
Soy maestra
Reyna Pérez Castillo*
* Profesora de Primaria, licenciada en Historia, cursa la maestría en
Docencia y Divulgación de la Historia en la Universidad Pedagógica Nacional (UPN),
Unidad Ajusco, en la Ciudad de México, DF.
Salí del vientre de una mujer que decía no ser "gente de
razón" porque no hablaba "castilla". Lo poco que ella sabía se lo había
enseñado mi padre, pero ninguno de los dos sabía leer y escribir, como la mayoría en
esa comunidad indígena en la que se habla el totonaca. Para entender las pláticas al
escuchar la mezcla que hacen entre el español y el totonaca; hay que estar muy avispas.
En Veracruz hay muchos potreros, la mayoría de latifundistas con
antepasados italianos principalmente... prácticamente crecí en un potrero pues mi casa
era la única en varios kilómetros a la redonda. Ahí, en esa casa, nacimos todos. La
recuerdo grande, el techo de dos aguas, alto, hecho con las hojas de las palmeras
acomodadas de tal forma que no pasaban las enormes gotas de los aguaceros ni los rayos
candentes del sol, aunque por las paredes, que eran de barro, sí se colaba el sol y
entonces formaba figuras caprichosas que descifrábamos, sobre todo en diciembre, todos
juntos como los gatos para calentarse... ¡qué fríos pasé! En ocasiones las mujeres
tapaban las rendijas con barro amarillo, otras más, pintaban todas las paredes para que
se vieran más bonitas.
Adentro se encontraba el bracero, hecho también de barro, los leños
prendiendo y la olla sacando rico aroma de café. A un lado un tronco donde estaba el
molino de mano; al centro una gran mesa de cedro, unas cuantas sillas y una cama: cuatro
palos enterrados y otros largos, atravesados, que sostenían el colchón, bueno no
teníamos colchón pero sí muchos petates porque a veces teníamos visita de mis tíos y
a veces se quedaban a dormir y el tapanco donde muchas veces me subía a hacer
travesuras hasta quedarme dormida. Ese era todo el mobiliario.
Soy la penúltima de doce hijos: siete mujeres y cinco hombres, una
fallecida a los pocos días de nacer y otro que anda perdido ¡no sabemos dónde anda!
Cuando yo era pequeña, casi todos los que vivían a mi alrededor eran
adultos. Solamente Toño, el hijo de un trabajador y yo éramos los más chicos; por eso y
por las muchas actividades del campo, no se ocupaban mucho de nosotros. Yo no tenía
actividad obligatoria pero también me paraba temprano y me iba a recorrer la milpa con mi
amiguito Toño para espantar a los tordos, esas avecillas de color negro lustroso, para
que no sacaran las semillas recién sembradas. Corríamos, gritábamos como locos para
espantarlos y terminábamos bien mojados por el rocío de la madrugada...
Todo estaba bien, pero no podía durar... Yo no entendía por qué
tenía que ir a la escuela. Odié a mis padres por obligarme a estudiar, no entendía que
debía sentirme orgullosa de ellos, porque a pesar de ser analfabetas pensaron que
nosotros teníamos que aprender a leer y escribir para que fuéramos "gente de
razón".
Mi papá había comprado una casa en Zamora y nos mandó a sus hijos a
estudiar al pueblo porque en el rancho no había escuela... Así es que casi todos nos
fuimos al pueblo, menos mis papás y algunos de mis hermanos y hermanas más grandes que
ayudaban en el campo.
Tiodo, Perico, Tomás, Fermín, Honoria y yo nos fuimos al pueblo. Yo
era la más chica, tenía cinco años, creo. Mis hermanos casi no se ocupaban de mí,
porque andaban metidos en sus cosas, que si el novio, que si la cartita, en fin, cosas que
les parecían más importantes que cuidar a una niña.
Cuando entré a la escuela, empezó mi martirio. Pasé tres años en
primero de primaria, no me gustaba la escuela y con el menor pretexto me salía, me iba a
mi casa, que estaba cerca, a tomar café a la hora de recreo y ya no regresaba... Yo era
de lo peor: ni los coscorrones, jalones de oreja y varazos de mis maestras me detenían.
Recuerdo que todos los días llegaba a mi casa desgreñada, revolcada, con el vestido roto
y raspada porque me moqueteaba con los niños que se querían pasar de listos con mis
amiguitas. Regularmente yo era la que salía con la peor parte porque además de los
moquetes que me daban los niños, también me los daban mis maestras.
Finalmente, en mi tercer-primer año, pasé de grado y de ahí en
adelante no he vuelto a reprobar, pero fue hasta tercero de primaria que me entró el amor
por la escuela. Así, como en un principio no quería entrar, después no quería salir.
Desde ese año empecé a pelear los primeros lugares, quizás porque
pensaba que así podría ganar más amigos y ser la preferida de mis profesores, aunque
fuera indisciplinada.
No recuerdo cuándo decidí que iba ser maestra, pero en sexto ya
estaba segura de que eso es lo que quería hacer cuando fuera grande. En sexto tuve una
maestra, Angela es su nombre, que me ayudo mucho; creo que aún vive en San Pablo, y el
nombre de la escuela en la que estudié es "Lic. Miguel Alemán". Cuando voy a
mi pueblo, visito esa escuela porque es uno de los lugares más importantes de mi
infancia.
En aquel año, yo ocupaba el primer lugar en conocimientos pero creo
que el último en conducta. Recuerdo que quería participar en un concurso de
conocimientos que se llamaba "La Ruta de Hidalgo" para el que la maestra Angela
nos preparaba a Fili y a mí. Finalmente Fili fue y yo no, aunque todavía no entiendo por
qué si yo tenía mejores calificaciones que ella. Esa fue una de mis primeras
decepciones, pero no tanto como para no querer seguir preparándome.
Yo había hablado con mi padre sobre mis planes de seguir estudiando, y
él aseguró que me mandaría a la secundaria. En ese tiempo era obligatorio que niños y
niñas estudiaran la primaria pero no la secundaria, por eso había pocas las niñas que
lo hacían. A mí me encantaba tanto la escuela que ya no quería ir al rancho en las
vacaciones porque para ese entonces, ya me tocaba trabajar igual que las otras mujeres de
la casa y yo lo que quería, era prepararme para ser maestra.
Ahora tengo cuarenta años, hace veinte años que doy clases y he visto
a muchas Reynas entre mis alumnos, igual de traviesas y peleoneras que ella y me
doy cuenta de que lo único que piden es amor, atención, caricias, palabras de aliento;
en sus ojitos, unas veces tristes, otras pícaros, otras furiosos; veo a esa niña sola en
el potrero, sola entre sus hermanos y sola con sus amiguitos de la primaria pero con la
fortuna de haber encontrado una vocación de enseñanza que le ha permitido, algunas
veces, ser feliz.