Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación

No. 8

(ocho)

SECCIÓN

páginas

de la 44 a la 45 de 76

... el rollo

Guadalajara, México - Diciembre de 1995

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Pedagogía de la sexualidad

Todos somos educadores

Bernardo Miguel Lagarde de los Ríos*

* Pedagogo, investigador y docente; se ha especializado en didáctica general y sexualidad.

La pedagogía de la sexualidad se constituye por un conjunto amplio y diverso de acciones que suceden en la vida cotidiana, tanto privada como pública, con la finalidad de socializar a los individuos en cuanto a la formación y el desarrollo de su identidad personal; identidad que se logra a partir de la asignación biológica de sexo al nacer –masculino o femenino–, de los valores y pautas de comportamiento dominantes –contenido genérico: ser hombre o ser mujer– que la sociedad asigna a cada sexo, y de la forma particular en que cada sujeto internaliza esta cultura.

Estas acciones que se llevan a cabo para la formación de la identidad de los sujetos, conforman la educación sexual de cada sociedad, y son individuales y colectivas, oficiales o de carácter particular, con frecuencia dispersas y contradictorias, no siempre explícitas ni claramente intencionadas, y en ocasiones sistematizadas y programadas.

De los canales de socialización más importantes en la sociedad moderna: la familia, los amigos, la religión, las leyes y los medios de comunicación masiva, la escuela juega un papel esencial como educadora de la sexualidad humana, al tener el reconocimiento social como formadora de los sujetos y al actuar bajo sistemas y mecanismos reproductores de la cultura probados y sistematizados.

 

Pedagogía y patriarcado o educación libertaria

En sociedades patriarcales como la mexicana, la pedagogía de la sexualidad también es patriarcal. Reproduce, ordena, implementa e impulsa un sistema de normas, valores y mandatos que reafirma el carácter desigual y opresivo de las relaciones en y entre los sexos desde una concepción del mundo que los hace aparecer ante la sociedad y ante los sujetos como "naturales" y ahistóricos, como destino establecido a partir de la diferencia biológica de sexo.

La base de esta sexualidad patriarcal de sexos opuestos, jerarquizados y desiguales está en la división sexual del trabajo que dio lugar a la escisión del mundo en dos, todo en dos: en vida privada y vida pública, en sentimientos, pensamientos, actuaciones, colores, gustos, aspiraciones y deseos, derechos y obligaciones, libertades, etc.; en masculino y femenino, opuesto y desigual.

Así, se ha creado al interior de uno sólo la existencia opuesta y selectivamente separatista de dos mundos: el de las mujeres y el de los hombres. El primero, cuyo espacio es la vida privada y que no tiene reconocimiento social; el segundo, el de la vida pública que ha sido engrandecido y sobrevalorado.

Es a partir de esta división entre lo masculino y lo femenino que las sociedades no sólo han establecido y normado comportamientos genéricos diferenciados, excluyentes y sobre todo desiguales y antagónicos, sino que, imponiendo serias contradicciones entre el ser y el deber ser han desarrollado una cultura y una pedagogía sexual cuyos fundamentos, en esencia son: la negación, la prohibición y la represión de elementos vitales como el conocimiento del cuerpo y su funcionamiento, el encauzamiento del deseo y las fantasías, la búsqueda del placer, del erotismo y de los afectos.

Esta pedagogía es sexista, impositiva, directiva y profundamente cerrada, nunca abre a los individuos posibilidad alguna para optar; se desarrolla sobre la idea biológico-naturalista de sexo es destino, y la única y posible alternativa que plantea queda establecida al margen de la voluntad de los sujetos al momento de nacer: masculino o femenino, hombre o mujer.

Desde esta pedagogía, ser hombre o ser mujer, equivale a celdas cerradas, fijas e inamovibles. Los contenidos de cada cual están perfectamente preestablecidas; desde el nacimiento de los particulares su historia está escrita: cómo deben ser, cómo han de sentir y qué han de hacer en la vida en función de su sexo biológico.

El modelo pedagógico de esta educación sexual se basa, además, en una doble moral y en el tratamiento maniqueo entre el bien y el mal; procedimiento que genera intensos conflictos a nivel individual y a nivel social en tanto las contradicciones que así se presentan entre el sentir, el pensar y el actuar de los sujetos condiciona sus relaciones y su comportamiento general.

 

Heterosexualidad monogámica y progenitora: el mandato social

Los valores y las prácticas dominantes que estructuran y mantienen esta concepción patriarcal de la sexualidad, giran en torno de la heterosexualidad monogámica y progenitora que, comprendida como única vía aceptada de expresión de la existencia humana se ha convertido en la base real de la normatividad de la sexualidad. Apoyada en la idea biologicista de la reproducción en tanto fin de la vida sexual, reforzada por la idea religiosa del pecado niega, rechaza y reprime cualquier otra manifestación de deseo, práctica erótica o forma de vida.

La histórica intolerancia a la diferencia ha llevado a la sociedad a la creación de mitos descalificadores de los comportamientos que se separan o alejan de los estereotipos impuestos; así, cualquier otra manifestación genérica, ya sea masculina o femenina: soltería, poligamia, homosexualidad/lesbianismo, trasvestismo, bisexualidad, o los no fecundantes por decisión, son explicadas y repudiadas en mayor o menor grado, como formas "inacabadas, enfermas, desadaptadas, desviadas y perversas del ser", que no sólo atentan contra las "buenas costumbres", sino incluso contra la vida misma y –dicen– contra la preservación de la especie.

Las formas de represión, opresión y marginación social de las manifestaciones señaladas son múltiples, y van desde la más sutil inculcación de sentimientos de culpa, todas las posibilidades de violencia abierta y concreta, la tortura física y psicológica, el encarcelamiento, el chantaje, la extorsión, el asesinato, hasta ser causa de suicidio.

 

Sexualidad y estereotipos, o de los modelos inalcanzables

Esta concepción del mundo se traduce en una práctica pedagógica que forma seres sexual, psicológica y socialmente desiguales, incompletos y fragmentados, reprimidos y represores, poco creativos, desilusionados e insatisfechos de su vida cotidiana que sólo pueden hacer girar en torno del poder que les oprime o con el que sujetan a otros.

La normatividad social hace que la educación sexual prácticamente reduzca sus contenidos a la dimensión biológica y reproductiva, y deje para cada individuo, de manera ambigua y aislada, la comprensión, el aprendizaje y el manejo de los aspectos psicológicos, afectivos y sociales de su sexualidad.

Con este sentido la sociedad impone de manera mediata a los sujetos –entre otros y como elementos orientadores pero inalcanzables– estereotipos rígidos y polarizados del ser hombre y del ser mujer, a los que deben aspirar y a partir de los cuales cada quien ha de dar contenido, forma y contención a su sexualidad; sin embargo, en lo inmediato las y los menores y jóvenes sólo cuentan con las imitaciones posibles que de estos modelos logran quienes les rodean.

Uno por uno y más allá de sí mismos, los sujetos han de asumir el mandato y echar mano de cuanto mecanismo puedan para cumplirlo sin importar sus intereses, gustos, deseos, aspiraciones, fantasías o pulsiones propias. Todos pasan una buena parte de sus vidas luchando por cumplir con esa tarea, aunque la mayoría queda confusa e ignorante de su propia sexualidad, frustrada en determinados aspectos y con las acreditadas e impuestas maneras de ser hombre o de ser mujer.

En este orden social la escuela juega un papel fundamental en la legitimación de la cultura patriarcal en general y del género en particular. Una de las formas más certeras es a través del manejo didáctico de los contenidos, metodologías y prácticas escolares; en éstos se reproduce la concepción patriarcal del mundo que inferioriza a las mujeres y que otorga superioridad a los hombres.

La escuela contribuye de manera sustantiva con el orden patriarcal, al reafirmar sistemáticamente la especialización genérica por la cual se logra una absoluta diferenciación en las formas de sentir, pensar y actuar entre las mujeres y los hombres ubicando a unas y a otros en espacios y funciones distintas tanto en el ámbito de la vida privada como en el de la pública.

Esta especialización bifurcada y excluyente implica no sólo las posibilidades sociales diferenciadas y desiguales para hombres y para mujeres, en los marcos públicos y privados, sino también en la distinción de sus expectativas, anhelos, intereses, aspiraciones y deseos.

Para continuar con la labor educativa de socialización de los sujetos iniciada en la familia, la escuela, de manera decidida se apoya en cantos y recitaciones, en ejercicios, juegos y deportes diferenciados por sexo. Los niños-hombres realizan actividades bruscas y violentas que los impulsan a la independencia, a la competencia, al triunfo, al ser-para-sí: al ejercicio del poder. Por su parte, las niñas-mujeres se empeñan en juegos delicados y ordenados que reproducen las actividades de la vida privada y en las que aprenden el recato, la docilidad, la delicadeza, el ser-para-otros: la opresión.

 

La tarea de los maestros

Como todos los sujetos, los y las estudiantes deseosos de tener buenos modelos masculinos y femeninos que seguir, encuentran en sus maestros y maestras ejemplos tácitos y creíbles, deseables e irrenunciables, y alcanzables de ser hombres o de ser mujeres.

Por su parte, maestros y maestras convencidos del origen "natural" de su sexualidad y de que el mundo debe ser tal cual ellos lo aprendieron y sin modificarle casi nada, aceptan dichosos la encomienda social de servir de modelo a la niñez y a la juventud. Reproducen el orden social vigente a través del ejemplo vivido, es decir de sus actitudes, discursos, lenguajes corporales, haceres y no-haceres, de sus formas de relación entre sí y con las autoridades escolares, de las maneras diferenciadas en que tratan a las y a los estudiantes, de lo que les permiten o prohiben, de lo que alaban o reprueban en unos y en otras.

La ansiedad por obtener reconocimiento de su desempeño social en tanto hombres o mujeres, es uno de los más importantes alicientes con que cuentan maestros y maestras para cumplir afanosamente con esta tarea como educadores sexuales, que quizá muchos realizan sin saberlo.

Por su parte, y más atentos a estas formas de actuar de sus maestras y maestros que a los contenidos programáticos, las y los estudiantes –también sin reflexionarlo– aprenden, imitan, reproducen y perpetúan en sus vidas el orden de la sexualidad patriarcal.

No se trata de la moderna educación sexual de las últimas décadas del siglo XX, que casi tiene connotación de asignatura –con contenidos, metodologías y auxiliares específicos–, que casi es obligatoria, que casi es aceptada por los padres y madres de familia, o de la que el Estado casi empieza a exigir su impartición obligatoria en las escuelas.

Me refiero a uno de los componentes más legendarios y sustantivos del quehacer docente, a aquel que surgió con el primer(a) maestro(a) que hubo en la primera escuela de la historia: la educación sexual –de naturaleza social– no académica pero sí escolarizada.

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