Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación

No. 9

(nueve)

SECCIÓN

páginas

de la 69 a la 69 de 76

... el recreo

Guadalajara, México - Marzo de 1997

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C

I N E F I L I A

Camera lucida

Dos botones de la XIX Muestra Internacional de Cine

Francisco Arvizu Hugues*

* Investigador en la Universidad de Guadalajara.

 

Liv  Tyler

Liv Tyler, Belleza robada (1996), de Bernardo Bertolucci

Ahora no una selección de la XIX Muestra Internacional de Cine que año con año patrocina y exhibe la Cineteca Nacional, sino su casi integridad y que por ahora llegó a Guadalajara, durante todo el primer mes de 1997, al Cine-Foro de la Universidad de Guadalajara. Títulos de Édoard Molinaro, John Sayles, Tran Anh Hung, Bertolucci, Sean Penn, Scott Hicks, Roberto Benigni, Danny Boyle, Roberto Faenza (con uno de los últimos trabajos actorales de Marcello Mastroianni, en Sostiene Pereira), la opera prima de Al Pacino, una disertación a múltiples voces sobre la Tragedia de Ricardo III, de William Shakespeare, una reciente de Win Wenders, entre otras. Cines europeos (algunos ya sacralizados), la media tecnológica yanki, propuestas de por medio y noveles responsables en la dirección; el cine "oriental", cada vez menos un enigma para "occidente"; alternativas visuales para América Latina, a veces, en plan de mera expectación.

 

Hablemos, en lo corto posible, sobre dos de ellas:

Fargo (1996), película de Joel Coen

Los hermanos Coen; Ethan, productor y escritor, y Joel, escritor y director, reasumen su capacidad de autoirrisión en cuerpos y almas típicas, los traslapes de décadas con la marca de la informática y el desborde la esas aldeas globales tan profetizadas y vueltas uña y carne de la vida cotidiana estadounidense reciente, por medio de Fargo (1996), estudio retrospectivo y bajo la lupa de una idiosincrasia estupidizante (por la que tanto ha brillado el toque genial de Los Simpson, de Matt Groening); esquemas fallidos de un thriller absurdamente psicológico, retrato de unos Estados Unidos sumidos en un placer por la sangre y la violencia, tachonado de complacencias baratas (la parábola triste de Todo por un sueño, 1995, de Gus van Sant, es vivo ejemplo de ello, en las antípodas del libelo visual de Asesinos por naturaleza, 1994, de Oliver Stone). Todo partiendo de un suceso vivido en lo real, hace diez años, en Minesotta: un vendedor de carros (el eficaz William H. Macy), por obvios problemas financieros, urde un autosecuestro, con su esposa como depositaria del delito, para cobrar un rescate a su propio suegro, que lo salve de la ruina. Es el nudo.

Y no sabemos hasta qué punto la sorna con la que el binomio Coen manejan el desarrollo de la trama sea un espejo deformado de una realidad mental intacta, tal como Alexis de Tocqueville analizó con prurito ejemplar, en La democracia en América: un habitante de la América del Norte marcado por la estulticia y la creencia fácil en cuanto mito o religión se le ponga enfrente, con su carga de mentalidad pionera, farmer, simplona. Por una parte, es saludable pensarlo así. De otra forma, algo falta en Fargo: cuando poseía todos los elementos para ser una película, si no memorable, sí al menos definidora de un sector de época.

Tiene un buen guión, una aceptable narrativa, personajes que aparentemente se salen de la norma (con sus excesos), como Mike, el chino-japonés-gringo que se arrastra por el rastro de su excondiscípula, ahora una torpe policía embarazada de un pueblucho de Minnesota), una pareja de asesinos dignos de los hermanos Marx –uno muy "raro", el excelente Steve Buscemi, y otro que es una mole de silencios sin neuronas), una armazón visual desgastada, con el tope de la nieve como escenario virtual de una tragedia devenida en comedia. Todo lo tenía, pero faltó el toque maestro, el tiempo justo para la ironía a flor de piel. Y esa es la principal falla: en Fargo todos son unos imbéciles, no hay una sola chispa común, por lo que la monotonía salta hasta un primer plano, dejando inerme el indispensable pulso dramático que debe contener todo humos negro que se precie de serlo.

Belleza robada (1996), de Bernardo Bertolucci, navega por una de las aguas estériles pontificadas por la mano firme de Lucchino Visconti, contra el grotesco vital de un Federico Fellini. Como en 1900, El último emperador, El cielo protector y, sobre todo, La luna, el preciosismo estético de Bertolucci borra cualquier disposición para el análisis y el recrudecimiento de historias o anécdotas. Da la impresión de que el dandismo y la mentalidad snob son –para el director– los hijos naturales del marxismo-socialismo-maoísmo de los setenta, asumidos como una estética sin ataduras terrenales, pero con un tufo persistente de decadentismo.

Una joven de 19 años, introspectivamente bella (la sobrevaluada Liv Tyler), todavía virgen y con pretensiones letrísticas o literarias, en su caso, pues lleva un diario multiforme como compañero de viaje europeo, a la búsqueda de sus propias fuentes (motivo de La luna, el reconocimiento del padre), en este caso, por figura rediviva de su propia madre, llega a una villa de la Toscana, paradisíaca, con viñedos, manantiales, arquitecturas etéreas y una caterva de personajes pomposamente errantes, para quienes no parece existir el dinero o las penurias económicas.

Todo se vuelve una redundancia gratuita: ¿quién será el digno en desflorar a la inquietante damisela estadounidense, más concebida entre sensualidades muy a la "socialista de bolsillos rotos", como se le ironizó a Bertolucci cuando presento la saga 1900? Con una edición pausada, a trancos, entornos propios de video ‘culto’ de MTV, Belleza robada aparentó ser un cuento aguado de película softporno... Y, fuera toda paradoja, así resultó.

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