
Pedagogía de la sexualidad
Todos somos educadores
Bernardo Miguel Lagarde de los Ríos*
* Pedagogo, investigador y docente; se ha especializado en didáctica
general y sexualidad.
La pedagogía de la sexualidad se constituye por un conjunto amplio y
diverso de acciones que suceden en la vida cotidiana, tanto privada como pública, con la
finalidad de socializar a los individuos en cuanto a la formación y el desarrollo de su
identidad personal; identidad que se logra a partir de la asignación biológica de sexo
al nacer masculino o femenino, de los valores y pautas de comportamiento
dominantes contenido genérico: ser hombre o ser mujer que la sociedad asigna
a cada sexo, y de la forma particular en que cada sujeto internaliza esta cultura.
Estas acciones que se llevan a cabo para la formación de la identidad
de los sujetos, conforman la educación sexual de cada sociedad, y son individuales y
colectivas, oficiales o de carácter particular, con frecuencia dispersas y
contradictorias, no siempre explícitas ni claramente intencionadas, y en ocasiones
sistematizadas y programadas.
De los canales de socialización más importantes en la sociedad
moderna: la familia, los amigos, la religión, las leyes y los medios de comunicación
masiva, la escuela juega un papel esencial como educadora de la sexualidad humana, al
tener el reconocimiento social como formadora de los sujetos y al actuar bajo sistemas y
mecanismos reproductores de la cultura probados y sistematizados.
Pedagogía y patriarcado o educación libertaria
En sociedades patriarcales como la mexicana, la pedagogía de la sexualidad también es
patriarcal. Reproduce, ordena, implementa e impulsa un sistema de normas, valores y
mandatos que reafirma el carácter desigual y opresivo de las relaciones en y entre los
sexos desde una concepción del mundo que los hace aparecer ante la sociedad y ante los
sujetos como "naturales" y ahistóricos, como destino establecido a partir de la
diferencia biológica de sexo.
La base de esta sexualidad patriarcal de sexos opuestos, jerarquizados
y desiguales está en la división sexual del trabajo que dio lugar a la escisión del
mundo en dos, todo en dos: en vida privada y vida pública, en sentimientos, pensamientos,
actuaciones, colores, gustos, aspiraciones y deseos, derechos y obligaciones, libertades,
etc.; en masculino y femenino, opuesto y desigual.
Así, se ha creado al interior de uno sólo la existencia opuesta y
selectivamente separatista de dos mundos: el de las mujeres y el de los hombres. El
primero, cuyo espacio es la vida privada y que no tiene reconocimiento social; el segundo,
el de la vida pública que ha sido engrandecido y sobrevalorado.
Es a partir de esta división entre lo masculino y lo femenino que las
sociedades no sólo han establecido y normado comportamientos genéricos diferenciados,
excluyentes y sobre todo desiguales y antagónicos, sino que, imponiendo serias
contradicciones entre el ser y el deber ser han desarrollado una cultura y una pedagogía
sexual cuyos fundamentos, en esencia son: la negación, la prohibición y la represión de
elementos vitales como el conocimiento del cuerpo y su funcionamiento, el encauzamiento
del deseo y las fantasías, la búsqueda del placer, del erotismo y de los afectos.
Esta pedagogía es sexista, impositiva, directiva y profundamente
cerrada, nunca abre a los individuos posibilidad alguna para optar; se desarrolla sobre la
idea biológico-naturalista de sexo es destino, y la única y posible alternativa que
plantea queda establecida al margen de la voluntad de los sujetos al momento de nacer:
masculino o femenino, hombre o mujer.
Desde esta pedagogía, ser hombre o ser mujer, equivale a celdas
cerradas, fijas e inamovibles. Los contenidos de cada cual están perfectamente
preestablecidas; desde el nacimiento de los particulares su historia está escrita: cómo
deben ser, cómo han de sentir y qué han de hacer en la vida en función de su sexo
biológico.
El modelo pedagógico de esta educación sexual se basa, además, en
una doble moral y en el tratamiento maniqueo entre el bien y el mal; procedimiento que
genera intensos conflictos a nivel individual y a nivel social en tanto las
contradicciones que así se presentan entre el sentir, el pensar y el actuar de los
sujetos condiciona sus relaciones y su comportamiento general.
Heterosexualidad monogámica y progenitora: el mandato social
Los valores y las prácticas dominantes que estructuran y mantienen esta concepción
patriarcal de la sexualidad, giran en torno de la heterosexualidad monogámica y
progenitora que, comprendida como única vía aceptada de expresión de la existencia
humana se ha convertido en la base real de la normatividad de la sexualidad. Apoyada en la
idea biologicista de la reproducción en tanto fin de la vida sexual, reforzada por la
idea religiosa del pecado niega, rechaza y reprime cualquier otra manifestación de deseo,
práctica erótica o forma de vida.
La histórica intolerancia a la diferencia ha llevado a la sociedad a
la creación de mitos descalificadores de los comportamientos que se separan o alejan de
los estereotipos impuestos; así, cualquier otra manifestación genérica, ya sea
masculina o femenina: soltería, poligamia, homosexualidad/lesbianismo, trasvestismo,
bisexualidad, o los no fecundantes por decisión, son explicadas y repudiadas en mayor o
menor grado, como formas "inacabadas, enfermas, desadaptadas, desviadas y perversas
del ser", que no sólo atentan contra las "buenas costumbres", sino incluso
contra la vida misma y dicen contra la preservación de la especie.
Las formas de represión, opresión y marginación social de las
manifestaciones señaladas son múltiples, y van desde la más sutil inculcación de
sentimientos de culpa, todas las posibilidades de violencia abierta y concreta, la tortura
física y psicológica, el encarcelamiento, el chantaje, la extorsión, el asesinato,
hasta ser causa de suicidio.
Sexualidad y estereotipos, o de los modelos inalcanzables
Esta concepción del mundo se traduce en una práctica pedagógica que forma seres sexual,
psicológica y socialmente desiguales, incompletos y fragmentados, reprimidos y
represores, poco creativos, desilusionados e insatisfechos de su vida cotidiana que sólo
pueden hacer girar en torno del poder que les oprime o con el que sujetan a otros.
La normatividad social hace que la educación sexual prácticamente
reduzca sus contenidos a la dimensión biológica y reproductiva, y deje para cada
individuo, de manera ambigua y aislada, la comprensión, el aprendizaje y el manejo de los
aspectos psicológicos, afectivos y sociales de su sexualidad.
Con este sentido la sociedad impone de manera mediata a los sujetos
entre otros y como elementos orientadores pero inalcanzables estereotipos
rígidos y polarizados del ser hombre y del ser mujer, a los que deben aspirar y a partir
de los cuales cada quien ha de dar contenido, forma y contención a su sexualidad; sin
embargo, en lo inmediato las y los menores y jóvenes sólo cuentan con las imitaciones
posibles que de estos modelos logran quienes les rodean.
Uno por uno y más allá de sí mismos, los sujetos han de asumir el
mandato y echar mano de cuanto mecanismo puedan para cumplirlo sin importar sus intereses,
gustos, deseos, aspiraciones, fantasías o pulsiones propias. Todos pasan una buena parte
de sus vidas luchando por cumplir con esa tarea, aunque la mayoría queda confusa e
ignorante de su propia sexualidad, frustrada en determinados aspectos y con las
acreditadas e impuestas maneras de ser hombre o de ser mujer.
En este orden social la escuela juega un papel fundamental en la
legitimación de la cultura patriarcal en general y del género en particular. Una de las
formas más certeras es a través del manejo didáctico de los contenidos, metodologías y
prácticas escolares; en éstos se reproduce la concepción patriarcal del mundo que
inferioriza a las mujeres y que otorga superioridad a los hombres.
La escuela contribuye de manera sustantiva con el orden patriarcal, al
reafirmar sistemáticamente la especialización genérica por la cual se logra una
absoluta diferenciación en las formas de sentir, pensar y actuar entre las mujeres y los
hombres ubicando a unas y a otros en espacios y funciones distintas tanto en el ámbito de
la vida privada como en el de la pública.
Esta especialización bifurcada y excluyente implica no sólo las
posibilidades sociales diferenciadas y desiguales para hombres y para mujeres, en los
marcos públicos y privados, sino también en la distinción de sus expectativas, anhelos,
intereses, aspiraciones y deseos.
Para continuar con la labor educativa de socialización de los sujetos
iniciada en la familia, la escuela, de manera decidida se apoya en cantos y recitaciones,
en ejercicios, juegos y deportes diferenciados por sexo. Los niños-hombres realizan
actividades bruscas y violentas que los impulsan a la independencia, a la competencia, al
triunfo, al ser-para-sí: al ejercicio del poder. Por su parte, las niñas-mujeres se
empeñan en juegos delicados y ordenados que reproducen las actividades de la vida privada
y en las que aprenden el recato, la docilidad, la delicadeza, el ser-para-otros: la
opresión.
La tarea de los maestros
Como todos los sujetos, los y las estudiantes deseosos de tener buenos modelos masculinos
y femeninos que seguir, encuentran en sus maestros y maestras ejemplos tácitos y
creíbles, deseables e irrenunciables, y alcanzables de ser hombres o de ser mujeres.
Por su parte, maestros y maestras convencidos del origen
"natural" de su sexualidad y de que el mundo debe ser tal cual ellos lo
aprendieron y sin modificarle casi nada, aceptan dichosos la encomienda social de servir
de modelo a la niñez y a la juventud. Reproducen el orden social vigente a través del
ejemplo vivido, es decir de sus actitudes, discursos, lenguajes corporales, haceres y
no-haceres, de sus formas de relación entre sí y con las autoridades escolares, de las
maneras diferenciadas en que tratan a las y a los estudiantes, de lo que les permiten o
prohiben, de lo que alaban o reprueban en unos y en otras.
La ansiedad por obtener reconocimiento de su desempeño social en tanto
hombres o mujeres, es uno de los más importantes alicientes con que cuentan maestros y
maestras para cumplir afanosamente con esta tarea como educadores sexuales, que quizá
muchos realizan sin saberlo.
Por su parte, y más atentos a estas formas de actuar de sus maestras y
maestros que a los contenidos programáticos, las y los estudiantes también sin
reflexionarlo aprenden, imitan, reproducen y perpetúan en sus vidas el orden de la
sexualidad patriarcal.
No se trata de la moderna educación sexual de las últimas décadas
del siglo XX, que casi tiene connotación de asignatura con contenidos,
metodologías y auxiliares específicos, que casi es obligatoria, que casi es
aceptada por los padres y madres de familia, o de la que el Estado casi empieza a exigir
su impartición obligatoria en las escuelas.
Me refiero a uno de los componentes más legendarios y sustantivos del
quehacer docente, a aquel que surgió con el primer(a) maestro(a) que hubo en la primera
escuela de la historia: la educación sexual de naturaleza social no
académica pero sí escolarizada.