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Cuadernos

Carmen Castañeda

—¡Qué cuadernos tan sucios! ¡No están forrados! ¡Tienen las hojas arrugadas! ¡Llenos de grasa están! ¡Esto es el colmo! ¡Cómo te atreves a presentarlos! ¡Parecen chicharrones, no cuadernos!
    Así revisaba las tareas de mis alumnos, cuidadosa y escrupulosamente, cuando descubrí esos cuadernos, esos "chicharrones", como los había llamado. Mis palabras fueron resultado de comparaciones fáciles, no profundas. Pensaba que era esencial e importante cuidar esos detalles; la limpieza, el orden, la buena presentación. Agradable panorama que, logrado, me proporcionaba sentimientos de calma, de pulcritud, de haber cumplido con mi tarea de maestra.
    Ahora estaba ante un niño que rompía esa tranquilidad superficial, que me mostraba otra realidad distinta a la mía, de la que nunca me había percatado. Mi realidad era el bienestar. La de ese niño: la pobreza, el hambre, el dolor, la promiscuidad. Yo no lo entendía y olvidaba que debería elevarme a sus sentimientos, estirarme, si quería no agraviarlo, si quería comprenderlo.
    Todo esto y mucho más me descubrieron sus palabras:
    —Señorita, si mis cuadernos fueran chicharrones, ya me los hubiera comido.