Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación

No. 9

(nueve)

SECCIÓN

páginas

de la 70 a la 73 de 76

los efectivos

Guadalajara, México - Marzo de 1997

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Esta es la tercera entrega que incluye la nueva y gustada sección los efectivos, que pretende recuperar los aportes más importantes y significativos en relación a la cultura pedagógica de eméritos y reconocidos maestros, que a pesar de la distancia cronológica de sus aportaciones, su pensamiento puede servir como una herramienta que nos permita analizar la evolución de la pedagogía en general. Vaya pues, esta pequeña probadita como una invitación a que el lector profundice posteriormente en sus obras.

Enseñanza de la historia, sus directrices

Fernand Braudel

Fernand Braudel

Fernand Braudel

 

Publicamos un texto prácticamente desconocido del notable historiador francés Fernand Braudel, inédito en castellano y casi inédito en otras lenguas, como el portugués, en la cual fue publicado por primera ocasión en un remoto Anuario de la Facultad de Filosofía, Ciencias y Letras de la Universidad de Sao Paulo, en 1935, bajo el título O ensino da historia. Suas diretrizes. Nuestro colaborador, el especialista Carlos Aguirre Rojas, lo rescata y traduce, ahora que prende en nuestro país una preocupación por la Historia y la enseñanza de sus enseñanzas, en ámbitos académicos, políticos, y de opinión pública. Braudel enseñó Historia por años en universidades y liceos (preparatorias), en Francia, Argelia y Brasil. El historiador de Las civilizaciones actuales y Mediterráneo defendía el valor narrativo y pedagógico de los textos históricos, y sostuvo combates con los ministerios de educación franceses a favor de reformas en la enseñanza, desde secundaria hasta nivel universitario, mucho antes de 1968, cuando sus tesis dejaron de ser extravagantes. (N. de la R.).

(Traducción de Carlos Aguirre Rojas)

"El futuro ya no es lo que era" dijo Paul Valery. Pudo decir lo mismo del pasado, que ya tampoco es lo que era.

Este resumen se dirige al mismo tiempo a las autoridades universitarias que me lo han solicitado, al público que se interesa por los destinos de la nueva Facultad de Filosofía, Ciencias y Letras y también, naturalmente –tal vez está incluso de más decirlo– a los propios estudiantes; de ahí que sea tan extenso. Confesamos que, por un momento, dudamos en abreviar este examen de conciencia, limitándonos solamente a sus conclusiones más útiles y técnicas. Creíamos que era suficiente presentar en algunas líneas las soluciones que, desde nuestro punto de vista, eran las soluciones mejores y más útiles en lo que hacía referencia a los programas, a la exposición de los cursos y a la orientación de los estudios, dando de este modo al mismo tiempo su sentido fundamental a este resumen y su mayor eficiencia. Sin embargo, si finalmente preferimos una exposición más larga fue precisamente porque aquí en Brasil, en un país joven donde el futuro se dilata sin cesar y sobrepasa incluso regularmente las promesas del presente, nuestros actos asumen una gravedad y un alcance que se originan en su importancia y que reclaman ser cuidadosamente meditados y minuciosamente sopesados de una manera más amplia de lo que ocurre en otras partes.

La denominación de esta cátedra, Cátedra de historia de la civilización, es ya por sí misma todo un programa y fue eso ciertamente lo que quisieron los fundadores de la Facultad. Con ello se daba a su titular un dominio de una amplitud sin límites, confiándole para su estudio los anales completos de la humanidad, de toda la extensión del tiempo y del espacio. Esta actitud encaraba tal vez un consejo tácito para que intentáramos elevarnos hasta donde fuese posible, por encima de aquello que se relaciona exclusivamente con la erudición y de lo que comúnmente se dice respecto de la consulta de los bancos bibliográficos y del servicio de las instituciones. En África del norte, en Siria, numerosas ruinas romanas se encuentran hasta tal punto disfrazadas, que la simple observación directa no es capaz de revelárnoslas. Por el contrario, una visión aérea nos permite descubrir dichas ruinas y comprenderlas mejor en su conjunto. Elevarse, entonces, no es forzosamente perderse en las nubes. El título indica ya, impone de por sí una cierta visión de las cosas; implica de hecho una definición de la historia sobre la cual es necesario que nos detengamos. El historiador no siente todos los días la necesidad de definir su propia disciplina, su exacta posición dentro del campo general de la vida intelectual, lo que ocasiona que sean entonces otras personas las que se encargan de esto, haciéndolo no siempre de buena fe, o, lo que es lo mismo, con la competencia suficiente.

¿Será entonces necesario, no obstante, definir una actitud de espíritu que es tan vieja como lo es el propio mundo civilizado? Siempre de una manera espontánea, las sociedades han procurado ir hacia la búsqueda de su respectivo tiempo perdido. La historia existe, de hecho, desde que la reflexión inteligente despertó, desde las primeras leyendas que el hombre cantó. Se trata sin duda de un peligroso privilegio.

Son entonces las ciencias sociales, nacidas apenas ayer o que van a nacer mañana, las que se preocupan por definirse. En su caso, se trata de darnos la justificación espiritual de su propio nacimiento. Ellas quieren comenzar a vivir y es preciso entonces que intenten excluir a las otras ciencias de sus nuevas posesiones. No han de recibir estas jóvenes ciencias, como sí es el caso de la historia, esa herencia secular, ese imperio, esas colonias, todas esas riquezas que empujan a la historia menos a la acción que a una cierta tranquilidad, característica justamente de las viejas potencias.

Mientras tanto, sería simple definir cuál es la finalidad de la historia, tal y como ella se afirma en este acervo de algunas centenas de obras esenciales que han aparecido principalmente en el curso de los últimos treinta años, en las obras de un Henry Pirenne, por ejemplo, para no citar sino a uno de los más grandes maestros de entre los que ya no están vivos. La historia es la más antigua de las ciencias sociales, aunque no es la única, como bien puede uno imaginarse. Es en realidad la impotencia de nuestro propio espíritu y no las dificultades del mismo objeto, que sin embargo tiene su propia importancia, lo que nos obliga a fragmentar la realidad. A cada ciencia social pertenece entonces solamente un pequeño fragmento de un espejo que parecería haberse partido en mil pedazos, pero existe sin embargo, más allá de nuestras limitadas posibilidades, ese espejo intacto en el que la sociedad es capaz de reflejar su imagen total y en completo movimiento. A esta sociedad, que es el objeto de nuestras investigaciones, la economía política la estudia en lo que corresponde a sus condiciones de vida material; la estadística, bajo el signo de número; la geografía, en lo que se refiere al espacio; el derecho bajo el prisma de las obligaciones contractuales; la sociología, en su mecanismo; la etnografía y la tecnología, en sus formas todavía balbuceantes; la historia en su realidad de ayer.

El historiador agrega así a su tarea una nueva dificultad: los otros trabajan sobre lo que está vivo, sobre lo que se ve, sobre lo que puede medirse; el historiador trabaja, en cambio, sobre lo que ya no existe y ahí, aun cuando le falten los datos, es la totalidad de la vida social lo que él trata de recomponer sin tener a su disposición, sin embargo, ni el objeto ni el espejo; el primero, que ya no existe, y el segundo, que no pertenece a este mundo.

De esta comparación podríamos deducir las dificultades características de nuestro propio oficio, pero ¿quién no las conoce ya? ¿No serían las ciencias apenas una continua demostración de la incertidumbre del saber? No obstante, una doble verificación atenúa un poco este panorama aparentemente sombrío. ¿Es que acaso la vida social de hoy no tendría con la vida de las sociedades ya desaparecidas múltiples puntos de semejanza, de tal modo que el presente pudiera ofrecérsenos como un laboratorio? Es decir, e invirtiendo los términos habituales, no podríamos decir que la luz del presente ilumina para nosotros el pasado? Pirenne declaraba haber sido capaz de comprender las ciudades nuevas de Europa medieval sólo después de haber visto las boom cities, las ciudades que florecían de un día para otro, en la América del Norte.

En segundo lugar, el material vivo, el material actual, no representa más que una pequeña parte de los hechos sociales hasta hoy inventariados o reconocidos, y de este modo todas estas ciencias sociales que hemos definido un poco rápidamente, utilizan nueve sobre diez veces documentos relativos también a sociedades ya muertas. Esto nos da entonces un espectáculo que tiene algo de reconfortante y que nos inyecta una gran seguridad, porque si el hecho histórico es entonces un elemento intelectual indispensable para las otras ciencias, esto es ya bastante. Aunque fuese sólo esta certeza, justificaría entonces nuestro trabajo, porque esos hechos históricos somos nosotros los que los creamos y los ponemos en circulación. Pero es, en primer lugar, para nosotros mismos que trabajamos para alcanzar nuestro propio fin, es decir, la reconstrucción de las imágenes del pasado, la resurrección de las sociedades de antaño. Pirenne, al que citaremos todavía una vez más, decía que la isla de Robinson Crusoe no pertenece al dominio histórico; sólo existe la historia de los grupos sociales y es la historia de ellos la que debemos dar como una historia global, total. Si la historia tiene posibilidades de ser una ciencia no es en la medida en que fija este o aquel punto sino porque nos conduce a verificaciones generales sobre las sociedades, marcando semejanzas a través de los distintos accidentes particulares, y es precisamente en esos raros instantes en los cuales la historia parece darnos la certidumbre de reconstituir el espejo que antes mencionábamos en su totalidad. El paisaje está siempre enteramente para ser reconstruido, sea que se trate de las vicisitudes de la diplomacia, a veces tan graves; sea que se trate de la vida política, en la que se sintetiza toda la colectividad; sea que se trate acerca del precio del pan, del cuero, de las rentas o del intercambio, ninguna de estas pequeñas minucias podrá nunca ser aislada del conjunto social con el cual ellas se relacionan.

El aprendiz de historiador hará bien en intentar siempre verlo todo, en no limitar nunca su campo de observación. Reducir el pasado a aquello que es solamente económico es entonces tan absurdo como reducirlo todo a la serie de los hechos políticos, como se hacía exactamente antes.

Este primer aspecto general nos enseña que nuestros trabajos deben aprehender entonces las sociedades en su totalidad. Dicho esto, deberemos también reanimar todo el conjunto de su propia vida. Como el novelista, el historiador crea también la vida; él la crea de nuevo aunque sobre el plano específico de la verdad, y es ésta su tarea, que es una tarea verdaderamente bella y noble. Aquél que no conoce el enardecimiento de esa resurrección del pasado de la que habla Michelet, no puede comprender esa secreta alegría del historiador ni tampoco el papel exacto del profesor de historia, de este maestro de los viajes que se realizan a través de todos los tiempos. Por eso, hay historiadores que lo son solamente de nombre; son en realidad eruditos que se asemejan a esos químicos que habrían reunido todos los elementos necesarios para la realización de un experimento, pero que no se atreverían nunca a ejecutarlo por el miedo de incendiar los hornos o por el simple hábito rutinario.

Más allá de las particularidades de los diferentes casos, sin embargo, tal vez no está de más decir alguna cosa sobre el perfil del estudiante de la cátedra de historia, fijando algunos de sus caracteres, los defectos evidentes y las cualidades. En el capítulo de las cualidades, pongamos inmediatamente el deseo, la necesidad, la pasión de ver todo desde lo alto, desde un poco más arriba que los demás; también, un amor inteligente de la tierra brasileña y especialmente de la tierra paulista, porque es a través de su pasado, de sus ciclos económicos, de su vida tan abierta a las influencias del mundo entero, de sus grandes fastos, que el estudiante ha organizado su propia cultura histórica. De ahí una visión directa en ciertos dominios de la historia económica moderna que el estudiante de Europa no posee tal vez de una manera tan justa y tan penetrante. El punto de vista brasileño ofrece, en este sentido, respecto de este punto, una iluminación preciosa. ¿Por qué no hablar también del fervor que algunos, casi todos, muestran por el estudio y más especialmente por la constitución de una biblioteca particular, para la cual hacen verdaderamente grandes sacrificios?

En este sentido, muchos puntos sombríos pueden, también ser infelizmente señalados. Falta muchas veces a los estudiantes paulistas, por ejemplo, una cultura general de base, sin la cual es difícil avanzar con rapidez; es éste un problema que atañe a la formación secundaria, sobre el cual aquí se dirán apenas unas pocas palabras para aquéllos que desean y que aún están en condiciones de remediar esta falta. Sin querer agregar a la cuestión que aquí discutimos, otras consideraciones sobre lo insoluble o difícil del problema de la cultura general, permítasenos sin embargo decir que para aquél que se destina a la historia es importante proseguir, más allá del conocimiento de las nociones históricas, tres disciplinas que son esenciales. En primer lugar, el idioma natal; en segundo lugar, el latín y en tercero, una sólida cultura filosófica.

El latín, porque permite aprender al propio portugués en la mayor parte de sus raíces y porque es necesario que el historiador conozca perfectamente su propia lengua. A diferencia del filósofo, del sociólogo, del jurista o del médico, el historiador no posee un vocabulario que le sea propio sino que usa el vocabulario corriente y de todos, lo que por otra parte es un beneficio muy estimable. No teniendo entonces un vocabulario propio, a pesar de algunas tentativas hechas en este sentido, el historiador sin embargo gana mucho al utilizar un lenguaje que está en contacto permanente con la vida y con sus realidades y que se enriquece entonces de esta vida y de estas mismas realidades. Monsenm, Fustel de Coulange, Henry Pirenne, Maurice Oló fueron admirables creadores. Son, entonces, ejemplos dignos de meditación. No nos referimos a otras ventajas que el propio aprendizaje del latín traería por sí mismo. Es fácil comprender que la historia de Roma pierde todo su sentido para el historiador que no es capaz de abordar, por ejemplo, las declinaciones del latín.

Finalmente, es importante también la filosofía. Entendemos en este caso por cultura filosófica una actualización del pensamiento. Entre nuestros estudiantes, incluso entre los mejores, existe una fuerte tendencia a filosofar sin saberlo. Si se disciplinan en este dominio de manera consciente, desembarazarían a sus propios trabajos del lastre que ahí se introduce bajo el nombre de idea general. Siguiendo la vieja fórmula, es entonces preciso pensar el propio pensamiento.

Habrá sin duda quien diga que es muy larga esta lista de exigencias; pensemos, sin embargo, que la vida intelectual reclama, como es sabido, un cierto coraje. Para seguir este programa disponen nuestros estudiantes no solamente de su tiempo de aprendizaje sino de varios años aún de actividad libre, que para algunos de ellos va a comenzar prácticamente, mañana.

Agreguemos todavía algunas consideraciones. La cultura de hoy es una cultura internacional. Para la historia como también para todas las otras actividades del espíritu, el conocimiento de lenguas extranjeras, es una necesidad para aquel que quiere participar dentro del concierto de las voces mundiales. Tomando en cuenta que se trata de un conocimiento lingüístico que será indispensable y que servirá para la lectura de un artículo de revista, el esfuerzo necesario para adquirir estos conocimientos no es exagerado.

Las ciencias sociales forman en realidad un conjunto, una especie de coalición. Son solidarias entre sí. Será entonces siempre útil al historiador la revisión de sus métodos, de su espíritu y de sus resultados. La etnografía, la sociología, la economía política deben entonces merecer su mayor atención. De este modo, si fuese posible organizar cursos complementarios para este efecto, desearíamos que esos cursos tuviesen otra naturaleza particular, es decir, que fuesen concebidos no siguiendo un criterio independiente, no como cursos independientes sino como cursos que deben servir como contribución al desarrollo de una cultura histórica, y no hablo aquí de la ligazón con la geografía, que ha sido muy bien pensada, aunque sea un poquito rígida, pues se continúa a lo largo de los tres años de estudio. Creo que un régimen más amplio y más flexible convendría más permitiendo orientar mejor los estudios, disponiéndolos más de acuerdo a las diferentes vocaciones.

El azar, siempre benéfico, favoreció a la sección de historia, dándole como estudiantes algunos alumnos con formación de jurista. No es entonces de espantar el hecho de que, conocedores de las fuertes disciplinas del derecho, esos estudiantes se hayan puesto de manera regular y casi automática al frente de sus propios compañeros. Esta ligazón fortuita, eficiente para el reclutamiento de estos estudiantes de valor ¿no sería tal vez necesario que la pusiésemos al abrigo de una ruptura tan fortuita como lo fue su propio establecimiento?

El ciclo de estudios es aquí, como para otras cátedras, de tres años. El primero, consagrado a la antigüedad, el segundo, a la edad media, y el tercero, a los tiempos modernos. Tal es el programa que va a funcionar a partir de 1936 y cuya responsabilidad incumbe precisamente al autor de este resumen.

Deliberadamente, hemos limitado la enseñanza de la historia moderna, que en cambio en las facultades europeas tiene tendencia a ocupar un mayor lugar. Si hemos procedido así, es porque el estudio de los tiempos modernos es proporcionado directamente por la enseñanza de las cátedras de Historia del Brasil y de Historia de América. Por otra parte, los estudiantes conocen ya en líneas generales la historia de los tiempos modernos. De ahí entonces la necesidad de consagrarnos nosotros a las épocas más lejanas que son completamente ignoradas. Hay más allá de eso, además, una gran ventaja en ir recorriendo lentamente el camino que lleva desde Oriente hasta Grecia, de Grecia a Roma y de Roma hasta nuestros días, pasando precisamente por las etapas medievales, cuyas pujantes originalidad y valor son bien conocidos.

Nos pareció bien, además, hacer vivir al estudiante dentro de esas épocas tan alejadas y tan diferentes de la nuestra; épocas en las que se encuentran oscuridades que no encontramos en otros momentos, pero que al mismo tiempo son obstáculos útiles para la inteligencia que en ellas se refleja, en este mundo de coordenadas tan particulares, en el cual se comienza a elaborar lo que será y lo que fue después la propia Europa, antes de aquella ruptura fundamental que hizo nacer a Brasil de esa matriz que fue Portugal. En esas tierras clásicas es donde el aprendizaje del oficio histórico es mucho más directo y mucho más provechoso. No hay que olvidar que casi todos los historiadores de renombre mundial fueron, en su origen, especialistas de historia antigua y medieval.

Finalmente un último argumento en favor de este programa, y tal vez el mejor: la simpatía evidente de los estudiantes por estos graves e importantes problemas. Quizá en este dominio, en el que las vastas perspectivas no se rompen por la sobreabundancia de pequeños hechos, de pequeñas menudencias, la inteligencia brasileña, completamente latina, se siente mucho más a sus anchas, prefiriendo ese estudio a las largas guerras civiles examinadas casi al microscopio, características de la historia moderna de Europa.

Este programa comparte de tal manera una revisión general de los conocimientos históricos básicos; revisión lenta porque no está constituida por la simple rememoración de nociones ya adquiridas sino más bien por continuos descubrimientos. De ahí se concluye que esta tarea general va a consumir la mayor parte de nuestro tiempo y casi todos nuestros esfuerzos. Esta revisión de nociones fundamentales no constituye sino una primera iniciación y es precisamente ésta la que es necesario proporcionar.

La función de esta cátedra es formar profesores para la enseñanza secundaria y para la investigación histórica. Tal finalidad no podrá ser alcanzada si la enseñanza no fue hecha en profundidad. La cultura histórica no se adquiere a través de los manuales sino a través de las obras esenciales. Ella se adquiere, además, sólo dentro del dominio de la historia que se crea, en medio de las verdaderas dificultades, de las penas y de las alegrías de la propia investigación. Encaminar entonces a los estudiantes hacia ese campo avanzado que es la investigación, ¡qué gran tentación!, pero al mismo tiempo ¡qué pesado deber! Enseñarles las disciplinas auxiliares de la historia: la arqueología, la epigrafía, la paleografía, y orientarlos además hacia uno de los múltiples sectores de nuestro dominio, ligarlos a las investigaciones dignas de la erudición brasileña, todo esto en realidad equivale a reconocer la necesidad de una especialización.

Recomendábamos hace poco la cultura general; sin embargo, sabemos que ella es solamente un medio y nada más que eso. Dispersar el espíritu, abrirlo hacia nuevos horizontes, sí, pero para concentrarlo después con todas esas riquezas adquiridas, con toda su dureza y toda su eficiencia, sobre una tarea vigorosa y que será entonces ya una tarea particular, porque es preciso en un momento dado profundizar de manera particular en la historia, si es que uno quiere marcar dentro de ella de una manera útil un lugar propio.

Ahora es importante señalar que la especialización no ha encontrado ningún lugar dentro del programa, ya de por sí supercargado de materias, de nuestros tres años de escolaridad.

Dicho esto, es cierto que los estudiantes son solicitados por diferentes trabajos en las cátedras vecinas e incluso llamados para trabajar fuera de la universidad. Así, no es precisamente buena voluntad lo que les falta, sino más bien tiempo. Por ello, aplaudimos entonces la inteligente organización de un curso de doctorado, que ha sido modelado siguiendo el esquema de las facultades francesas de letras. En este proyecto no existe ninguna escolaridad, y eso veremos que es perfecto. Se impone entonces la cultura general y la especialización se convierte entonces en una cuestión de libertad y de vocación. Es preciso solamente asegurar la vida material de aquellos que deben ser en el futuro los primeros doctores de nuestra facultad.

Se podrá decir, sin embargo, que esta formación, llevada hasta su grado más elevado y que se coronaría entonces con el doctorado, no convendría tal vez al profesor de nivel secundario de historia o de geografía, al que esta cátedra debería en parte formar. Las últimas palabras de este resumen serán consagradas a este punto.

Para el profesor de nivel secundario es indispensable un fuerte bagaje de conocimientos generales. El nivel de licenciatura asegura esa adquisición, pero eso es apenas lo estrictamente necesario. En la más alejada de las actividades del estado de Sao Paulo el profesor debe continuar perteneciendo al mundo de los intelectuales y, más allá de su tarea cotidiana, es preciso que no pierda la ligazón con este mundo intelectual.

Conocemos aquí, como en otras partes, el peligro social que representa el profesor que ya no trabaja, el profesor que ha dejado de estudiar.

Ahora bien, es solamente dentro del cantón especializado, dentro del sector específico de su especialización, que el profesor podrá mantener su inteligencia despierta y ¿no es acaso lo esencial la inteligencia de este profesor? ¿Podría acaso, sin especialización, ejercerse la inteligencia de una manera útil? Si el lector se ve empujado a reflexionar sobre las soluciones que nosotros presentamos, este artículo no habrá sido posiblemente del todo inútil por lo que se refiere al futuro universitario de Brasil.

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