
Los cazadores del aula perdida:
Notas sobre historiografía de la educación básica en el periodo colonial en Guadalajara
Armando Martínez Moya*
* Investigador del Instituto Superior de Investigación y Docencia del Magisterio
(ISIDM) de la SE/Jalisco y del Departamento de Estudios de la Cultura Regional (DECR) de
la Universidad de Guadalajara (UdeG).
En este trabajo se aborda lo relativo a la producción historiográfica que en torno a la educación en la Colonia se ha hecho en Guadalajara y sus zonas de influencia.1 Es sólo un acercamiento preliminar y limitado, pero intenta inventariar cuando menos algunas de las obras más importantes que de un modo directo o complementario abordan lo educativo, intentando plantear sucesivamente algunas interpretaciones y características de ellas.
La educación como conversión colonizadora
Para el estudio de la época de la conquista y colonización en lo que hoy es el occidente
de México, las obras historiográficas que recogen testimonios sobre aspectos educativos,
son principalmente los estudios monumentales que narran en general el proceso de
dominación colonial y con ello la vida institucional provincial, es decir lo propiamente
educativo aparece como un referente adicional, concebido como apoyo para la explicación
histórica global.
En el caso de la conquista, lo educativo se explica con la
evangelización y la conversión compulsiva a la que son sometidos los pueblos de indios.
El enfoque de estos historiadores es epopéyico-apocalíptico, en cuanto que narran un
escenario en donde la civilización cristiana va imponiéndose al mundo salvaje o cuando
menos incivilizado a través de la fuerza y el impulso filantrópico ante la reacción
agresiva de los aborígenes, todo ello bajo la misión imperial que impulsaba la
negociación condicionada y el reordenamiento demográfico y territorial. La epopeya de la
conquista va desbrozando el camino de la colonización dentro de un inminente peligro
aborigen que acecha y puede conducir al apocalipsis, a la derrota de la cruz y de la fe.
En este mundo dicotómico, según la opinión de esos historiadores,
las acciones educativas están representadas por la labor humanitaria de misioneros, que
desarrollan en el caótico mundo de la guerra de conquista, la evangelización como
primera referencia integradora al mundo colonizador apartando a los indios del pensamiento
demoniaco de sus creencias.
Por ser el escenario un espacio de conquista y conversión, la forma de
educación que encontramos es la evangelización de los adultos indios, pues son mano de
obra necesaria de ser domesticada y convertida para la explotación de las nuevas
provincias.
La obra más representativa de esta etapa es la del padre Tello;2 la conversión implica castellanización y con ello la
alfabetización a través de los contenidos de aprendizaje sustentados en el pensamiento
cristiano:
"Viendo los religiosos ministros del evangelio que pasaron a España la dificultad grande que se ofrecía a los que cada día iban a aquellas grandes convenciones por defecto de no saber la lengua, y que por ésta causa se tendría el fruto que podría hacer en aquella grande cementera, por ayudar así a los indios como a nuestros obreros, no sólo se contentaron con enseñar a los indios que supiesen leer y escribir en nuestro idioma; sino que compusieron muchos libros en los cuales ellos pudiesen ver y tener más aparejada y cuando que quisieran la doctrina que les predicaban, sino también los nuevos ministros se pudiesen con más facilidad hacer capaces de su lengua, y de lo que les habían de enseñar pareciéndoles que los libros aunque predicadores y mudos están siempre enseñando..."3
Los indígenas que son cooptados por la iglesia
misionera, o por las abadías, conventos, parroquias son castellanizados, para ello los
propios misioneros se ven sujetos a aprender las lenguas indígenas, pues para enseñar se
necesita saber el idioma original de los futuros conversos. De esta forma la enseñanza se
da en un doble proceso: los que fungen como maestros los misioneros los cuales
aprenden las lenguas nativas, y los indígenas que se ven obligados por necesidad
propia y por influencia dominante al aprendizaje castellano. Es un proceso de
enseñanza recíproca, verdaderamente original y generalizante, ha sido sin embargo poco
reconocido y estudiado.
La necesidad de facilitar el aprendizaje de ambos hizo necesario la
confección de una bibliografía en lenguas indias para el misionero y una castellana para
el sometido. Todo este proceso es una función educativa; el medio de enseñanza es el
catecismo y el recurso didáctico es la predicación y el aprendizaje memorístico de los
dogmas fundamentales de la religión católica. En cambio, para aprender las lenguas
locales es necesario un conocimiento gramatical y regional.
Para acortar sobre este aspecto es necesario recurrir a la
historiografía lingüística sobre el período colonial; ver como se concebía y hasta
donde se conocía la lengua mexicana y sus variantes por parte de los españoles,
principalmente religiosos, que eran quienes se responsabilizaron del cambio lingüístico.
Ello ayuda a inferir la importancia del proceso de enseñanza-aprendizaje aunque los
estudio relativos a ese ámbito no tengan el propósito de evidenciar un proceso
pedagógico.
En la región neogallega es necesario hacer referencia al trabajo del
padre Juan Guerra: Arte de Lengua mexicana, donde hace un estudio detallado de la lengua
que acostumbraban hablar los indios del obispado de Guadalajara, ámbito geográfico que
abarcó en su momento el occidente, centro y parte del norte de Nueva España.4
Al respecto el historiador Santoscoy dice que esta obra de Guerra es
"la autoridad más grande [...] acerca del mexicano que se hablaba en Xalisco".5 Seguramente que ésta y otras obras que entonces se
produjeron, sirvieron de base para saber en qué parámetros lingüísticos funcionaban
las lenguas mexicanas de la región y de ahí ver la manera de enseñar el español;
razón que seguramente propició la escasez de estas obras entonces, tal y como sugiere el
propio historiador Santoscoy:
Por cierto que el dichoso ejemplar está manuscrito por Don Francisco Loreto, quien acabó su trabajo reproductor en 17 de febrero de 1758, dato que no está de sobra aducir, por cuanto que comprueba que el impreso del P. Guerra se había ya agotado en aquella fecha, y el cual agotamiento se explica perfectamente por la demanda que debió tener esa única edición en el espacio de 60 años, cuando en el obispado de Guadalajara no se proveían, por disposición legal los beneficios curados de toda especie, sino de eclesiásticos que hubieran demostrado previamente por medio de un examen especial, ser lenguas mexicanas.6
La enseñanza de la lengua castellana era una
misión connatural al proceso de dominación colonial y por lo tanto cultural; en cambio
la enseñanza de la lengua mexicana partió de una de las primeras disposiciones reales
que debe considerarse en los anales de la historia educativa de México. En 1582 Felipe II
instruye a través de cédula real el que se instituya en Guadalajara una cátedra para la
enseñanza de la lengua mexicana, la cual se estableció en el colegio de San Pedro y San
Pablo. El aprendizaje de esa lengua se convirtió en requisito obligatorio para quienes
fuesen a ser clérigos.7 Años después la cátedra
fue trasladada al seminario del señor San José en el siglo XVIII y de ahí a la
universidad cuando se fundó en 1792.
En fin, para el análisis de las obras historiográficas sobre lo
educativo colonial en la región, debe abrevarse en trabajos de diversa índole más
allá de los de índole expresamente educativa sino en determinadas leyes y
disposiciones que determinaran toda una política y una acción educativa específica en
periodos de duración más bien largos. No puede sustraerse el tópico de la enseñanza de
los indios adultos a través del aprendizaje de la lengua castellana ni de la política
educativa real que obligaba a enseñar precisamente la lengua mexicana. La educación
colonial básica no fue como sí es en otras etapas históricas una educación
sólo destinada a niños, ni sólo referida al proceso unilateral maestro-alumno, sino a
la conversión lingüística de la sociedad indígena.
Una vez apaciguado e integrado el indígena a las estructuras
dominantes, se observa con mayor frecuencia una labor más institucional, más
catequística; ya no es sólo la prédica de valores sino la profundización de los
pensamientos civilizatorios del mundo hispano-colonialista.
Junto a la castellanización a través de lo religioso se promueve el
conocimiento práctico de artes y oficios para integrar al mundo del trabajo colonial al
indígena. Ya no son sólo las verdades básicas apocalípticas las que se imponen, sino
la promoción de los misterios, los dogmas y el sentido universal de la religión
católica. También las características de las jerarquías dominantes, las instituciones
y las normas jurídicas del colonialismo.
La fuente del saber es la religión, pues es el paradigma que se impone
como modelo de vida, de sociedad, de trabajo. Es un verdadero proceso educativo en toda la
extensión de la palabra, entendido claro está, como la implementación de una visión
del mundo sobre otros. Aún así, los caracteres del pensamiento y la cultura indígena
sobrevivió de manera sincrética en los parámetros del mundo castellano.
Si hemos de suponer que hubo finalmente castellanización, ésta no fue
sólo resultado de una labor producida por una estrategia metodológica de
enseñanza-aprendizaje; en todo caso, la gran mayoría de la masa indígena permaneció en
la ignorancia, se castellanizó y asumió el nuevo paradigma dominante debido al contacto
inmisericorde de su relación de explotación en el mundo colonial. Aprendieron el
español por necesidad de supervivencia y conocieron a fuerza de un contacto cotidiano con
el sistema social y lucharon para resistirlo.
La obra de Tello y muchas otras más, menos generales, narran entre
otros muchos aconteceres, esa relación de aprendizaje pragmático formal o informal. Es
importante señalar además, que cuando se concretó y estabilizó el proceso
colonialista; cuando pasó de ser una cruzada al ejercicio reproductor de las estructuras
de dominación, los propios indígenas fueron instrumento de castellanización y
enseñanza catequística a otros pueblos indios que no habían sido objeto de esa labor:
"Y les dieron imágenes y cruces y dejaron indios donados de nuestro padre San Francisco, que les enseñaron como lo hacían en todas las cabeceras discípulos de dicho padre Fray Pedro de Gante, y recibieron las imágenes con mucho amor y devoción, por que fueron estás gentes de las mejores que se descubrieron a la Nueva España en cuanto a la paz y devoción con que recibían la doctrina cristiana, y los indios, maestros y cantores,8 como bien enseñados del santo padre Fray Pedro de Gante, los industriaron en la forma que habían de celebrar en santo baptismo, así con los niños como con los adultos en caso que lo pidiese la necesidad".9
En síntesis, los esbozos interpretados que se han
expuesto sobre la forma como el fenómeno educativo se dio en la época de la conquista y
colonización han partido precisamente de las evidencias dejadas por Tello y otros
historiadores de la época. Por su carácter primigenio y fundamentalmente abarcador la
obra de Tello se significa y da necesariamente pie a utilizarla como marco de referencia.
Alfredo Corona Ibarra dice de su crónica que "es la fuente más antigua en la que
han bebido casi todos los historiadores locales y es, al decir de Pérez Verdía, la
única historia original de nuestro Estado y contiene datos exactos y curiosos que sin
ella se hubiesen perdido para siempre".10
Otra obra importante referida a la época de la conquista y la
colonización, trabajada en el siglo XVIII, fue la de Mota Padilla, cuyo trabajo cumbre se
titula: "Historia de la Nueva Galicia en la América Septentrional".11
La lectura de esta obra está también diseñada como un trabajo
monumental cuyo objetivo es la narración pormenorizada de los aconteceres que dieron
lugar al establecimiento de la provincia de la Nueva Galicia. Se exponen ahí aquellos
hechos que podíamos considerar como educativos, entendidos a partir de la prédica que
conduce a la evangelización y a la asignación de funciones sociales de los pueblos de
indios. Se resalta en el trabajo la labor de frailes, parroquias y misiones una vez que
han organizado su labor diocesana, principalmente los franciscanos.
La producción historiográfica-educativa de Mota Padilla permite
observar la magnificación que en heroicidad y sacrificio humanitario da a los españoles,
sean estos soldados, funcionarios y principalmente frailes franciscanos, evidenciándose
su visión privilegiada respecto a todos ellos:
"Mota no pierde su posición de miembro de la república de españoles dominantes y tiene, como sucede frecuentemente con hombres del siglo xviii, una escala de valor para juzgar a los indios y otra para los españoles, propias de una sociedad jerarquizada que creía en el derecho de conquista".12
Podríamos suponer que para la época en que vivió
Mota, había ya pasado la obra evangelizadora de los grandes misioneros, por lo que muchos
de los testimonios que recogió en este renglón fueron retomados de la obra de Tello y
otros historiadores.
Las dos obras historiográficas aludidas la de Tello y la de
Mota no son las únicas pero ilustran sobre aquellas pinceladas de tipo educativo
catequístico que incluyen como un ingrediente más para explicaciones más generales. De
los trabajos más recientes pero que se refieren al período en referencia es el de
Dávila Garibi y Carmen Castañeda.
Dávila Garibi13 documenta de manera
erudita la historia de la Iglesia en Guadalajara en la época colonial a través del
recuento onomástico de sus obispos. Cada apartado de su estudio se fundamenta en la
misión que cada uno de ellos realizó, a través de una explicación histórica que es
acompañada de documentos. Tampoco es una obra que aborda expresamente lo educativo como
asunto central, pero se incluyen referencias sobre la labor evangelizadora y por tanto
educativa pensada como hemos dicho desde la perspectiva de la conversión y la
asimilación cultural eclesial.
La diferencia con otras referencias consiste en que en su trabajo,
Dávila Garibi las plantea desde la óptica del clero secular y no regular, es decir desde
las acciones que ya como Iglesia establecida, los dignatarios promueven a través de sus
diócesis. Es la educación (cristiana) desde la Iglesia establecida.
En el caso del trabajo de Carmen Castañeda14 se trata del único estudio que se realizó expresamente sobre
lo educativo en la vida colonial. Por su carácter más reciente, la obra se inscribe en
una producción basada en un enfoque más académico y por lo tanto crítico, acorde con
aquellas concepciones teóricas y metodológicas fundadas más en el análisis que en la
descripción.
Aborda Carmen Castañeda la génesis, desarrollo y características de
las escuelas, maestros, beaterios, casas de recogidas, seminarios y Universidad para
intentar explicarse la naturaleza de su existencia, su funcionamiento, vicisitudes y
rumbos seguidos.
En este recuento de historiografía educativa, es importante referirse
a la figura señera y bienhechora en que se ha convertido Fray Antonio Alcalde, pues de
los estudios biográficos sobre él se desprenden elementos que testimonian una importante
época de la historia educativa de Guadalajara en el último tercio del siglo XVIII.
Al fundirse lo educativo con la beneficencia, en una visión que
planteaba la necesidad de instituir como sinónimo de caridad, de socorro social, la labor
del obispo Alcalde permite recuperar aquellas acciones educativas que van desde las
escuelas de primeras letras que promovió, hasta la fundación de la Universidad en 1792,
pasando por la promoción de beaterios y colegios de niñas.
De los estudios sobre Alcalde, resalta por su erudición el de Alberto
Santoscoy15 historiador prolífico y documentado
cuya contextualización constituye la recuperación de un escenario histórico ampliamente
trabajado. Se vislumbra ahí lo educativo resultante de la labor pastoral, filantrópica y
lideril que caracterizó al obispo, muy acorde con el espíritu benefactor de la época,
pero que Fray Alcalde impulsó con un esfuerzo que no tiene precedente.
Otros estudios sobre Alcalde recurren y repiten lo dicho por Santoscoy
por lo que no consideramos ahora oportuno referirnos a ellos; tal vez valga la pena
consignar lo hecho por el español Mariano San José,16
trabajo confeccionado recientemente, cuya originalidad consiste en documentar la vida del
obispo antes de su llegada a Guadalajara. Estos antecedentes ayudan a explicar su visión
del mundo y la naturaleza de su esfuerzo educativo.
Para la época colonial, la fundación y existencia de la Real
Universidad neogallega ha dado lugar también a diversas obras históricas referidas al
ámbito de la educación superior en la colonia; entre ellas están las de Razo Zaragoza,17 la referida a la historia de la facultad de medicina de
la propia Universidad de Espinoza18 y las de Juan
B. Iguiniz19 y Cornejo Franco.20
Otros trabajos que también abordan la historia de la Universidad no
correspondan a este estudio que se plantea sólo el acercamiento de la educación
elemental. Hemos hecho esta referencia solamente para evidenciar la imbricación
corporación religiosa-educación, como sinónimo de colonización espiritual
generalizada.
El seminario conciliar del Señor San José, también cabe como
institución ubicada en la educación elemental aunque poco se ha reparado sobre ello.
Decimos elemental en cuanto que al ingresar a esta institución desde que fue establecido
en 1696, planteaba en sus normas que podían ingresar alumnos de tierna edad, los cuales
debían alfabetizarse y luego, si era posible, estudiar para bachilleres y de ahí al
sacerdocio.21
El seminario ha dado lugar a estudios históricos de tipo monográfico,
como el de Carmen Castañeda;22 también para estudios
más generales pero que recogen abundantes testimonios educativos que dicha institución
promovió, como el de Dávila Garibi, y el de Loweree ya mencionados.
Para una historia de la educación rudimentaria en la Guadalajara
colonial, la historiografía del Seminario sirve como marco de información, con
evidencias suficientes como para extraer de toda su amplia fuente informativa, aquello que
se refiere al trabajo pedagógico con niños. Sin proponérselo los historiadores que han
trabajado sobre esta institución, aportan evidencias claves para una historia de la
educación elemental.
Con relación a la educación de niños o de primeras letras, y con
ella la de sus maestros y sus métodos, existen infinidad de testimonios pero expandidos
de manera suelta en casi todas las obras monumentales que hemos consignado con
anterioridad. Carmen Castañeda en su obra sobre la educación en la Colonia y Alberto
Santoscoy en la parte introductoria sobre la vida y obra de López Cotilla,23 recuperan aspectos de tipo pedagógico y escolar de la
educación elemental en la etapa provincial novohispana. En este renglón merece
registrarse aquí el trabajo de Caldera Robles sobre la educación de Guadalajara; en él
se aborda un recuento de fuentes primarias y secundarias sobre el asunto, entre ellas las
que corresponden a la época colonial, como parte de un estudio mas general que abarca
periodos posteriores hasta el año de 1900.24
El trabajo historiográfico de Caldera Robles recoge con detenimiento
archivístico y bibliográfico, las referencias documentales e historiográficas
educativas hasta finales del siglo XVIII, haciendo un recuento secuencial y referencial
que ayudan en mucho a inferir respecto a sus características más importantes.
Luis M. Rivera realizó el único trabajo que sobre las escuelas de
primeras letras existe para la época colonial en Guadalajara. Su significación se
inscribe no sólo por este hecho sino por su método analítico y crítico sobre el tema.25 Esta obra fue elaborada a principios de siglo y recoge
con gran meticulosidad, lo que historiadores anteriores habían consignado sobre la
educación elemental en Guadalajara.
A este respecto, Rivera caracteriza lo que a su juicio fue el tipo de
educación elemental en la colonia y por lo tanto, el porqué no existen obras
historiográficas que hayan tratado sobre el tema:
"La falta completa acerca del origen, desarrollo y resultados de la institución pública en el extenso territorio que abarcó el Reino de la Nueva Galicia, durante los dos siglos transcurridos entre la época que se establecieron en él los primeros colonos españoles, y la segunda mitad del siglo XVIII de que ya se guardan documentos auténticos de precioso valor para la historia del ramo tan importante de la cultura popular, siquiera sea para lo que en la capital del Reino se refiere, es indicio seguro de que no existió en tan dilatado periodo de tiempo, sistema alguno de enseñanza y educación, al menos para el pueblo; puesto que conservándose aunque muy incompleta, la documentación referente a esa época, no contiene ella un sólo documento que indique la existencia de plantel alguno destinado para la enseñanza que no fuera tan indispensable para que unos cuantos pudieran seguir la carrera eclesiástica, y si bien varios historiadores y cronistas antiguos citan los nombres de algunos colegios conventuales especialmente destinados a la enseñanza y educación de niños y niñas, en aquella época únicamente se impartió a unos y a otros la enseñanza religiosa fundamental".26
Una monografía que también trabaja sobre el tema,
es la del profesor Enrique Mata que aborda el Colegio de niñas de San Diego, llamado
también en el siglo XIX el Liceo de Niñas.27
La educación en la colonia no pendía de un sistema ni era el
propósito general del Estado virreinal ni provincial, sino que se ejercía como una
cobertura particular de instituciones, principalmente religiosas, aunque también el
ayuntamiento ejercía políticas en este renglón. Todo ello conforme a la visión
particular que dignatarios, sacerdotes y funcionarios tenían respecto a su ejercicio.
Al no concebirse entonces lo educativo como una propuesta generalizada
ni por el estado colonial provincial ni por la iglesia sino solamente en políticas de
tipo filantrópico de conversión, es lógico entonces encontrar una historiografía que
consigna su existencia de manera naturalmente parcializada, inorgánica, referida a
través de explicaciones más globales y refiriéndose particularmente a instituciones o
personalidades que la promovieron, sólo como una forma de explicar lo que la sociedad
colonial en su conjunto desarrollaba.
La magna labor conquistadora y colonizadora implicó una educación
para el sometimiento y se expresó con un carácter dogmático-impositivo para indios
primero y mestizos y castas después; aún cuando reconozcamos en última instancia que
aún con estas características la población convertida pudo ir forjando nuevos
referentes y elementos que pudieron servirle para su defensa como individuo y respecto a
sus etnias y condición.
Estamos acostumbrados a creer que cuando se habla de educación
elemental se hace referencia a la infancia. En la época de conquista, cuando menos
a la que se refiere a Guadalajara, quienes son los destinatarios de una labor
educativa son principalmente los adultos indios, el método es la imposición
lingüística, cuyo fin es la conversión. Ya hemos argumentado el porqué. Es hasta la
etapa colonizadora clásica, ya institucionalizado el poder colonial, cuando encontramos
una promoción cada vez más clara sobre la atención a niños.
Los niños son indígenas y esta educación también está mediada por
la conversión. Los misioneros, la iglesia seglar y los ayuntamientos la promueven como
una misión humanitaria pero también de servicio a sus propias necesidades.
La educación a niños mestizos y peninsulares es otra asignatura
pendiente requerible para redondear una historia educativa más integral. La educación
práctica, aquella que se refiere a la labor de enseñanza artesanal y tecnológica que
frailes e indios aprendieron y enseñaron mutuamente, es también otro ámbito que es
necesario explorar en Guadalajara y sus zonas de influencia, si es que existió de manera
generalizada tal como sucedió en la región michoacana, por ejemplo.
Tal vez el tipo de sociedades indígenas que existieron o las
circunstancias que entonces prevalecieron en esta región, no dio lugar a ello. Esta es
una incógnita que merece también ser despejada.
Notas
1. El señalamiento de "localidad y sus zonas
de influencia" para ubicar el ámbito espacial donde se aborda el problema es
ambiguo, pero más arbitrario sería el haber utilizado otros términos como:
"regional" o "de Jalisco", pues no existe ningún criterio
delimitativo para hablar categóricamente de un espacio contextual determinado. Gran parte
de los estudios abordados se referían al entorno local, al Estado de Jalisco o a la
circunscripción anterior a la independencia, a una comunidad o institución específica,
al análisis de normatividad o reglamentación que tenían una área de competencia
diversa o selectiva, etcétera.
2. Tello Fray Antonio. Crónica miscelánea de la
Santa Provincia de Jalisco. (3 tomos), Guadalajara: Libro segundo, 3 volúmenes, IJAH/UdeG/UNED.
1968-1973, 1985; Libro tercero y Libro cuarto, Font, 1946.
3. Op. cit. p. 209.
4. Guerra, Juan. Arte de la lengua mexicana según
acostumbraban hablar los indios en el obispado de Guadalajara, parte de Guadiana y del
Michoacán. México, 1692. Facsímil editado en 1985 en Guadalajara, s/e.
5. Santoscoy, Alberto. "Estudio introductorio al
libro de Guerra". Op. cit.
6. Ibid.
7. Ibid.
8. El canto y el coro fueron recursos didácticos
imprescindibles para la evangelización, muchos indios, así como niños indígenas por
las propiedades de su voz, pudieron alfabetizarse; para cantar en la iglesia se requería
leer los cánticos. Cfr.: "Un acercamiento a la génesis y características
del maestro de Educación Elemental y de la escuela pública en Jalisco en el siglo XIX";
particularmente el apartado: "Cantar, rezar, deletrear". Martínez Moya,
Armando. Cuadernos del ISIDM, se. Guadalajara, 1995.
9. Tello. Op. cit. Libro Segundo, Vol. 1, p. 55.
10. Op. cit. p. XIX.
11. López de la Mota Padilla, D. Matías Angel. Historia
del Reino de la Nueva Galicia en la América Septentrional. Universidad de
Guadalajara. Guadalajara, 1973.
12. Velázquez, María del Carmen. "La obra de
Mota Padilla" en: Muriá, José María; Olveda, Jaime y Dorantes, Alma. Lecturas
Históricas de Jalisco. Antes de la Independencia. Tomo II. UNED. Guadalajara, 1982.
p. 322.
13. Dávila Garibi, J. Ignacio. Apuntes para la
historia de la Iglesia en Guadalajara. Editorial Cultura. México, 1961.
14. Castañeda, Carmen. La educación en
Guadalajara durante la Colonia. 1552-1821. El Colegio de Jalisco/El Colegio de
México. Guadalajara, 1984.
15. Santoscoy, Alberto. "Veinte años de
Beneficencia y sus efectos en un siglo. 1892", en: Obras completas. UNED.
Guadalajara, 1986. t. II.
16. Diez, Mariano San José. Fray Antonio Alcalde,
Obispo de Indios. Consejo Municipal de Guadalajara. Guadalajara, 1992.
17. Razo Zaragoza, José Luis. Crónica de la Real
y Literaria Universidad de Guadalajara y sus primitivas constituciones. UdeG/IJAH.
Guadalajara, 1963.
18. Espinoza, R. Historia de la Facultad de
Medicina de la Real y Literaria Universidad de Guadalajara.
19. Iquiniz, Juan B. La antigua Universidad de
Guadalajara. UNAM. México, 1959. p. 89.
20. Cornejo Franco, José. Documentos referentes a
la fundación, extinción y restablecimiento de la Universidad de Guadalajara. Ed. UdeG.
Guadalajara, 1972.
21. El decreto de fundación que con anuencia romana
elaboró el obispo Galindo establece que: "Declaramos, ordenamos y mandamos que sea
ya acabada la havitación (sic) de este colegio [...] se erija y nombren para collegiales
y manzevos con las calidades referidas de onze y doze años de edad". Decreto del
Exmo. y Revno. Sr. Obispo D. Fr. Felipe Galindo y Chávez, erigiendo el seminario.
Sección primera. Disciplinaria y Estudio 1896. En: Loweree, Daniel. Apéndice del
seminario conciliar de Guadalajara. Guadalajara, México, 1964, p. 6. En las
constituciones se establece en el capítulo primero: "deberán tener la edad
prevenida por el Santo Concilio de Trento de doce años". En la parte tercera,
respecto a las cátedras de los primeros rudimentos, que el catedrático: "deberá
cuidadosamente corregir los varios defectos que contraen los niños en las primeras
escuelas así en leer y escribir, como en la pronunciación de las palabras,
acostumbrándolos a que hablen y escriban con pureza y exactitud sin faltar las reglas de
la buena ortografía". Op. cit. pp. 13 y 17.
22. Castañeda, Carmen. "Un colegio seminario en
el siglo XVIII". Revista Historia Mexicana. El Colegio de México. En XXII.
(88) abril-junio, 1974. pp. 465-493.
23. Santoscoy, Alberto. Biográfica del señor D.
Manuel López Cotilla. Benemérito, organizador y protagonista de la instrucción primaria
en el estado de Jalisco. Guadalajara, 1895.
24. Caldera Robles, Manuel. "La educación en
Guadalajara a lo largo de su historia (1550-1900)", en: Capítulos de la historia
de la ciudad de Guadalajara. Tomo I, Ayuntamiento de Guadalajara. Guadalajara, 1992.
25. Rivera, Luis M. La instrucción pública
primaria en Guadalajara. UNED. Guadalajara, 1990.
26. Op. cit. p. 1.
27. Mata Vargas, Enrique. Colegio de San Diego.
DEP. Guadalajara, 1985.