
Renacer
José María Muriá*
* Presidente de El Colegio de Jalisco.
Para quienes tomamos desde hace ya muchos años el partido de lo que
ahora ha dado en llamarse cultura regional, procurando el estudio y comprensión
particular de nuestra entidad federativa, de nuestra ciudad o de nuestra región, no dejan
de ser alentadores y, en gran medida, una apetecible recompensa, las explícitas
preocupaciones manifestadas durante los últimos tiempos en torno al grave problema del
centralismo cultural o, como se le puede definir también, del imperialismo interno que
priva en nuestro país en materia de cultura.
Hace algún tiempo ya, se empezó a notar que el ancestral menosprecio
hacia nuestros trabajos había mermado y que los temas verdaderamente provincianos, antes
evitados por los grandes sabios, comenzaban a ser motivo de su interés.
A la postre, el resultado fue que aquellas lanzas que se rompieron
antaño, no obstante predominar entonces una fuerte sensación de inutilidad, ahora se han
convertido en un estandarte cuyos adeptos empiezan a proliferar por la nación toda.
¡Enhorabuena!, si ello da pie a más acciones tendientes a incrementar el quehacer
cultural de todo el país y no tan sólo de su cabecera. Será un síntoma de haber
cubierto ya una etapa primera de nuestra lucha llámese la de resistencia y de
que se puede trascender a otra mucho más productiva.
Sin duda alguna que no se puede promover lo que no se ama
profundamente. En consecuencia, son las manos de los auténticos entusiastas las que deben
marcar la pauta al abrirse una nueva etapa para la cultura regional, y no la de aquellos
oportunistas al servicio de la causa en boga, que lo mismo sirven para "un fregado
que para un barrido".
En realidad, el empirismo que exigimos a quienes pretenden hacer
historiografía regional es aplicable también a la forma de promover cualquiera de las
manifestaciones provincianas. Sabemos que nuestro rezago técnico y metodológico es
grande como resultado del centralismo ya añejo, sabemos que nuestros repositorios
documentales y bibliográficos son un desastre, todo lo cual no podrá subsanarse con la
rapidez necesaria sin que de otras partes del centro de México,
preferentemente provenga soporte y subsidio; pero la explicación esencial de
nuestras provincias, la directriz fundamental para ese trabajo deberá surgir
tan sólo de quienes las gocen y padezcan cotidianamente. La comprensión de un objeto es
mayor en la medida que es más autobiográfica y menor en la medida en lo que es meramente
historiográfica. Y es que el aprendizaje es más fácil y racional en la medida en que se
parte de lo propio hacia lo ajeno de lo conocido a lo desconocido pues cada
quien es el centro de su propio universo y en estas condiciones debe de entenderlo cada
individuo, so pena de marginarse y menospreciarse.
En términos generales, así sucede con el mexicano de provincia, cuya
cultura gravita alrededor de otro centro, sin aprehender el verdadero valor de lo más
cercano; esto es, el papel que él mismo, junto con su hábitat, juega y ha jugado en la
nación toda, con lo cual se coloca como un mexicano de segunda clase que acata y espera
la dádiva misional y paternalista que el Centro le ofrezca.
Mas como estas iniciativas emanan habitualmente de quienes carecen de
un conocimiento siquiera aceptable de la realidad en la que deben operar, lógico es que
con frecuencia deriven en su sonado fracaso, del cual, dicho sea de paso, a quien se
inculpa es al provinciano mismo, por no haber sabido aprovechar tan generosa dádiva.
En última instancia, el devenir social es el resultado de un quehacer
colectivo en el que todos participan e influyen. Pero en nuestro caso muy pocos se ven
representados en él, produciéndose la referida sensación de inferioridad e incapacidad
que torna en este mexicano de segunda en presa mucho más fácil de la extranjería que
intereses e interés tiene en México, a fin de que, tras la imposición de ciertos
esquemas y necesidades, concurramos a comprar lo que vendernos quieren, así sea lo más
superficial e inútil.
Como quiera, es indudable que, en casi todas las regiones mexicanas, se
percibe un despertar de sentimientos y ansias antaño adormecidas, lo cual no puede sino
augurar cosas buenas para los tiempos que vienen. Sin embargo, para que su voluntad de ser
se fortalezca, debe ampliarse la participación con todos los quehaceres y la
posibilidad para el desarrollo individual y colectivo, debe sentirse que todos tenemos
algo que realizar en favor de la comunidad y no seguir en esta inercia que más bien nos
coloca como víctimas de las circunstancias, siempre en calidad de sujetos pasivos.