
Tiempo e historia regional
Manuel Moreno Castañeda*
* Asesor de la Universidad Pedagógica Nacional (UPN), Unidad Guadalajara y
catedrático de la Escuela Normal Superior de Jalisco (ENSJ).
Pensándolo
bien, creo que un historiador debe ser también y por fuerza un poeta, |
Problemas del tiempo
Al evocar a Braudel, podemos decir que el tiempo siempre estará pegado a la labor de
quienes dedican su tiempo a la historia, bien sea como historiadores profesionales,
docentes, difusores o bien como personas afectas al placer de su lectura. Y tanto unos
como otros, en diversa medida y matiz se encuentran en algún momento con el problema de
darle el tratamiento adecuado a los tiempos históricos. De manera especial, esta
situación se presenta en la historia regional, cuando investigadores y lectores no se
desprenden de su concepción tradicional de los tiempos históricos, tomada de una
historia general dentro del marco euroccidental.
El propósito de este escrito es aportar algunos elementos con
relación a la conceptualización de los tiempos históricos y el modo en que pueden ser
tratados en el estudio, la enseñanza y la difusión de la historia regional, con la
intención de que ésta rescate su propia esencia, que marque sus propios ritmos, que se
vincule con la historia general para su contextualización y entendimiento externo, pero
que no se deje absorber por ella. En pocas palabras, podemos decir que nos anima la
motivación de trabajar por la reconstrucción de una historia regional que se mueva y
viva en sus propios tiempos.
Laborar en ese sentido, nos lleva a reflexionar en la resolución del
problema de la diferencia entre lo que es el tiempo astronómico, como tiempo físico,
más objeto de estudio de las ciencias de la naturaleza y los tiempos sociales de la
historia, sujetos a las necesidades del hombre y establecido convencionalmente por éste.
Y ya ubicados en la historia, habrá que resolver el problema de los fines que ésta
persigue y cómo éstos pueden ser ubicados en los campos de la ideología o la ciencia;
orientaciones que son determinantes no sólo para el tratamiento de los tiempos, sino en
la orientación teórica y metodológica que guiarán nuestro estudio.
Entre los dilemas que suelen encontrarse en los tiempos históricos,
destacan los siguientes:
a). Deberá haber un eje histórico general o
que cada historia particular gire sobre su tiempo.
b). El tiempo estará determinado objetivamente
o dependerá de las subjetividades.
c). El tratamiento histórico estará ligado a
la función del estudio (investigación o docencia) o será independiente de ello.
d). Serán las ciencias de la naturaleza o de
la sociedad, donde deberemos buscar las explicaciones a los tiempos del desarrollo de la
humanidad.
Distorsiones en el tratamiento de los tiempos históricos
Este asunto del tiempo se ha convertido en un problema; no tanto para quienes gozan de su
lectura, sino para quienes al indagar, aprender o enseñar historia se ven involucrados en
la cuestión de cómo organizarla por tiempos para entenderla y difundirla. En ese intento
se logran grandes aciertos, así como también se cae en enfoques que distorsionan el
adecuado manejo de los conocimientos históricos:
a). El eurocentrismo, que está todavía presente desde la educación
básica hasta la superior y desde los modos de medir el tiempo cotidiano, hasta los
criterios para darle periodicidad a la historia. Así sucede cuando seguimos con la
organización de la historia del mundo con base en las edades europeas de su prehistoria,
edad antigua, edad media, mundo moderno y mundo contemporáneo o cuando queremos
incorporar a todos los grupos sociales en el esquema del comunismo primitivo, esclavismo,
feudalismo, capitalismo y socialismo, y siempre caemos en la cuenta que la historia de
nuestras sociedades no cabe en esos esquemas de periodización. En esto concedemos toda la
razón a Leopoldo Zea:
La historia del Viejo Mundo es la historia que algún día, al decir de Hegel, tendrá que negar América si quiere comenzar la propia. Mientras no se realice tal negación, por asimilación, América continuará siendo un continente sin historia, una dependencia de la historia europea.1
A un historiador debe quedarle clara la diferencia
entre el tiempo propio y el tiempo extraño. No es que éste no deba utilizarse, sino que
no debe sernos impuesto en contra de nuestra idiosincracia histórica. Para regresar con
Zea, diríamos que "admitir, sin más, el tiempo extraño, es facilitar la pérdida
de la identidad y de la independencia culturales".
b). Algunas veces por distorsiones en los modos de aprender y enseñar
historia y otras por el afán de querer que se aprenda a través de sus señales más
fáciles de apreciar, se cae en la obsesión de querer aprenderla a través de un
cronologismo absurdo, que privilegia fechas antes que la esencia de sus procesos
históricos. Estos cortes históricos arbitrarios no tienen que ver con los ritmos propios
de los procesos históricos, pues se recorta la historia por años o siglos al mutilar
procesos históricos sólo porque el calendario así lo indica. Esta situación suele
darse a menudo cuando se parte la historia en pedazos para acomodarla en los programas
escolares o en las efemérides de los calendarios cívicos.
La relación entre el tiempo y la historia no deberá ser un vínculo
forzado ni rígido. No se trata de meter a los hechos históricos en un formato inflexible
y monolítico, sólo por la pretensión de contar con esquemas que nos homogeneicen los
tratamientos históricos, ya los intentos conocidos de organizar la historia en periodos y
con marcas históricas iguales para todos los grupos sociales y para todos los propósitos
de estudio, nos han demostrado su inutilidad.
Ninguna fecha, por importante que sea, significa borrón y cuenta nueva, ni un paso de una edad a otra equivale a un cambio brusco en las condiciones normales de vida de los que viven. Podríamos decir que la mayoría de los protagonistas de estos cambios ni llegan a enterarse de que se han producido. La división de la historia es una creación de los historiadores muy posterior a los hechos.2
c). Lo ideológico que no deja de estar ubicado en la historia, desde luego que está siempre presente en la evocación y tratamiento (que puede llegar hasta la manipulación) de los tiempos. De este modo, quien tiene el poder (por lo menos para dejar evidencias sobre personas, épocas, hechos, instituciones, etc. para resaltar lo que ideológicamente convenga), lo hará a través de diversos medios, como pueden ser documentos de archivo, publicaciones, nombres de calles, monumentos, establecimiento de fechas cívicas, inserción en programas escolares y muchas maneras más que nos distorsionan la perspectiva cronológica de la historia, por darle a los acontecimientos históricos dimensiones irreales y plantear como marcas históricas, hechos que en realidad no lo fueron.
¿Qué pasa con el tiempo?
Cuando Marc Bloch nos define a la historia como "la ciencia del hombre en el
tiempo" o Fernand Braudel como "algo que se pega al historiador igual que la
tierra a la pala del labrador", nos presentan al tiempo como la dimensión o
atmósfera natural en la que se da la historia y sin el cual no podríamos concebir su
existencia. Sin embargo, estamos ante dos posturas teóricas distintas, en las que el
primero plantea el tiempo como un continuo, un "cambio perpetuo" en el que se
dan los hechos históricos y el segundo nos plantea la multiplicidad de los tiempos
históricos, que depende de los estudios estructurales, coyunturales o de acontecimientos
particulares que se realicen.
Para quien aprende, enseña, investiga o divulga la historia, la
respuesta a esta pregunta es algo prioritario para definir la manera en que se
estructurará su objeto de estudio: ¿deberá tomarse el tiempo como algo con existencia
propia a cuya dimensión y registro ya convenidos deberá ajustarse? o ¿cada historia
tiene su tiempo y quien se acerca a ella, deberá decidirlo y definirlo?
La contestación respuesta a este cuestionamiento no es en sí una
disyuntiva, pues ambas dimensiones temporales deberán tomarse en cuenta:
Robert Berkhofer Jr. considera que el uso de la temporalidad por los
historiadores implica "dos dimensiones básicas del tiempo" la dimensión
externa del tiempo físico susceptible de ser medida; y la interna del tiempo subjetivo.3
O como lo plantea Skorstsov:
Los pueblos no entran simultáneamente en las fases análogas del desarrollo histórico desde el punto de vista de la escala astronómica del tiempo... El tiempo no puede existir fuera de los acontecimientos y relaciones reales. Pero a la vez, el tiempo es objetivo y universal, por cuanto el movimiento del mundo material tiene un carácter universal y es universal también el vínculo de los procesos reales.
La reflexión sobre esta búsqueda nos lleva a
plantearnos ya en la práctica del trabajo histórico, primero, la necesidad de partir de
un tiempo objetivo ubicado y determinado en el campo de lo astronómico, aceptado por
convención y registrado por la sociedad y que cada vez tiende más a la universalización
por la tendencia mundial de regirse por un calendario común y el tiempo o tal vez, dicho
mejor, los tiempos históricos sociales que cada bloque histórico, cada coyuntura, cada
acontecimiento, cada marca y cada historiador observa y registra, así como cada persona
que se interesa por escribir, enseñar o divulgar la historia, lo utiliza para su mejor
presentación.
En este campo del quehacer histórico pueden encontrarse un sinfín de
modos y estilos, según las necesidades e imaginación de los historiadores: "las
formas del tiempo se entrelazan en complejos arabescos, en interferencias refinadas".4
Así, según el ámbito del grupo social estudiado, el tratamiento de
los tiempos pueden ser: local, regional, nacional o mundial.
De acuerdo al tipo de estudio: longitudinal o transversal.
Para hacer un análisis: sincrónico o diacrónico.
Al depender de la dirección en que enfoquemos los hechos históricos,
estos pueden ser: progresivo o retrospectivo.
Otro aspecto del tiempo que merece una especial atención es la
distinta intensidad con que se producen y suceden los hechos históricos. De manera que en
algunos periodos hay hechos que parecen producirse más y con mayor fuerza; por ejemplo
las artes en el Siglo de Oro español o los enfrentamientos entre la Iglesia católica y
el gobierno de México en la primera mitad de esta centuria. Por esta razón, al
periodizarse una obra histórica a unos tiempos se les dedica más espacio que a otros,
haciéndolos ver como llenos de historia, mientras que en los de poca intensidad, parece
que poco o nada trascendente ha sucedido.
En todo caso, es evidente la pluralidad de los tiempos sociales y la
gran variedad de tratamientos que puede tener de acuerdo con sus propósitos y a los
intereses de las personas que intervienen en su estudio, bien sea como creadores o como
destinatarios.
Un punto interesante en el tratamiento de los tiempos históricos en su
relación con el espacio y esto es demasiado importante cuando hablamos de historia
regional, con toda la plasticidad que este término implica, pues el manejo de los
espacios es tan rico y complejo como el de los tiempos; riqueza y complejidad que se
multiplican con la relación entre ambos. En este aspecto es mucho lo que uno puede
aprender de los literatos, que en el campo del cuento y la novela (y para nuestro interés
en la novela histórica), pues han desarrollado una gran creatividad. Sin limitarse a su
propio campo disciplinar, como ejemplo tenemos la siguiente cita acerca de los
cronotropos.
Vamos a llamar cronotropo (lo que en traducción literal significa "tiempo espacio" a la conexión esencial de relaciones temporales y espaciales asimiladas artísticamente en la literatura. Este término se utiliza en las ciencias matemáticas y ha sido introducido y fundamentado en la teoría de la relatividad (Einstein). A nosotros no nos interesa el sentido especial que tiene el término en la teoría de la relatividad; lo vamos a trasladar aquí casi como una metáfora (casi, pero no del todo); es importante para nosotros el hecho de que expresa el carácter indisoluble del espacio y el tiempo (el tiempo como la cuarta dimensión del espacio).5
Las maneras literarias de jugar con los tiempos y
los espacios, de hacerlas ver como siempre presentes y cercanas al lector, ese tiempo
interno de los personajes (Ulises de James Joyce y Orlando de Virginia Wolf), se
asemeja bastante a los tiempos sociales y es, por tanto, conveniente tomarlas en cuenta
para la historia cuando ésta es, para enseñarla y difundirla, con el cuidado, pero sin
el temor de aventurarse en la ficción. No es lo mismo el concepto y tratamiento que un
erudito historiador debe tener con el manejo de los tiempos históricos, que como los
percibe y entiende un estudiante de educación básica o una persona que lee por placer
una obra histórica de divulgación. A este respecto, Le Goff, en Lo maravilloso y lo
cotidiano en el Occidente medieval, plantea un equilibrio que "debe ser lo
científicamente defendible y comprensible para los jóvenes estudiantes".
Los cortes históricos no pueden realizarse sólo con base en los
tiempos largos o cortos. Es necesario tomar en cuenta, sobre todo, que el periodo
delimitado tendrá la propia dinámica que le proporciona la fuerza del tiempo social en
yuxtaposición, muchas veces, con el tiempo espacio, para que queden sucesos (génesis,
desarrollo y repercusiones) que conformen una esfera provocada por la confrontación de
tiempos.
Consideraciones para la periodización de la historia regional
En primer lugar, nunca se deberá sacrificar lo esencial de los procesos por priorizar la
cronologización. Las periodizaciones, por más exactas y científicas que pudieran ser,
no pasan de ser referencias temporales con un propósito de estudio, que tienen, y poco,
que ver con los procesos históricos reales. Por más que una fecha nos parezca una gran
marca histórica, o como dirían algunos un "parteaguas", estará cargada de una
gran subjetividad muchas veces ideológica y puede ser representativa para una persona o
un grupo social; pero muchos no se darán ni por enterados, o puede afectar a algunos
aspectos de la vida social y otros seguirán su propia dinámica. Como ejemplos podríamos
mencionar la matanza de estudiantes en la ciudad de México en 1968; la gran explosión de
las calles de Guadalajara en abril de 1992. Hechos que, sin duda tuvieron una gran fuerza
y trascendencia para ciertos aspectos y grupos de la sociedad, pero no necesariamente
determinaron cambios en todos los campos y fases de la sociedad mexicana.
Dentro de la responsabilidad que tenemos los historiadores de lo
regional, en la recuperación y fortalecimiento de nuestra identidad cultural y nuestra
conciencia histórica, juega un papel de primer orden la apropiación de nuestra visión
de la historia y con ella de nuestros tiempos, los tiempos latinoamericanos, los tiempos
mexicanos, los tiempos de cada grupo social y comunidad. Para ello, no sólo basta una
nueva concepción teórica, sino que deberá ser una actitud presente en la actividad
cotidiana de los investigadores, creadores de materiales de estudio, profesores y
difusores de la cultura histórica. Considerara las periodizaciones conocidas, como parte
de un marco de referencia y como convenciones que facilitan el entendimiento, no como
criterios rígidos; en fin, recuperar los tiempos propios en su sentido y su significado.
El siguiente texto de Weinberg resulta muy ilustrador al respecto:
Queremos señalar que admitir como satisfactorio el modelo de los países hoy desarrollados (con su tiempo histórico, su ritmo propio y sus modalidades de crecimiento) puede llegar a constituirse en un contratiempo. La respuesta juiciosa sería recuperar nuestro tiempo lo que en modo alguno significa ignorar el del resto del mundo, o desaprovechar sus enseñanzas, hasta donde ellas puedan ser compatibles con nuestros proyectos, modelarlo tomando en cuenta nuestra propia realidad, proponiéndose metas alternativas cuyo logro quizá pueda requerir saltear etapas o dar rodeos para alcanzar objetivos muy verosímilmente distintos, diferentes.6
Lo mismo puede afirmarse de la recomendación que a este respecto nos hace Leopoldo Zea:
El historiador ha de cuidarse de que los marcos en que encuadre su materia no los imponga a ésta desde un antemano extrínseco a ella, sino que sean sugeridos por la articulación con que lo histórico mismo se presenta.
Debemos tener claro que los propósitos de nuestros
estudios históricos, así como la intención que los anima, son fundamentales para
definir la periodización más adecuada, las acciones de investigación, docencia y
difusión histórica, requieren cada una de su propia especificación de tiempos. La
historia que se trabaja y comparte con pequeños grupos de especialistas, es sin duda
tratada de manera diferente, comparada con la que busca enseñarse a los estudiantes en
situaciones escolares controladas y a la que se divulga a las grandes masas con
propósitos culturales e ideológicos.
Estos destinatarios representan, por lo general, la razón de ser de
los estudios históricos, por lo tanto, conocer y tomar en cuenta la percepción de la
historia y sus tiempos, es primordial para quien trabaja profesionalmente en este campo.
Los propósitos particulares del trabajo histórico nos llevan a la
delimitación correspondiente en cuanto a la región objeto de estudio. En este caso, para
establecer las marcas históricas que nos ayuden a una periodización adecuada, será
necesario detectar y destacar lo relevante en los procesos históricos regionales, sin
perder de vista la relación entre la historia general y la particular del lugar.
En esta múltiple percepción temporal de lo universal y lo particular,
habremos de ubicar los modos y los ritmos con que se mueven los procesos históricos;
algunos, como las mentalidades y entre ellas la religión, la educación y las culturas
tradicionales que se transforman con gran lentitud y para registrarlos, requerimos de
cubrir largos tiempos históricos y otros, como los avances tecnológicos, que por la
rapidez con que se modifican, en un corto lapso podemos apreciar sus cambios.
En las siguientes citas, referidas a la corriente de los Annales,
presentaremos algunos puntos de vista al respecto.
El tiempo de la historia en la actualidad es concebido como
múltiple por los historiadores; diversas dimensiones temporales pueden y deben ser
tomadas en cuenta en la investigación. El texto clásico al respecto es el de Fernand
Braudel sobre los tres niveles temporales: la corta duración de los acontecimientos, la
duración media de la coyuntura (con ritmos múltiples a su vez) y la larga duración de
las estructuras. Por otra parte, sabemos que el mismo tiempo estructural, la larga
duración de Braudel, es también múltiple; las estructuras económicas, las sociales y
las mentales son sucesivamente más lentas en su evolución.7
Con la revista Annales... la Historia seguiría ritmos diferentes, y la
función del historiador sería, ante todo reconocer esos ritmos. Más importante que el
nivel superficial, el tiempo rápido de los sucesos, sería el nivel más profundo de las
realidades que cambian lentamente (geografía, cultura material, mentalidades; en líneas
generales las estructuras): es el nivel de "larga duración".8
Por un lado, la historia puede y debe ser ciencia tanto de lo que
perdura como de lo que cambia, de las estructuras como de los acontecimientos, de los
mecanismos como de los fenómenos. Por otro lado, me parece que las otras ciencias humanas
están condenadas a la esterilidad si no sitúan en el flujo de la historia el objeto de
su estudio o bien si no se colocan ellas mismas en ese flujo. Pero aun así, lo cierto es
que la historia se interesa más por las evoluciones que por las permanencias. Aunque
según las épocas y los tipos de sociedades, la historia puede verse llevada a asignar
una importancia mayor o menor a los tiempos largos, que son los de las permanencias y que
se acercan o alejan a la historia de otras ciencias vecinas más específicamente
dedicadas al estudio de las sociedades llamadas sin historia, por ejemplo, la etnografía
o el folklore.9
A propósito de esta pluralidad de los tiempos históricos, no sólo se
trata de los modos en que el historiador los entiende y los estructura para explicarlos,
también deben considerarse, sobre todo cuando en la historia regional acudimos a los
testimonios personales, la manera en que las personas, en especial los habitantes de las
regiones tradicionales, perciben, miden y registran sus tiempos, que no siempre coinciden
con las convenciones universales. Así las estaciones del año pueden no ser las cuatro
clásicas que aprendimos en los textos europeos (que en nada coinciden con su realidad),
sino sólo "tiempo de lluvia y tiempo de secas" o una jornada de trabajo que no
se definía por un número exacto de horas, sino un "de sol a sol" que cambia
según la época del año. Lo mismo puede suceder cuando se refieren a un periodo de la
historia evocado por la tradición oral: "en tiempo de Rojas", "en los
años de la Cristiada", "cuando el agrarismo", "en los tiempos de mi
abuelo", expresiones que más que referencias cronológicas precisas, están plenas
de subjetividad y nos dicen cómo la historia queda grabada en cada persona.
Especificar cómo cada cultura registra sus tiempos y cómo éstos se
organizan a partir de sus propias necesidades. Algunos pueblos han dejado su historia
ubicada y registrada cronológicamente, no se conoce su relación y secuencia con los
calendarios conocidos; otros más, como sucede con las pinturas rupestres, no tiene
explícita una fecha.
No puede perderse de vista, en relación con el tiempo, las diferencias
de percepción entre lo cotidiano y lo académico; los tiempos vividos y los ajenos; los
que viven los tiempos y los que intentan periodizarlos para reconstruir la historia.
Enseguida, tres aportaciones que pueden sernos de gran utilidad para la
periodización histórica:
El tiempo.
a). Se distingue el tiempo presente de la enunciación que determina la
linealidad y causalidad del relato. En interacción con este presente continuo, se marca
la temporalidad del texto.
b). Vinculado con lo anterior, se estudia la relación entre el tiempo
subjetivo (interno) de los actuantes y el tiempo objetivo (externo). En términos
actanciales se pueden dar también otras relaciones temporales, p. ej. antes/ahora.10
...Sergio Bagú distingue tres dimensiones de la temporalidad
pertinentes para el estudio "de los seres humanos organizados en sociedades": 1)
el tiempo organizado como secuencia, o transcurso; 2) el tiempo organizado como radio de
operaciones, o espacio; 3) el tiempo organizado como rapidez de las transformaciones y
riqueza de las combinaciones o intensidad".11
Las cuestiones básicas para el historiador serían: 1). La
delimitación de la secuencia estudiada; 2). El orden de la secuencia en relación al
tiempo; 3). La razón del orden de ocurrencia; 4). La ubicación de la secuencia en el
tiempo (¿por qué se dio en aquella época y no en otra?, ¿por qué no pasó entonces
otra cosa?); 5), El ritmo de transformación, su homogeneidad o heterogeneidad durante la
secuencia examinada.12
La relación entre la historia y sus tiempos debe darse de manera
natural y flexible, al considerar aspectos de la historia que se estudian y el ritmo con
el que se mueven para combinar diversos tratamientos de acuerdo a los propósitos y
necesidades de estudio y su difusión y enseñanza. Algunos de estos tratamientos pudieran
ser los que a continuación se mencionarán.
Una presentación longitudinal de los hechos cuando la intención sea
analizarlos en sus propios procesos, de manera diacrónica, en lo que le es esencial y
específico. Por ejemplo, estudiar sólo la secuencia de lo educativo en sus
particularidades a todo lo largo de la historia, su evolución en el tiempo. Lo mismo
podría decirse en relación con lo laboral, lo artístico, etcétera.
En otros casos, lo conveniente podría ser realizar cortes
transversales que nos permitan estructurar y observar de manera sincrónica el panorama
general de un momento histórico determinado. Por ejemplo, al hacer un corte de la
historia de la Región de los Altos de Jalisco en 1925, veríamos su situación social,
económica, política, cultural, religiosa, etcétera.
Como puede deducirse, en ambos casos observaremos limitaciones, como la
falta de contextualización en el primero, o demasiada rigidez en el segundo, pero una
adecuada combinación de los dos, puede multiplicar y aprovechar sus ventajas.
Lo más común y tradicional es que estudiemos la historia de manera
progresiva, de acuerdo a una dirección, desde lo más antiguo hasta la actualidad. Sin
embargo, en algunos casos y sobre todo con fines de divulgación y enseñanza, ha mostrado
su utilidad el enfoque retrospectivo en que a partir de los acontecimientos presentes
vayamos al pasado, en la búsqueda de orígenes y causas.
Mucho más puede decirse alrededor del tiempo y la historia. Tanto en
las reflexiones teóricas, como en el trabajo cotidiano de los historiadores, se recrean
los procedimientos cronológicos en esta búsqueda permanente. En ese sentido y a manera
de reflexión final, les dejamos estas palabras de Le Goff.
Notas
1. Leopoldo Zea. Weinberg.
2. Montserrat Llorens. Didáctica de la historia.
Ed. Vicens-Vives. Barcelona, 1966.
3. F. S. Cardoso. Introducción al trabajo de la
investigación históricas. Ed. Grijalbo. Barcelona, 1982.
4. Jacques Atlali. Historia del tiempo. Fondo de
Cultura Económica. México, 1992. p. 9.
5. Mijail Bjtin. Teoría y estética de la novela.
6. Weinberg. De historia e historiadores.
7. F. S. Cardoso. Op. cit.
8. F. Braudel. La historia y las ciencias sociales.
Alianza Editorial. Madrid, 1970.
9. Jacques Leggof. Lo maravillosos y lo cotidiano en
el mundo Occidente. Gedisa. Barcelona, 1994.
10. Yvette Jiménez de Báez. La narrativa de José
Emilio Pacheco. Ficción e historia. El Colegio de México. México, 1979.
11. F. S. Cardoso. Op. cit.
12. Cardoso. cit. a Berkhofer.