Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación

No. 9

(nueve)

SECCIÓN

páginas

de la 64 a la 65 de 76

... el recreo

Guadalajara, México - Marzo de 1997

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Poder sindical del magisterio estatal en Jalisco:

¿poder político del gobierno o poder cultural del gremio?

Susan Street*

* Investigadora del Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social (CIESAS), Occidente.

libro de María Luisa Chavoya Peña

María Luisa Chavoya se queda corta cuando afirma que su libro, Poder sindical en Jalisco: la Sección 47 del SNTE (Universidad de Guadalajara, 1995), es apenas y sobre todo, una historia regional de un gremio. Se queda corta porque el magisterio no es cualquier gremio –ya que cuenta con redes y poderes expansivos a todos los ámbitos de la sociedad y del Estado y en todos los rincones de la nación– o bien, porque el corporativismo sostenido por el Estado mexicano durante este siglo dista mucho de tener un simple carácter de "sindical" (entendido como la regulación de una relación laboral). La importante reconstrucción histórica que nos ofrece la autora de esta obra es muchísimo más que eso, al tocar prácticamente todas las esferas de la vida pública jalisciense.

No repararé en la obvia calidad de la obra en cuanto al abordaje teórico-metodológico seleccionado para revelar el fenómeno del poder en el sector educativo. Chavoya maneja con soltura y finura las cuestiones siguientes: la integración de sus fuentes de primera y segunda mano, la ejemplificación empírica de los procesos históricos descritos, una combinación atinada de los distintos ámbitos "externos" pero involucrados en su problema de estudio, el compromiso consistente en presentar indicadores de las condiciones de trabajo y salario del magisterio en su diferenciación interna, la articulación (variable históricamente) de lo nacional, lo regional y lo local, un nivel bueno de "descripción etnográfica" (tanto la densa como la ligera) en los momentos justos (como el excelente rescate del caso de la huelga de 1958), una buena articulación de los conceptos científicos con las categorías sociales, la cuidadosa construcción de las redes entre individuos, grupos y "cuotas de poder", honestidad en el reconocimiento de las limitaciones, claridad en la redacción y otras cosas por el estilo. Siento no conocer más a fondo la historia y los personajes de la educación en Jalisco para poder disfrutar, todavía más, de las tramas y de los dramas que forman parte de la memoria histórica, viva, seguramente para muchos.

Quisiera pasar a atender algunas cuestiones de contenido que me han sido particularmente sugerentes. La autora entiende su problema de estudio desde una doble óptica, donde se mezclan, por un lado, una contextualización de un fenómeno nacional –el corporativismo– a una región específica, y por otro, el "como cada grupo (de maestros de la Sección 47) tiene su propia historia" (p. 12). Paralelamente, encontramos otro eje donde, por un lado, la argumentación de Chavoya muestra los procesos diferenciados pero permanentes de refuncionalización de dicho sistema corporativista, donde se destaca el aprendizaje institucional (y por tanto, el acuerdo de la autora con la especificidad del sistema político mexicano –"cambiar para permanecer igual"–), mientras por otro, la atención a conflictos concretos respeta y recupera las acciones individuales y grupales con sus sentidos propios, lejos de ser simples piezas movidas por fuerzas ajenas. Este manejo fino de sus conceptos y su sensibilidad a los detalles etnográficos de las interacciones "micro", siempre insertas en relaciones sociales y relaciones de poder más amplias, redunda en un texto que en nada se antoja funcionalista, determinista o lineal, donde –y esto suele suceder con estudios que comienzan suponiendo la eficacia del corporativismo como sistema cerrado de control operante desde arriba hacia abajo– no se trata de una imposición del marco teórico al material empírico.

Es por esta situación afortunada en la obra de María Luisa Chavoya que llegamos a percibir dos paradojas, que si bien ella no elabora explícitamente, aquí sí lo haré con el fin de comentar el alcance y el interés de su texto, así como de discutir la problemática concreta del poder sindical en el campo educativo. La autora atiende expresamente las modificaciones que se dan históricamente en la estructuración y ejercicio del poder al constituirse la Sección 47 del Sindicato Nacional de los Trabajadores de la Educación (SNTE) desde sus inicios, remontados por la autora al año 1920. El libro nos sumerge en una cuidadosa reconstrucción de la vida institucional sindical a través de tendencias como las siguientes: la institucionalización del magisterio como gremio, la estatización del magisterio como sindicato, la reducción de la diversidad de ideologías políticas, la federalización inicial del magisterio, la formalización y posterior legalización de las condiciones de trabajo docente, la ascendencia de las camarillas sindicales como intermediarios entre el ámbito nacional y el local, la urbanización del magisterio a través del funcionamiento del escalafón y sus reformas, la paulatina imposición del poder central del SNTE al poder de la Sección y las Delegaciones, la creciente imbricación entre lo administrativo y lo sindical así como la "colonización" del aparato gubernamental por grupos sindicalistas.

Pero además, lo que se hace evidente en este recuento sobre la línea refuncionalizadora y adaptativa de las relaciones corporativistas es, más bien, la transformación del poder propiamente sindical, a un poder de otro tipo y naturaleza: primero, uno abiertamente político, en tanto propio del gobierno y del sistema de partido(s), por la pertenencia de los dirigentes sindicales a la élite política y a los puestos gubernamentales, y segundo, a ser un poder cultural referido al gremio vivido como cultura.

Este trasfondo profundo de transformación cualitativa o de esencia me lleva a plantear que el "conservadurismo social" que se dice caracteriza a los maestros estatales (a diferencia de los federales) no se debe sólo a la procedencia de clase de los mentores, como indica la autora. La unidad gremial en este caso no se refiere tanto a una normatividad profesional como tal, sino a los entendimientos "culturales" sobre sus derechos, o más bien, a su sentirse con derecho a exigir los beneficios estatales como premio a sus lealtades político-sindicales. En otras palabras, en realidad, el poder sindical es tal, porque proviene de redes de relaciones vividas de determinada manera, mediadas por el clientelismo, el faccionismo y el patrimonialismo como los desarrolla Chavoya, como modos de vida cotidiana cargados de valores y moralidades sobre la convivencia humana. Inclusive y cuando la autora reconoce que le faltó mayor profundidad en revelar las fuentes de este poder "informal", atina en decir que:

Las relaciones informales que estructuran la vida sindical indican que existe un entrelazamiento entre el dominio político y el social... [que] lleva a limitar los alcances explicativos del corporativismo y ofrece la posibilidad para emprender nuevas teorizaciones... (p. 368).

Más allá de una explicación cabal de este fenómeno (que podría beneficiarse de un uso del concepto gramsciano de "hegemonía"), lo que quiero anotar aquí es que este poder ampliado que el Estado otorga al sindicalismo oficial, vía la relación corporativista entre el gobierno y el sindicato, se da simultáneamente con un papel reducido del sindicato como organización social. Dicho papel, diríamos histórico, abarca solamente la gestoría de las prestaciones del Estado otorgadas como concesiones a algunos grupos de maestros en momentos específicos. La acción sindical no reside, pues, en la representación de los intereses de las bases magisteriales, ni tampoco en la canalización o apertura institucional de las presiones de la base, vía la movilización y otras acciones directas y colectivas, y mucho menos como instrumento político de clase. Haciendo cuentas de las demandas en el largo tiempo del trabajo (que cubre prácticamente el siglo XX), la categoría de lo sindical se agota en una gestoría legal, legitimada y posibilitada por la obediencia, sumisión o adhesión de los maestros frente al gobierno estatal. Dicho así, podemos apreciar una contradicción, no descubierta por la autora, entre el (amplio) alcance del poder sindical como cultura política (reproducida por los maestros) y el ejercicio real del poder sindical como una práctica de gestoría de reducidos márgenes de acción (muy controlada por otras instancias de poder no sindical).

Pero antes de seguir esta reflexión, veamos la segunda paradoja que nos ha sugerido la lectura de Poder sindical en Jalisco... Chavoya es muy clara al afirmar que los maestros de grupo no participan en posiciones de poder; son objetos utilizados por otros grupos ("las masas institucionalizadas no ejercen el poder"), y por tanto uno esperaría descripciones de la actividad de las élites y de la pasividad de las masas. No obstante su insistencia en este principio teórico, el texto está repleto de relatos o reconstrucciones donde dominan las inconformidades, protestas, exigencias y denuncias de grupos de maestros frente a la no realización de sus prerrogativas de tipo laboral. Tan es así, que estas prácticas operan u operacionalizan la gestoría sindical que a su vez actualiza "la maquinaria sindical"; finalmente, los maestros sí actúan, sí aspiran, sí participan, pues requieren ser contenidos y controlados. Las páginas de este interesante libro ofrecen un testimonio del grado de modernización (o secularización) de las demandas magisteriales, en cuanto se refieren a la defensa de intereses muy particulares construidos como logros sindicales y gremiales –muy alejados de preocupaciones educativas y escolares, por cierto– tales como los sistemas de promoción y de los cambios de escuelas y de zonas, así como de movilidad hacia los centros urbanos según avanza la antigüedad (en el contexto de relaciones políticas concretas), el derecho a la profesionalización ofrecida por el Estado, la búsqueda por la homologación con el magisterio federal, etc. Todas estas orientaciones hacia la conquista de mejoras laborales y salariales han significado, por lo menos hasta comenzar los años ’80, la posibilidad de acceder al México moderno integrado de las clases medias. Me surge la duda, entonces, sobre el "estatus" de "objeto" que ella supone teóricamente que tiene el maestro y, me pregunto más bien por que tipo de sujeto aparece en estas páginas –¿qué tipo de poder sí ejerce– en las condiciones tal como las delimita la autora?

Desde luego, encontramos algunas respuestas a lo largo de estas fascinantes mini o micro historias. Chavoya parece sugerir que si el poder sindical invade todo, no es sólo por llevar a cabo un control eficaz del trabajador, sino porque forma parte de una especie de pacto de dominación donde las bases aceptan ser receptoras de componendas institucionales que les permite salvaguardar el empleo y la movilidad social a cambio de la manifestación de una lealtad institucional. A la relación objetiva Estado/patrón-maestro/trabajador, se le impone una estructura de contención de la inconformidad basada en el intercambio de concesiones por conformidades. Dicho pacto canaliza la búsqueda por mejores condiciones de vida a la expresión de esa disponibilidad hacia la obediencia, cerrando efectivamente cualquier camino de cambio desde abajo. En vez de resistencia u oposición que son los dos modos de acción abiertos a los maestros como trabajadores y como sindicalistas, sólo hay entrega y afianzamiento a redes existentes de poder articulado con las burocracias reinantes.

Esto remite a un problema que no aborda plenamente la autora: a la cuestión de la identidad gremial, a la definición social de "empleados o de servidores públicos" que, por lo visto, asumen los maestros estatales, donde todo se debe al gobierno y muy poco a uno mismo, como sujeto de su propia historia. Lo preocupante de esta situación, entonces y según mi perspectiva, no es tanto la inmovilidad del corporativismo como estructura, sino, la casi nula problematización realizada por los miembros del magisterio estatal sobre las condiciones (históricas) de una producción estatal, y por tanto su poca capacidad de modificar sus condiciones de trabajo en un contexto de crisis múltiples, y la resultante dificultad por enfrentar los retos actuales educativos de la población jalisciense.

En este sentido, tiene mucha relevancia las preguntas que hace María Luisa Chavoya acerca de la ausencia de un empuje hacia la democratización sindical o de una tradición arraigada de lucha, pues es precisamente gracias a las luchas populares por la democracia y al ejercicio democrático sindical de los profesores en otros estados de la República, lo que enseña la importancia de que los mismos maestros se organicen para transformar su papel asignado por el Estado de "empleados-profesionistas" a "trabajadores sindicalistas". Es el ejercicio del poder de base, autónomo, "democratizado", de y por los maestros lo que ha empezado a desmantelar el llamado sistema de charrismo sindical, modificando las relaciones de poder sustentadas en el corporativismo que aquí aparece como componente fijo del sistema político mexicano. Si bien nuestra autora revela con gran destreza e interés el dinamismo del poder sindical a través de los agentes pugnando por controlar la Sección 47 del SNTE en todas sus relaciones, procesos e interacciones, para concebir alternativas de acción desde y para el magisterio –para contemplar la posibilidad del cambio social– no es suficiente la identificación de las limitaciones concretas de estas redes y estructuras formales e informales. Habría que pasar a objetivar las prácticas cotidianas –gremiales, sindicales, laborales, docentes, escolares y educativas– de los maestros como productores activos de su propia historicidad.

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