
Democracia y equidad de género
Cristina Palomar*
* Psicoanalista, directora del Centro de Estudios de Género (CEG) de la
Universidad de Guadalajara.
A lo largo de los últimos veinte años, investigadores y pensadores de
diversas disciplinas han venido utilizando la categoría género de diferentes maneras.
Semánticamente, este concepto conlleva en castellano una serie de complicaciones, ya que
si en inglés "gender" tiene una acepción que apunta directamente a los sexos,
en español se refiere tanto a clase, especie o tipo a la que pertenecen las cosas, a un
grupo taxonómico, a los artículos o mercancías que son objeto de comercio, y a la tela.
Por lo tanto, en castellano la connotación de género como cuestión relativa a la
construcción de lo masculino y lo femenino sólo se comprende a partir del género
gramatical, pero ciertamente hay que decir que sólo quienes tienen antecedentes del
debate teórico al respecto lo comprenden como relación entre los sexos, o como
simbolización o construcción cultural.1
Esta dificultad semántica, y otra serie de cuestiones, dificultan una
unificación total en el uso de esta categoría, pero sin embargo, pueden distinguirse dos
usos básicos de la misma: El que habla de género refiriéndose a las mujeres y el que se
refiere a la construcción cultural de la diferencia sexual, aludiendo a las relaciones
sociales entre los sexos.2
La ventaja que conlleva el uso de este concepto de género es mostrar
que no hay mundo de las mujeres aparte del mundo de los hombres, que la información sobre
las mujeres es información sobre los hombres,3 es decir,
el uso de género implica el retraso de la idea de las esferas separadas.
Lo que define al género es la acción simbólica colectiva. Mediante
la constitución del orden simbólico en una sociedad, se fabrican las ideas de lo que
deben ser los hombres y las mujeres. La cultura marca la percepción de todo lo demás: lo
social, lo político, lo religioso, lo cotidiano. La lógica de género es una lógica de
poder, de dominación, que es la forma paradigmática de violencia simbólica (Pierre
Bourdieu), es decir, la violencia que se ejerce sobre un agente social con su complicidad
o consentimiento.
La ley social refleja la lógica de género y construye los valores e
ideas a partir de esa oposición binaria que tipifica arbitrariamente, excluyendo o
incluyendo en su lógica simbólica ciertas conductas o sentimientos. Por lo tanto es
necesario desentrañar lo que en el ámbito de lo social y de lo político implica esta
lógica simbólica, y esto nos lleva a participar en la discusión sobre democracia y
ciudadanía desde una perspectiva de equidad de género.
La discusión en torno a la democracia es algo que interesa
particularmente al Centro de Estudios de Género de la Universidad de Guadalajara
constituido recientemente, y que ha planteado la necesidad de participar en la
construcción de una cultura más democrática, equitativa y tolerante por la vía del
trabajo académico, generando un análisis del "sistema de género"; ésto es,
el conjunto de los roles sociales sexuados y el sistema de pensamiento o de
representación que define culturalmente lo masculino y lo femenino y que dan forma a
identidades sexuales. El punto nodal del análisis está en la deconstrucción del sólido
discurso social que opera sobre un supuesto de "naturalidad" de que un hecho
biológico sea traducido como inequidad social entre los individuos de diferente sexo, y
que genera condiciones de participación social desiguales.
Consideramos que hablar con una perspectiva de género es plantear a la
democracia su desafío más importante y su crítica más amplia, ya que es desde el uso
de los términos "individuo" y "ciudadano" con una connotación
exclusivamente masculina, que debe lanzarse el cuestionamiento. Partimos de la
constatación de que el sujeto social, sobre el que se han elaborado las
conceptualizaciones sobre la democracia como sistema que afirma la libertad y la igualdad
para todos, ha sido un sujeto recortado por cinco variables fundamentales: se trata de un
individuo adulto, de raza blanca, de condición burguesa, heterosexual y del sexo
masculino.
Estas características implícitas en la concepción del sujeto social
son las que han llevado a diversos desarrollos teóricos sobre la manera en que en un
contexto democrático deben ser entendidas las "minorías", que muchas veces son
tomadas como tales no por su proporción numérica, sino por su alejamiento del mencionado
estereotipo del sujeto social.
Nuestro interés se centra en la última de las características
mencionadas, a saber, el hecho de que por la no pertenencia al sexo masculino, la mitad de
la población esté excluida de la plena participación social y política; es obvio que
un modelo liberal de la democracia se apoya en un número de exclusiones significativas. Y
el eje clave para la exclusión, es el género. Por lo tanto, es necesario contar con una
interpretación que permita entender cómo es construido el sujeto a través de discursos
distintos y diversas posiciones de sujeto, por oposición a la interpretación que reduce
la identidad a una posición singular, ya sea de clase, raza o sexo.
Puede decirse que la concepción moderna de ciudadanía integra una
visión que vuelve políticamente relevante la diferencia sexual y no ve la necesidad de
construir una concepción verdaderamente diferente de qué es ser un ciudadano y de cómo
actuar como miembro de una comunidad política y democrática al margen de la identidad de
género. Tal concepción permitiría la creación de un modelo de ciudadanía en el que la
diferencia sexual se convierta en algo efectivamente no pertinente y que requiere de una
concepción del agente social distinta , en donde la clave para la democracia sea la
articulación de un conjunto de posiciones de sujeto correspondientes a la multiplicidad
de las relaciones sociales en que se inscribe.
Son múltiples las aportaciones que el movimiento feminista ha
realizado para pensar la participación de las mujeres como sujetos sociales. Puede, sin
embargo, distinguirse en grueso tres posiciones: un sector liberal que propone ampliar los
derechos de las mujeres para convertirlas en ciudadanas iguales pero sin desafiar los
modelos liberales dominantes de ciudadanía y política; un sector más de feministas
arguyen que semejante concepción de lo político es masculino y que las preocupaciones
feministas no pueden ser acopladas a un marco semejante, utilizando un conjunto de valores
basados en la experiencia de la maternidad; la tercera postura plantea que es necesario un
proyecto de democracia radical y plural que tornaría innecesario un modelo de ciudadanía
sexualmente diferenciada, en el que las tareas específicas de hombres y mujeres sean
valoradas con equidad, sino una concepción verdaderamente diferente de qué es ser un
ciudadano y de cómo actuar como miembro de una comunidad política democrática.
Las discusiones han girado en torno al cuestionamiento de conceptos
básicos de las teorías sobre la democracia: qué es el bien común, qué es la identidad
política colectiva, qué es el ámbito público y cómo entender la separación de los
ámbitos público y privado; cómo definir la pluralidad; si hay realmente un dilema en la
oposición igualdad versus diferencia; si la igualdad social es o no una condición
necesaria para la democracia; si un ámbito público único es preferible a un nexo de
múltiples públicos; si no es perniciosa la aparición de "intereses" y
"asuntos privados"; en cómo pensar la separación entre la sociedad civil y el
estado.
A partir de estas discusiones, Nancy Fraser4
ha planteado la necesidad de construir una teoría crítica de la democracia realmente
existente, basada en cuatro elementos básicos:
1. Hacer visible la manera en que la desigualdad social contamina la
deliberación dentro de los públicos en las sociedades capitalistas tardías;
2. Mostrar cómo la desigualdad afecta a las relaciones entre públicos
en las sociedades capitalistas tardías, cómo los públicos tienen diferente poder y se
segmentan de manera distinta, y cómo algunos están involuntariamente encerrados y
subordinados a otros;
3. Exponer las formas en las que llamar "privado" a un tema o
interés limita la extensión de los problemas y las aproximaciones hacia las discusiones
sociales; y
4. Mostrar como el carácter excesivamente débil de algunos ámbitos públicos en las
sociedades capitalistas tardías despoja a la opinión pública de fuerza práctica.
Chantal Mouffe,5 por otro lado,
propone el desarrollo de una visión democrática radical y plural que conciba la
ciudadanía como una forma de identidad política que consista en la identificación con
los principios políticos de la democracia moderna pluralista, es decir, en la afirmación
de la libertad y la igualdad para todos. Tendría que ser una identidad política común
entre personas comprometidas en muy diversas empresas y con diferentes concepciones del
bien, pero vinculadas las unas a las otras por su común identificación con una
interpretación dada de un conjunto de valores ético-políticos. Esto implica entender la
ciudadanía como un principio articulador que afecta a las diferentes posiciones de sujeto
del agente social al mismo tiempo que permite una pluralidad de lealtades específicas y
el respeto de la libertad individual, lo cual conduciría a la asunción del principio de
equivalencia democrática cuyo planteamiento no es eliminar las diferencias.
Todas estas reflexiones se producen sobre la base de un fuerte
cuestionamiento al hecho de que la diferencia sexual cobre dimensiones de desigualdad, y
de la importancia de incorporar la variable de género, como categoría analítica, a los
análisis sociales y políticos, ya que introducir esta categoría puede posibilitar la
transformación del concepto de sujeto histórico entendido tradicionalmente sólo como
sujeto masculino, y con esto producir una nueva conceptualización de lo social,
incorporando la dimensión de la relación entre los sexos, del género, partiendo de que
la relación entre los sexos no es un hecho natural sino una interacción social
construida e incesantemente remodelada, consecuencia y al mismo tiempo motor de la
dinámica social. El concepto de género es, pues, una categoría de análisis útil,
tanto como la de clase, raza, nación o generación, que permite la revisión de ese
conjunto de roles sociales sexuados y el sistema de pensamiento o de representación que
define culturalmente lo masculino y lo femenino y que dan forma a las identidades
sexuales.
Notas bibliográficas
1. Lamas, Marta. "Usos, dificultades y
posibilidades de la categoría de género", en: La Ventana, revista
de estudios de género, Nº 1, julio de 1995. Editada por el Centro de Estudios de
Género de la Universidad de Guadalajara.
2. Lamas, Marta. "La antropología feminista y la
categoría género", en: Nueva Antropología, Vol. VIII, Nº 30. México,
1986.
3. Scott, Joan. "El género: una categoría útil
para el análisis histórico", en: James, Amelany y Mary Nash. Historia y
género: las mujeres en la Europa moderna y contemporánea. Ediciones Alfons el
Magnamim, 1990.
4. Fraser, Nancy. "Repensar el ámbito público: una
contribución a la crítica de la democracia realmente existente", en: Debate
Feminista, Nº 7, año 4. México, 1993.
5. Mouffe, Chantal. "Feminismo, ciudadanía y
política democrática radical", en: Debate Feminista, Nº 7, año 4.
México, 1993.