
Atala Apodaca, mujer jalisciense, maestra, precursora y veterana de la Revolución Mexicana de 1910
Alicia Mendoza Lozano*
* Catedrática de la Escuela Secundaria
"Ramón García Ruiz", de Guadalajara, Jal.
"Algún día la mujer será convenientemente educada en la libertad... tendrán las mujeres valor e iniciativa individual y el hombre se verá obligado a ser siempre repetuoso con un ser que es su igual... La mujer será dueña de aprender y de emprender lo que quiera, sin que el carácter enérgico y la seguridad en la idea y en la acción, sean motivo para considerarla fuera de su naturaleza femenina..."
Así hablaba, actuaba y
escribía la excepcional jalisciense Atala Apodaca, en agosto de 1916. Actuó como
propagandista de los ideales de la Revolución Maderista, desde el año de 1910 y a raíz
de la tragedia en la que perdieron la vida el presidente Madero y el Vicepresidente José
María Pino Suárez. Prestó entonces sus servicios activos en la lucha armada,
consistentes en fijar proclamas y boletines hasta en los propios cuarteles, burlando a los
esbirros huertistas, invitando al pueblo a la lucha reivindicadora y a alistarse bajo la
bandera sostenida por el caudillo Venustiano Carranza.
A partir de julio de 1914, se incorporó a las fuerzas al mando del
Gral. Manuel M. Diéguez y estuvo en los campos de batalla, sirviendo eficazmente en
gestiones para envío de armas y parque destinados a la División de Occidente. Siempre se
le vio en la tribuna revolucionaria y en los campamentos, alentando con su palabra a los
soldados y propagando sin cesar las ideas que sostenía la causa constitucionalista, dando
testimonio de ésto la prensa de la época, documentos y fotografías de los jefes
militares bajo cuyo mando actuó, así como voluminosa correspondencia incluso del Primer
Jefe del Ejército Constitucionalista.
La cita de la parte superior es de un artículo escrito por la
revolucionaria Atala Apodaca en la Revista Argos1
que ella dirigía comisionada expresamente por el Primer Jefe de la Nación Venustiano
Carranza en la Región del Occidente de México. Encabezaba la Comisión de Estudio y
Propaganda Nacionalista, haciendo llegar mensajes al pueblo en diferentes foros y
comunidades con palabras del propio Carranza, según lo expresa en el mismo número de la
citada revista la Profesora Apodaca: "Se deben unificar los criterios y sobre todo
hacer una labor de nacionalismo, ante el peligro común que no tardará en desaparecer.
Todos los mexicanos deben procurar la total unificación nacional". Unos meses más
tarde, a la edición de la serie de publicaciones de la revista Argos, también
sería Atala testigo presencial de las sesiones del Congreso Constituyente en Querétaro,
que promulgara la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos el 5 de febrero
de 1917.
En la citada publicación se exaltaba la personalidad de Venustiano
Carranza, figura a nivel nacional y la del General Manuel M. Diéguez, entonces,
Gobernador de Jalisco.
Fueron colaboradores José Guadalupe Zuno, Manuel Martínez Valadez,
Samuel Ruiz Cabañas y José D. Frías.
En este número sobre magisterio y cuestiones de género, me pareció
oportuno mencionar a tan distinguida jalisciense precursora y veterana de la
Revolución Mexicana. Personaje de la historia de nuestra Patria, entregada en forma
intensa a las causas populares y orientadora en las aulas de varias generaciones de niños
y jóvenes que fueron guiados por sus enseñanzas y su ejemplo de ciudadana convencida de
sus ideales, recta y honesta.
A continuación, el texto del artículo, cuyo epígrafe inicia esta
colaboración y que da muestra de lo que Atala Apodaca opinaba sobre:
El papel social de la mujer mexicana
"...En este periódico destinado a hacer labor
social, ocupa un lugar distinguido la mujer. El porvenir, objeto de esta revolución y de
todas las que hayan partido de un principio justo, contará para consolidarse con
dignificación de la mujer y la atenta y minuciosa educación del niño.
Nuestra Patria ha perdido en esta guerra hombres y riquezas; pero ha
probado que puede desarrollar toda la vitalidad necesaria para arrojar de su seno el
cáncer de corrompidas tiranías. Las desgracias que ha acarreado la guerra nos han
ejercitado y robustecido y han despertado el amor propio. La contingencia con los
norteamericanos, nos encontró bien unidos y este solo hecho dio en qué pensar a nuestros
arrogantes vecinos que habían creído fácil dividir para dominar.
Este es un gran momento histórico para México y podemos decir
parodiando a Nelson, la República espera que todos cumplirán con su deber. Todos,
decimos, y las mujeres cualquiera que sea su estado o condición no deben desoír este
llamamiento.
El problema de la guerra está resuelto, no hay enemigos que combatir
con las armas, pero quedan las cuestiones sociales que no siempre se resuelven a tiros.
Queda la rutina encadenando los brazos de la industria, queda la miseria, el robo y el
asesinato ensombreciendo los horizontes sociales, queda el sacerdote encadenando las
conciencias, queda la inmensa ligadura de hierro que limada aquí y más allá sólo
espera el supremo esfuerzo de todos par romperse, dejando libre este pueblo que anhela
marchar, correr, desgarrar sus plantas en los guijarros del camino para alcanzar a los
pueblos que van adelante y robarles sus secretos industriales y sus virtudes como los
romanos robaron a las sabinas y colocarse en lugar honroso en la moderna Civilización...
El hombre ha hablado de sus derechos, la mujer ha hablado sólo de su
deber: El perdón, el consejo y el ejemplo, he ahí las armas con que extiende cada día
su suave imperio.
La mujer lucha con más fe que el hombre, porque siempre cuenta con el
sacrificio.
Un pequeño dibujo de Millais representa una mujer atada a un pilar
lejano debajo de la línea de la marea las olas del mar ondean a sus pies; un barco paso a
plena vela, las aves de rapiña vuelan a su alrededor; pero ella no hace caso de las olas;
ni del barco, ni de las aves. Sus ojos miran hacia adelante, sus pies están firmes y
produce la impresión de que ella ve al interior de los obscuros cielos y que todos los
tormentos que le cercan no son nada comparados con el esplendor del ideal que le será
revelado.
Al mirar ese cuadro me parece que tal es el tipo de ese ejército de
abnegadas mujeres mexicanas que velan y esperan atadas firmemente a su suerte. Mientras
todo se agita y se revuelve en torno suyo, ellas miran hacia un ideal de emancipación
esperando que, como es justo, resplandecerá algún día.
Algún día la mujer será convenientemente educada en la libertad; se
cultivará en los jardines femeninos la rara flor de la voluntad; tendrán las mujeres
valor e iniciativa individual y el hombre se verá obligado a ser siempre respetuoso con
un ser que es su igual, que puede competir con él.
La mujer será dueña de aprender y de emprender lo que quiera sin que
el carácter enérgico y la seguridad en la idea y en la acción sean motivo para
considerarla fuera de su naturaleza femenina. Así como el moderno ideal... debe echar un
poco de hierro en su carácter, hacer flamear en sus ojos entre el incendio del amor la
luz de la inteligencia, educarse para ella y para la humanidad no para un hombre, un
dueño que muchas veces no se presenta a reclamar la prenda.
La mujer que lee y estudia; que conoce los secretos de la industria que
ve de frente y sin inmutarse las luchas de la vida; que es capaz de arrancar a las
entrañas del mármol un secreto de inmemorial belleza; que concibe un ideal y que va tras
él 10 ó 20 años y al fin lo encuentra y lo traslada al lienzo y fija los colores y
sorprende al día su rayo más hermoso y produce un cuadro capaz de hacer palpitar el
corazón de quien lo contemple, una mujer que es completa y libre, que lleva a Dios en la
conciencia en lugar de buscarlo en el templo donde el alma que ansía creer y esperar se
rompe las alas contra los sucios confesionarios, los fríos altares, las impasibles
imágenes de yeso, las sombrías bóvedas de piedra; donde el alma verdaderamente
religiosa sufre al encontrarse con el mercader de devociones, con el ventrudo fraile que
colecta fondos para regalar su inútil vida; donde el alma libre sufre enmedio de almas
esclavas poseídas del más grosero antropomorfismo.
La mujer de carácter, es hoy una excepción; pero no hay peligro en
que se convierta en regla general. Muy pronto este será el tipo de aristocracia femenina.
Juana de Arco no figurará entre las santas del cielo, bajará a la tierra a
redimirla con el supremo esfuerzo que puedan desarrollar las admirables cualidades
femeninas puestas al servicio del progreso humano..."
Nota
1. Revista Argos, primera
época, núm. 1, agosto 13 de 1916.