
Notas para el estudio de los Institutos Científicos y Literarios en México durante el siglo XIX
Federico de la Torre*
* Investigador del Departamento de Estudios en Educación (DEE) de la
Universidad de Guadalajara (UdeG).
El triunfo de la Independencia significa para la historia de México un
parteaguas en todos los órdenes, incluso el educativo. Este acontecimiento dio al
naciente país la posibilidad de crear sus propias instituciones, a veces sobre la base de
las ya existentes desde la época colonial, o bien, sobre cimientos propios y bajo un
concepto nuevo, como lo demandaban las circunstancias de la nación en ciernes.
Una muestra de esa transición institucional se puede apreciar a
través de las orientaciones experimentadas por la educación superior en el período
posindependentista. Establecimientos como el Real Seminario de Minería, que había sido
fundado en 1792 para fortalecer la enseñanza de nuevos métodos científico-técnicos en
aras de mejorar la explotación minera, se readaptó y continuó como uno de los
principales baluartes científico-educativos del emergente Estado mexicano, al menos hasta
la década de los sesenta del siglo XIX. Pero no corrieron con igual suerte instituciones
coloniales como las universidades de México y Guadalajara, que en su afán por mantenerse
al margen de las nuevas corrientes de pensamiento propiciaron su quiebra paulatina desde
los inicios de la Independencia, aunque fue hasta la década de los sesenta cuando
sucumbieron definitivamente.
En este contexto, enmarcado también por la imperiosa necesidad que
México tenía de forjar su proyecto de nación a tono con el auge liberal predominante en
la mayoría de las potencias mundiales, dio inicio en algunas entidades, la creación de
instituciones científico-educativas que pretendían ser distintas a las antiguas
universidades o colegios. Se trató concretamente de los Institutos Científicos y
Literarios que, habiendo nacido desde los años veinte como alternativa a la escasa o nula
educación superior de algunos estados del país, durante los años posteriores a la
Restauración de la República se consolidaron en cada vez más lugares como alternativa
en la materia.
Aunque la labor de esos centros educativos resulta ser hasta hoy un
capítulo casi desconocido en la historia nacional (seguramente por no responder siempre a
las políticas diseñadas y ejecutadas desde el centro), su aporte en la clarificación
del devenir científico y profesional de México debió ser más importante de lo que
hasta hoy han pensado los historiadores de la ciencia y la educación.1 Colaborar en despejar esa
preocupación, es el objetivo de estas breves notas.
Desde 1822, el gobierno mexicano tomó la decisión de que "una de
las vías del progreso [para este país] era la libertad de imprenta para el fomento
y propagación de las luces y la promoción de conocimientos útiles
para disipar las tinieblas de la ignorancia".2 En consonancia con esa idea, se inició la enseñanza de las ciencias
naturales y las artes industriales de manera cada vez más sistemática en las
instituciones educativas de la ciudad de México y en algunas otras capitales de los
estados.
Uno de los instrumentos a través de los cuales se pretendió conducir
esa orientación científico-educativa recayó en el Instituto de Ciencias Literatura y
Arte de la ciudad de México, creado el 2 de abril de 1826 con la finalidad de
constituirse, no en un establecimiento de enseñanza, sino como un espacio que buscó
aglutinar a lo más granado de la intelectualidad mexicana en aras de "estimular la
productividad científica, literaria y artística" del país.3 Se trataba en síntesis, de
fomentar y organizar la ciencia y la tecnología en torno a un proyecto
liberal-republicano. Según Juan José Saldaña, acciones como la creación del Instituto
en cuestión significaron para la ciencia mexicana, abandonar de manera más clara que
antes "su carácter privado, su carácter enciclopédico dieciochesco para
convertirse en una ciencia hasta cierto punto burocrática, muy cercana a los intereses
políticos". Se pretendía con ello incidir en la transformación del nuevo ciudadano
que demandaba el ideal de nación aspirado por la élite dirigente.4
Sin embargo, al parecer el intento global por definir políticas
científicas y educativas de parte del naciente Estado mexicano, careció de efectividad
en los primeros años de vida independiente. Para empezar, la posibilidad de articular un
proyecto científico nacional a través del Instituto de Ciencias Literatura y Arte de la
ciudad de México, pronto se vio frustrada ante la incapacidad de que éste funcionara
plenamente. Por otro lado, las innovaciones previstas en materia educativa no siempre
marcharon como se había concebido originalmente. El Plan General de Estudios del Gobierno
Federal de 1825, que debió incorporar esas innovaciones, mereció el siguiente juicio por
parte de José María Luis Mora unos años después de su expedición:
A esa reforma educativa "fantástica" se
le atribuyó por el propio Mora, haber introducido "el desaliento aun en los más
animados, y hacer que el [asunto] se sepultase en el olvido hasta 1830, en que volvió a
tratarse de él".6
Pero el desánimo en materia educativa al que alude Mora, no fue la
constante en el territorio nacional. Gracias a la forma de gobierno federalista, en
algunos estados de la República sus autoridades, en ocasiones apoyadas con recursos
particulares, "no dejaron estacionario este ramo en tan largo período"7 y dieron
cause a la difusión y enseñanza de las ciencias modernas. La expresión máxima de esos
intentos locales fueron los llamados Institutos Científicos y Literarios o los renovados
Colegios Estatales. A diferencia del Instituto de Ciencias Literatura y Arte de la ciudad
de México, los Institutos estatales si tuvieron la clara misión de constituirse en establecimientos
para la enseñanza orientados por los principios de la Ilustración.
Durante la Primera República Federal se fundaron
Institutos Científicos y Literarios en Zacatecas, Toluca, Chihuahua, Oaxaca y Jalisco y,
bajo la misma orientación, fueron renovados los colegios de Puebla y Guanajuato. Si bien
resultaron innovadores en su concepción, durante su primera época (hasta 1834), estos
centros educativos pocas veces lograron integrar una oferta profesional amplia, a causa de
su dependencia casi exclusiva de los presupuestos estatales9 y de la frecuente
inestabilidad política.
No obstante ello, en ese período la mayoría de los institutos y
colegios estatales lograron trastocar cualitativa y cuantitativamente el sistema de
enseñanza superior que habían heredado de las instituciones coloniales. La articulación
de sus planes de estudio se dio en la mayoría de los casos teniendo como eje fundamental
la enseñanza de las ciencias físico-matemáticas y experimentales, así como a las
bellas artes y los idiomas extranjeros vivos.10 Materias como las de química, mineralogía,
botánica y cirugía, revolucionaron el perfil de los médicos. De igual manera ocurrió
con los abogados al encontrar en el estudio de la economía política, la medicina legal y
el derecho natural (entre otras nuevas materias) la base de su modernización.
Pero sobre todo, bajo la orientación que se dio a los Institutos
Científicos y Literarios, fue posible la incubación de nuevas carreras antes jamás
concebidas fuera de la capital del territorio mexicano. Por ejemplo, en algunos
establecimientos como los de Jalisco, Zacatecas y Guanajuato,11 se impulsó el estudio de
materias que pudieran estar relacionadas con el incipiente desarrollo de la ingeniería en
su versión moderna12 (aunque en esa época no se hablara
expresamente de la "profesión de ingeniero"). Tal fue el caso de la enseñanza
de las matemáticas, la física, la química, la mineralogía, el dibujo y las bellas
artes, que no se habían enseñado antes de manera muy sistemática, mientras que ahora
llegaron a constituir la base para otorgar títulos profesionales de agrimensor (o
topógrafo) y perito facultativo en minas (después llamado ingeniero en minas). Ilustran
lo anterior, datos como los siguientes: a partir de un decreto expedido por el Gobierno de
Jalisco en mayo de 1828, se designó "al profesor de matemáticas del recién creado
Instituto del Estado, en compañía de dos profesores de las secciones más
análogas del mismo, para examinar a los pretendientes a agrimensor".13 Algo
similar ocurrió en Guanajuato en relación a los peritos facultativos en minas desde
1827.14
Con el triunfo del Plan de Cuernavaca en 1834, concluyó el primer
ciclo de los Institutos Científicos Literarios, pero su huella no desapareció. La
mayoría de esos experimentos educativos en los estados tendieron a ser aniquilados por
las autoridades conservadoras que arribaron al poder. El argumento empleado para ello
debió ser muy parecido en todos los casos. Por ejemplo, en el estado de Jalisco, el
Gobernador José Antonio Romero descalificó la obra educativa impulsada por los liberales
a través del Instituto, porque se habían desentendido de la "sagrada
obligación" de ilustrar verdaderamente a la juventud durante los años que
gobernaron.
A pesar de tan despectivos comentarios, la
influencia ejercida en el sistema educativo mexicano por los Institutos Científicos y
Literarios durante los años siguientes, difícilmente fue borrada. Por ejemplo, la
incursión por primera vez de la enseñanza de la cirugía en algunos de estos
establecimientos, fue recuperada por las reabiertas instituciones de cuño conservador
después de 1834; este fue el caso de la Universidad de Guadalajara a finales de la
década de los treinta.
Pero no solamente por esa vía se mantuvo latente la influencia de los
mencionados Institutos. La llegada intermitente de los liberales y con ello la
implantación del federalismo en el contexto de la intervención norteamericana, permitió
la reapertura de algunos de estos centros educativos. Este fue el caso de los siguientes
establecimientos: el Instituto Científico y Literario de Toluca, el Colegio de San
Nicolás en Michoacán y el Instituto de Ciencias de Jalisco,16 que reabrieron sus puertas
en los años de 1846-1847. Cabe decir que, la permanencia de esos centros educativos y su
funcionamiento en los años siguientes a la reapertura, vivió en la constante zozobra
derivada de la inestabilidad política originada por la lucha entre liberales y
conservadores (frecuentemente fueron clausurados y reabiertos). Esta situación fue
sustancialmente modificada a partir de la Restauración de la República.
Ante un escenario nuevo, que perfilaba cada vez con mayor nitidez las
posibilidades de un proyecto nacional acorde a las grandes necesidades que aquejaban al
país, la figura de los Institutos Científicos y Literarios fue recuperada cada vez más
para fortalecer el desarrollo de los estados. Al consolidarse la República se crearon
varios de estos centros educativos. Durante los primeros años de la década de los
setenta existían en el país alrededor de 21 instituciones de este tipo, la mayoría de
ellas de reciente creación (ver cuadro).
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Lo que en las décadas de los años veinte y treinta habían sido
esfuerzos locales por difundir y enseñar las ciencias modernas, a partir de cátedras que
a veces tenían la clara intención de fortalecer la formación de ciertas carreras (como
la medicina y el derecho), pero que en otras ocasiones no lograban ser tan explícitas
(como en los casos de ingeniería y la farmacia), en los nuevos tiempos se asumió
concientemente por estas instituciones educativas su papel formador de profesionistas en
los más diversos campos vigentes de la época.
Por ejemplo, en la era que inauguró la Restauración de la República,
la preocupación de los Institutos Científicos y Literarios por la formación de
ingenieros, además de ser más clara que antes, alcanzó a un mayor número de
establecimientos en relación a los tiempos de la primera República Federal. En la
década de los setenta, la impartición de enseñanza encaminada a formar ingenieros
(ahora sí explícitamente) en alguna de sus opciones, se impartía al menos en los
siguientes estados: Sinaloa, Aguascalientes, Querétaro, San Luis Potosí, Guanajuato,
Estado de México, Michoacán, Nuevo León, Jalisco, Oaxaca y Puebla.
De entre estos estados de la república, solo las instituciones de
nivel superior de Guanajuato y Jalisco habían tenido experiencias previas (de 1827 a
1834) en el campo de las ciencias matemáticas y experimentales (quizás con mayor éxito
Guanajuato que Jalisco). Por su parte, al abrirse por vez primera después de la
Independencia en 1847, el Colegio de San Nicolás de Hidalgo en Michoacán, inició
también la enseñanza de materias orientadas explícitamente a formar ingenieros (sobre
todo a partir de 1852).17
Sin el triunfo de la república después de 1867, constituyó una
oportunidad para que muchas otras entidades del país iniciaran esa travesía, o bien, los
que ya la habían empezado, trataran de reforzarla a partir de diversificar su oferta de
carreras en este campo. Conviene destacar en el primer caso, al Instituto Científico y
Literario de Toluca y al Colegio del Estado de Puebla, y, en el segundo caso, al Colegio
del Estado de Guanajuato.
Respecto a las dos primeras instituciones, cabe decir que a pesar de
haber sido fundadas por vez primera desde la década de los veinte del siglo XIX, su
ámbito de competencia se inscribió básicamente en la enseñanza de la medicina y la
jurisprudencia. Esta situación cambió sustancialmente a finales de la década de los
sesenta. A partir de la reforma educativa impulsada en 1869, el reabierto Instituto de
Toluca pudo ofrecer las carreras de geógrafo e hidrógrafo, ensayador de metales e
ingeniero en las siguientes especialidades: topógrafo, mecánico, civil y en minas.18
Mientras tanto, posterior a la reforma educativa poblana de 1868, el Colegio de esa
entidad introdujo la enseñanza de "los estudios superiores de matemáticas, física
y química". Este hecho sirvió como preámbulo para el surgimiento de la carrera de
ingeniero topógrafo e hidromensor, creada oficialmente en 1869.19
En lo que respecta al Colegio del Estado de Guanajuato, con la reforma
a la ley local de educación en 1870, pudo ofrecer las carreras de beneficiador de metales
y ensayador, además de la ingeniería con las siguientes especialidades: en minas,
geógrafo y topógrafo. Gracias a esa reforma se dio una "organización
especial" al estudio y prácticas de cada carrera, misma que según Guadalupe Monroy,
valió a la escuela de ingenieros de esa entidad ganar la fama como la "mejor de la
República" en esta época.20
Las notas aquí presentadas, aún están lejos de acercarnos al
profundo análisis que merecen los Institutos Científicos y Literarios, como parte
fundamental en la historia de la educación superior en México. Sería muy interesante,
por ejemplo, reconstruir el papel de estos centros educativos estatales durante toda la
era porfirista, ya que fue momento clave en el desarrollo actual del sistema educativo del
país. Sin embargo, la importancia que adquirieron en esa época instituciones como la
Escuela Nacional Preparatoria y las respectivas de cada especialidad (Medicina,
Jurisprudencia, Ingeniería y Agronomía), sirvió para opacar la labor desarrollada por
los institutos estatales, también partícipes de ese progreso educativo de México,
aunque poco reivindicados hasta hoy.
Notas
1. Hasta hoy, la preocupación por la historia de los Institutos Científicos y
Literarios ha quedado en manos de los estudiosos de cada estado en que existieron. Sin
embargo, poco o nada se ha escrito sobre ellos para explicarlos como un fenómeno de
carácter nacional.
2. Rodríguez Benítez, Leonel. "Instituto de Ciencias, Literatura y Artes de
la ciudad de México en 1826", en: Juan José Saldaña (editor), Memorias del
Primer Congreso Mexicano de Historia de la Ciencia y de la Tecnología, tomo I,
Sociedad Mexicana de Historia de la Ciencia y de la Tecnología, A. C., México, 1989. p.
333.
3. Ibídem. pp. 332-336.
4. Saldaña, Juan José. "Acerca de la Historia de la ciencia nacional",
en: Juan José Saldaña (editor), Los orígenes de la ciencia nacional, Cuadernos
de Quipu No. 4. Sociedad Latinoamericana de Historia de las Ciencias y la
Tecnología/Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. México, 1992, pp. 48-49.
5. Luis Mora, José María. "Programa de los principios políticos que en
México ha profesado el partido del progreso, y de la manera con que una sección de éste
pretendió hacerlos valer en la administración de 1833 a 1834", en: Anne Staples
(antóloga), Educar: panacea del México independiente. SEP/Ediciones El caballito.
México, 1985, p. 65. [Col. Biblioteca Pedagógica].
6. Ibídem. pp. 65-66.
7. Ibídem. p. 166.
8. Wences Reza, Rosalío. La Universidad en la Historia de México.
Ed. Línea/UAG/UAZ. México, 1984, p. 60.
9. Ibídem. p. 61.
10. Por ejemplo, en el Plan General de Estudios que formalizó la creación del
Instituto de Ciencias de Jalisco en 1826, se propusieron las siguientes secciones o
cátedras: Primera: Matemáticas puras en toda su extensión; Segunda: Gramática general,
castellana, francesa e inglesa; Tercera: Lógica, retórica, física general y geografía;
Cuarta: Química y mineralogía; Quinta: Botánica; Sexta: Derecho natural, político,
civil y constitución general y la del estado; Séptima: Economía política, estadística
e historia eclesiástica y concilios; Octava: Moral, instituciones eclesiásticas; Novena:
Anatomía descriptiva teórica y práctica, ya en el hombre, ya en los otros animales,
anatomía patológica, y cirugía teórica y práctica; Décima: Instituciones médicas,
clínica y medicina legal; y, la Undécima correspondió a la "Academia", que
contenía los estudios de dibujo, geometría práctica, arquitectura, escultura y pintura.
Cfr. "Colección de los Decretos, Circulares y Ordenes de los Poderes
Legislativo y Ejecutivo del Estado de Jalisco, comprende la legislación del Estado desde
el 14 de septiembre de 1823 á 16 de octubre de 1860", tomo II. Tip. de Manuel Pérez
Lete. Guadalajara, 1874. p. 270.
11. Para el Instituto Científico y Literario de Zacatecas, ver Rosalío Wences
Reza, op. cit., p. 60. Para el Instituto de Ciencias de Jalisco ver la cita
anterior. Y para el Colegio del Estado de Guanajuato, ver Anne Staples, "La
constitución del estado nacional", en: Josefina Zoraida [et al.] Historia
de las profesiones en México. SEP/El Colegio de México. México, 1982. p. 115.
12. Algunos estudiosos de las profesiones consideran la existencia de la ingeniería
como arte desde el nacimiento de las grandes culturas, pero la ubican como una profesión
moderna hasta que se dio una relación sistemática entre ciencia y tecnología en aras
del progreso material de la humanidad. Esta relación se dio con mayor claridad a partir
de la Revolución Industrial. Cfr. William M. Evan, "Ingeniería", en: Enciclopedia
Internacional de las Ciencias Sociales, vol. No. 6. Ed. Aguilar. Madrid, 1979.
p. 55.
13. Anne Staples, op. cit., p. 117.
14. Ibídem, p. 115.
15. Colección de Decretos [...], op. cit., tomo IV, pp. 344-345.
16. Tanto los institutos de Toluca como el de Jalisco tuvieron vigencia de 1827 a
1834. Por su parte, el Colegio de San Nicolás había sido clausurado a partir de la era
independiente de México, después de su brillante trayectoria ligada al clero, y fue
justamente a partir de los años cuarenta que se reabrió, ahora con la orientación de
los liberales.
17. García de León, Porfirio. "La enseñanza de las matemáticas en el
Colegio de San Nicolás de Michoacán". Conferencia presentada en la II Jornada de
Historia, Filosofía y Pedagogía de las Ciencias Matemáticas. México, D. F. 27 y 28
de abril de 1995. [Mecanograma]. p. 10.
18. Castañeda Crisolis, Edgar. "Práctica y enseñanza de la ingeniería civil
en el Estado de México, 1870-1900". Ponencia presentada en el iii Coloquio de
Historia de la Ciencia y la Tecnología Regionales, Guanajuato. 7 y 8 de septiembre de
1995. [Mecanograma]. p. 3.
19. Cfr. Márquez Carrillo, Jesús. Op. cit. p. 31.
20. Guadalupe Monroy. Op. cit. p. 719.