Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación

No. 9

(nueve)

SECCIÓN

páginas

de la 13 a la 13 de 76

el rollo

Guadalajara, México - Marzo de 1997

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Renacer

José María Muriá*

* Presidente de El Colegio de Jalisco.

Para quienes tomamos desde hace ya muchos años el partido de lo que ahora ha dado en llamarse cultura regional, procurando el estudio y comprensión particular de nuestra entidad federativa, de nuestra ciudad o de nuestra región, no dejan de ser alentadores y, en gran medida, una apetecible recompensa, las explícitas preocupaciones manifestadas durante los últimos tiempos en torno al grave problema del centralismo cultural o, como se le puede definir también, del imperialismo interno que priva en nuestro país en materia de cultura.

Hace algún tiempo ya, se empezó a notar que el ancestral menosprecio hacia nuestros trabajos había mermado y que los temas verdaderamente provincianos, antes evitados por los grandes sabios, comenzaban a ser motivo de su interés.

A la postre, el resultado fue que aquellas lanzas que se rompieron antaño, no obstante predominar entonces una fuerte sensación de inutilidad, ahora se han convertido en un estandarte cuyos adeptos empiezan a proliferar por la nación toda. ¡Enhorabuena!, si ello da pie a más acciones tendientes a incrementar el quehacer cultural de todo el país y no tan sólo de su cabecera. Será un síntoma de haber cubierto ya una etapa primera de nuestra lucha –llámese la de resistencia– y de que se puede trascender a otra mucho más productiva.

Sin duda alguna que no se puede promover lo que no se ama profundamente. En consecuencia, son las manos de los auténticos entusiastas las que deben marcar la pauta al abrirse una nueva etapa para la cultura regional, y no la de aquellos oportunistas al servicio de la causa en boga, que lo mismo sirven para "un fregado que para un barrido".

En realidad, el empirismo que exigimos a quienes pretenden hacer historiografía regional es aplicable también a la forma de promover cualquiera de las manifestaciones provincianas. Sabemos que nuestro rezago técnico y metodológico es grande como resultado del centralismo ya añejo, sabemos que nuestros repositorios documentales y bibliográficos son un desastre, todo lo cual no podrá subsanarse con la rapidez necesaria sin que de otras partes –del centro de México, preferentemente– provenga soporte y subsidio; pero la explicación esencial de nuestras provincias, –la directriz fundamental para ese trabajo– deberá surgir tan sólo de quienes las gocen y padezcan cotidianamente. La comprensión de un objeto es mayor en la medida que es más autobiográfica y menor en la medida en lo que es meramente historiográfica. Y es que el aprendizaje es más fácil y racional en la medida en que se parte de lo propio hacia lo ajeno –de lo conocido a lo desconocido– pues cada quien es el centro de su propio universo y en estas condiciones debe de entenderlo cada individuo, so pena de marginarse y menospreciarse.

En términos generales, así sucede con el mexicano de provincia, cuya cultura gravita alrededor de otro centro, sin aprehender el verdadero valor de lo más cercano; esto es, el papel que él mismo, junto con su hábitat, juega y ha jugado en la nación toda, con lo cual se coloca como un mexicano de segunda clase que acata y espera la dádiva misional y paternalista que el Centro le ofrezca.

Mas como estas iniciativas emanan habitualmente de quienes carecen de un conocimiento siquiera aceptable de la realidad en la que deben operar, lógico es que con frecuencia deriven en su sonado fracaso, del cual, dicho sea de paso, a quien se inculpa es al provinciano mismo, por no haber sabido aprovechar tan generosa dádiva.
    En última instancia, el devenir social es el resultado de un quehacer colectivo en el que todos participan e influyen. Pero en nuestro caso muy pocos se ven representados en él, produciéndose la referida sensación de inferioridad e incapacidad que torna en este mexicano de segunda en presa mucho más fácil de la extranjería que intereses e interés tiene en México, a fin de que, tras la imposición de ciertos esquemas y necesidades, concurramos a comprar lo que vendernos quieren, así sea lo más superficial e inútil.

Como quiera, es indudable que, en casi todas las regiones mexicanas, se percibe un despertar de sentimientos y ansias antaño adormecidas, lo cual no puede sino augurar cosas buenas para los tiempos que vienen. Sin embargo, para que su voluntad de ser se fortalezca, debe ampliarse la participación con todos los quehaceres y la posibilidad para el desarrollo individual y colectivo, debe sentirse que todos tenemos algo que realizar en favor de la comunidad y no seguir en esta inercia que más bien nos coloca como víctimas de las circunstancias, siempre en calidad de sujetos pasivos.

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