
La perspectiva de género
Marta Lamas*
* Directora del feminista Grupo
de Información en Reproducción Elegida (GIRE).
1. Por qué es importante la perspectiva de género.
2. Género en español. Diferencias de idioma, analogías y confusiones conceptuales.
3. Cómo surge la categoría género.
4. Qué es una perspectiva de género.
5. El aprendizaje y el género.
6. Género, democracia y ciudadanía.
1. Por qué es importante la perspectiva de género
¿Hay o no hay una relación entre la diferencia biológica y la diferencia sociocultural?
¿Qué posibilidades hay de modificar los papeles sexuales si son determinados
biológicamente? ¿Por qué la diferencia sexual implica desigualdad social?
Un desarrollo más equitativo y democrático del conjunto de la
sociedad requiere la eliminación de los tratos discriminatorios contra cualquier grupo.
En el caso específico de las mujeres, la mitad de la población, se ha vuelto una
necesidad impostergable de los gobiernos (federal, estatales y municipales) el diseño de
políticas que tomen en cuenta las condicionantes culturales, económicas y
sociopolíticas que favorecen la discriminación femenina. Estas condicionantes no son
causadas por la biología, sino por las ideas y prejuicios sociales, que están
entretejidas en el género. O sea, por el aprendizaje social.
Por más que la igualdad entre hombres y mujeres esté consagrada en el
artículo 4º de nuestra Constitución, es necesario reconocer que una sociedad desigual
tiende a repetir la desigualdad en todas sus instituciones. El trato igualitario dado a
personas socialmente desiguales no genera por sí solo igualdad.
Además, no basta con declarar la igualdad de trato, cuando en la
realidad no existe igualdad de oportunidades. Esto significa que el diferente y
jerarquizado papel que los hombres y las mujeres tienen dentro de la familia y la
sociedad, y las consecuencias de esta asignación de papeles en el ciclo de vida,
dificultan enormemente cualquier propuesta de igualdad. Para alcanzar un desarrollo
equilibrado y productivo del país urge establecer condiciones de igualdad de trato entre
hombres y mujeres, desarrollar políticas de igualdad de oportunidades y sobre todo,
impulsar una educación igualitaria. Esto requiere comprender las razones y los orígenes
de la discriminación femenina. Cualquier propuesta antidiscriminatoria, entendida como el
conjunto de programas y soluciones normativas, jurídicas, educativas y comunicativas
destinadas a subsanar las desigualdades existentes entre hombres y mujeres, y a prevenir
su aparición en el futuro, debe comenzar explicando el marco desde el cual se piensa el
"problema" de las mujeres. Esto supone desarrollar una visión sobre los
problemas de la relación hombre/mujer con una perspectiva de género capaz de distinguir
correctamente el origen cultural de muchos de éstos, y plantear alternativas sociales
como la educación para su resolución.
Cuando se aborda el sexismo, o la discriminación basada en el sexo, se
enfrentan situaciones de negación o de ceguera, que no aparecen en otros tipos de
discriminación. Por ejemplo, el racismo dentro del mundo laboral aparece como una muy
evidente discriminación, ya que resulta absurdo tomar en cuenta el color de la piel para
el desempeño de un trabajo. En cambio, en relación a las mujeres, hay presunciones
culturales con gran arraigo histórico sobre su "debilidad física", su
"vulnerabilidad" durante el embarazo o su "papel especial e
insustituible" para cierto modelo de familia. Según estas concepciones, está
plenamente "justificado" el "proteger" a las mujeres, aunque ese trato
encubra una real discriminación. La estructura de la propia sociedad está fundada en
estas presunciones que, con el tiempo, han mostrado su carácter de prejuicios. Estos
prejuicios convierten ciertos trabajos en "nichos", dentro de los cuales las
mujeres se encuentran supuestamente "protegidas", y verdaderamente atrapadas,
con salarios más bajos que los masculinos y pocas posibilidades de promoción.
De ahí la importancia de comprender que la discriminación de las
mujeres se produce de manera individual y colectiva, deliberada e inconsciente pues está
tejida en las costumbres y la tradición. El sexismo se manifiesta en ataques directos a
sus intereses o a ellas mismas y en ataques indirectos, provocados por el funcionamiento
del sistema social o por la aplicación de medidas, de apariencia neutral, que repercuten
especialmente en ellas debido a que se encuentran en peores condiciones para soportar sus
efectos, o porque reúnen las condiciones para que se concentren en ellas los efectos
perjudiciales de cierta actividad. Todo esto provoca que las mujeres, a consecuencia del
género, enfrenten situaciones que les impiden participar con plenitud en las sociedades
donde viven.
Una premisa de la acción antidiscriminatoria es reconocer que la
cultura introduce el sexismo, o sea, la discriminación en función del sexo mediante el
género. Al tomar como punto de referencia la anatomía de mujeres y de hombres, con sus
funciones reproductivas evidentemente distintas, cada cultura establece un conjunto de
prácticas, ideas, discursos y representaciones sociales que atribuyen características
específicas a mujeres y a hombres. Esta construcción simbólica que en las ciencias
sociales se denomina género, reglamenta y condiciona la conducta objetiva y subjetiva de
las personas. O sea, mediante el proceso de constitución del género, la sociedad fabrica
las ideas de lo que deben ser los hombres y las mujeres, de lo que se supone es
"propio" de cada sexo.
Por eso es que las desigualdades entre los sexos no se pueden
rectificar si no se tienen en cuenta los presupuestos sociales que han impedido la
igualdad, especialmente los efectos ha generado la división ámbito privado=femenino y
ámbito público=masculino. La prolongada situación de marginación de las mujeres, la
valoración inferior de los trabajos femeninos, su responsabilidad del trabajo doméstico,
su constante abandono del mercado de trabajo en años esenciales del ciclo de vida, su
insuficiente formación profesional, la introyección de un modelo único de feminidad y
el hecho de que, en muchos casos, ellas mismas no reconozcan su estatuto de víctimas de
la discriminación, todo ésto requiere una perspectiva de análisis que explique la
existencia de la injusticia, su persistencia y la complicidad de las propias víctimas en
su perpetuación. No se puede gobernar ni impulsar una buena administración pública
simplemente respondiendo con una normatividad jurídica que consagre la igualdad entre
hombres y mujeres; se necesitan medidas pro-activas, afirmativas, que detecten y corrijan
los persistentes, sutiles y ocultos factores que ponen a las mujeres en desventaja frente
a los hombres, provocando que quienes las evalúan y contratan tengan dudas sobre sus
capacidades políticas o laborales. Por eso es indispensable una perspectiva de género.
2. Género en español. Diferencias de idioma, analogías y
confusiones conceptuales.
Una dificultad inicial para utilizar esta categoría es que el término anglosajón gender
no se corresponde totalmente con nuestro género en castellano: en inglés tiene una
acepción que apunta directamente a los sexos (sea como accidente gramatical, sea como
engendrar) mientras que en castellano se refiere a la clase, especie o tipo a la que
pertenecen las cosas, a un grupo taxonómico, a los artículos o mercancías que son
objeto de comercio y a la tela. Decir en inglés "vamos a estudiar el género"
lleva implícito que se trata de una cuestión relativa a los sexos; plantear lo mismo, en
castellano, resulta críptico para los no iniciados; ¿se trata de estudiar qué género,
un estilo literario, un género musical, o una tela?
En español la definición clásica, de diccionario, es la siguiente:
"Género es la clase, especie o tipo a la que pertenecen las personas o las
cosas". El Diccionario del uso del español, de María Moliner consigna cinco
acepciones de género y apenas la última es la relativa al género gramatical o sea, a la
definición gramatical por la cual los sustantivos, adjetivos, artículos o pronombres
pueden ser femeninos, masculinos o sólo los artículos y pronombres neutros.
Según María Moliner, tal división responde a la naturaleza de las cosas sólo cuando
esas palabras se aplican a animales, pero a los demás se les asigna género masculino o
femenino de manera arbitraria. Esta arbitrariedad en la asignación de género a las cosas
se hace evidente muy fácilmente, por ejemplo, cuando el género atribuido cambia al pasar
a otra lengua. En alemán, el sol es femenino, "la sol" y la luna masculino,
"el luna". Además, en alemán el neutro sirve para referirse a gran cantidad de
cosas, inclusive a personas. Al hablar de niñas y niños en su conjunto, en vez de
englobarlos bajo el masculino "los niños", se utiliza un neutro que los abarca
sin priorizar lo femenino o lo masculino, algo así como "les niñes". Para los
angloparlantes, que no atribuyen género a los objetos, resulta sorprendente oírnos decir
"la silla" o "el espejo"; ¿de dónde acá la silla es femenina y el
espejo masculino?
Como la anatomía ha sido una de las bases más importantes para la
clasificación de las personas, a los machos y a las hembras de la especie se les designa
como los géneros masculino y femenino. En castellano la connotación de género como
cuestión relativa a la construcción de lo masculino y lo femenino sólo se comprende en
función del género gramatical, y sólo las personas que ya están en antecedentes del
debate teórico al respecto lo comprenden como la simbolización o construcción cultural
que alude a la relación entre los sexos.
Cada vez se oye hablar más de la perspectiva de género. ¿Qué
significa ésto? Como a los sexos también se les nombra el género masculino o el género
femenino, muchas personas al hablar de género lo utilizan básicamente como sinónimo de
sexo: la variable de género, el factor género, son nada menos que las mujeres. Esta
sustitución de mujeres por género tiene entre las personas hispanoparlantes una
justificación de peso, por la confusión que se da al hablar, en castellano, de las
mujeres como "el género femenino". Por eso es fácil caer en el error de pensar
que hablar de género o de perspectiva de género es referirse a las mujeres o a la
perspectiva del sexo femenino.
Además, la utilización del término género aparece también como
forma de situarse en el debate teórico, de estar "a la moda", de ser moderno.
Muchas personas sustituyen mujeres por género, o dejan de referirse a los dos sexos y
utilizan los dos géneros, porque el empleo de género supuestamente le da más seriedad
académica a una obra, entre otras cosas, porque género suena más neutral y objetivo que
mujeres, y menos incómodo que sexo. Al hablar de cuestiones de género para referirse
erróneamente a cuestiones de mujeres da la impresión de que se quiere imprimir seriedad
al tema, quitarle la estridencia del reclamo feminista, y por eso se usa una terminología
científica de las ciencias sociales.
Este uso erróneo, que es el más común, ha reducido el género a
"un concepto asociado con el estudio de las cosas relativas a las mujeres." Es
importante señalar que el género afecta tanto a hombres como a mujeres, que la
definición de feminidad se hace en contraste con la de masculinidad, por lo que género
se refiere a aquellas áreas tanto estructurales como ideológicas que
comprenden relaciones entre los sexos.
Pero lo importante del concepto de género es que al emplearlo se
designan las relaciones sociales entre los sexos. La información sobre las mujeres es
necesariamente información sobre los hombres. No se trata de dos cuestiones que se puedan
separar. Dada la confusión que se establece por la acepción tradicional del término
género, una regla útil es tratar de hablar de los hombres y las mujeres como sexos y
dejar el término género para referirse al conjunto de ideas, prescripciones y
valoraciones sociales sobre lo masculino y lo femenino. Los dos conceptos son necesarios:
no se puede ni debe sustituir sexo por género. Son cuestiones distintas. El sexo se
refiere a lo biológico, el género a lo construido socialmente, a lo simbólico.
Aunque en español es correcto decir "el género femenino"
para referirse a las mujeres, es mejor tratar de evitar esa utilización de género, y
decir simplemente "las mujeres" o "el sexo femenino". De esa forma se
evitan las confusiones entre el género como clasificación tradicional y el género como
construcción simbólica de la diferencia sexual.
Cuando alguien defina una cuestión como un "problema de
género", vale la pena tratar de averiguar si se está refiriendo a las
"mujeres" o al conjunto de prácticas y representaciones sobre la feminidad.
Aunque al principio parezca complicado utilizar la categoría género, con un poco de
práctica pronto se aprende. Al principio hay que pensar si se trata de algo construido
socialmente o de algo biológico. Por ejemplo: si se dice, "la menstruación es un
problema de género", checar, ¿es algo construido o algo biológico? Obviamente es
algo biológico; entonces es un problema de sexo, y no de género. En cambio, decir
"las mujeres con menstruación no pueden bañarse", nos hace pensar que esa idea
no tiene que ver con cuestiones biológicas, sino con una valoración cultural, por lo
tanto es de género.
3. Cómo surge la categoría género
La disciplina que primero utilizó la categoría género para establecer una diferencia
con el sexo fue la psicología, en su vertiente médica. Robert Stoller (Sex and Gender,
1968) estudió los trastornos de la identidad sexual, examinando casos en los que la
asignación de sexo falló, ya que las características externas de los genitales se
prestaban a confusión. Tal es el caso de niñas cuyos genitales externos se han
masculinizado, por un síndrome adrenogenital; o sea, niñas que, aunque tienen un sexo
genético (xx), anatómico (vagina y clítoris) y hormonal femenino, tienen un clítoris
que se puede confundir con pene. En los casos estudiados, a estas niñas se les asignó un
papel masculino; y este error de rotular a una niña como niño resultó imposible de
corregir después de los primeros tres años de edad. La personita en cuestión retenía
su identidad inicial de género pese a los esfuerzos por corregirla. También hubo casos
de niños genéticamente varones que, al tener un defecto anatómico grave o haber sufrido
la mutilación del pene, fueron rotulados previsoriamente como niñas, de manera que se
les asignó esa identidad desde el inicio, y eso facilitó el posterior tratamiento
hormonal y quirúrgico que los convertiría en mujeres.
Esos casos hicieron suponer a Stoller que lo que determina la identidad
y el comportamiento masculino o femenino no es el sexo biológico, sino el hecho de haber
vivido desde el nacimiento las experiencias, ritos y costumbres atribuidos a los hombres o
las mujeres. Y concluyó que la asignación y adquisición de una identidad es más
importante que la carga genética, hormonal y biológica.
Desde esta perspectiva psicológica, género es una categoría en la
que se articulan tres instancias básicas:
a). La asignación (rotulación, atribución) de género.
Esta se realiza en el momento en que nace el bebé, a partir de la
apariencia externa de sus genitales. Hay veces que dicha apariencia está en
contradicción con la carga cromosómica, y si no se detecta esta contradicción, o se
prevé su resolución o tratamiento, se generan graves trastornos.
b). La identidad de género.
Se establece más o menos a la misma edad en que el infante adquiere el
lenguaje (entre los dos y tres años) y es anterior a su conocimiento de la diferencia
anatómica entre los sexos. Desde dicha identidad, el niño estructura su experiencia
vital; el género al que pertenece lo hace identificarse en todas sus manifestaciones:
sentimientos o actitudes de "niño" o de "niña", comportamientos,
juegos, etcétera. Después de establecida la identidad de género, cuando un niño se
sabe y asume como perteneciente al grupo de lo masculino y una niña al de lo femenino,
ésta se convierte en un tamiz por el que pasan todas sus experiencias. Es usual ver a
niños rechazar algún juguete porque es del género contrario, o aceptar sin cuestionar
ciertas tareas porque son del propio género. Ya asumida la identidad de género, es casi
imposible cambiarla.
c). El papel de género.
El papel (rol) de género se forma con el conjunto de normas y
prescripciones que dictan la sociedad y la cultura sobre el comportamiento femenino o
masculino. Aunque hay variantes de acuerdo con la cultura, la clase social, el grupo
étnico y hasta al nivel generacional de las personas, se puede sostener una división
básica que corresponde a la división sexual del trabajo más primitiva: las mujeres
paren a los hijos, y por lo tanto, los cuidan: ergo, lo femenino es lo maternal, lo
doméstico, contrapuesto con lo masculino como lo público. La dicotomía
masculino-femenino, con sus variantes culturales (del tipo el yang y el yin), establece
estereotipos las más de las veces rígidos, que condicionan los papeles y limitan las
potencialidades humanas de las personas al estimular o reprimir los comportamientos en
función de su adecuación al género.
Lo que el concepto de género ayuda a comprender es que muchas de las
cuestiones que pensamos que son atributos "naturales" de los hombres o de las
mujeres, en realidad son características construidas socialmente, que no tienen relación
con la biología. El trato diferencial que reciben niños y niñas, sólo por pertenecer a
un sexo, va generando una serie de características y conductas diferenciadas. Un ejemplo
de esto es la espléndida investigación del Dr. Walter Mischel, de la Universidad de
Standford, California. El Dr. Mischel convenció al cunero de un hospital cercano a la
universidad de participar en un experimento de psicología social. Se trataba de que
grupos de estudiantes, profesionistas y gente común (electricistas, secretarias,
choferes, etc.) pasaran un rato observando a los bebés recién nacidos y apuntaran sus
observaciones. Durante más de seis meses todo tipo de personas, de distintas formaciones,
niveles socioeconómicos y pertenencias culturales estuvieron observando a los bebés del
cunero. Las enfermeras tenían la consigna de, cuando iba a llegar un grupo observador,
ponerles cobijitas rosas a los varones y azules a las niñas. Los resultados de la
observación fueron los esperados. Los observadores se dejaron influir por el color de las
cobijas y escribieron en sus reportes: "es una niña muy dulce", cuando era
varón"; "es un muchachito muy dinámico", cuando era niña. El género de
los bebés fue lo que condicionó la respuesta de las personas.
A partir de poder distinguir entre el sexo biológico y lo construido
socialmente es que se empezó a generalizar el uso de género para hacer referencia a
muchas situaciones de discriminación de las mujeres, que han sido justificadas por la
supuesta anatomía diferente, cuando en realidad tienen un origen social.
Si bien las diferencias sexuales son la base sobre la cual se asienta
una determinada distribución de papeles sociales, esta asignación no se desprende
"naturalmente" de la biología, sino que es un hecho social. Para poner un
ejemplo sencillo pero ilustrativo: la maternidad sin duda juega un papel importante en la
asignación de tareas, pero no por parir hijos las mujeres nacen sabiendo planchar y
coser. Y mucha de la resistencia de los hombres a planchar o coser, y al trabajo
"doméstico" en general tiene que ver con que se lo conceptualiza como un
trabajo "femenino". En casos de necesidad, o por oficio, como el de sastre, los
hombres cosen y planchan tan bien como las mujeres.
4. Qué es la perspectiva de género
La perspectiva de género implica reconocer que una cosa es la diferencia sexual y otra
cosa son las atribuciones, ideas, representaciones y prescripciones sociales que se
construyen tomando como referencia a esa diferencia sexual.
Todas las sociedades estructuran su vida y construyen su cultura en
torno a la diferencia sexual. Esta diferencia anatómica se interpreta como una diferencia
sustantiva que marcará el destino de las personas. Lo lógico, se piensa, es que si las
funciones biológicas son tan dispares, las demás características morales,
psíquicas también lo habrán de ser.
Desde hace varios años, antropólogos, biólogos, psicólogos, etc.,
se han dedicado a investigar y esclarecer qué es lo innato y qué lo adquirido en las
características masculinas y femeninas de las personas. Se ha comprobado que el status
femenino es variable de cultura en cultura, pero siempre con una constante: la
subordinación política de las mujeres, a los hombres. Hasta hace poco tiempo esto se
explicaba en términos "naturales" y hasta "inevitables",
contraponiendo otra constante: la diferencia biológica entre los sexos. Casi todas, si no
es que todas, las interpretaciones sobre el origen de la opresión de la mujer la ubicaban
en la expresión máxima de la diferencia biológica: la maternidad.
La capacidad de ser madres marca sin duda una gran diferencia entre
hombres y mujeres, pero considerar a la biología como el origen y razón de las
diferencias entre los sexos y en especial de la subordinación femenina sin
tomar en cuenta para nada otros aspectos, es un error. Actualmente las posturas
científicas más rigurosas tratan de valorar el peso de lo biológico en la
interrelación de múltiples aspectos: sociales, ecológicos, biológicos. Jacques Monod
(premio Nobel de medicina) decidió estudiar "el hecho femenino" desde una
perspectiva que incluyera lo biológico, lo psicológico y lo social. Para ello realizó
junto con Evelyne Sullerot un coloquio en 1976 que fue presidido, a la muerte de Monod,
por otro premio Nobel de medicina, André Lwoff. Las conclusiones a que llegaron un grupo
importante de científicos echan abajo la argumentación biologicista. Los resultados del
coloquio plantean que, según las investigaciones más recientes, es perfectamente
plausible que existan diferencias sexuales de comportamiento asociadas con un programa
genético de diferenciación sexual, sin embargo éstas diferencias son mínimas y no
implican superioridad de un sexo sobre otro. Se debe aceptar el origen biológico de
algunas diferencias entre hombres y mujeres, sin perder de vista que la predisposición
biológica no es suficiente por sí misma para provocar un comportamiento. No hay
comportamientos o características de personalidad exclusivas de un sexo. Ambos comparten
rasgos y conductas humanas.
Además, se insistió en que si hace miles de años las diferencias
biológicas, en especial la que se refiere a la maternidad, pudieron haber sido la causa
de la división sexual del trabajo que permitió la dominación de un sexo sobre otro al
establecer una repartición de ciertas tareas y funciones sociales, hoy esto ya no tiene
vigencia. En la actualidad, "es mucho más fácil modificar los hechos de la
naturaleza que los de la cultura". Es más fácil librar a la mujer de la necesidad
"natural" de amamantar, que conseguir que el marido se encargue de dar el
biberón. La transformación de los hechos socioculturales resulta frecuentemente mucho
más ardua que la de los hechos naturales; sin embargo, la ideología asimila lo
biológico a lo inmutable y lo sociocultural a lo transformable.
Si bien la diferencia entre el macho y la hembra humanos es evidente,
que a las hembras se les adjudique mayor cercanía con la naturaleza (supuestamente por su
función reproductora) es una idea, no una realidad. Ambos somos seres humanos, igualmente
animales, o igualmente seres de cultura. El problema de asociar a las mujeres con lo
"natural" y a los hombres con lo cultural es que cuando una mujer no quiere ser
madre ni ocuparse de la casa, o cuando quiere ingresar al mundo público, se la tacha de
"antinatural" porque "se quiere salir de la esfera de lo natural". En
cambio, los hombres se definen por rebasar el estado natural: volar por los cielos,
sumergirse en los océanos, etcétera. A nadie le parece raro que el hombre viva en el
ámbito público, sin asumir responsabilidades cotidianas en el ámbito doméstico. En
cambio, la valoración cultural de las mujeres radica en una supuesta "esencia",
vinculada a la capacidad reproductiva. Es impresionante que a principios del siglo xxi,
cuando los adelantos científicos en materia de reproducción asistida están desligando
cada vez más a las personas de la función biológica, siga vigente un discurso que
intenta circunscribir la participación de las mujeres a cuestiones reproductivas. Ese
discurso "naturalista" tiene tal fuerza porque reafirma las diferencias de
hombres y mujeres y, al hacerlo, reafirma la situación de desigualdad y discriminación.
Se puede reivindicar la existencia de características diferentes de
los seres humanos, pero una mirada cuidadosa nos muestra la existencia de hombres
femeninos, mujeres masculinas, travestis, transexuales, hombres masculinos que aman a
hombres, mujeres femeninas que aman a mujeres, en fin, una variedad impresionante de
posibilidades que combinan, por lo menos, tres elementos: el sexo (hombre o mujer), el
género (masculino o femenino según las pautas de una cultura dada), y orientación
sexual (heterosexual, homosexual/lesbica o bisexual).
Lo interesante es comprender que muchas de las actividades y los
papeles sexuales han sido adjudicados hace miles de años y ahora ya no operan. Si
comparamos algunas sociedades en donde se establece que tejer canastas es una actividad
exclusivamente masculina, y que sólo los hombres, por su destreza especial, la pueden
realizar, y a las mujeres les está totalmente prohibido, con sociedades donde ocurre
totalmente lo contrario, donde tejer canastas es un oficio absolutamente femenino, y no
hay hombre que quiera hacerlo, lo que salta a la vista es lo absurdo de la prohibición.
El tabú se construye a partir de una realidad: la diferente anatomía de hombres y
mujeres, pero la valoración cultural es totalmente distinta. Y si comparamos a esas dos
sociedades con otras, donde tejer canastas es asunto de habilidad, y lo pueden hacer
hombres y mujeres, entonces tal vez podemos vislumbrar un mundo diferente, sin reglas
rígidas de género.
5. El aprendizaje y el género
Una perspectiva de género desde la educación abarca varios ámbitos, desde el diseño de
libros de texto y programas no sexistas hasta desarrollo de políticas de igualdad de
trato y oportunidades entre maestros y maestras. Así como en el ámbito laboral es
importante suprimir la discriminación que afecta a la población femenina, en el terreno
educativo es crucial eliminar las representaciones, imágenes y discursos que reafirman
los estereotipos de género.
Hace años, en los setenta, los libros de texto de primaria eran el
ejemplo clásico de representaciones sexistas, aún hoy lo son. Las figuras femeninas
aparecían realizando las tareas domésticas tradicionales y las masculinas todas las
demás actividades. Una escena, que hacía referencia al paso de la infancia a la edad
adulta, era especialmente elocuente. Se veía a un niño y una niña, ambos jugando, él
con un carrito, ella a la cocinita, haciendo tortillitas; después lo mostraban en la
juventud, él con libros bajo el brazo y ella en una cocina, arreglando la comida; la
última escena era el hombre adulto manejando un camión y la mujer, ¿adivinan?:
cocinando. No es difícil comprender qué mensaje recibían y aún reciben niñas y niños
con esas imágenes.
Si en todos los países las mujeres están en una posición de
desventaja en el mercado de trabajo, México no es una excepción. Hay quienes piensan que
el problema se resuelve si se les ofrece puestos iguales que a los hombres. Considerar que
se puede eliminar la discriminación sexista si se trata igual a hombres y mujeres es
desconocer el peso del género.
Lo primero que aparece es que la formación cultural de las mujeres, la
educación de género para volver "femeninas" a niñas y jovencitas, es también
un entrenamiento laboral que las capacita para ciertos trabajos. En el mercado de trabajo
hay una demanda real para muchos puestos tipificados como "femeninos", que son
una prolongación del trabajo doméstico y de la atención y cuidado que las mujeres dan a
niños y varones. También hay características consideradas "femeninas" que se
valoran laboralmente, como la minuciosidad y la sumisión. Aunque en algunos países muy
desarrollados esa tipificación "masculino/femenino" se está borrando, y ya son
muchas las mujeres que realizan trabajos no tradicionales de carpinteras, electricistas,
mecánicas, etc., en los países europeos de cultura mediterránea (España, Italia,
Grecia) todavía no existe una oferta masiva y sostenida de mujeres que deseen puestos
masculinos. ¡Qué decir de los países latinoamericanos como el nuestro! Sin embargo, la
tendencia va en aumento, ya que es más fácil que las mujeres traten de ingresar a
trabajos "masculinos" a que los hombres busquen desempeñarse en trabajos
"femeninos", fundamentalmente por razones económicas (suelen estar peor
pagados), aunque también pesan las razones culturales de género.
La desigualdad tiene su correlato salarial: las mujeres ganan mucho
menos que los hombres. La división existente entre los trabajos "femeninos" y
los "masculinos" no permite defender el principio de "igual salario por
igual trabajo". La segregación de la fuerza de trabajo excluye a las mujeres de los
empleos mejor pagados y prestigiosos. En todo tipo de organizaciones, las mujeres están
en una situación de inequidad, y rara vez se encuentran en las posiciones de alta
gerencia y de dirección. El hostigamiento y el chantaje sexual son una lamentable
realidad laboral. Aunque cada vez más mujeres ocupan altos puestos técnicos y
científicos, e importantes cargos políticos y de la administración pública, todavía
representan un porcentaje pequeño de éstos. No se reconoce la sutil discriminación en
altos niveles y tampoco se comprenden las barreras invisibles del fenómeno llamado
"techo de vidrio", que consiste en que las propias mujeres se fijan internamente
un límite, un "techo", a sus aspiraciones.
La desvalorización del trabajo asalariado femenino está vinculada con
la invisibilidad del trabajo doméstico y de la atención y cuidado humanos. El trabajo no
asalariado de las mujeres está estrechamente entretejido con su trabajo asalariado. Las
condiciones en que las mujeres entran al mercado formal e informal de trabajo están
ligadas a las condiciones en que realizan o resuelven su trabajo doméstico. Las
consecuencias del entrecruzamiento que se da entre el trabajo doméstico y el trabajo
remunerado van desde la carga física y emocional de la doble jornada, pasando por una
restricción brutal de sus posibilidades de desarrollo personal, de sus vidas afectivas y
sociales, y de su participación política como ciudadanas, hasta llegar a la
vulnerabilidad laboral; así, son ellas, y no ellos, quienes faltarán al trabajo para
resolver cualquier problema doméstico o familiar.
Históricamente, el trabajo doméstico no ha sido reconocido como un
verdadero trabajo, básicamente por las concepciones de género, que adjudican las labores
de atención y cuidado humano en la esfera privada a las mujeres como su función
"natural" y como "expresiones de amor". También por el género el
trabajo se define tradicionalmente como una actividad masculina y económica. El trabajo
doméstico de las mujeres en la familia y el confinamiento de las mujeres trabajadoras a
un ghetto femenino de bajos salarios son aspectos complementarios del mismo problema, tal
como lo son el hostigamiento sexual, los bajos salarios femeninos y la desvalorización de
las habilidades mercadeables de las mujeres. De hecho, todos los aspectos de la situación
laboral de las mujeres están interrelacionados: la segregación ocupacional, la
discriminación salarial, el hostigamiento sexual, la sobrecarga por las exigencias de las
necesidades familiares sólo a ellas y por la ausencia de apoyos sociales
no sólo para ellas.
Además, debido a que también las mujeres están convencidas de las
valoraciones en las que se origina su discriminación, cuando pretenden desempeñarse en
otros ámbitos, reproducen actitudes que refuerzan su imagen tradicional como personas
"ineptas" para ciertos trabajos. Esto, sumado a la carencia de apoyos que
aligeren las labores domésticas y familiares que se consideran "responsabilidad de
las mujeres", transforma el hecho de trabajar fuera de la casa en una situación que
acarrea altos costos personales. No es de extrañar que muchas mujeres trabajadoras acaben
expresando que añoran el papel tradicional idealizado de ama de casa protegida y
mantenida, aunque dicho papel también tenga sus costos. Este conflicto se utiliza, una
vez más, para confirmar que las mujeres "prefieren" estar en casa que trabajar.
La perspectiva de género reconoce este contexto cultural y diseña
acciones para garantizar la inserción de las mujeres en el mundo del trabajo y para
promover su desarrollo profesional y político.
Un lugar privilegiado, tanto para la modificación de pautas sexistas
como para su reforzamiento, es la educación. Tanto la educación formal (en la escuela)
como la informal (en la casa y la calle) reproducen los estereotipos de género: el
mensaje de que hay cuestiones "propias" para niños y otras para niñas cobra
forma en las actividades diferenciadas que todavía se dan en muchos planteles escolares:
taller de mecánica para varones, de costura para muchachas. Respecto al deporte se llega
incluso a plantear que, a la hora del recreo, el patio es territorio masculino.
Como se ve, la perspectiva de género supone revisar todo, desde cómo
organizamos los tiempos y los espacios, hasta las creencias más enraizadas. En el caso de
las demandas ciudadanas, por ejemplo, nadie critica la forma en que los servicios
públicos están organizados bajo el supuesto de que hay una mujer en casa. Se habla mucho
de que las mujeres como ciudadanas deben incorporarse plenamente a la vida
nacional. Pero, ¿a qué horas y cómo? ¿Encargándole a quién "sus" niños y
el mandado? ¿Cómo salir a una reunión si no ha pasado el camión de la basura, si no ha
llegado la pipa del agua, si se piensa que sólo a ellas corresponde solucionar estos
problemas ? Gran cantidad de mujeres no pueden actuar pues la organización de los
servicios públicos presupone que cuentan con la existencia de un "ama de casa"
o una "empleada doméstica" disponible en casa.
6. Género, democracia y ciudadanía
Si algo caracteriza la vida contemporánea es que amplía el marco de acción de la mujer,
sacándola del estrecho espacio de la familia y forzándola, a veces contra sus deseos, a
ingresar al mundo del trabajo o de la actividad política. Esto es la consecuencia
inevitable de la modernización y pone en cuestión la división el trabajo en la familia
y en la sociedad. Justamente si algo implica la verdadera "incorporación" de
las mujeres a la sociedad, y eso se comprueba en las sociedades modernas, es el
rompimiento de la identificación mujer/familia, que obliga a impulsar la participación
masculina en las tareas domésticas y a desarrollar una amplia infraestructura de
servicios sociales.
El desarrollo agudiza la contradicción entre el rol femenino
tradicional el papel de madre y ama de casa y los nuevos roles, de ciudadana y
trabajadora. Una perspectiva de género ayuda a reconocer cómo las costumbres culturales
limitan la participación femenina en la vida pública. Las contradicciones están al
punto. Tanto desde el discurso político como desde los medios se acepta y hasta se impone
como legítima la imagen de la mujer que trabaja fuera de la casa, sin plantear para nada
la necesidad de una infraestructura de servicios sociales y ni de recomponer las pautas
no compartidas del trabajo familiar.
El Plan Nacional de Desarrollo pretende que la modernización remueva
rigideces que obstaculizan la participación, propicie que el decir y el pensar de cada
vez más mexicanos influyan sobre las acciones públicas que afectan las condiciones de su
existencia, y conjugue esfuerzos individuales y de grupo con sentido de justicia y
respeto. Esa idea de modernización así, en abstracto, es deseable, pero en lo concreto
¿cómo resolver la contradicción entre la vida cotidiana de las mujeres y los hombres y
las exigencias de la modernidad?
Un primer paso al desarrollar una perspectiva de género es
desesencializar la idea de las mujeres como seres femeninos, como madres, como cierto tipo
de trabajadoras. Hay momentos en los que tiene sentido para las madres pedir
consideración por su papel social, y contextos donde la maternidad es irrelevante para
valorar la conducta de las mujeres; hay situaciones en las que tiene sentido pedir una
reevaluación del estatus de lo que ha sido socialmente construido como "trabajo de
mujer" (las estrategias de "valor comparable" son el ejemplo) y contextos
en los que es más importante preparar a las mujeres para que ingresen a trabajos "no
tradicionales". Lo que resulta inaceptable es sostener que la feminidad predispone a
las mujeres para realizar ciertos trabajos (de cuidado) o a ciertos estilos de trabajo
(colaborativos) pues eso es plantear como "natural", lo que en realidad es un
conjunto de complejos procesos económicos y sociales y, peor aún, oscurecer las
diferencias que han caracterizado las historias laborales de las mujeres.
La ausencia de un verdadero programa de guarderías hace pensar que los
gobiernos temen que si se ofrecen apoyos de este tipo, las mujeres van a seguir teniendo
hijos. Esa idea desconoce una realidad comprobada: las mujeres que trabajan
remuneradamente tienen menos hijos que las que no. Al no establecer guarderías para
facilitar que las mujeres se incorporen al trabajo asalariado, se está auspiciando que
éstas se queden en casa y, ya que cuidan un hijo, pues por qué no cuidar a dos. Esta
ceguera de género dificulta, además, el cumplimiento de la política demográfica.
Una perspectiva de género identifica y se propone eliminar las
discriminaciones reales de que son objeto las mujeres, por mujeres, y los hombres , por
hombres. Negarles el servicio de guardería a los varones, porque supuestamente tienen en
casa una esposa es también un problema de género.
Una perspectiva de género reparte las responsabilidades familiares,
introduciendo un cambio en el sistema de prioridades ciudadanas. La perspectiva de género
requiere de un proceso comunicativo que la sostenga, y la haga llegar al corazón de la
discriminación: la familia. Se requiere el desarrollo de una nueva forma de
conceptualizar las responsabilidades familiares entre mujeres y hombres, una nueva
distribución de tareas y el apoyo de servicios colectivos, especialmente los de cuidado
infantil. De ahí que la acción antidiscriminatoria se apoye en la educación y en la
comunicación social. La formulación de políticas masivas en ambos campos es un
instrumento eficaz para cambiar costumbres e ideas estereotipadas de género.
La esencia de la justicia es tratar igual a los iguales o equivalentes
(que no es decir a los idénticos). Por eso, a partir de la forma en que se conceptualice
la igualdad entre los seres humanos, se establecerán los pasos que conduzcan a un cambio
en el estatuto de las mujeres.
Para diseñar proyectos innovadores para atraer, promover y retener a
más mujeres en los espacios públicos, sean laborales o políticos es indispensable la
perspectiva de género, pues ayuda a comprender y desentrañar los códigos culturales y
así se pueden mostrar y combatir los prejuicios y los estereotipos de manera
más eficaz.
La perspectiva de género conduce a una política que contiene las
semillas de su posterior desintegración. Cuando se alcance la igualdad de oportunidades,
cuando se elimine la ceguera del género, cuando la educación no sexista sea una
realidad, cuando las pautas culturales sean más igualitarias, la perspectiva de género
desaparecerá. Esto ya ocurre en algunos países que han avanzado mucho, como los
escandinavos, donde se comienza a plantear una política de "neutralidad de
género", que trata la discriminación estrictamente cuando es intencional.
Con la perspectiva de género habría que revisar las políticas
vigentes para ver si tienen o no un impacto discriminatorio o de exclusión, y para
descubrir los prejuicios y suposiciones sobre las posibilidades y limitaciones de los
hombres y las mujeres. Aun políticas que parecen "neutrales" pueden ser
problemáticas o traer consecuencias discriminatorias.
Lo más importante a comprender es que una perspectiva de género
impacta a mujeres y a hombres, y beneficia al conjunto de la sociedad, al levantar
obstáculos y discriminaciones, al establecer condiciones más equitativas para la
participación de la mitad de la sociedad y al relevar a los hombres de muchos supuestos
de género que son también un peso y una injusticia.