancias establecidas para encarar el problema.

     En este sentido, la revista la tarea ha querido plantear en este número esta vertiente problemática: la educación especial, todo ello como una llamada de atención a lo que representa este grave problema escolar y social. Pero también como reconocimiento a quienes en condiciones difíciles, ingratas o anónimas, hacen una titánica labor de ayuda a niños con problemas de aprendizaje y de conducta.

     La educación especial, no es como su nombre lo indica, una estrategia particular orientada a resolver situaciones precisamente atípicas, que surgen de una natural diferenciación en el diario ajetreo de un proceso educativo que inexorablemente se ejerce.

     En el caso mexicano, que es el de un país cuyo perfil define un grave rezago social expresado en una distribución injusta del ingreso, —que en este sexenio se ha incrementado desorbitadamente— la educación es impactada y sus secuelas se expresan como un caleidoscopio trágico: rezago, deserción, reprobación, en fin, fracaso escolar cuyos índices son cada vez más preocupantes.

     Nuestro deber como mexicanos, como maestros, como comunicadores, es abordar el tema argumentándolo con honestidad; con ello, el problema de la educación especial debe redimensionarse. Así pues, la educación especial no es, a nuestro juicio, un problema sólo técnico, es invariablemente un problema social, un asunto de justicia elemental que miles de niños en nuestro país y en nuestro estado sufren.

     En lo que se refiere a nuestra circunstancia estatal, dos instituciones valen la pena distinguirse: la hoy Dirección de Psicopedagogía y el Centro de Atención Psicológica de Educación Preescolar (CAPEP); del primero, se expone el trayecto y tareas de lo que ha constituido esta institución estatal. Sobre el CAPEP, se inserta el registro de un proceso de trabajo que a nuestro juicio bien vale la pena difundirse y que ejemplifica la labor desarrollada por esa instancia.

     la tarea ha sido hecha, falta el juicio crítico de nuestros lectores. Esperamos sus opiniones.