Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación

No. 9

(nueve)

SECCIÓN

páginas

de la 42 a la 46 de 76

... el rollo

Guadalajara, México - Marzo de 1997

Principal | Índice


Los cazadores del aula perdida:

Notas sobre historiografía de la educación básica en el periodo colonial en Guadalajara

Armando Martínez Moya*

* Investigador del Instituto Superior de Investigación y Docencia del Magisterio (ISIDM) de la SE/Jalisco y del Departamento de Estudios de la Cultura Regional (DECR) de la Universidad de Guadalajara (UdeG).

En este trabajo se aborda lo relativo a la producción historiográfica que en torno a la educación en la Colonia se ha hecho en Guadalajara y sus zonas de influencia.(1) Es sólo un acercamiento preliminar y limitado, pero intenta inventariar cuando menos algunas de las obras más importantes que de un modo directo o complementario abordan lo educativo, intentando plantear sucesivamente algunas interpretaciones y características de ellas.

 

La educación como conversión colonizadora

Para el estudio de la época de la conquista y colonización en lo que hoy es el occidente de México, las obras historiográficas que recogen testimonios sobre aspectos educativos, son principalmente los estudios monumentales que narran en general el proceso de dominación colonial y con ello la vida institucional provincial, es decir lo propiamente educativo aparece como un referente adicional, concebido como apoyo para la explicación histórica global.

En el caso de la conquista, lo educativo se explica con la evangelización y la conversión compulsiva a la que son sometidos los pueblos de indios. El enfoque de estos historiadores es epopéyico-apocalíptico, en cuanto que narran un escenario en donde la civilización cristiana va imponiéndose al mundo salvaje o cuando menos incivilizado a través de la fuerza y el impulso filantrópico ante la reacción agresiva de los aborígenes, todo ello bajo la misión imperial que impulsaba la negociación condicionada y el reordenamiento demográfico y territorial. La epopeya de la conquista va desbrozando el camino de la colonización dentro de un inminente peligro aborigen que acecha y puede conducir al Apocalipsis, a la derrota de la cruz y de la fe.

En este mundo dicotómico, según la opinión de esos historiadores, las acciones educativas están representadas por la labor humanitaria de misioneros, que desarrollan en el caótico mundo de la guerra de conquista, la evangelización como primera referencia integradora al mundo colonizador apartando a los indios del pensamiento demoniaco de sus creencias.

Por ser el escenario un espacio de conquista y conversión, la forma de educación que encontramos es la evangelización de los adultos indios, pues son mano de obra necesaria de ser domesticada y convertida para la explotación de las nuevas provincias.

La obra más representativa de esta etapa es la del padre Tello;(2) la conversión implica castellanización y con ello la alfabetización a través de los contenidos de aprendizaje sustentados en el pensamiento cristiano:

Viendo los religiosos ministros del evangelio que pasaron a España la dificultad grande que se ofrecía a los que cada día iban a aquellas grandes convenciones por defecto de no saber la lengua, y que por ésta causa se tendría el fruto que podría hacer en aquella grande cementera, por ayudar así a los indios como a nuestros obreros, no sólo se contentaron con enseñar a los indios que supiesen leer y escribir en nuestro idioma; sino que compusieron muchos libros en los cuales ellos pudiesen ver y tener más aparejada y cuando que quisieran la doctrina que les predicaban, sino también los nuevos ministros se pudiesen con más facilidad hacer capaces de su lengua, y de lo que les habían de enseñar pareciéndoles que los libros aunque predicadores y mudos están siempre enseñando...(3)

Los indígenas que son cooptados por la iglesia misionera, o por las abadías, conventos, parroquias son castellanizados, para ello los propios misioneros se ven sujetos a aprender las lenguas indígenas, pues para enseñar se necesita saber el idioma original de los futuros conversos. De esta forma la enseñanza se da en un doble proceso: los que fungen como maestros –los misioneros– los cuales aprenden las lenguas nativas, y los indígenas que se ven obligados –por necesidad propia y por influencia dominante– al aprendizaje castellano. Es un proceso de enseñanza recíproca, verdaderamente original y generalizante, ha sido sin embargo poco reconocido y estudiado.

La necesidad de facilitar el aprendizaje de ambos hizo necesario la confección de una bibliografía en lenguas indias para el misionero y una castellana para el sometido. Todo este proceso es una función educativa; el medio de enseñanza es el catecismo y el recurso didáctico es la predicación y el aprendizaje memorístico de los dogmas fundamentales de la religión católica. En cambio, para aprender las lenguas locales es necesario un conocimiento gramatical y regional.

Para acortar sobre este aspecto es necesario recurrir a la historiografía lingüística sobre el período colonial; ver como se concebía y hasta donde se conocía la lengua mexicana y sus variantes por parte de los españoles, principalmente religiosos, que eran quienes se responsabilizaron del cambio lingüístico. Ello ayuda a inferir la importancia del proceso de enseñanza-aprendizaje aunque los estudio relativos a ese ámbito no tengan el propósito de evidenciar un proceso pedagógico.

En la región neogallega es necesario hacer referencia al trabajo del padre Juan Guerra: Arte de Lengua mexicana, donde hace un estudio detallado de la lengua que acostumbraban hablar los indios del obispado de Guadalajara, ámbito geográfico que abarcó en su momento el occidente, centro y parte del norte de Nueva España.(4)

Al respecto el historiador Santoscoy dice que esta obra de Guerra es "la autoridad más grande [...] acerca del mexicano que se hablaba en Xalisco".(5) Seguramente que ésta y otras obras que entonces se produjeron, sirvieron de base para saber en qué parámetros lingüísticos funcionaban las lenguas mexicanas de la región y de ahí ver la manera de enseñar el español; razón que seguramente propició la escasez de estas obras entonces, tal y como sugiere el propio historiador Santoscoy:

Por cierto que el dichoso ejemplar está manuscrito por Don Francisco Loreto, quien acabó su trabajo reproductor en 17 de febrero de 1758, dato que no está de sobra aducir, por cuanto que comprueba que el impreso del P. Guerra se había ya agotado en aquella fecha, y el cual agotamiento se explica perfectamente por la demanda que debió tener esa única edición en el espacio de 60 años, cuando en el obispado de Guadalajara no se proveían, por disposición legal los beneficios curados de toda especie, sino de eclesiásticos que hubieran demostrado previamente por medio de un examen especial, ser lenguas mexicanas.(6)

La enseñanza de la lengua castellana era una misión connatural al proceso de dominación colonial y por lo tanto cultural; en cambio la enseñanza de la lengua mexicana partió de una de las primeras disposiciones reales que debe considerarse en los anales de la historia educativa de México. En 1582 Felipe II instruye a través de cédula real el que se instituya en Guadalajara una cátedra para la enseñanza de la lengua mexicana, la cual se estableció en el colegio de San Pedro y San Pablo. El aprendizaje de esa lengua se convirtió en requisito obligatorio para quienes fuesen a ser clérigos.(7) Años después la cátedra fue trasladada al seminario del señor San José en el siglo XVIII y de ahí a la universidad cuando se fundó en 1792.

En fin, para el análisis de las obras historiográficas sobre lo educativo colonial en la región, debe abrevarse en trabajos de diversa índole –más allá de los de índole expresamente educativa– sino en determinadas leyes y disposiciones que determinaran toda una política y una acción educativa específica en periodos de duración más bien largos. No puede sustraerse el tópico de la enseñanza de los indios adultos a través del aprendizaje de la lengua castellana ni de la política educativa real que obligaba a enseñar precisamente la lengua mexicana. La educación colonial básica no fue –como sí es en otras etapas históricas– una educación sólo destinada a niños, ni sólo referida al proceso unilateral maestro-alumno, sino a la conversión lingüística de la sociedad indígena.

Una vez apaciguado e integrado el indígena a las estructuras dominantes, se observa con mayor frecuencia una labor más institucional, más catequística; ya no es sólo la prédica de valores sino la profundización de los pensamientos civilizatorios del mundo hispano-colonialista.

Junto a la castellanización a través de lo religioso se promueve el conocimiento práctico de artes y oficios para integrar al mundo del trabajo colonial al indígena. Ya no son sólo las verdades básicas apocalípticas las que se imponen, sino la promoción de los misterios, los dogmas y el sentido universal de la religión católica. También las características de las jerarquías dominantes, las instituciones y las normas jurídicas del colonialismo.

La fuente del saber es la religión, pues es el paradigma que se impone como modelo de vida, de sociedad, de trabajo. Es un verdadero proceso educativo en toda la extensión de la palabra, entendido claro está, como la implementación de una visión del mundo sobre otros. Aún así, los caracteres del pensamiento y la cultura indígena sobrevivió de manera sincrética en los parámetros del mundo castellano.

Si hemos de suponer que hubo finalmente castellanización, ésta no fue sólo resultado de una labor producida por una estrategia metodológica de enseñanza-aprendizaje; en todo caso, la gran mayoría de la masa indígena permaneció en la ignorancia, se castellanizó y asumió el nuevo paradigma dominante debido al contacto inmisericorde de su relación de explotación en el mundo colonial. Aprendieron el español por necesidad de supervivencia y conocieron a fuerza de un contacto cotidiano con el sistema social y lucharon para resistirlo.

La obra de Tello y muchas otras más, menos generales, narran entre otros muchos aconteceres, esa relación de aprendizaje pragmático formal o informal. Es importante señalar además, que cuando se concretó y estabilizó el proceso colonialista; cuando pasó de ser una cruzada al ejercicio reproductor de las estructuras de dominación, los propios indígenas fueron instrumento de castellanización y enseñanza catequística a otros pueblos indios que no habían sido objeto de esa labor:

Y les dieron imágenes y cruces y dejaron indios donados de nuestro padre San Francisco, que les enseñaron como lo hacían en todas las cabeceras discípulos de dicho padre Fray Pedro de Gante, y recibieron las imágenes con mucho amor y devoción, por que fueron estás gentes de las mejores que se descubrieron a la Nueva España en cuanto a la paz y devoción con que recibían la doctrina cristiana, y los indios, maestros y cantores,(8) como bien enseñados del santo padre Fray Pedro de Gante, los industriaron en la forma que habían de celebrar en santo baptismo, así con los niños como con los adultos en caso que lo pidiese la necesidad.(9)

En síntesis, los esbozos interpretados que se han expuesto sobre la forma como el fenómeno educativo se dio en la época de la conquista y colonización han partido precisamente de las evidencias dejadas por Tello y otros historiadores de la época. Por su carácter primigenio y fundamentalmente abarcador la obra de Tello se significa y da necesariamente pie a utilizarla como marco de referencia. Alfredo Corona Ibarra dice de su crónica que "es la fuente más antigua en la que han bebido casi todos los historiadores locales y es, al decir de Pérez Verdía, la única historia original de nuestro Estado y contiene datos exactos y curiosos que sin ella se hubiesen perdido para siempre".(10)

Otra obra importante referida a la época de la conquista y la colonización, trabajada en el siglo XVIII, fue la de Mota Padilla, cuyo trabajo cumbre se titula: "Historia de la Nueva Galicia en la América Septentrional".(11)

La lectura de esta obra está también diseñada como un trabajo monumental cuyo objetivo es la narración pormenorizada de los aconteceres que dieron lugar al establecimiento de la provincia de la Nueva Galicia. Se exponen ahí aquellos hechos que podíamos considerar como educativos, entendidos a partir de la prédica que conduce a la evangelización y a la asignación de funciones sociales de los pueblos de indios. Se resalta en el trabajo la labor de frailes, parroquias y misiones una vez que han organizado su labor diocesana, principalmente los franciscanos.

La producción historiográfica-educativa de Mota Padilla permite observar la magnificación que en heroicidad y sacrificio humanitario da a los españoles, sean estos soldados, funcionarios y principalmente frailes franciscanos, evidenciándose su visión privilegiada respecto a todos ellos:

Mota no pierde su posición de miembro de la república de españoles dominantes y tiene, como sucede frecuentemente con hombres del siglo XVIII, una escala de valor para juzgar a los indios y otra para los españoles, propias de una sociedad jerarquizada que creía en el derecho de conquista.(12)

Podríamos suponer que para la época en que vivió Mota, había ya pasado la obra evangelizadora de los grandes misioneros, por lo que muchos de los testimonios que recogió en este renglón fueron retomados de la obra de Tello y otros historiadores.

Las dos obras historiográficas aludidas –la de Tello y la de Mota– no son las únicas pero ilustran sobre aquellas pinceladas de tipo educativo catequístico que incluyen como un ingrediente más para explicaciones más generales. De los trabajos más recientes pero que se refieren al período en referencia es el de Dávila Garibi y Carmen Castañeda.

Dávila Garibi(13) documenta de manera erudita la historia de la Iglesia en Guadalajara en la época colonial a través del recuento onomástico de sus obispos. Cada apartado de su estudio se fundamenta en la misión que cada uno de ellos realizó, a través de una explicación histórica que es acompañada de documentos. Tampoco es una obra que aborda expresamente lo educativo como asunto central, pero se incluyen referencias sobre la labor evangelizadora y por tanto educativa pensada como hemos dicho desde la perspectiva de la conversión y la asimilación cultural eclesial.

La diferencia con otras referencias consiste en que en su trabajo, Dávila Garibi las plantea desde la óptica del clero secular y no regular, es decir desde las acciones que ya como Iglesia establecida, los dignatarios promueven a través de sus diócesis. Es la educación (cristiana) desde la Iglesia establecida.

En el caso del trabajo de Carmen Castañeda(14) se trata del único estudio que se realizó expresamente sobre lo educativo en la vida colonial. Por su carácter más reciente, la obra se inscribe en una producción basada en un enfoque más académico y por lo tanto crítico, acorde con aquellas concepciones teóricas y metodológicas fundadas más en el análisis que en la descripción.

Aborda Carmen Castañeda la génesis, desarrollo y características de las escuelas, maestros, beaterios, casas de recogidas, seminarios y Universidad para intentar explicarse la naturaleza de su existencia, su funcionamiento, vicisitudes y rumbos seguidos.

En este recuento de historiografía educativa, es importante referirse a la figura señera y bienhechora en que se ha convertido Fray Antonio Alcalde, pues de los estudios biográficos sobre él se desprenden elementos que testimonian una importante época de la historia educativa de Guadalajara en el último tercio del siglo XVIII.

Al fundirse lo educativo con la beneficencia, en una visión que planteaba la necesidad de instituir como sinónimo de caridad, de socorro social, la labor del obispo Alcalde permite recuperar aquellas acciones educativas que van desde las escuelas de primeras letras que promovió, hasta la fundación de la Universidad en 1792, pasando por la promoción de beaterios y colegios de niñas.

De los estudios sobre Alcalde, resalta por su erudición el de Alberto Santoscoy(15) historiador prolífico y documentado cuya contextualización constituye la recuperación de un escenario histórico ampliamente trabajado. Se vislumbra ahí lo educativo resultante de la labor pastoral, filantrópica y lideril que caracterizó al obispo, muy acorde con el espíritu benefactor de la época, pero que Fray Alcalde impulsó con un esfuerzo que no tiene precedente.

Otros estudios sobre Alcalde recurren y repiten lo dicho por Santoscoy por lo que no consideramos ahora oportuno referirnos a ellos; tal vez valga la pena consignar lo hecho por el español Mariano San José,(16) trabajo confeccionado recientemente, cuya originalidad consiste en documentar la vida del obispo antes de su llegada a Guadalajara. Estos antecedentes ayudan a explicar su visión del mundo y la naturaleza de su esfuerzo educativo.

Para la época colonial, la fundación y existencia de la Real Universidad neogallega ha dado lugar también a diversas obras históricas referidas al ámbito de la educación superior en la colonia; entre ellas están las de Razo Zaragoza,(17) la referida a la historia de la facultad de medicina de la propia Universidad de Espinoza(18) y las de Juan B. Iguiniz(19) y Cornejo Franco.(20)

Otros trabajos que también abordan la historia de la Universidad no correspondan a este estudio que se plantea sólo el acercamiento de la educación elemental. Hemos hecho esta referencia solamente para evidenciar la imbricación corporación religiosa-educación, como sinónimo de colonización espiritual generalizada.

El seminario conciliar del Señor San José, también cabe como institución ubicada en la educación elemental aunque poco se ha reparado sobre ello. Decimos elemental en cuanto que al ingresar a esta institución desde que fue establecido en 1696, planteaba en sus normas que podían ingresar alumnos de tierna edad, los cuales debían alfabetizarse y luego, si era posible, estudiar para bachilleres y de ahí al sacerdocio.(21)

El seminario ha dado lugar a estudios históricos de tipo monográfico, como el de Carmen Castañeda;(22) también para estudios más generales pero que recogen abundantes testimonios educativos que dicha institución promovió, como el de Dávila Garibi, y el de Loweree ya mencionados.

Para una historia de la educación rudimentaria en la Guadalajara colonial, la historiografía del Seminario sirve como marco de información, con evidencias suficientes como para extraer de toda su amplia fuente informativa, aquello que se refiere al trabajo pedagógico con niños. Sin proponérselo los historiadores que han trabajado sobre esta institución, aportan evidencias claves para una historia de la educación elemental.

Con relación a la educación de niños o de primeras letras, y con ella la de sus maestros y sus métodos, existen infinidad de testimonios pero expandidos de manera suelta en casi todas las obras monumentales que hemos consignado con anterioridad. Carmen Castañeda en su obra sobre la educación en la Colonia y Alberto Santoscoy en la parte introductoria sobre la vida y obra de López Cotilla,(23) recuperan aspectos de tipo pedagógico y escolar de la educación elemental en la etapa provincial novohispana. En este renglón merece registrarse aquí el trabajo de Caldera Robles sobre la educación de Guadalajara; en él se aborda un recuento de fuentes primarias y secundarias sobre el asunto, entre ellas las que corresponden a la época colonial, como parte de un estudio mas general que abarca periodos posteriores hasta el año de 1900.(24)

El trabajo historiográfico de Caldera Robles recoge con detenimiento archivístico y bibliográfico, las referencias documentales e historiográficas educativas hasta finales del siglo XVIII, haciendo un recuento secuencial y referencial que ayudan en mucho a inferir respecto a sus características más importantes.

Luis M. Rivera realizó el único trabajo que sobre las escuelas de primeras letras existe para la época colonial en Guadalajara. Su significación se inscribe no sólo por este hecho sino por su método analítico y crítico sobre el tema.(25) Esta obra fue elaborada a principios de siglo y recoge con gran meticulosidad, lo que historiadores anteriores habían consignado sobre la educación elemental en Guadalajara.

A este respecto, Rivera caracteriza lo que a su juicio fue el tipo de educación elemental en la colonia y por lo tanto, el porqué no existen obras historiográficas que hayan tratado sobre el tema:

La falta completa acerca del origen, desarrollo y resultados de la institución pública en el extenso territorio que abarcó el Reino de la Nueva Galicia, durante los dos siglos transcurridos entre la época que se establecieron en él los primeros colonos españoles, y la segunda mitad del siglo XVIII de que ya se guardan documentos auténticos de precioso valor para la historia del ramo tan importante de la cultura popular, siquiera sea para lo que en la capital del Reino se refiere, es indicio seguro de que no existió en tan dilatado periodo de tiempo, sistema alguno de enseñanza y educación, al menos para el pueblo; puesto que conservándose aunque muy incompleta, la documentación referente a esa época, no contiene ella un sólo documento que indique la existencia de plantel alguno destinado para la enseñanza que no fuera tan indispensable para que unos cuantos pudieran seguir la carrera eclesiástica, y si bien varios historiadores y cronistas antiguos citan los nombres de algunos colegios conventuales especialmente destinados a la enseñanza y educación de niños y niñas, en aquella época únicamente se impartió a unos y a otros la enseñanza religiosa fundamental.(26)

Una monografía que también trabaja sobre el tema, es la del profesor Enrique Mata que aborda el Colegio de niñas de San Diego, llamado también en el siglo XIX el Liceo de Niñas.(27)

La educación en la colonia no pendía de un sistema ni era el propósito general del Estado virreinal ni provincial, sino que se ejercía como una cobertura particular de instituciones, principalmente religiosas, aunque también el ayuntamiento ejercía políticas en este renglón. Todo ello conforme a la visión particular que dignatarios, sacerdotes y funcionarios tenían respecto a su ejercicio.

Al no concebirse entonces lo educativo como una propuesta generalizada ni por el estado colonial provincial ni por la iglesia sino solamente en políticas de tipo filantrópico de conversión, es lógico entonces encontrar una historiografía que consigna su existencia de manera naturalmente parcializada, inorgánica, referida a través de explicaciones más globales y refiriéndose particularmente a instituciones o personalidades que la promovieron, sólo como una forma de explicar lo que la sociedad colonial en su conjunto desarrollaba.

La magna labor conquistadora y colonizadora implicó una educación para el sometimiento y se expresó con un carácter dogmático-impositivo para indios primero y mestizos y castas después; aún cuando reconozcamos en última instancia que aún con estas características la población convertida pudo ir forjando nuevos referentes y elementos que pudieron servirle para su defensa como individuo y respecto a sus etnias y condición.

Estamos acostumbrados a creer que cuando se habla de educación elemental se hace referencia a la infancia. En la época de conquista, –cuando menos a la que se refiere a Guadalajara–, quienes son los destinatarios de una labor educativa son principalmente los adultos indios, el método es la imposición lingüística, cuyo fin es la conversión. Ya hemos argumentado el porqué. Es hasta la etapa colonizadora clásica, ya institucionalizado el poder colonial, cuando encontramos una promoción cada vez más clara sobre la atención a niños.

Los niños son indígenas y esta educación también está mediada por la conversión. Los misioneros, la iglesia seglar y los ayuntamientos la promueven como una misión humanitaria pero también de servicio a sus propias necesidades.

La educación a niños mestizos y peninsulares es otra asignatura pendiente requerible para redondear una historia educativa más integral. La educación práctica, aquella que se refiere a la labor de enseñanza artesanal y tecnológica que frailes e indios aprendieron y enseñaron mutuamente, es también otro ámbito que es necesario explorar en Guadalajara y sus zonas de influencia, si es que existió de manera generalizada tal como sucedió en la región michoacana, por ejemplo.

Tal vez el tipo de sociedades indígenas que existieron o las circunstancias que entonces prevalecieron en esta región, no dio lugar a ello. Esta es una incógnita que merece también ser despejada.

 

Notas

1. El señalamiento de "localidad y sus zonas de influencia" para ubicar el ámbito espacial donde se aborda el problema es ambiguo, pero más arbitrario sería el haber utilizado otros términos como: "regional" o "de Jalisco", pues no existe ningún criterio delimitativo para hablar categóricamente de un espacio contextual determinado. Gran parte de los estudios abordados se referían al entorno local, al Estado de Jalisco o a la circunscripción anterior a la independencia, a una comunidad o institución específica, al análisis de normatividad o reglamentación que tenían una área de competencia diversa o selectiva, etcétera.

2. Tello Fray Antonio. Crónica miscelánea de la Santa Provincia de Jalisco. (3 tomos), Guadalajara: Libro segundo, 3 volúmenes, IJAH/UdeG/UNED. 1968-1973, 1985; Libro tercero y Libro cuarto, Font, 1946.

3. Op. cit. p. 209.

4. Guerra, Juan. Arte de la lengua mexicana según acostumbraban hablar los indios en el obispado de Guadalajara, parte de Guadiana y del Michoacán. México, 1692. Facsímil editado en 1985 en Guadalajara, s/e.

5. Santoscoy, Alberto. "Estudio introductorio al libro de Guerra". Op. cit.

6. Ibíd..

7. Ibíd..

8. El canto y el coro fueron recursos didácticos imprescindibles para la evangelización, muchos indios, así como niños indígenas por las propiedades de su voz, pudieron alfabetizarse; para cantar en la iglesia se requería leer los cánticos. Cfr.: "Un acercamiento a la génesis y características del maestro de Educación Elemental y de la escuela pública en Jalisco en el siglo XIX"; particularmente el apartado: "Cantar, rezar, deletrear". Martínez Moya, Armando. Cuadernos del ISIDM, se. Guadalajara, 1995.

9. Tello. Op. cit. Libro Segundo, Vol. 1, p. 55.

10. Op. cit. p. XIX.

11. López de la Mota Padilla, D. Matías Ángel. Historia del Reino de la Nueva Galicia en la América Septentrional. Universidad de Guadalajara. Guadalajara, 1973.

12. Velázquez, María del Carmen. "La obra de Mota Padilla" en: Muriá, José María; Olveda, Jaime y Dorantes, Alma. Lecturas Históricas de Jalisco. Antes de la Independencia. Tomo II. UNED. Guadalajara, 1982. p. 322.

13. Dávila Garibi, J. Ignacio. Apuntes para la historia de la Iglesia en Guadalajara. Editorial Cultura. México, 1961.

14. Castañeda, Carmen. La educación en Guadalajara durante la Colonia. 1552-1821. El Colegio de Jalisco/El Colegio de México. Guadalajara, 1984.

15. Santoscoy, Alberto. "Veinte años de Beneficencia y sus efectos en un siglo. 1892", en: Obras completas. UNED. Guadalajara, 1986. t. II.

16. Diez, Mariano San José. Fray Antonio Alcalde, Obispo de Indios. Consejo Municipal de Guadalajara. Guadalajara, 1992.

17. Razo Zaragoza, José Luis. Crónica de la Real y Literaria Universidad de Guadalajara y sus primitivas constituciones. UdeG/IJAH. Guadalajara, 1963.

18. Espinoza, R. Historia de la Facultad de Medicina de la Real y Literaria Universidad de Guadalajara.

19. Iquiniz, Juan B. La antigua Universidad de Guadalajara. UNAM. México, 1959. p. 89.

20. Cornejo Franco, José. Documentos referentes a la fundación, extinción y restablecimiento de la Universidad de Guadalajara. Ed. UdeG. Guadalajara, 1972.

21. El decreto de fundación que con anuencia romana elaboró el obispo Galindo establece que: "Declaramos, ordenamos y mandamos que sea ya acabada la havitación (sic) de este colegio [...] se erija y nombren para collegiales y manzevos con las calidades referidas de onze y doze años de edad". Decreto del Exmo. y Revno. Sr. Obispo D. Fr. Felipe Galindo y Chávez, erigiendo el seminario. Sección primera. Disciplinaria y Estudio 1896. En: Loweree, Daniel. Apéndice del seminario conciliar de Guadalajara. Guadalajara, México, 1964, p. 6. En las constituciones se establece en el capítulo primero: "deberán tener la edad prevenida por el Santo Concilio de Trento de doce años". En la parte tercera, respecto a las cátedras de los primeros rudimentos, que el catedrático: "deberá cuidadosamente corregir los varios defectos que contraen los niños en las primeras escuelas así en leer y escribir, como en la pronunciación de las palabras, acostumbrándolos a que hablen y escriban con pureza y exactitud sin faltar las reglas de la buena ortografía". Op. cit. pp. 13 y 17.

22. Castañeda, Carmen. "Un colegio seminario en el siglo XVIII". Revista Historia Mexicana. El Colegio de México. En XXII. (88) abril-junio, 1974. pp. 465-493.

23. Santoscoy, Alberto. Biográfica del señor D. Manuel López Cotilla. Benemérito, organizador y protagonista de la instrucción primaria en el estado de Jalisco. Guadalajara, 1895.

24. Caldera Robles, Manuel. "La educación en Guadalajara a lo largo de su historia (1550-1900)", en: Capítulos de la historia de la ciudad de Guadalajara. Tomo I, Ayuntamiento de Guadalajara. Guadalajara, 1992.

25. Rivera, Luis M. La instrucción pública primaria en Guadalajara. UNED. Guadalajara, 1990.

26. Op. cit. p. 1.

27. Mata Vargas, Enrique. Colegio de San Diego. DEP. Guadalajara, 1985.

Principal | Índice