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Camera lucida
Dos botones de la XIX Muestra Internacional de Cine
Francisco Arvizu Hugues
Liv Tyler |
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Ahora no una selección de la XIX Muestra Internacional de Cine que año con año patrocina y exhibe la Cineteca Nacional, sino su casi integridad y que por ahora llegó a Guadalajara, durante todo el primer mes de 1997, al Cine-Foro de la Universidad de Guadalajara. Títulos de Édoard Molinaro, John Sayles, Tran Anh Hung, Bertolucci, Sean Penn, Scott Hicks, Roberto Benigni, Danny Boyle, Roberto Faenza (con uno de los últimos trabajos actorales de Marcello Mastroianni, en Sostiene Pereira), la opera prima de Al Pacino, una disertación a múltiples voces sobre la Tragedia de Ricardo III, de William Shakespeare, una reciente de Win Wenders, entre otras. Cines europeos (algunos ya sacralizados), la media tecnológica yanki, propuestas de por medio y noveles responsables en la dirección; el cine "oriental", cada vez menos un enigma para "occidente"; alternativas visuales para América Latina, a veces, en plan de mera expectación.
Hablemos, en lo corto posible, sobre dos de ellas:
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Los hermanos Coen; Ethan, productor y escritor,
y Joel, escritor y director, reasumen su capacidad de autoirrisión en cuerpos y almas
típicas, los traslapes de décadas con la marca de la informática y el desborde la esas
aldeas globales tan profetizadas y vueltas uña y carne de la vida cotidiana
estadounidense reciente, por medio de Fargo (1996), estudio retrospectivo y bajo la
lupa de una idiosincrasia estupidizante (por la que tanto ha brillado el toque genial de Los
Simpson, de Matt Groening); esquemas fallidos de un thriller absurdamente
psicológico, retrato de unos Estados Unidos sumidos en un placer por la sangre y la
violencia, tachonado de complacencias baratas (la parábola triste de Todo por un
sueño, 1995, de Gus van Sant, es vivo ejemplo de ello, en las antípodas del libelo
visual de Asesinos por naturaleza, 1994, de Oliver Stone). Todo partiendo de un
suceso vivido en lo real, hace diez años, en Minesotta: un vendedor de carros (el eficaz
William H. Macy), por obvios problemas financieros, urde un autosecuestro, con su esposa
como depositaria del delito, para cobrar un rescate a su propio suegro, que lo salve de la
ruina. Es el nudo.
Y no sabemos hasta qué punto la sorna con la que el binomio Coen
manejan el desarrollo de la trama sea un espejo deformado de una realidad mental intacta,
tal como Alexis de Tocqueville analizó con prurito ejemplar, en La democracia en
América: un habitante de la América del Norte marcado por la estulticia y la
creencia fácil en cuanto mito o religión se le ponga enfrente, con su carga de
mentalidad pionera, farmer, simplona. Por una parte, es saludable pensarlo así. De
otra forma, algo falta en Fargo: cuando poseía todos los elementos para ser una
película, si no memorable, sí al menos definidora de un sector de época.
Tiene un buen guión, una aceptable narrativa, personajes que
aparentemente se salen de la norma (con sus excesos), como Mike, el chino-japonés-gringo
que se arrastra por el rastro de su excondiscípula, ahora una torpe policía embarazada
de un pueblucho de Minesotta), una pareja de asesinos dignos de los hermanos Marx
uno muy "raro", el excelente Steve Buscemi, y otro que es una mole de
silencios sin neuronas), una armazón visual desgastada, con el tope de la nieve como
escenario virtual de una tragedia devenida en comedia. Todo lo tenía, pero faltó el
toque maestro, el tiempo justo para la ironía a flor de piel. Y esa es la principal
falla: en Fargo todos son unos imbéciles, no hay una sola chispa común, por lo
que la monotonía salta hasta un primer plano, dejando inerme el indispensable pulso
dramático que debe contener todo humos negro que se precie de serlo.
Belleza robada (1996), de Bernardo Bertolucci, navega por una de las
aguas estériles pontificadas por la mano firme de Lucchino Visconti, contra el grotesco
vital de un Federico Fellini. Como en 1900, El último emperador, El
cielo protector y, sobre todo, La luna, el preciosismo estético de Bertolucci
borra cualquier disposición para el análisis y el recrudecimiento de historias o
anécdotas. Da la impresión de que el dandismo y la mentalidad snob son para
el director los hijos naturales del marxismo-socialismo-maoísmo de los setenta,
asumidos como una estética sin ataduras terrenales, pero con un tufo persistente de
decadentismo.
Una joven de 19 años, introspectivamente bella (la sobrevaluada Liv
Tyler), todavía virgen y con pretensiones letrísticas o literarias, en su caso, pues
lleva un diario multiforme como compañero de viaje europeo, a la búsqueda de sus propias
fuentes (motivo de La luna, el reconocimiento del padre), en este caso, por figura
rediviva de su propia madre, llega a una villa de la Toscana, paradisiaca, con viñedos,
manantiales, arquitecturas etéreas y una caterva de personajes pomposamente errantes,
para quienes no parece existir el dinero o las penurias económicas.
Todo se vuelve una redundancia gratuita: ¿quién será el digno en
desflorar a la inquietante damisela estadounidense, más concebida entre sensualidades muy
a la "socialista de bolsillos rotos", como se le ironizó a Bertolucci cuando
presento la saga 1900? Con una edición pausada, a trancos, entornos propios de
video culto de MTV, Belleza robada aparentó ser un cuento aguado de
película softporno... Y, fuera toda paradoja, así resultó.