Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación

No. 9

(nueve)

SECCIÓN

páginas

de la 29 a la 32 de 76

... el rollo

Guadalajara, México - Marzo de 1997

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notas para el estudio de los Institutos Científicos y Literarios en México durante el siglo XIX

Federico de la Torre*

* Investigador del Departamento de Estudios en Educación (DEE) de la Universidad de Guadalajara (UdeG).

El triunfo de la Independencia significa para la historia de México un parte aguas en todos los órdenes, incluso el educativo. Este acontecimiento dio al naciente país la posibilidad de crear sus propias instituciones, a veces sobre la base de las ya existentes desde la época colonial, o bien, sobre cimientos propios y bajo un concepto nuevo, como lo demandaban las circunstancias de la nación en ciernes.

Una muestra de esa transición institucional se puede apreciar a través de las orientaciones experimentadas por la educación superior en el período postindependentista. Establecimientos como el Real Seminario de Minería, que había sido fundado en 1792 para fortalecer la enseñanza de nuevos métodos científico-técnicos en aras de mejorar la explotación minera, se readaptó y continuó como uno de los principales baluartes científico-educativos del emergente Estado mexicano, al menos hasta la década de los sesenta del siglo XIX. Pero no corrieron con igual suerte instituciones coloniales como las universidades de México y Guadalajara, que en su afán por mantenerse al margen de las nuevas corrientes de pensamiento propiciaron su quiebra paulatina desde los inicios de la Independencia, aunque fue hasta la década de los sesenta cuando sucumbieron definitivamente.

En este contexto, enmarcado también por la imperiosa necesidad que México tenía de forjar su proyecto de nación a tono con el auge liberal predominante en la mayoría de las potencias mundiales, dio inicio en algunas entidades, la creación de instituciones científico-educativas que pretendían ser distintas a las antiguas universidades o colegios. Se trató concretamente de los Institutos Científicos y Literarios que, habiendo nacido desde los años veinte como alternativa a la escasa o nula educación superior de algunos estados del país, durante los años posteriores a la Restauración de la República se consolidaron en cada vez más lugares como alternativa en la materia.

Aunque la labor de esos centros educativos resulta ser hasta hoy un capítulo casi desconocido en la historia nacional (seguramente por no responder siempre a las políticas diseñadas y ejecutadas desde el centro), su aporte en la clarificación del devenir científico y profesional de México debió ser más importante de lo que hasta hoy han pensado los historiadores de la ciencia y la educación.(1) Colaborar en despejar esa preocupación, es el objetivo de estas breves notas.

Desde 1822, el gobierno mexicano tomó la decisión de que "una de las vías del progreso [para este país] era la libertad de imprenta para el ‘fomento y propagación de las luces’ y la promoción de ‘conocimientos útiles’ para ‘disipar las tinieblas de la ignorancia’".(2) En consonancia con esa idea, se inició la enseñanza de las ciencias naturales y las artes industriales de manera cada vez más sistemática en las instituciones educativas de la ciudad de México y en algunas otras capitales de los estados.

Uno de los instrumentos a través de los cuales se pretendió conducir esa orientación científico-educativa recayó en el Instituto de Ciencias Literatura y Arte de la ciudad de México, creado el 2 de abril de 1826 con la finalidad de constituirse, no en un establecimiento de enseñanza, sino como un espacio que buscó aglutinar a lo más granado de la intelectualidad mexicana en aras de "estimular la productividad científica, literaria y artística" del país.(3) Se trataba en síntesis, de fomentar y organizar la ciencia y la tecnología en torno a un proyecto liberal-republicano. Según Juan José Saldaña, acciones como la creación del Instituto en cuestión significaron para la ciencia mexicana, abandonar de manera más clara que antes "su carácter privado, su carácter enciclopédico dieciochesco para convertirse en una ciencia hasta cierto punto burocrática, muy cercana a los intereses políticos". Se pretendía con ello incidir en la transformación del nuevo ciudadano que demandaba el ideal de nación aspirado por la élite dirigente.(4)

Sin embargo, al parecer el intento global por definir políticas científicas y educativas de parte del naciente Estado mexicano, careció de efectividad en los primeros años de vida independiente. Para empezar, la posibilidad de articular un proyecto científico nacional a través del Instituto de Ciencias Literatura y Arte de la ciudad de México, pronto se vio frustrada ante la incapacidad de que éste funcionara plenamente. Por otro lado, las innovaciones previstas en materia educativa no siempre marcharon como se había concebido originalmente. El Plan General de Estudios del Gobierno Federal de 1825, que debió incorporar esas innovaciones, mereció el siguiente juicio por parte de José María Luis Mora unos años después de su expedición:

"...no era sino una repetición del plan aprobado en las Cortes españolas, absolutamente impracticable porque casi todas sus disposiciones versaban sobre ramos de enseñanza, de grande utilidad en naciones muy avanzadas en la civilización, pero sin objeto, en las que sólo se hallan iniciadas en ella".(5)

A esa reforma educativa "fantástica" se le atribuyó por el propio Mora, haber introducido "el desaliento aun en los más animados, y hacer que el [asunto] se sepultase en el olvido hasta 1830, en que volvió a tratarse de él".(6)

Pero el desánimo en materia educativa al que alude Mora, no fue la constante en el territorio nacional. Gracias a la forma de gobierno federalista, en algunos estados de la República sus autoridades, en ocasiones apoyadas con recursos particulares, "no dejaron estacionario este ramo en tan largo período"(7) y dieron cause a la difusión y enseñanza de las ciencias modernas. La expresión máxima de esos intentos locales fueron los llamados Institutos Científicos y Literarios o los renovados Colegios Estatales. A diferencia del Instituto de Ciencias Literatura y Arte de la ciudad de México, los Institutos estatales si tuvieron la clara misión de constituirse en establecimientos para la enseñanza orientados por los principios de la Ilustración.

"...Se trataba de que los Institutos fuesen alternativas a la enseñanza heredada de la Colonia y difundida aún en los colegios y universidades controlados por el alto clero y los conservadores en general. De allí el énfasis que ponían en la enseñanza de la ciencia moderna, en los idiomas extranjeros vivos, en carreras nuevas [etc.]".(8)

Durante la Primera República Federal se fundaron Institutos Científicos y Literarios en Zacatecas, Toluca, Chihuahua, Oaxaca y Jalisco y, bajo la misma orientación, fueron renovados los colegios de Puebla y Guanajuato. Si bien resultaron innovadores en su concepción, durante su primera época (hasta 1834), estos centros educativos pocas veces lograron integrar una oferta profesional amplia, a causa de su dependencia casi exclusiva de los presupuestos estatales(9) y de la frecuente inestabilidad política.

No obstante ello, en ese período la mayoría de los institutos y colegios estatales lograron trastocar cualitativa y cuantitativamente el sistema de enseñanza superior que habían heredado de las instituciones coloniales. La articulación de sus planes de estudio se dio en la mayoría de los casos teniendo como eje fundamental la enseñanza de las ciencias físico-matemáticas y experimentales, así como a las bellas artes y los idiomas extranjeros vivos.(10) Materias como las de química, mineralogía, botánica y cirugía, revolucionaron el perfil de los médicos. De igual manera ocurrió con los abogados al encontrar en el estudio de la economía política, la medicina legal y el derecho natural (entre otras nuevas materias) la base de su modernización.

Pero sobre todo, bajo la orientación que se dio a los Institutos Científicos y Literarios, fue posible la incubación de nuevas carreras antes jamás concebidas fuera de la capital del territorio mexicano. Por ejemplo, en algunos establecimientos como los de Jalisco, Zacatecas y Guanajuato,(11) se impulsó el estudio de materias que pudieran estar relacionadas con el incipiente desarrollo de la ingeniería en su versión moderna(12) (aunque en esa época no se hablara expresamente de la "profesión de ingeniero"). Tal fue el caso de la enseñanza de las matemáticas, la física, la química, la mineralogía, el dibujo y las bellas artes, que no se habían enseñado antes de manera muy sistemática, mientras que ahora llegaron a constituir la base para otorgar títulos profesionales de agrimensor (o topógrafo) y perito facultativo en minas (después llamado ingeniero en minas). Ilustran lo anterior, datos como los siguientes: a partir de un decreto expedido por el Gobierno de Jalisco en mayo de 1828, se designó "al profesor de matemáticas del recién creado Instituto del Estado, en compañía de ‘dos profesores de las secciones más análogas’ del mismo, para examinar a los pretendientes a agrimensor".(13) Algo similar ocurrió en Guanajuato en relación a los peritos facultativos en minas desde 1827.(14)

Con el triunfo del Plan de Cuernavaca en 1834, concluyó el primer ciclo de los Institutos Científicos Literarios, pero su huella no desapareció. La mayoría de esos experimentos educativos en los estados tendieron a ser aniquilados por las autoridades conservadoras que arribaron al poder. El argumento empleado para ello debió ser muy parecido en todos los casos. Por ejemplo, en el estado de Jalisco, el Gobernador José Antonio Romero descalificó la obra educativa impulsada por los liberales a través del Instituto, porque se habían desentendido de la "sagrada obligación" de ilustrar verdaderamente a la juventud durante los años que gobernaron.

O más bien [decía Romero], se empeñaron en corromper á los jóvenes que se dedicaban á las ciencias, infundiéndoles desde la tierna edad los principios más erróneos y contrarios a los de la santa Religión que profesan los mexicanos [del] Instituto [...] no se ha recogido otro fruto que el extravío de innumerables niños en quienes Jalisco tenía fincadas sus esperanzas.(15)

A pesar de tan despectivos comentarios, la influencia ejercida en el sistema educativo mexicano por los Institutos Científicos y Literarios durante los años siguientes, difícilmente fue borrada. Por ejemplo, la incursión por primera vez de la enseñanza de la cirugía en algunos de estos establecimientos, fue recuperada por las reabiertas instituciones de cuño conservador después de 1834; este fue el caso de la Universidad de Guadalajara a finales de la década de los treinta.

Pero no solamente por esa vía se mantuvo latente la influencia de los mencionados Institutos. La llegada intermitente de los liberales y con ello la implantación del federalismo en el contexto de la intervención norteamericana, permitió la reapertura de algunos de estos centros educativos. Este fue el caso de los siguientes establecimientos: el Instituto Científico y Literario de Toluca, el Colegio de San Nicolás en Michoacán y el Instituto de Ciencias de Jalisco,(16) que reabrieron sus puertas en los años de 1846-1847. Cabe decir que, la permanencia de esos centros educativos y su funcionamiento en los años siguientes a la reapertura, vivió en la constante zozobra derivada de la inestabilidad política originada por la lucha entre liberales y conservadores (frecuentemente fueron clausurados y reabiertos). Esta situación fue sustancialmente modificada a partir de la Restauración de la República.

Ante un escenario nuevo, que perfilaba cada vez con mayor nitidez las posibilidades de un proyecto nacional acorde a las grandes necesidades que aquejaban al país, la figura de los Institutos Científicos y Literarios fue recuperada cada vez más para fortalecer el desarrollo de los estados. Al consolidarse la República se crearon varios de estos centros educativos. Durante los primeros años de la década de los setenta existían en el país alrededor de 21 instituciones de este tipo, la mayoría de ellas de reciente creación (ver cuadro).

Institutos científicos y literarios o establecimientos afines existentes en el territorio nacional durante la década de los setenta del s. XIX

Institución

Estado

Año de

creación

Instituto Literario del Estado de Guerrero

Guerrero

1869

Instituto Literario del Estado de Hidalgo

Hidalgo

1869

Instituto Literario del Estado de Morelos

Morelos

1872

Colegio Rosales

Sinaloa

1874

Instituto Literario del Estado de Tabasco

Tabasco

1867

Colegio Civil de Aguascalientes

Aguascalientes

1867

Instituto Campechano

Campeche

s/f*

Ateneo Fuentes

Coahuila

1867

Instituto Literario del Estado de Chiapas

Chiapas

s/f*

Instituto Literario del Estado de Durango

Durango

s/f*

Instituto Civil del Estado de Querétaro

Querétaro

1871

Instituto Científico de San Luis Potosí

San Luis Potosí

1869

Instituto Literario del Estado de Yucatán

Yucatán

1867

Instituto de Ciencias de Jalisco

Jalisco

1826

Colegio del Estado de Guanajuato

Guanajuato

1827

Instituto Literario del Estado de México

Toluca

1827

Colegio de San Nicolás

Michoacán

1847

Colegio Civil del Estado de Nuevo León

Nuevo León

1859

Instituto de Ciencias y Artes de Oaxaca

Oaxaca

1827

Instituto Veracruzano

Veracruz

1870

Colegio del Estado de Puebla

Puebla

1825

* No se pudo precisar su año de creación. Sin embargo, no hay indicios de información que avale su nacimiento antes de la década de los setenta del siglo XIX.

Lo que en las décadas de los años veinte y treinta habían sido esfuerzos locales por difundir y enseñar las ciencias modernas, a partir de cátedras que a veces tenían la clara intención de fortalecer la formación de ciertas carreras (como la medicina y el derecho), pero que en otras ocasiones no lograban ser tan explícitas (como en los casos de ingeniería y la farmacia), en los nuevos tiempos se asumió concientemente por estas instituciones educativas su papel formador de profesionistas en los más diversos campos vigentes de la época.

Por ejemplo, en la era que inauguró la Restauración de la República, la preocupación de los Institutos Científicos y Literarios por la formación de ingenieros, además de ser más clara que antes, alcanzó a un mayor número de establecimientos en relación a los tiempos de la primera República Federal. En la década de los setenta, la impartición de enseñanza encaminada a formar ingenieros (ahora sí explícitamente) en alguna de sus opciones, se impartía al menos en los siguientes estados: Sinaloa, Aguascalientes, Querétaro, San Luis Potosí, Guanajuato, Estado de México, Michoacán, Nuevo León, Jalisco, Oaxaca y Puebla.

De entre estos estados de la república, solo las instituciones de nivel superior de Guanajuato y Jalisco habían tenido experiencias previas (de 1827 a 1834) en el campo de las ciencias matemáticas y experimentales (quizás con mayor éxito Guanajuato que Jalisco). Por su parte, al abrirse por vez primera después de la Independencia en 1847, el Colegio de San Nicolás de Hidalgo en Michoacán, inició también la enseñanza de materias orientadas explícitamente a formar ingenieros (sobre todo a partir de 1852).(17)

Sin el triunfo de la república después de 1867, constituyó una oportunidad para que muchas otras entidades del país iniciaran esa travesía, o bien, los que ya la habían empezado, trataran de reforzarla a partir de diversificar su oferta de carreras en este campo. Conviene destacar en el primer caso, al Instituto Científico y Literario de Toluca y al Colegio del Estado de Puebla, y, en el segundo caso, al Colegio del Estado de Guanajuato.

Respecto a las dos primeras instituciones, cabe decir que a pesar de haber sido fundadas por vez primera desde la década de los veinte del siglo XIX, su ámbito de competencia se inscribió básicamente en la enseñanza de la medicina y la jurisprudencia. Esta situación cambió sustancialmente a finales de la década de los sesenta. A partir de la reforma educativa impulsada en 1869, el reabierto Instituto de Toluca pudo ofrecer las carreras de geógrafo e hidrógrafo, ensayador de metales e ingeniero en las siguientes especialidades: topógrafo, mecánico, civil y en minas.(18) Mientras tanto, posterior a la reforma educativa poblana de 1868, el Colegio de esa entidad introdujo la enseñanza de "los estudios superiores de matemáticas, física y química". Este hecho sirvió como preámbulo para el surgimiento de la carrera de ingeniero topógrafo e hidromensor, creada oficialmente en 1869.(19)

En lo que respecta al Colegio del Estado de Guanajuato, con la reforma a la ley local de educación en 1870, pudo ofrecer las carreras de beneficiador de metales y ensayador, además de la ingeniería con las siguientes especialidades: en minas, geógrafo y topógrafo. Gracias a esa reforma se dio una "organización especial" al estudio y prácticas de cada carrera, misma que según Guadalupe Monroy, valió a la escuela de ingenieros de esa entidad ganar la fama como la "mejor de la República" en esta época.(20)

Las notas aquí presentadas, aún están lejos de acercarnos al profundo análisis que merecen los Institutos Científicos y Literarios, como parte fundamental en la historia de la educación superior en México. Sería muy interesante, por ejemplo, reconstruir el papel de estos centros educativos estatales durante toda la era porfirista, ya que fue momento clave en el desarrollo actual del sistema educativo del país. Sin embargo, la importancia que adquirieron en esa época instituciones como la Escuela Nacional Preparatoria y las respectivas de cada especialidad (Medicina, Jurisprudencia, Ingeniería y Agronomía), sirvió para opacar la labor desarrollada por los institutos estatales, también partícipes de ese progreso educativo de México, aunque poco reivindicados hasta hoy.

 

Notas

1. Hasta hoy, la preocupación por la historia de los Institutos Científicos y Literarios ha quedado en manos de los estudiosos de cada estado en que existieron. Sin embargo, poco o nada se ha escrito sobre ellos para explicarlos como un fenómeno de carácter nacional.

2. Rodríguez Benítez, Leonel. "Instituto de Ciencias, Literatura y Artes de la ciudad de México en 1826", en: Juan José Saldaña (editor), Memorias del Primer Congreso Mexicano de Historia de la Ciencia y de la Tecnología, tomo I, Sociedad Mexicana de Historia de la Ciencia y de la Tecnología, A. C., México, 1989. p. 333.

3. Ibídem. pp. 332-336.

4. Saldaña, Juan José. "Acerca de la Historia de la ciencia nacional", en: Juan José Saldaña (editor), Los orígenes de la ciencia nacional, Cuadernos de Quipu No. 4. Sociedad Latinoamericana de Historia de las Ciencias y la Tecnología/Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. México, 1992, pp. 48-49.

5. Luis Mora, José María. "Programa de los principios políticos que en México ha profesado el partido del progreso, y de la manera con que una sección de éste pretendió hacerlos valer en la administración de 1833 a 1834", en: Anne Staples (antóloga), Educar: panacea del México independiente. SEP/Ediciones El caballito. México, 1985, p. 65. [Col. Biblioteca Pedagógica].

6. Ibídem. pp. 65-66.

7. Ibídem. p. 166.

8. Wences Reza, Rosalío. La Universidad en la Historia de México. Ed. Línea/UAG/UAZ. México, 1984, p. 60.

9. Ibídem. p. 61.

10. Por ejemplo, en el Plan General de Estudios que formalizó la creación del Instituto de Ciencias de Jalisco en 1826, se propusieron las siguientes secciones o cátedras: Primera: Matemáticas puras en toda su extensión; Segunda: Gramática general, castellana, francesa e inglesa; Tercera: Lógica, retórica, física general y geografía; Cuarta: Química y mineralogía; Quinta: Botánica; Sexta: Derecho natural, político, civil y constitución general y la del estado; Séptima: Economía política, estadística e historia eclesiástica y concilios; Octava: Moral, instituciones eclesiásticas; Novena: Anatomía descriptiva teórica y práctica, ya en el hombre, ya en los otros animales, anatomía patológica, y cirugía teórica y práctica; Décima: Instituciones médicas, clínica y medicina legal; y, la Undécima correspondió a la "Academia", que contenía los estudios de dibujo, geometría práctica, arquitectura, escultura y pintura. Cfr. "Colección de los Decretos, Circulares y Ordenes de los Poderes Legislativo y Ejecutivo del Estado de Jalisco, comprende la legislación del Estado desde el 14 de septiembre de 1823 á 16 de octubre de 1860", tomo II. Tip. de Manuel Pérez Lete. Guadalajara, 1874. p. 270.

11. Para el Instituto Científico y Literario de Zacatecas, ver Rosalío Wences Reza, op. cit., p. 60. Para el Instituto de Ciencias de Jalisco ver la cita anterior. Y para el Colegio del Estado de Guanajuato, ver Anne Staples, "La constitución del estado nacional", en: Josefina Zoraida [et al.] Historia de las profesiones en México. SEP/El Colegio de México. México, 1982. p. 115.

12. Algunos estudiosos de las profesiones consideran la existencia de la ingeniería como arte desde el nacimiento de las grandes culturas, pero la ubican como una profesión moderna hasta que se dio una relación sistemática entre ciencia y tecnología en aras del progreso material de la humanidad. Esta relación se dio con mayor claridad a partir de la Revolución Industrial. Cfr. William M. Evan, "Ingeniería", en: Enciclopedia Internacional de las Ciencias Sociales, vol. No. 6. Ed. Aguilar. Madrid, 1979. p. 55.

13. Anne Staples, op. cit., p. 117.

14. Ibídem, p. 115.

15. Colección de Decretos [...], op. cit., tomo IV, pp. 344-345.

16. Tanto los institutos de Toluca como el de Jalisco tuvieron vigencia de 1827 a 1834. Por su parte, el Colegio de San Nicolás había sido clausurado a partir de la era independiente de México, después de su brillante trayectoria ligada al clero, y fue justamente a partir de los años cuarenta que se reabrió, ahora con la orientación de los liberales.

17. García de León, Porfirio. "La enseñanza de las matemáticas en el Colegio de San Nicolás de Michoacán". Conferencia presentada en la II Jornada de Historia, Filosofía y Pedagogía de las Ciencias Matemáticas. México, D. F. 27 y 28 de abril de 1995. [Mecanograma]. p. 10.

18. Castañeda Crisolis, Edgar. "Práctica y enseñanza de la ingeniería civil en el Estado de México, 1870-1900". Ponencia presentada en el III Coloquio de Historia de la Ciencia y la Tecnología Regionales, Guanajuato. 7 y 8 de septiembre de 1995. [Mecanograma]. p. 3.

19. Cfr. Márquez Carrillo, Jesús. Op. cit. p. 31.

20. Guadalupe Monroy. Op. cit. p. 719.

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