
Enseñanza de la historia, sus directrices
Fernand Braudel
(Traducción de Carlos Aguirre Rojas)
Esta es la tercera entrega que incluye la nueva y gustada sección los efectivos, que pretende recuperar los aportes más importantes y significativos en relación a la cultura pedagógica de eméritos y reconocidos maestros, que a pesar de la distancia cronológica de sus aportaciones, su pensamiento puede servir como una herramienta que nos permita analizar la evolución de la pedagogía en general. Vaya pues, esta pequeña probadita como una invitación a que el lector profundice posteriormente en sus obras. |
|
"El futuro ya no es lo que era" dijo Paul Valery. Pudo decir
lo mismo del pasado, que ya tampoco es lo que era.
Este resumen se dirige al mismo tiempo a las autoridades universitarias
que me lo han solicitado, al público que se interesa por los destinos de la nueva
Facultad de Filosofía, Ciencias y Letras y también, naturalmente tal vez está
incluso de más decirlo a los propios estudiantes; de ahí que sea tan extenso.
Confesamos que, por un momento, dudamos en abreviar este examen de conciencia,
limitándonos solamente a sus conclusiones más útiles y técnicas. Creíamos que era
suficiente presentar en algunas líneas las soluciones que, desde nuestro punto de vista,
eran las soluciones mejores y más útiles en lo que hacía referencia a los programas, a
la exposición de los cursos y a la orientación de los estudios, dando de este modo al
mismo tiempo su sentido fundamental a este resumen y su mayor eficiencia. Sin embargo, si
finalmente preferimos una exposición más larga fue precisamente porque aquí en Brasil,
en un país joven donde el futuro se dilata sin cesar y sobrepasa incluso regularmente las
promesas del presente, nuestros actos asumen una gravedad y un alcance que se originan en
su importancia y que reclaman ser cuidadosamente meditados y minuciosamente sopesados de
una manera más amplia de lo que ocurre en otras partes.
La denominación de esta cátedra, Cátedra de historia de la
civilización, es ya por sí misma todo un programa y fue eso ciertamente lo que
quisieron los fundadores de la Facultad. Con ello se daba a su titular un dominio de una
amplitud sin límites, confiándole para su estudio los anales completos de la humanidad,
de toda la extensión del tiempo y del espacio. Esta actitud encaraba tal vez un consejo
tácito para que intentáramos elevarnos hasta donde fuese posible, por encima de aquello
que se relaciona exclusivamente con la erudición y de lo que comúnmente se dice respecto
de la consulta de los bancos bibliográficos y del servicio de las instituciones. En
Africa del norte, en Siria, numerosas ruinas romanas se encuentran hasta tal punto
disfrazadas, que la simple observación directa no es capaz de revelárnoslas. Por el
contrario, una visión aérea nos permite descubrir dichas ruinas y comprenderlas mejor en
su conjunto. Elevarse, entonces, no es forzosamente perderse en las nubes. El título
indica ya, impone de por sí una cierta visión de las cosas; implica de hecho una
definición de la historia sobre la cual es necesario que nos detengamos. El historiador
no siente todos los días la necesidad de definir su propia disciplina, su exacta
posición dentro del campo general de la vida intelectual, lo que ocasiona que sean
entonces otras personas las que se encargan de esto, haciéndolo no siempre de buena fe,
o, lo que es lo mismo, con la competencia suficiente.
¿Será entonces necesario, no obstante, definir una actitud de
espíritu que es tan vieja como lo es el propio mundo civilizado? Siempre de una manera
espontánea, las sociedades han procurado ir hacia la búsqueda de su respectivo tiempo
perdido. La historia existe, de hecho, desde que la reflexión inteligente despertó,
desde las primeras leyendas que el hombre cantó. Se trata sin duda de un peligroso
privilegio.
Son entonces las ciencias sociales, nacidas apenas ayer o que van a
nacer mañana, las que se preocupan por definirse. En su caso, se trata de darnos la
justificación espiritual de su propio nacimiento. Ellas quieren comenzar a vivir y es
preciso entonces que intenten excluir a las otras ciencias de sus nuevas posesiones. No
han de recibir estas jóvenes ciencias, como sí es el caso de la historia, esa herencia
secular, ese imperio, esas colonias, todas esas riquezas que empujan a la historia menos a
la acción que a una cierta tranquilidad, característica justamente de las viejas
potencias.
Mientras tanto, sería simple definir cuál es la finalidad de la
historia, tal y como ella se afirma en este acervo de algunas centenas de obras esenciales
que han aparecido principalmente en el curso de los últimos treinta años, en las obras
de un Henry Pirenne, por ejemplo, para no citar sino a uno de los más grandes maestros de
entre los que ya no están vivos. La historia es la más antigua de las ciencias sociales,
aunque no es la única, como bien puede uno imaginarse. Es en realidad la impotencia de
nuestro propio espíritu y no las dificultades del mismo objeto, que sin embargo tiene su
propia importancia, lo que nos obliga a fragmentar la realidad. A cada ciencia social
pertenece entonces solamente un pequeño fragmento de un espejo que parecería haberse
partido en mil pedazos, pero existe sin embargo, más allá de nuestras limitadas
posibilidades, ese espejo intacto en el que la sociedad es capaz de reflejar su imagen
total y en completo movimiento. A esta sociedad, que es el objeto de nuestras
investigaciones, la economía política la estudia en lo que corresponde a sus condiciones
de vida material; la estadística, bajo el signo de número; la geografía, en lo que se
refiere al espacio; el derecho bajo el prisma de las obligaciones contractuales; la
sociología, en su mecanismo; la etnografía y la tecnología, en sus formas todavía
balbuceantes; la historia en su realidad de ayer.
El historiador agrega así a su tarea una nueva dificultad: los otros
trabajan sobre lo que está vivo, sobre lo que se ve, sobre lo que puede medirse; el
historiador trabaja, en cambio, sobre lo que ya no existe y ahí, aun cuando le falten los
datos, es la totalidad de la vida social lo que él trata de recomponer sin tener a su
disposición, sin embargo, ni el objeto ni el espejo; el primero, que ya no existe, y el
segundo, que no pertenece a este mundo.
De esta comparación podríamos deducir las dificultades
características de nuestro propio oficio, pero ¿quién no las conoce ya? ¿No serían
las ciencias apenas una continua demostración de la incertidumbre del saber? No obstante,
una doble verificación atenúa un poco este panorama aparentemente sombrío. ¿Es que
acaso la vida social de hoy no tendría con la vida de las sociedades ya desaparecidas
múltiples puntos de semejanza, de tal modo que el presente pudiera ofrecérsenos como un
laboratorio? Es decir, e invirtiendo los términos habituales, no podríamos decir que la
luz del presente ilumina para nosotros el pasado? Pirenne declaraba haber sido capaz de
comprender las ciudades nuevas de Europa medieval sólo después de haber visto las boom
cities, las ciudades que florecían de un día para otro, en la América del Norte.
En segundo lugar, el material vivo, el material actual, no representa
más que una pequeña parte de los hechos sociales hasta hoy inventariados o reconocidos,
y de este modo todas estas ciencias sociales que hemos definido un poco rápidamente,
utilizan nueve sobre diez veces documentos relativos también a sociedades ya muertas.
Esto nos da entonces un espectáculo que tiene algo de reconfortante y que nos inyecta una
gran seguridad, porque si el hecho histórico es entonces un elemento intelectual
indispensable para las otras ciencias, esto es ya bastante. Aunque fuese sólo esta
certeza, justificaría entonces nuestro trabajo, porque esos hechos históricos somos
nosotros los que los creamos y los ponemos en circulación. Pero es, en primer lugar, para
nosotros mismos que trabajamos para alcanzar nuestro propio fin, es decir, la
reconstrucción de las imágenes del pasado, la resurrección de las sociedades de
antaño. Pirenne, al que citaremos todavía una vez más, decía que la isla de Robinson
Crusoe no pertenece al dominio histórico; sólo existe la historia de los grupos sociales
y es la historia de ellos la que debemos dar como una historia global, total. Si la
historia tiene posibilidades de ser una ciencia no es en la medida en que fija este o
aquel punto sino porque nos conduce a verificaciones generales sobre las sociedades,
marcando semejanzas a través de los distintos accidentes particulares, y es precisamente
en esos raros instantes en los cuales la historia parece darnos la certidumbre de
reconstituir el espejo que antes mencionábamos en su totalidad. El paisaje está siempre
enteramente para ser reconstruido, sea que se trate de las vicisitudes de la diplomacia, a
veces tan graves; sea que se trate de la vida política, en la que se sintetiza toda la
colectividad; sea que se trate acerca del precio del pan, del cuero, de las rentas o del
intercambio, ninguna de estas pequeñas minucias podrá nunca ser aislada del conjunto
social con el cual ellas se relacionan.
El aprendiz de historiador hará bien en intentar siempre verlo todo,
en no limitar nunca su campo de observación. Reducir el pasado a aquello que es solamente
económico es entonces tan absurdo como reducirlo todo a la serie de los hechos
políticos, como se hacía exactamente antes.
Este primer aspecto general nos enseña que nuestros trabajos deben
aprehender entonces las sociedades en su totalidad. Dicho esto, deberemos también
reanimar todo el conjunto de su propia vida. Como el novelista, el historiador crea
también la vida; él la crea de nuevo aunque sobre el plano específico de la verdad, y
es ésta su tarea, que es una tarea verdaderamente bella y noble. Aquél que no conoce el
enardecimiento de esa resurrección del pasado de la que habla Michelet, no puede
comprender esa secreta alegría del historiador ni tampoco el papel exacto del profesor de
historia, de este maestro de los viajes que se realizan a través de todos los tiempos.
Por eso, hay historiadores que lo son solamente de nombre; son en realidad eruditos que se
asemejan a esos químicos que habrían reunido todos los elementos necesarios para la
realización de un experimento, pero que no se atreverían nunca a ejecutarlo por el miedo
de incendiar los hornos o por el simple hábito rutinario.
Más allá de las particularidades de los diferentes casos, sin
embargo, tal vez no está de más decir alguna cosa sobre el perfil del estudiante de la
cátedra de historia, fijando algunos de sus caracteres, los defectos evidentes y las
cualidades. En el capítulo de las cualidades, pongamos inmediatamente el deseo, la
necesidad, la pasión de ver todo desde lo alto, desde un poco más arriba que los demás;
también, un amor inteligente de la tierra brasileña y especialmente de la tierra
paulista, porque es a través de su pasado, de sus ciclos económicos, de su vida tan
abierta a las influencias del mundo entero, de sus grandes fastos, que el estudiante ha
organizado su propia cultura histórica. De ahí una visión directa en ciertos dominios
de la historia económica moderna que el estudiante de Europa no posee tal vez de una
manera tan justa y tan penetrante. El punto de vista brasileño ofrece, en este sentido,
respecto de este punto, una iluminación preciosa. ¿Por qué no hablar también del
fervor que algunos, casi todos, muestran por el estudio y más especialmente por la
constitución de una biblioteca particular, para la cual hacen verdaderamente grandes
sacrificios?
En este sentido, muchos puntos sombríos pueden, también ser
infelizmente señalados. Falta muchas veces a los estudiantes paulistas, por ejemplo, una
cultura general de base, sin la cual es difícil avanzar con rapidez; es éste un problema
que atañe a la formación secundaria, sobre el cual aquí se dirán apenas unas pocas
palabras para aquéllos que desean y que aún están en condiciones de remediar esta
falta. Sin querer agregar a la cuestión que aquí discutimos, otras consideraciones sobre
lo insoluble o difícil del problema de la cultura general, permítasenos sin embargo
decir que para aquél que se destina a la historia es importante proseguir, más allá del
conocimiento de las nociones históricas, tres disciplinas que son esenciales. En primer
lugar, el idioma natal; en segundo lugar, el latín y en tercero, una sólida cultura
filosófica.
El latín, porque permite aprender al propio portugués en la mayor
parte de sus raíces y porque es necesario que el historiador conozca perfectamente su
propia lengua. A diferencia del filósofo, del sociólogo, del jurista o del médico, el
historiador no posee un vocabulario que le sea propio sino que usa el vocabulario
corriente y de todos, lo que por otra parte es un beneficio muy estimable. No teniendo
entonces un vocabulario propio, a pesar de algunas tentativas hechas en este sentido, el
historiador sin embargo gana mucho al utilizar un lenguaje que está en contacto
permanente con la vida y con sus realidades y que se enriquece entonces de esta vida y de
estas mismas realidades. Monsenm, Fustel de Coulange, Henry Pirenne, Maurice Oló fueron
admirables creadores. Son, entonces, ejemplos dignos de meditación. No nos referimos a
otras ventajas que el propio aprendizaje del latín traería por sí mismo. Es fácil
comprender que la historia de Roma pierde todo su sentido para el historiador que no es
capaz de abordar, por ejemplo, las declinaciones del latín.
Finalmente, es importante también la filosofía. Entendemos en este
caso por cultura filosófica una actualización del pensamiento. Entre nuestros
estudiantes, incluso entre los mejores, existe una fuerte tendencia a filosofar sin
saberlo. Si se disciplinan en este dominio de manera consciente, desembarazarían a sus
propios trabajos del lastre que ahí se introduce bajo el nombre de idea general.
Siguiendo la vieja fórmula, es entonces preciso pensar el propio pensamiento.
Habrá sin duda quien diga que es muy larga esta lista de exigencias;
pensemos, sin embargo, que la vida intelectual reclama, como es sabido, un cierto coraje.
Para seguir este programa disponen nuestros estudiantes no solamente de su tiempo de
aprendizaje sino de varios años aún de actividad libre, que para algunos de ellos va a
comenzar prácticamente, mañana.
Agreguemos todavía algunas consideraciones. La cultura de hoy es una
cultura internacional. Para la historia como también para todas las otras actividades del
espíritu, el conocimiento de lenguas extranjeras, es una necesidad para aquel que quiere
participar dentro del concierto de las voces mundiales. Tomando en cuenta que se trata de
un conocimiento lingüístico que será indispensable y que servirá para la lectura de un
artículo de revista, el esfuerzo necesario para adquirir estos conocimientos no es
exagerado.
Las ciencias sociales forman en realidad un conjunto, una especie de
coalición. Son solidarias entre sí. Será entonces siempre útil al historiador la
revisión de sus métodos, de su espíritu y de sus resultados. La etnografía, la
sociología, la economía política deben entonces merecer su mayor atención. De este
modo, si fuese posible organizar cursos complementarios para este efecto, desearíamos que
esos cursos tuviesen otra naturaleza particular, es decir, que fuesen concebidos no
siguiendo un criterio independiente, no como cursos independientes sino como cursos que
deben servir como contribución al desarrollo de una cultura histórica, y no hablo aquí
de la ligazón con la geografía, que ha sido muy bien pensada, aunque sea un poquito
rígida, pues se continúa a lo largo de los tres años de estudio. Creo que un régimen
más amplio y más flexible convendría más permitiendo orientar mejor los estudios,
disponiéndolos más de acuerdo a las diferentes vocaciones.
El azar, siempre benéfico, favoreció a la sección de historia,
dándole como estudiantes algunos alumnos con formación de jurista. No es entonces de
espantar el hecho de que, conocedores de las fuertes disciplinas del derecho, esos
estudiantes se hayan puesto de manera regular y casi automática al frente de sus propios
compañeros. Esta ligazón fortuita, eficiente para el reclutamiento de estos estudiantes
de valor ¿no sería tal vez necesario que la pusiésemos al abrigo de una ruptura tan
fortuita como lo fue su propio establecimiento?
El ciclo de estudios es aquí, como para otras cátedras, de tres
años. El primero, consagrado a la antigüedad, el segundo, a la edad media, y el tercero,
a los tiempos modernos. Tal es el programa que va a funcionar a partir de 1936 y cuya
responsabilidad incumbe precisamente al autor de este resumen.
Deliberadamente, hemos limitado la enseñanza de la historia moderna,
que en cambio en las facultades europeas tiene tendencia a ocupar un mayor lugar. Si hemos
procedido así, es porque el estudio de los tiempos modernos es proporcionado directamente
por la enseñanza de las cátedras de Historia del Brasil y de Historia de América. Por
otra parte, los estudiantes conocen ya en líneas generales la historia de los tiempos
modernos. De ahí entonces la necesidad de consagrarnos nosotros a las épocas más
lejanas que son completamente ignoradas. Hay más allá de eso, además, una gran ventaja
en ir recorriendo lentamente el camino que lleva desde Oriente hasta Grecia, de Grecia a
Roma y de Roma hasta nuestros días, pasando precisamente por las etapas medievales, cuyas
pujantes originalidad y valor son bien conocidos.
Nos pareció bien, además, hacer vivir al estudiante dentro de esas
épocas tan alejadas y tan diferentes de la nuestra; épocas en las que se encuentran
oscuridades que no encontramos en otros momentos, pero que al mismo tiempo son obstáculos
útiles para la inteligencia que en ellas se refleja, en este mundo de coordenadas tan
particulares, en el cual se comienza a elaborar lo que será y lo que fue después la
propia Europa, antes de aquella ruptura fundamental que hizo nacer a Brasil de esa matriz
que fue Portugal. En esas tierras clásicas es donde el aprendizaje del oficio histórico
es mucho más directo y mucho más provechoso. No hay que olvidar que casi todos los
historiadores de renombre mundial fueron, en su origen, especialistas de historia antigua
y medieval.
Finalmente un último argumento en favor de este programa, y tal vez el
mejor: la simpatía evidente de los estudiantes por estos graves e importantes problemas.
Quizá en este dominio, en el que las vastas perspectivas no se rompen por la
sobreabundancia de pequeños hechos, de pequeñas menudencias, la inteligencia brasileña,
completamente latina, se siente mucho más a sus anchas, prefiriendo ese estudio a las
largas guerras civiles examinadas casi al microscopio, características de la historia
moderna de Europa.
Este programa comparte de tal manera una revisión general de los
conocimientos históricos básicos; revisión lenta porque no está constituida por la
simple rememoración de nociones ya adquiridas sino más bien por continuos
descubrimientos. De ahí se concluye que esta tarea general va a consumir la mayor parte
de nuestro tiempo y casi todos nuestros esfuerzos. Esta revisión de nociones
fundamentales no constituye sino una primera iniciación y es precisamente ésta la que es
necesario proporcionar.
La función de esta cátedra es formar profesores para la enseñanza
secundaria y para la investigación histórica. Tal finalidad no podrá ser alcanzada si
la enseñanza no fue hecha en profundidad. La cultura histórica no se adquiere a través
de los manuales sino a través de las obras esenciales. Ella se adquiere, además, sólo
dentro del dominio de la historia que se crea, enmedio de las verdaderas dificultades, de
las penas y de las alegrías de la propia investigación. Encaminar entonces a los
estudiantes hacia ese campo avanzado que es la investigación, ¡qué gran tentación!,
pero al mismo tiempo ¡qué pesado deber! Enseñarles las disciplinas auxiliares de la
historia: la arqueología, la epigrafía, la paleografía, y orientarlos además hacia uno
de los múltiples sectores de nuestro dominio, ligarlos a las investigaciones dignas de la
erudición brasileña, todo esto en realidad equivale a reconocer la necesidad de una
especialización.
Recomendábamos hace poco la cultura general; sin embargo, sabemos que
ella es solamente un medio y nada más que eso. Dispersar el espíritu, abrirlo hacia
nuevos horizontes, sí, pero para concentrarlo después con todas esas riquezas
adquiridas, con toda su dureza y toda su eficiencia, sobre una tarea vigorosa y que será
entonces ya una tarea particular, porque es preciso en un momento dado profundizar de
manera particular en la historia, si es que uno quiere marcar dentro de ella de una manera
útil un lugar propio.
Ahora es importante señalar que la especialización no ha encontrado
ningún lugar dentro del programa, ya de por sí supercargado de materias, de nuestros
tres años de escolaridad.
Dicho esto, es cierto que los estudiantes son solicitados por
diferentes trabajos en las cátedras vecinas e incluso llamados para trabajar fuera de la
universidad. Así, no es precisamente buena voluntad lo que les falta, sino más bien
tiempo. Por ello, aplaudimos entonces la inteligente organización de un curso de
doctorado, que ha sido modelado siguiendo el esquema de las facultades francesas de
letras. En este proyecto no existe ninguna escolaridad, y eso veremos que es perfecto. Se
impone entonces la cultura general y la especialización se convierte entonces en una
cuestión de libertad y de vocación. Es preciso solamente asegurar la vida material de
aquellos que deben ser en el futuro los primeros doctores de nuestra facultad.
Se podrá decir, sin embargo, que esta formación, llevada hasta su
grado más elevado y que se coronaría entonces con el doctorado, no convendría tal vez
al profesor de nivel secundario de historia o de geografía, al que esta cátedra debería
en parte formar. Las últimas palabras de este resumen serán consagradas a este punto.
Para el profesor de nivel secundario es indispensable un fuerte bagaje
de conocimientos generales. El nivel de licenciatura asegura esa adquisición, pero eso es
apenas lo estrictamente necesario. En la más alejada de las actividades del estado de Sao
Paulo el profesor debe continuar perteneciendo al mundo de los intelectuales y, más allá
de su tarea cotidiana, es preciso que no pierda la ligazón con este mundo intelectual.
Conocemos aquí, como en otras partes, el peligro social que representa
el profesor que ya no trabaja, el profesor que ha dejado de estudiar.
Ahora bien, es solamente dentro del cantón especializado, dentro del
sector específico de su especialización, que el profesor podrá mantener su inteligencia
despierta y ¿no es acaso lo esencial la inteligencia de este profesor? ¿Podría acaso,
sin especialización, ejercerse la inteligencia de una manera útil? Si el lector se ve
empujado a reflexionar sobre las soluciones que nosotros presentamos, este artículo no
habrá sido posiblemente del todo inútil por lo que se refiere al futuro universitario de
Brasil.