Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación

No. 8

(ocho)

SECCIÓN

páginas

de la 13 a la 13 de 76

... nosotros los profes

Guadalajara, México - Diciembre de 1995

Principal | Índice


Soy maestra

Reyna Pérez Castillo*

* Profesora de Primaria, licenciada en Historia, cursa la maestría en Docencia y Divulgación de la Historia en la Universidad Pedagógica Nacional (UPN), Unidad Ajusco, en la Ciudad de México,  DF.

Salí del vientre de una mujer que decía no ser "gente de razón" porque no hablaba "castilla". Lo poco que ella sabía se lo había enseñado mi padre, pero ninguno de los dos sabía leer y escribir, como la mayoría en esa comunidad indígena en la que se habla el totonaca. Para entender las pláticas al escuchar la mezcla que hacen entre el español y el totonaca; hay que estar muy avispas.

En Veracruz hay muchos potreros, la mayoría de latifundistas con antepasados italianos principalmente... prácticamente crecí en un potrero pues mi casa era la única en varios kilómetros a la redonda. Ahí, en esa casa, nacimos todos. La recuerdo grande, el techo de dos aguas, alto, hecho con las hojas de las palmeras acomodadas de tal forma que no pasaban las enormes gotas de los aguaceros ni los rayos candentes del sol, aunque por las paredes, que eran de barro, sí se colaba el sol y entonces formaba figuras caprichosas que descifrábamos, sobre todo en diciembre, todos juntos como los gatos para calentarse... ¡qué fríos pasé! En ocasiones las mujeres tapaban las rendijas con barro amarillo, otras más, pintaban todas las paredes para que se vieran más bonitas.

Adentro se encontraba el bracero, hecho también de barro, los leños prendiendo y la olla sacando rico aroma de café. A un lado un tronco donde estaba el molino de mano; al centro una gran mesa de cedro, unas cuantas sillas y una cama: cuatro palos enterrados y otros largos, atravesados, que sostenían el colchón, –bueno no teníamos colchón pero sí muchos petates porque a veces teníamos visita de mis tíos y a veces se quedaban a dormir– y el tapanco donde muchas veces me subía a hacer travesuras hasta quedarme dormida. Ese era todo el mobiliario.

Soy la penúltima de doce hijos: siete mujeres y cinco hombres, una fallecida a los pocos días de nacer y otro que anda perdido ¡no sabemos dónde anda!

Cuando yo era pequeña, casi todos los que vivían a mi alrededor eran adultos. Solamente Toño, el hijo de un trabajador y yo éramos los más chicos; por eso y por las muchas actividades del campo, no se ocupaban mucho de nosotros. Yo no tenía actividad obligatoria pero también me paraba temprano y me iba a recorrer la milpa con mi amiguito Toño para espantar a los tordos, esas avecillas de color negro lustroso, para que no sacaran las semillas recién sembradas. Corríamos, gritábamos como locos para espantarlos y terminábamos bien mojados por el rocío de la madrugada...

Todo estaba bien, pero no podía durar... Yo no entendía por qué tenía que ir a la escuela. Odié a mis padres por obligarme a estudiar, no entendía que debía sentirme orgullosa de ellos, porque a pesar de ser analfabetas pensaron que nosotros teníamos que aprender a leer y escribir para que fuéramos "gente de razón".

Mi papá había comprado una casa en Zamora y nos mandó a sus hijos a estudiar al pueblo porque en el rancho no había escuela... Así es que casi todos nos fuimos al pueblo, menos mis papás y algunos de mis hermanos y hermanas más grandes que ayudaban en el campo.

Tiodo, Perico, Tomás, Fermín, Honoria y yo nos fuimos al pueblo. Yo era la más chica, tenía cinco años, creo. Mis hermanos casi no se ocupaban de mí, porque andaban metidos en sus cosas, que si el novio, que si la cartita, en fin, cosas que les parecían más importantes que cuidar a una niña.

Cuando entré a la escuela, empezó mi martirio. Pasé tres años en primero de primaria, no me gustaba la escuela y con el menor pretexto me salía, me iba a mi casa, que estaba cerca, a tomar café a la hora de recreo y ya no regresaba... Yo era de lo peor: ni los coscorrones, jalones de oreja y varazos de mis maestras me detenían. Recuerdo que todos los días llegaba a mi casa desgreñada, revolcada, con el vestido roto y raspada porque me moqueteaba con los niños que se querían pasar de listos con mis amiguitas. Regularmente yo era la que salía con la peor parte porque además de los moquetes que me daban los niños, también me los daban mis maestras.

Finalmente, en mi tercer-primer año, pasé de grado y de ahí en adelante no he vuelto a reprobar, pero fue hasta tercero de primaria que me entró el amor por la escuela. Así, como en un principio no quería entrar, después no quería salir.

Desde ese año empecé a pelear los primeros lugares, quizás porque pensaba que así podría ganar más amigos y ser la preferida de mis profesores, aunque fuera indisciplinada.

No recuerdo cuándo decidí que iba ser maestra, pero en sexto ya estaba segura de que eso es lo que quería hacer cuando fuera grande. En sexto tuve una maestra, Ángela es su nombre, que me ayudo mucho; creo que aún vive en San Pablo, y el nombre de la escuela en la que estudié es "Lic. Miguel Alemán". Cuando voy a mi pueblo, visito esa escuela porque es uno de los lugares más importantes de mi infancia.

En aquel año, yo ocupaba el primer lugar en conocimientos pero creo que el último en conducta. Recuerdo que quería participar en un concurso de conocimientos que se llamaba "La Ruta de Hidalgo" para el que la maestra Ángela nos preparaba a Fili y a mí. Finalmente Fili fue y yo no, aunque todavía no entiendo por qué si yo tenía mejores calificaciones que ella. Esa fue una de mis primeras decepciones, pero no tanto como para no querer seguir preparándome.

Yo había hablado con mi padre sobre mis planes de seguir estudiando, y él aseguró que me mandaría a la secundaria. En ese tiempo era obligatorio que niños y niñas estudiaran la primaria pero no la secundaria, por eso había pocas las niñas que lo hacían. A mí me encantaba tanto la escuela que ya no quería ir al rancho en las vacaciones porque para ese entonces, ya me tocaba trabajar igual que las otras mujeres de la casa y yo lo que quería, era prepararme para ser maestra.

Ahora tengo cuarenta años, hace veinte años que doy clases y he visto a muchas Reynas entre mis alumnos, igual de traviesas y peleoneras que ella y me doy cuenta de que lo único que piden es amor, atención, caricias, palabras de aliento; en sus ojitos, unas veces tristes, otras pícaros, otras furiosos; veo a esa niña sola en el potrero, sola entre sus hermanos y sola con sus amiguitos de la primaria pero con la fortuna de haber encontrado una vocación de enseñanza que le ha permitido, algunas veces, ser feliz.

Principal | Índice