
El discurso de la política educativa: 1930-1958
Luz Elena Galván de Terrazas*
* Investigadora del Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en
Antropología Social (CIESAS), México, D. F.; miembro del Comité Mexicano de
Investigación Educativa (COMIE, A. C.).
Introducción
El deseo por educar a la población mexicana, lo encontramos desde los primeros pasos
que dio el México Independiente. Desde esa época, se habla ya de la educación como el
camino para progresar. Poco a poco, este deseo se fue convirtiendo en realidad. Diversas
fueron las políticas educativas que se pusieron en marcha durante el siglo XIX y
principios del XX.
Sin embargo, no fue sino hasta el México posrevolucionario que todos
estos esfuerzos, iniciados en el siglo XIX, se consolidaron. En este artículo,
presentaré una pequeña muestra de cómo esta política educativa fue cambiando a través
del discurso oficial, sobre todo en las décadas que van de 1930 a 1950.
Para su realización me basé, principalmente, en periódicos
publicados por la Secretaría de Educación Pública en dicho período. Este material lo
obtuve de la Colección Latinoamericana Nettie Lee Benson, que en el texto aparecerá con
las siglas: LABC (Latin American Benson Collection). Dicha Colección se encuentra en la
biblioteca de la Universidad de Texas, en Austin. También utilicé material secundario
que me ayudó a contextualizar la documentación obtenida en esta biblioteca. La búsqueda
la pude llevar a cabo gracias al apoyo del personal que trabaja en la Biblioteca de la
Universidad de Texas, a todos ellos mi agradecimiento, y en especial a su directora, la
Sra. Laura Gutiérrez-Witt.
La educación en el período posrevolucionario
A nadie escapa la labor realizada por José Vasconcelos al frente de la nueva Secretaría
de Educación Pública en 1921. Muchos de los planteamientos expuestos en esa época,
perduraron durante toda la década de los años veinte; esto es muy importante para
comprender lo que sucedió más tarde, en los años treinta.
Parte importante de la campaña de Vasconcelos se basaba en la
educación para el campo, idea que continuó posteriormente. Es así cómo hacia 1926 se
habla de que "a pesar de las limitaciones de presupuesto, se ha aprobado la creación
de mil nuevas escuelas rurales, y se ha ampliado a diez el número de Misiones
Culturales". Lo anterior se debía a que, decían, "existen numerosísimos
poblados que por su alejamiento, no han conseguido hasta ahora los beneficios de una
escuela rural..." Dichas escuelas se instalarían en lugares en donde no había
ningún establecimiento educativo (LABC, SEP, El sistema de escuelas rurales... 1927).
En el discurso pronunciado por el Presidente Emilio Portes Gil en 1929,
se decía que "Uno de los principales puntos del programa de Gobierno que piensa
desarrollar el Sr. Presidente, es el fomento de la educación rural, que se desea llegue a
alcanzar una extensión que nunca había tenido y que es indispensable para terminar la
obra de la Revolución" (LABC, El Sembrador, Nº 1, SEP, 1929).
En otro discurso, Portes Gil se refería a que la "educación de
las clases trabajadoras de México es el único camino seguro de su positiva
redención". De aquí que su esfuerzo se concentrara en extender la enseñanza rural
en toda la República (LABC, El Sembrador, Nº 2, SEP, 1929).
Sin embargo, este deseo se encontraba con el problema de la falta de
recursos económicos para lograrlo. De aquí que se insistiera en la necesidad de que las
comunidades campesinas sostuvieran las escuelas rurales por medio del sistema denominado
de "Circuitos Rurales". Dicho sistema consistía en que un maestro central,
pagado por la Federación, organizaba, vigilaba y dirigía, en continuas visitas a
escuelas circundantes, sostenidas por las propias comunidades (Ibid.).
Al problema anterior se aunaba el de la falta de maestros preparados.
Se decía que la "urgencia con que los Gobiernos Revolucionarios han considerado la
enseñanza del pueblo, han obligado a la sep a improvisar maestros para las escuelas
rurales". De aquí la necesidad de "no abandonar a los maestros rurales en su
impreparación". Es por esto que se habían organizado las Misiones culturales que
tenían, entre otras, la finalidad de impartir cursos breves a los maestros (Ibid.).
Sobre el profesor, Portes Gil decía: "Siendo el maestro el primer
factor de la escuela, he creído necesario estimularlo, garantizarlo como un trabajador
intelectual que rinde enormes servicios a la República..." Es por esto que se
habían formulado proyectos de leyes de jubilación, de estabilidad y escalafón
magisteriales, al igual que se había fomentado la construcción de la Casa del Maestro (Ibid.).
Hay que recordar que, hasta entonces, el maestro no contaba con ninguna de estas
prestaciones sociales.
La educación socialista y su discurso
Al iniciarse los años treinta se reforzó esta política educativa hacia el campo.
Narciso Bassols, ministro de educación en 1932, decía que la escuela rural era la
"dádiva generosa que la Revolución ha dado a los campesinos". Este secretario
reconocía que la labor educativa no se podía realizar si no se atendía el problema de
los maestros, tanto en su preparación, como en sus bajos salarios. De aquí que dijera
que la escuela rural necesitaba afianzarse mediante la "elevación de los maestros,
mediante su preparación mejor y más completa, lo que sólo será posible cuando
desaparezcan los sueldos de 27 pesos al mes que ganan hoy los mil maestros rurales. Las
escuelas rurales trabajan en un ambiente de heroico esfuerzo hecho por el maestro rural,
para vencer la escasez de elementos, de materiales escolares, de equipos". Terminaba
por decir: "Las escuelas están pobres por dentro, y es menester mejorarlas en el
sentido material". Hablaba del "maestro heroico, que vive y trabaja por el santo
milagro de la nobleza de la causa, compartiendo con el campesino sus miserias y dolores,
sus afanes y desvelos" (LABC, El Maestro Rural, SEP, año I, Nº 10, julio de
1932).
Una conquista importante de los maestros rurales en 1933 fue el aumento
de sus sueldos de $1.00 y $1.50, a $2.00 al día. Se decía que los anteriores salarios
"no garantizaban un trabajo eficaz" (LABC, El Maestro Rural, SEP, año
III, Nº 8, 15 septiembre de 1933).
Ahora bien, si de hecho hubo un pequeño aumento en el salario de los
maestros, su situación no había mejorado mucho. Como ya apuntamos anteriormente, el
maestro no contaba con prestaciones. Es por esto que, en enero de 1934 se aprueba el
"Reglamento del retiro de las maestras encinta", bajo el gobierno de Abelardo
Rodríguez. Ya en la Ley de Escalafón de julio de 1933, se habla del retiro de las
maestras encinta, y en 1934, se da su reglamentación. Entre otras cuestiones, se dice que
el retiro será de tres meses, que las maestras percibirán íntegramente sus sueldos, y
que tendrán que someterse a un examen médico para verificar su estado, entre otras cosas
más.
Al respecto se comentaba que se esperaba que dicho reglamento diera a
las maestras "descanso y auxilio, conforme a la filosofía del seguro de obreros y
trabajadores en las nuevas tendencias sociales...", y que por otro lado, se
"procurara el advenimiento de una raza más vigorosa, protegiendo al infante desde el
seno materno" (LABC, El Maestro Rural, SEP, T. IV, Nº 2, 15 de enero de
1934).
Al finalizar el año de 1934, encontramos un cambio muy importante
dentro de la política educativa del país. Así el 19 de octubre, el Senado de la
República aprobaba el proyecto de Reformas al Artículo 3º de la Constitución Nacional,
estableciendo la enseñanza socialista en lugar de la enseñanza laica (36 votos a favor y
13 en contra). Así el discurso va a cambiar, ya que una nueva política educativa lo
anima.
Se habla de que la educación socialista persigue "identificar a
los alumnos con las aspiraciones del proletariado, fortalecer los vínculos de solidaridad
y crear para México, de esta manera, la posibilidad de integrarse revolucionariamente
dentro de una firme unidad económica y cultural". Por medio de la escuela socialista
se llegaría al "terreno de bienestar económico y moral que ambicionamos para
México". Y se decía que los maestros rurales eran los "soldados de que se vale
la Revolución para realizar una campaña desfanatizadora entre las masas campesinas del
país" (LABC, El Maestro Rural, Nº 10 y 12, noviembre y diciembre de 1934).
Al subir Lázaro Cárdenas a la presidencia, su discurso siguió
también por el camino de la enseñanza socialista. Se trata de un discurso triunfalista,
en donde la educación socialista será la panacea que acabará con todos nuestros males.
Se habla entonces de que la "implantación de la escuela socialista significa un paso
más hacia la redención material y espiritual de las clases asalariadas, dentro de un
orden de efectiva justicia social". Para lograr dicho propósito se menciona la
necesidad de "liquidar el analfabetismo de las masas y destruir los privilegios de la
cultura, poniendo la escuela al alcance de las clases laborales". Se prefería que
dicha educación se encauzara hacia las "masas campesinas y obreras". De nuevo,
en este discurso, se enfatiza la necesidad de difundir y adentrar en los espíritus dicha
ideología, con objeto de que la clase explotada se organice en sindicatos y cooperativas,
que le permitan defender sus derechos..." (LABC, El Maestro Rural, SEP, T. VI,
Nº 4, febrero de 1935).
Al hablar del maestro, en varios discursos se referían a él como
"un puente entre las tradiciones del pasado y las formas de vida del porvenir".
Para que el maestro realizara su labor, se decía que éste debería contar con "un
franco apoyo para que pudiera cumplir la alta misión de encauzar a las juventudes dentro
de una doctrina que realice con más eficacia el desenvolvimiento económico de la
nación" (LABC, El Maestro Rural, SEP, T. VI, Nº 11, junio de 1935).
La idea de presentar a esta educación dentro de un discurso
triunfalista, hacía que se minimizaran problemas muy graves, como era el asesinato de
varios maestros socialistas. Se decía que, "a pesar del terreno ganado a los
elementos opositores, ha habido manifestaciones aisladas de fanatismo e ignorancia, que
han culminado algunas veces pocas afortunadamente en el sacrificio de las
vidas de maestros caídos en el cumplimiento de su noble ministerio..." (Ibid.).
En diversos discursos se refieren al maestro como "el arquitecto
esforzado de la reforma educacional", como aquellos que esparcían la "simiente
en los surcos de las mentes, fertilizándolas para producir una nueva sociedad", como
aquellos que iban "moldeando a las futuras generaciones". Se decía que los
"maestros rurales tienen la satisfacción de luchar por la elevación de nuestro
nivel cultural. Poco a poco, con su labor desanalfabetizadora, van desterrando los mitos
que no permiten que nuestro pueblo crezca y madure" (LABC, El Maestro Rural,
SEP, T. VI, Nº 11, junio de 1935).
A pesar de todos estos discursos y elogios hacia el maestro
"abnegado", éste tenía necesidades físicas que no podía cubrir con el
salario que ganaba. Es por esto que el 4 de diciembre de 1935, muchos profesores se
unieron a la manifestación que realizaron grupos de campesinos en la capital de la
República, solicitando mejores remuneraciones. La respuesta de Cárdenas fue que el
gobierno no estaba en condiciones de pagarles cuatro pesos diarios a los maestros, sin
embargo se estaba tratando de que algunas "economías se derramaran en los
trabajadores de la enseñanza, por ser ellos el medio que tenía la Revolución para poder
consolidar las doctrinas sociales". Les hacía un llamado para que siguieran
laborando ya que la Revolución tenía en ellos sus esperanzas. Terminaba por decirles
"Nosotros no somos más que los vigilantes, pero ustedes son los responsables, y en
ustedes están fincadas las esperanzas de la Revolución, para obtener su triunfo
definitivo" (LABC, El Maestro Rural, SEP, T. VII, Nº 12, diciembre de 1935).
Sin embargo, el maestro no se alimentaba tan sólo de bellos discursos,
y por ello sabemos que muchos se lanzaron a las huelgas que se dieron durante el período
cardenista.
Otro problema con el que tenía que enfrentarse la educación
socialista era con el del ausentismo escolar ya que los padres no enviaban a sus hijos a
la escuela porque decían que dicha educación "combatía la religión y arrancaba a
los hijos del amor de sus padres". Constantemente el gobierno decía que eso era
"mentira", que la educación socialista "combatía el fanatismo, capacitaba
a los niños para una mejor concepción de sus deberes, para la lucha social, y para
intervenir como factores en la producción económica. Se enfatizaba en que combatir el
fanatismo no quería decir que se combatieran las creencias del pueblo, sino que se
proponía destruir los prejuicios que mantenían a la juventud en la ignorancia e
impedían el progreso y prosperidad del país" (LABC, El Maestro Rural, SEP,
T. VIII, Nº 6, marzo 1936).
El discurso de la unidad y la educación
Un cambio importante en México lo marca la década de los cuarentas. La
industrialización de México influirá de manera decisiva en la política educativa.
Avila Camacho como presidente de la República, puso gran interés en la actividad
industrial, ya que ésta abría oportunidades para la inversión de capitales. Este
impulso hizo que la cuestión agraria se fuera descuidando.
Se crearon institutos tecnológicos cuya finalidad era formar cuadros
para la nueva industria mexicana. Este proceso trajo consigo la migración del campo a la
ciudad, ya que era en ella en donde se ofrecían mejores fuentes de trabajo.
Avila Camacho vio en la educación la "base más firme" para
llegar a la deseada "unidad nacional". De aquí la necesidad de lograr la
"unidad de la educación". Con base en ésta se redactó, en 1942, la Ley
Orgánica de Educación, reglamentaria del artículo 3º. Siguiendo sus lineamientos se
formularon los nuevos programas para todas las escuelas primarias de la República, lo
mismo en las urbanas que en las rurales, ya que era "urgente establecer vasos
comunicantes entre lo rural y lo urbano en educación" (Castillo, 1976: 42).
El secretario de educación, Octavio Véjar Vázquez, hacia 1942,
decía que debido a los momentos de guerra en que se encontraba el mundo entero, era
necesario "reconstruir moralmente al país y avivar viejos principios de nobleza y de
bondad", para lograrlo era necesario enfilar la escuela "hacia un nuevo
humanismo alentando nuestra época con valores precisos de cultura que reflejen más el
sello de la persona y restablezcan la unidad derrocada" (LABC, Boletín del
servicio de información pedagógica, SEP, año I, Nº 8, noviembre de 1942).
De este modo, con el objeto de contribuir a la unidad de los mexicanos,
era necesario que se impartiera en todas las regiones del país la misma educación. Para
ello se realizaría la "igualdad de planes y programas de estudio y de métodos de
enseñanza". Se hablaba de una "nueva escuela", la cual estaba ligada a la
idea de "nacionalidad".
Para lograrlo se pugnaba porque la escuela no dividiera a los alumnos,
ni a los maestros en urbanos y rurales (Ibid.).
Es así como, durante el gobierno de Avila Camacho, por primera vez se
aplicaba en México un mismo programa para las escuelas del campo y de la ciudad, con la
misma orientación, propósitos comunes e igual contenido, aunque podían ser adaptados en
diferentes medios.
Se hablaba de que la "nueva escuela debería ser como un río
caudaloso con cuatro afluentes: nuestra tradición, nuestro medio físico, nuestro
ambiente social y nuestro destino histórico". El secretario de educación insistía
en que, a esa escuela, debían asistir "todos los hijos de los mexicanos, al mismo
banco, bajo el mismo maestro y con el mismo método de enseñanza. Si queremos forjar una
nación, es indispensable que en la escuela se integre esa nacionalidad, es necesario
tener una sólida característica, hemos de ser mexicanos ante todo" (LABC, Boletín
del servicio de información pedagógica, SEP, Año I, Nº 9, diciembre de 1942).
De nuevo era el maestro en quien recaía la responsabilidad de la
"nueva escuela". Era el encargado de crear un sistema capaz de organizar
adecuadamente la homogeneidad de nuestra cultura, constituyendo así sobre bases firmes,
la definitiva "unidad nacional". Avila Camacho se refería a él como un
"soldado que cumple abnegadamente una función que asegura la continuidad de la
República". Por considerársele como un soldado se le pedía que se mantuviera
"ajeno a organizaciones distintas de las suyas propias" LABC, Boletín del
servicio de información pedagógica, SEP, año I, Nº 4 y 6, julio y septiembre de
1942).
Problemas con los maestros trajeron como resultado la renuncia del
Secretario de Educación, Octavio Véjar Vázquez. Un nuevo ministro, Jaime Torres Bodet,
ocupó su lugar enfocando sus esfuerzos hacia una gran campaña contra el analfabetismo,
al amparo de las leyes de emergencia del 21 de agosto de 1944.
Este nuevo secretario creía que la gente se reunía en torno de una
gran "empresa vital" y de un programa en el que todos pudieran participar. De
aquí que pusiera en marcha esta campaña en contra del analfabetismo.
El 1º de marzo de 1945, México inició la etapa de enseñanza de la
Campaña Nacional contra el Analfabetismo. Dicha campaña se proponía enseñar a leer y a
escribir a todos los iletrados. Se hablaba de que, un país en el cual "la mitad de
sus habitantes está compuesta por analfabetos, tiene el deber de integrar su unidad no
únicamente con postulados políticos, sino con programas educativos". El presidente
de la República decía que no había "independencia en la noche de la ignorancia.
Enseñando a los millones de compatriotas que no saben leer y escribir, estamos
coadyuvando a su independencia". Se pedía que todo aquél que supiera leer y
escribir le enseñara a un analfabeto (LABC, El Maestro Mexicano, SEP, año I, vol.
III, julio de 1945).
En junio de 1945, Torres Bodet decía que lo más importante de su
gestión era, por un lado, el haber logrado aumentar el presupuesto para Educación
Pública, y por otro, la creación del Instituto Federal de Capacitación para el
Magisterio (19 de marzo de 1945). En este Instituto se atendían también cursos por
correspondencia. Aquellos maestros que pasaran los exámenes correspondientes, gozarían
de una compensación económica. En este discurso también se hacía referencia al
programa de construcciones escolares, a la Campaña contra el Analfabetismo, de la cual se
decía que todavía no concluía, y a la aparición de la biblioteca Enciclopédica
Popular (LABC, El Maestro Mexicano, SEP, año I, vol. II, junio de 1945).
A pesar de todos estos esfuerzos, el ideal de Avila Camacho de lograr
la unidad de la educación no se realizó, debido entre otras cuestiones, a que el Estado
carecía de una doctrina de unidad nacional que coordinara la educación con el resto de
las actividades.
A Manuel Avila Camacho le sucedió en el poder Miguel Alemán
(1946-1952), quien llamó a Manuel Gual Vidal para que colaborara con él en la
Secretaría de Educación Pública.
El sexenio de Alemán se caracterizó por una política de
"crecimiento económico". La industrialización de México, a cualquier precio,
fue la consigna oficial. De aquí que, el secretario de educación confrontara el problema
de la unidad nacional a la luz de una nueva política social, que trataba de apoyarse en
la industrialización y recuperación económica del país. Su respuesta fue la
planificación y realización de la llamada "escuela unificada", que se basaba
en un sistema que facilitaba el acceso a la enseñanza media y superior, al mayor número
posible de alumnos, y no sólo a los más pudientes.
Orientada la enseñanza elemental hacia la preparación técnica,
agrícola e industrial, la política educativa de Alemán consistió en imprimir a ésta
un acentuado carácter práctico. Comentaba que el nivel promedio alcanzado por la
población de 15 años de edad y más, se calculaba en dos años escolares aprobados como
máximo (Castillo, 1976: 76-77).
La alfabetización en el discurso educativo
Adolfo Ruiz Cortines fue quien ocupó la presidencia de 1952 a 1958. Su colaborador en la
Secretaría de Educación Pública fue José Angel Ceniceros, quien era maestro
normalista. Durante este sexenio se prosiguió con la campaña contra el analfabetismo. Se
decía que la ley del 21 de agosto de 1944, se había dictado como una "medida de
alivio al problema de la educación popular, con sentido de proclama patriótica". Se
reconocía que dicha campaña había disminuido ya que el entusiasmo había decaído, y
que todavía existía un 42% de analfabetos. Es por esto que se hacía un llamado a todos
los ciudadanos para que aunaran sus esfuerzos a los del gobierno federal (LABC, El
Maestro Mexicano, SEP, año III, Nº 3, octubre de 1953).
Se consideraba que la alfabetización era la "piedra básica"
de la obra educativa. Se deseaba que por medio de ella el analfabeto " entendiera sus
problemas y satisficiera sus necesidades elevándose a sí mismo y al país". Sin
embargo, se reconocía que desde el año de 1947 hasta el de 1954, se había venido
registrando un continuo descenso en el número de alfabetizados, por lo que se hacía un
urgente llamado para que dicho fenómeno fuera detenido (LABC, El Maestro Mexicano,
SEP, T. V, Nº 17, julio-agosto de 1955).
Un grave problema que se presentó a esta administración fue que el
presupuesto designado a educación pública no creció al mismo ritmo que las necesidades
educativas, tanto en construcción y reparación de planteles, como en percepciones de
maestros, mejoramiento y adquisición de equipos, laboratorios, bibliotecas y revisión de
programas y libros de texto. Ruiz Cortines hablaba de "forjar la decisión de
superarlas y de lograr el mejoramiento económico, social y cultural de nuestro pueblo,
educándolo para la democracia, la libertad y la justicia". Se reconocía que
existía un "importante déficit" tanto en la enseñanza superior como en la
primaria. Es por esto que se hacía un llamado a todos los "sectores
capacitados" y a la "iniciativa privada" en favor de la niñez, ya que cada
año quedaban fuera de la instrucción primaria más de tres millones de niños (LABC, El
Maestro Mexicano, SEP, T. VII, Nº 32, septiembre-octubre de 1957).
En otro discurso se reconocía que la iniciativa privada había
"respondido con desprendimiento al llamado del presidente, para contribuir a la noble
causa de la educación". Lo anterior se constataba en la cooperación de la
industria, la banca y el comercio para el sostenimiento de la Campaña de Alfabetización,
y la construcción de escuelas (LABC, El Maestro Mexicano, SEP, T. VII, Nº 31,
julio-agosto de 1957).
Parte importante dentro de la política educativa eran las Misiones
Culturales, las cuales se definían como una "agencia de elevación y dignificación
humana..." Además de la capacitación de los maestros, tenían a su cargo campañas
para combatir el alcoholismo y "todos los vicios sociales", la promoción de
"sociedades femeninas para el cuidado de la infancia", de instituciones de
"servicio social" y de formas deportivas y recreativas. Dentro de la nueva
organización se vinculaban los Departamentos de Alfabetización y Misiones Culturales
(LABC, El Maestro Mexicano, SEP, T. V, Nº 14, febrero de 1955).
De nuevo, gran parte de la responsabilidad educativa recaía en el
maestro, a quien se le daba la misión de "moldear el espíritu e infundir
conocimientos". Se decía que al "ejército que educa le está encomendado la
cultura, la espiritualidad de México, lo que perdura" (LABC, El Maestro Mexicano,
SEP, año V, Nº 14, 16, febrero y junio de 1955).
Se hablaba de que la profesión del magisterio era de "grandes
sacrificios y satisfacciones inmensas", y de que quien quisiera ser maestro "no
iría seguramente por el camino de la fortuna. La profesión de maestro es dura, difícil
y hasta podría creerse que ingrata. Exige amor y consagración absoluta, es de ideal y de
perseverancia, de sacrificio y de renunciamiento en no pocos casos". Continuaban
diciendo que "el magisterio tiene mucho de heroico, los maestros son soldados en
cuyas victorias descansa el más alto de los destinos: formar a las nuevas
generaciones" (LABC, El Maestro Mexicano, SEP, T. VI, Nº 20 y 25, mayo y
octubre de 1956).
Una última reflexión
El discurso oficial nos brinda la posibilidad de asomarnos al mundo de la política
educativa y, en este caso, al de la educación en épocas remotas.
Hay cuestiones que perduran, otras más cambiarán. Entre las primeras
tenemos la idea de que por medio de la educación se logrará el progreso de México. Lo
anterior se expresa de diversas maneras a través del discurso oficial. Así, por ejemplo,
la educación socialista afirmaba que por medio de su escuela se obtendría bienestar
económico y moral. Esta educación se presenta como una panacea para terminar con todos
nuestros males. Posteriormente, en la década de los cincuenta, se habla de educación
para lograr la democracia, la libertad y la justicia.
Otra cuestión que perdura es la campaña contra el analfabetismo,
iniciada en los años veinte por Vasconcelos. La educación socialista intenta también
terminar con el analfabetismo, pero no lo logra, ya que se trata de un problema muy grave.
Es por esto que, al subir Avila Camacho al poder se encuentra con una
población analfabeta del 50%. Es aquí en donde nos encontramos con una primera
contradicción entre el discurso triunfalista de la educación socialista y la realidad.
Esta cifra de analfabetos nos hace pensar que, de hecho la oposición a la educación
socialista fue mayor que la que se presenta en la historia oficial.
Posteriormente, al asumir Adolfo Ruiz Cortines la Presidencia de la
República se encuentra todavía con un 42% de analfabetos, y por ello hace un llamado a
todos los sectores para que apoyen dicha campaña, ya que a lo anterior se añade el bajo
presupuesto que existía para el ramo de educación pública.
Todo esto nos recuerda la campaña emprendida en los años veinte por
Vasconcelos. Sin embargo el momento histórico era muy diferente. Vasconcelos supo
encender una mecha que, gobiernos posteriores no pudieron volver a encender.
Otra constante será la falta de maestros preparados, debido a su
improvisación para atender las escuelas rurales. A lo anterior se aunaban sus bajos
salarios, lo que traía como consecuencia que al no poder darles un aumento real, éste se
tradujera en un "bello discurso".
Se deseaba así alimentar al maestro por medio de discursos. Esta es
otra constante que encontramos desde la década de los veinte a la de los cincuenta. Se
habla de los maestros como misioneros, como parte de un importante ejército, como el
puente entre el pasado y el porvenir. Se reconoce que la profesión es dura, difícil e
ingrata, por lo que tendrá que hacer grandes sacrificios, consagrándose con gran amor al
magisterio.
Cabe señalar que la idea de que el maestro es un "soldado"
la encontramos desde el cardenismo hasta el período presidencial de Adolfo Ruiz Cortines.
Esta idea perdura a pesar de los grandes cambios que existen en la política educativa a
partir de la década de los cuarenta.
El discurso oficial nos muestra también cambios interesantes dentro de
la política educativa. Al iniciarse el período posrevolucionario se consolida el
esfuerzo, iniciado en el siglo XIX, de llevar la educación al campo. Es así, en las
escuelas rurales, donde se cristalizará este anhelo. Sin embargo, la falta de recursos
económicos, hizo que a finales de los años veinte, se solicitara a las comunidades
campesinas el sostenimiento de sus escuelas rurales.
Durante los años treinta se refuerza la política educativa hacia el
campo. La educación socialista, en 1934, propone educación tanto para campesinos como
para obreros. Sin embargo, el cambio importante se da en la década de los cuarenta,
cuando se abandona el campo para dar paso a la industrialización urbana. Por primera vez
se proponen los mismos planes y programas de estudio para escuelas urbanas y rurales.
Viene entonces una nueva idea, la de la "unidad nacional", y en función de ella
se sacrifica a la escuela rural. Considero que éste es uno de los cambios más
significativos que nos presenta el discurso de la política educativa, el gran cambio
hacia la década de los cuarenta.
De este modo, el análisis del discurso educativo de los años treinta
a los cincuenta nos deja muchas interrogantes para la actualidad. ¿Qué sucede con el
discurso oficial de la política educativa hoy en día?, ¿existe relación entre el
discurso y la realidad? Muchas son las preguntas que faltan por responder, muchas
investigaciones faltan todavía por realizar.
Material hemerográfico
Materiales de la Colección Nettie Lee Benson, de la Universidad
de Texas, en Austin, citado en el texto con las siglas LABC .
El Sembrador, SEP.
El Maestro Rural, SEP.
Boletín del Servicio de Información Pedagógica, SEP.
El Maestro Mexicano, SEP.
Bibliografía
CASTILLO, Isidro. México, sus revoluciones sociales y la
educación. Gobierno del Estado de Michoacán. México, 1985.
GALVÁN, Luz Elena. Los maestros y la educación pública en México. Un estudio
histórico. Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social
(CIESAS). México, 1985.
MENÉSES, Ernesto (et al). Tendencias educativas oficiales en México,
1911-1934. Centro de Estudios Educativos. México, 1986.
MENÉSES, Ernesto (et al). Tendencias educativas oficiales en México,
1934-1964. Centro de Estudios Educativos y Universidad Iberoamericana. México, 1988.