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Guadalajara, México - Diciembre de 1995 |
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María Montessori: una revolución en la educación (Tomado de: La revolución Montessori en la educación de E. M. Standing. Ed. Siglo XXI, cuarta edición. México, 1976)
Cada gran revolución, cada gran movimiento que agita la mente y el alma de los hombres, tiene su foco, su representante, su intérprete. Así Aristóteles resumió el conocimiento del mundo antiguo tal como Santo Tomás de Aquino lo hizo con el de la Edad Media. De modo semejante Francis Bacon, insistiendo en la lógica inductiva, llegó a ser considerado como el fundador de la ciencia moderna, mientras que el nombre de Charles Darwin se ha convertido, para muchos, en sinónimo de la idea de evolución. De la misma forma, el historiador del futuro considerará a María Montessori como la representante e intérprete de un gran movimiento social que se concentró, y aún lo hace, alrededor del niño. Pues, a pesar de que durante el siglo en que vivimos hayan ocurrido dos guerras mundiales, a menudo se le ha llamado el Siglo del Niño. Lo cual tiene su justificación, ya que en ninguna época anterior de la historia han surgido tantos organismos para el bienestar del niño. En la doctora Montessori, más que en ningún otro individuo, este movimiento tan característico del Zeit geist de nuestro tiempo se ha vuelto lúcidamente consciente de sí mismo. Lo que otros sentían de una manera vaga o en fragmentos inconexos, ella lo vio como un todo, distinguiendo el movimiento en su perfil y dirección generales. Las aspiraciones que se agitaban en los corazones de millones de personas por todo el mundo encontraron en ella su expresión articulada. El llamado de la Montessori se dirigía esencialmente al espíritu y en este sentido contrastaba con muchos de los psicólogos y pedagogos de su época. "Un maestro sostuvo siempre no debe imaginarse que puede preparase para su vocación simplemente adquiriendo conocimientos y cultura. Por encima de todo lo demás debe cultivar dentro de sí mismo una actitud adecuada en el orden moral. De manera especial, debe limpiar su alma de esos dos pecados mortales a los que siempre están propensos los maestros: el orgullo y la ira". Este llamado al espíritu explica el alcance de su influencia sobre tal variedad de personas de diferentes edades, religión, color y civilización. Había algo en la profundidad, en la sinceridad y en la seguridad de su visión, en la autoridad que esta visión tenía en su noble concepción de la humanidad y de su misión cósmica y más que nada en su propia personalidad que parecía arrojar un hechizo sobre aquellos que llegaban a conocerla. Muchos maestro vinieron, literalmente, de los confines de la Tierra para asistir a sus famosos cursos de entrenamiento internacionales, y se sorprendieron del efecto que esta experiencia tuvo en ellos. Simplemente llegaron esperando escuchar lecciones sobre psicología infantil, sobre el aprendizaje de los niños, la enseñanza de temas variados, el manejo de los niños, y así sucesivamente. Sí recibieron todo esto en grado sumo, pero, al pasar los meses, empezaron a darse cuenta de que algo más estaba sucediendo, algo que no habían esperado; algo diferente y más valioso que habrían tenido dificultad en expresar con palabras. Llegaron con la intención de aprender a ayudar al niño en su desarrollo y, para su sorpresa, se encontraron con que inesperadamente los estaban ayudando en su propio desarrollo. Los temas que les habían desagradado en la escuela adquirieron de repente un nuevo y absorbente interés. Se abrían nuevos horizontes ante sus mentes, no sólo en el ámbito del intelecto, sino en el sentido y alcance mismos de la educación. Experimentaron una auténtica ampliación de mente y alma, y se supieron, al final del curso, diferentes y mayores que en un principio. Se dieron cuenta de que habían hecho una inversión espiritual que les redituaría intereses mientras vivieran, porque la vida había adquirido un nuevo sentido y una promesa más rica. E. Mortimer Standing Los principios de MontessoriSin duda alguna en el pasado fuimos los opresores inconscientes de esta nueva semilla que brota pura y cargada de energía. Y nos hemos impuesto a ella sin reconocer las necesidades de su expansión espiritual. Así, el niño se ha mantenido casi totalmente oculto o en gran parte opacado por este egoísmo inconsciente del adulto. No sería muy bien recibido, supongo, que yo dijera que con frecuencia el adulto se convierte en un obstáculo más que en una ayuda para el desarrollo del niño. Nos es sumamente difícil aceptar la declaración de que, muy a menudo, es nuestro excesivo cuidado del niño el que impide el ejercicio de sus propias actividades, y por consiguiente la expansión de su propia personalidad... Así sucede que cuando nosotros, con las mejores intenciones y con el más sincero deseo de ayudar, hacemos todo por el niño cuando lo lavamos, lo alzamos y lo ponemos en su silla, cuando lo alimentamos y lo ponemos en esa especie de jaula que llamamos su cuna; al prestarle esas ayudas inútiles en realidad no lo ayudamos sino que lo estorbamos. Y después, volvemos a cometer el mismo error ante el joven o la muchacha cuando, aún aferrados a la creencia de que no puede aprender nada sin nuestra ayuda, lo retacamos de alimentación intelectual, lo clavamos a las bancas de la escuela para que no se pueda mover, hacemos todos los esfuerzos para sacar de raíz sus defectos morales, aplastamos o rompemos sus deseos, seguros en nuestra creencia de que así estamos actuando en su máximo bienestar. Y así proseguimos indefinidamente; y a esto lo llamamos educación. María Montessori Los doce puntos del método Montessori
Algunas de las obras escritas por María Montessori son:
En todo el mundo, existen escuelas o profesores que de manera ortodoxa y con aplicaciones libres llevan a la práctica las ideas de esta notable educadora. Muere en Noordwijk, Países Bajos en 1952.(1) Nota 1. Diccionario de Ciencias de la Educación. Ed. Diagonal-Santillana. México, 1989. Vol. 2, p. 987. |
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