La "domesticación" de las
mexicanas
a propósito del estudio de Graciela Hierro
Eva Guzmán Guzmán*
* Investigadora de la Dirección de Psicopedagogía de la Secretaría
de Educación de Jalisco.
Graciela Hierro, en su libro De la domesticación a la educación de
las mexicanas (1989), nos aporta un panorama sobre la historia de la mujer mexicana
desde el aspecto intelectual, cultural y social. Ofrece una visión desalentadora sobre el
qué hacer y trascender femenino hasta nuestros días, y plantea una propuesta educativa
alentadora para las mujeres.
Al hacer referencia a la concepción de educación que prevalece en
nuestro medio, la autora toma como eje del análisis el concepto de domesticación,
ya que a la mujer se le educa para el ámbito de lo doméstico, aún cuando según
ella, vivimos "la revolución de la vida cotidiana":
"Educación viene a ser, en muchos casos una instancia más de domesticación que sigue inscribiendo a las mujeres en México al sitio que el poder masculino ha elegido para ellas: el reino de lo doméstico (de domus casa)".1
Sobre el problema, la autora plantea la
pregunta ¿existe una educación para mujeres? Menciona que hay enseñanzas que no
incluyen a las mujeres. Cuestiona por qué se dan diferencias entre los sexos con respecto
a la educación. Afirma que la educación que tradicionalmente se ha dado a las mujeres ha
contribuido a que se acepte como natural la cultura masculina.
Con relación a la situación femenina comenta: "... la nuestra es
una condición, no una naturaleza. No nacemos mujeres, es la
llamada educación femenina la que, ha conformado esa condición nuestra que
muchas de nosotras deseamos cambiar". ¿Cuál es esa educación a la que se refiere
Graciela? Es sin duda la domesticación, como ella la llama.
Al hacer el análisis sobre la condición femenina, aunque no le
da, la autora, el sentido finalista que puede tener realizar una interpretación
psicológica sobre la realidad de la mujer, menciona la necesidad que tenemos las
personas de identificarnos con imágenes positivas, que nos permitan fortalecer nuestra
autoestima, indispensable para desarrollar las potencialidades individuales; en este caso
las imágenes parentales. Pero, ¿qué tipo de madre tenemos actualmente los mexicanos?,
¿ es su imagen positiva, o negativa?, ¿es portentosa, poderosa, hermosa, y fantástica
como Coatlicue? Ella puede ser en cada hogar, la que nos genere día con día nuestra
imagen, tanto a los varones como a las mujeres. ¿Qué tipo de imagen nos hemos formado
las mujeres en base a esa identificación maternal?, ¿cuál es el prototipo de madre
mexicana?, ¿acaso la virgen de Guadalupe?
Podría concluirse de acuerdo con los planteamientos que hace la
autora, que carecemos de esas imágenes positivas con quien identificarnos, ya que
nuestras madres y abuelas han permanecido ignoradas, olvidadas, y la virgen de Guadalupe,
que es amor, abnegación y bondad es sólo alcanzable en lo segundo, porque eso ha
abundado en nuestras madres aunque existen excepciones de madres muy castrantes, que
repiten con los hijos lo que viven con el padre, el hermano o el esposo como fruto
de su dependencia. Las imágenes de mujeres como Sor Juana, también son inalcanzables, ya
que sus condiciones de existencia no se parecen a las de la mayoría de las mexicanas.
La autora nos habla de una "dolorosa carencia de imágenes fuertes
y positivas", "...el espacio nuestro está cerrado a la familia, al hogar, no
podemos tener el status de Coatlicue, nacemos a lo doméstico, y todo el esfuerzo
educativo se concentra en lograr una exitosa domesticación, el espacio de lo
público es del dominio de los hombres".2
Nuestras madres
Coatlicue, Tonantzin y María constituyen el arquetipo de la finalidad educativa para
las mujeres, "hemos de ser educadas para ser madres (...) destino femenino".3
Requerimos del hijo para que nos salve. El poder se centra en ser el origen de todo.
En esta comparación mujer=madre, encontramos el alto valor que tiene
la maternidad, ¿cómo no vivir para tener hijos?, si no hay valor que le iguale en su ser
mujer, función que se transmite de generación en generación.
Con relación al método, lo entiende como el descubrimiento, la
creación y la práctica de la cultura femenina, que persigue el objetivo político de
realizar la revolución de la vida cotidiana.
Plantea la necesidad de crear una nueva cultura, con la participación de
hombres y mujeres de manera conjunta. Una nueva cultura que exige saberes y prácticas
distintas, que fomenten el desarrollo de los dos sexos en la misma medida, y que sólo
marque la diferencia en el sentido biológico.
El trabajo de Graciela persigue hacer la hermenéutica de la
educación mexicana y apoyar al movimiento que desenmascara la creación cultural
femenina. Pero, ¿a cuál creación cultural se refiere?
Para esta autora, vivimos el fenómeno social de la revolución de
la vida cotidiana. Es indudable que se viven cambios sobre los aspectos educativos
tanto escolares como extraescolares, ya que cada día la mujer se incorpora en mayor
número a la universidad, al trabajo remunerado, etc., y el hombre al ámbito de lo
doméstico.
Los cambios mencionados no han incidido de manera profunda en el
aspecto cultural, ya que aunque la mujer se desempeñe fuera del hogar tiene que cargar
con el peso de la labor doméstica y de la función maternal no de la maternidad, la
cual es inherente a su género, es una cuestión cultural, que no tiene que ser
exclusiva de las mujeres.
Al referirse a la educación de los primeros mexicanos, la autora nos
refiere cómo las culturas indígenas daban a la mujeres el papel tradicional de esposas y
madres, dependiendo siempre de un hombre padre, marido, hermano, hijo, para su defensa y
valer. Sus tareas domésticas, artesanales, agrícolas, comerciales y religiosas eran
siempre subordinadas frente a su destino absoluto: el matrimonio. Sin embargo, también
participaban en la vida pública; lo hacían como sacerdotisas y cacicas. Podían heredar
de sus padres y esposos la sucesión política. También las había sabias, escribientes y
poetas. Estas con relación a las clases sociales altas, pues la hija del señor es la
depositaria del honor de la familia; la joven no se pertenece a sí misma, sus actos
buenos y malos repercuten sobre todos los demás miembros de la familia, de
allí la importancia de su sujeción a las normas. Es educada para el amor, debe saber de
antemano que es elegida, que nunca elige.4
La conducta
sexual femenina supone la castidad; la pureza masculina se deriva de la fidelidad
femenina. Esta educación y moral, tiene semejanza con la educación cristiana, lo que
hace suponer que fue interpretada de acuerdo con la visión de los misioneros españoles,
a través de los cuales nos llega esta información, ya que es difícil pensar en una
educación universal para mujeres.
Durante el virreinato puede hablarse de mujeres sabias como Francisca
González Castillo, matemática y astrónoma que escribió: "efemérides calculadas
al meridiano de México para el año 1957". Otras mujeres como Beatriz Galindo,
llamada La latina, quien fue maestra de niñas indígenas, mestizas y criollas;
Antonia Gallegos, conocida como La abeja de Michoacán, fundadora de un colegio
gratuito para niñas y doncellas.
En esa época, según Graciela Hierro, se manifiestan tres etapas en la
educación: la del catecismo (cultura occidental), la de la cultura media (se enseña a
leer y escribir, las cuatro reglas de la aritmética, los oficios mujeriles y la
enseñanza moral), y la de la educación superior (autodidacta), reservada a las mujeres
acomodadas.
Es obvio que este tipo de educación pertenecía a las familias de la
clase social alta, ya que las familias con escasos recursos sólo contaban con las
escuelas llamadas Las amigas; en la mitad de ellas sólo se enseñaban rudimentos
de la doctrina cristiana. Siempre se trataba de mujeres que se interesaron por su propia
educación, cuya instrucción la recibían de las criollas.
Podemos hablar de dos mujeres sobresalientes durante la guerra de
independencia: Leona Vicario y Josefa Ortiz de Domínguez; son pocas las mujeres de las
que se ha tenido información sobre su participación política y trascendencia social.
Podemos mencionar algunas maestras como Rosario Castellanos, a mediados de este siglo,
cuya labor podría quizás superar los fines de la obra de Sor Juana Inés de la Cruz, ya
que aquélla no únicamente denunció la opresión de que era objeto la mujer, sino que
buscó su liberación social y su participación política.
Las mujeres que participaron en el movimiento revolucionario de 1910,
asisten al Congreso de Yucatán en 1916, apoyan el constitucionalismo de 1917 y
contribuyen al proyecto educacional de José Vasconcelos. Se ven representadas más tarde
en la figura de Rosario Castellanos, maestra feminista que escribe el primer ensayo
filosófico defendiendo el derecho de la mujer mexicana a la cultura, en 1950.
El Congreso de Yucatán plantea la necesidad de que las mujeres cuenten
con educación moderna, con mayor libertad sexual y el uso de métodos anticonceptivos. La
separación para las mujeres entre la procreación y la sexualidad es una condición
necesaria, aunque no suficiente para la emancipación femenina en todo el mundo.
El Congreso fue el punto de partida para lograr puestos en la
administración pública; la mejora de las condiciones de trabajo de las trabajadoras
domésticas; la reforma del Código Civil en aspectos de la mayoría de edad para la mujer
a los 21 años, etc.
Son ellas las que comienzan a definir tesis revolucionarias sobre la
condición femenina, se hace la defensa del divorcio, se pide una educación igualitaria.
Se reclama libertad frente a la religiosidad acusando a la jerarquía religiosa mexicana
de que su autoridad impide lograr el progreso social, económico y político de las
mujeres de México. Gentes como Hermila Galindo, sostienen que el poder religioso de los
confesores sobre la conciencia femenina, desde tiempo inmemorial, es el agente principal
de la condición oprimida de la mujer en México.5
"En 1867 se funda la Escuela Secundaria para Señoritas y en 1877 se declara Escuela Nacional Secundaria de Niñas en México, con un sentido cultural más amplio pero siempre enseñando los oficios de mujeres y los deberes de la madre en la familia. Esta misma escuela posteriormente se convierte en la Escuela Normal para Señoritas; en 1900 se funda una escuela privada, también para mujeres, que enseña las mismas materias".6
En 1904 había 3 mujeres médicas en el país y una
abogada, pero también se incrementa su número como trabajadoras domésticas y en los
prostíbulos. Cerca del 30% de las madres mexicanas eran solteras o sostén de una
familia; el 80% de las parejas vivían en "amasiato" y sus hijos no tenían
reconocidos sus derechos como tales por esa condición.7
En la
actualidad, pocas mujeres han tenido participación política importante, algunas de ellas
militan en los partidos políticos imitando la función política que ejercen los hombres;
otras, denuncian o critican aspectos de la sociedad actual con muy poco éxito, quizá por
tratarse de una cultura masculina en la que, para que la mujer sea reconocida tiene que
involucrarse en la creación o construcción de las nuevas estructuras sociales que
desplacen a las que están vigentes.
Graciela Hierro afirma que la educación para la libertad de las
mujeres se va a lograr cuando éstas tomen la educación en sus manos como lo hizo Sor
Juana, y afirma que las maestras mexicanas cambiaron el destino femenino. Menciona a
varias de ellas y nos muestra la obra destacada de la maestra Juana Belén, quien funda el
Club Liberal Benito Juárez, organiza la Agrupación de Gremios de Trabajadores
"Socialismo Mexicano" y edita su órgano Anáhuac en 1905. Se preocupa de
la inserción de las mujeres en la vida pública en el club femenil político Amigas
del Pueblo e Hijas de Cuauhtémoc; maestra y fundadora de escuelas industriales
para obreras.8
Si la libertad
dependiera de la educación, entonces los hombres serían libres, ya que son ellos los
"directores" de nuestra cultura, aún cuando las mujeres son agentes de ésta.
El problema está en que la libertad no depende exclusivamente de la educación, sino de
lo económico y lo político, factores que unidos a lo científico y cultural gobiernan el
mundo.
La mujer mexicana, si bien es "la formadora" de los seres
humanos, en gran medida los "forma" para automarginarse. ¿Reproduce una
sociedad paternalista y una cultura masculina?
Simone de Beauvior, afirma que: "el mundo siempre ha pertenecido a
los hombres"; Rosario afirma que: "el hombre es el rey de la creación". En
su estudio, concluye que la cultura existente es masculina. ¿ Entonces, en dónde queda
la "revolución de la vida cotidiana" de la que nos habla Graciela?
Para 1919 las maestras padecían discriminación laboral, tenían
salario menor que los varones, imposibilidad de ascenso a categorías administrativas y
académicas superiores, eran sujetos de rescisión de contrato por contraer matrimonio o
tener hijos fuera de él; sin embargo, su condición fue mejorando hasta que el magisterio
se reconoció como el espacio de la mujer, por considerar la Secretaría de
Educación Pública que las mujeres por su sexo eran más aptas para el ejercicio del
magisterio.9
Graciela aduce
irónicamente que la esencia de la feminidad radica fundamentalmente en aspectos
negativos: la debilidad del cuerpo, la torpeza de la mente, en suma: "la incapacidad
para el trabajo". Concluye: el mundo de la cultura pertenece a los hombres, ellos se
llaman a sí mismos hombres y humanidad. El pequeño grupo de mujeres que se ha
introducido en este mundo masculino lo ha hecho de contrabando. Todo está sujeto al
dominio del hombre: las cosas, los animales y las mujeres. Concluyendo, las
mujeres expulsadas del mundo de la cultura, no tienen otro recurso que portarse bien...
ser insignificantes y pacientes, esconder las uñas como los gatos; con esto llegarán, si
no al cielo, sí al matrimonio que es su cielo inmediato.10
Graciela
propone como solución para el problema de la esencia femenina la toma de conciencia de su
situación y la creación de la nueva imagen, desembarazarse de los mitos, luchar sobre la
causa del género y reír, esto último como sinónimo de rebeldía, de apropiación de la
causa de la mujer, ya que afirma que la risa es testimonio de la libertad.
Para Graciela, está en extinción la pareja tradicional de padres
mexicanos al comentar: Quitémosle la aureola al padre severo e intransigente y el
pedestal a la madre dulce y tímida. Los dos son personajes de una comedia ya
irrepresentable por obsoleta.11
Pero va más
allá, al origen de esa pareja, al referirse: "Quitémosle al novio ese aroma
apetitoso que le circunda, se evalúa muy alto y se vende muy caro, su precio es la
nulificación de su pareja y quiere esa nulificación porque es él una nulidad. Dos
nulidades juntas suman cero y procrean una serie interminable de ceros".12 La
nulidad de la mujer es un fenómeno que perjudica también a los maridos.
La virginidad de la mujer debe ser manejada a voluntad y no expresada
en el vestido blanco y en su corona de azahares. La maternidad no es la vía para la
santificación, es un fenómeno que debe regirse a voluntad.
Para Carlos Castilla, Wilhelm Reich y otros autores, una mujer que vive
a expensas del varón, siendo su objeto erótico, aún cuando sean esposos es una forma de
prostitución disfrazada. Se cosifica, se enajena a la mujer y se autodestruye, es
explotada y termina siendo despreciada por el propio explotador. Esta es una forma
diferente de hacer el análisis. Un análisis hecho por varones con una forma de
razonamiento distinta, pero no contrapuesta.
Nos habla Castilla sobre la esclavitud de la mujer, haciendo referencia
a un sometimiento o enajenación que termina siendo cómodo para muchas mujeres y que por
ello es muy peligroso, ya que anula toda posibilidad de emancipación.13
De manera
conclusiva Graciela plantea que se requiere una revolución en la educación tradicional
preescolar, yo diría también extraescolar para mujeres, la que se da por lo
general en la familia, la iglesia y la sociedad civil, en el sentido de que no sólo se
les eduque a ellas para desempeñar las tareas de los cuidados infantiles y las labores
domésticas. Ya que si estas tareas son compartidas con los hombres, se favorece a las
mujeres, pudiendo así desarrollar sus capacidades intelectuales, físicas y morales. De
manera que puedan alcanzar la autonomía y la igualdad; a los hombres se les favorece
porque pueden enriquecerse con el contacto con los niños, por el desarrollo afectivo que
implica la relación y la responsabilidad con los niños; a los niños se les favorece
porque desde niños se educan en la afectividad, y se acostumbran a vivir con compañeras
que lo son en verdad.
Finalmente, la ventaja para las nuevas generaciones, se deriva de la
acción conjunta de hombres y mujeres, en su cuidado y en su educación. Todo lo cual
hará que se enriquezcan los niños en la formación de su carácter, con base en las
perspectivas femeninas y masculinas de la vida.14 Graciela propone como
alternativa educativa, el devolver su cuerpo a la niña, que generalmente le es arrebatado
precisamente en la infancia. Cuando las niñas pierden su cuerpo, se vuelven pasivas y
así son formadas fácilmente para la vida dependiente. Además de la formación para la
actividad doméstica y la función de la maternalidad, lo que las enajena.
Con el manejo de su cuerpo, la niña puede lanzarse al despertar de la
inquietud política, de la ciencia, de la filosofía, del arte y de la espiritualidad. En
suma, podrá aspirar a todos los dones de la cultura. Darle pasión a la razón y hacer
las pasiones razonables. A la madurez se accede como premio para la que ha logrado
consolidar una vida propia. "Los avatares de la vida pueden destruir a una joven
liberada, pero una vieja libre posee una fuerza imbatible".15
Pide fomentar
los rasgos positivos de la educación preescolar: la suavidad, la ternura y el afecto.
Cree que puede lograrse separando los ideales de vida femeninos, de las funciones
biológicas en la mujer. Que la niña comprenda que ser esposa y madre no es su
profesión.
La mujer empieza a tomar la educación en sus manos, se está
construyendo la cultura femenina de manera gradual. Se espera que en el ejercicio laboral
y profesional de las mujeres se derrote el prejuicio de género, aquel que considera
deseable la educación para ser mujer valiosa, al hecho de poseer juventud y
belleza.16
Notas
1.
Hierro, Graciela. De la domesticación a la educación de las mexicanas. Editorial
Torres Asociados. México, 1990. [2a. edición]. p. 14.
2. Ibid. p. 21.
3. Ibid.
p. 22.
4. Ibid.
pp. 30-32.
5.
Hierro, Graciela. op. cit., pp. 72-73.
6. Hierro. Op. cit., pp. 60-61.
7. Ibid.
66.
8. Idem.
9.
Hierro, Graciela. Op. cit., p. 77.
10.
Ibid. p. 82.
11.
Citada en Hierro, Graciela. Op. cit., p. 85.
12.
Idem.
13.
Castilla del Pino, Carlos. Cuatro ensayos sobre la mujer. Alianza Editorial.
Madrid, 1982. pp. 7-31.
14.
Hierro, Graciela. Op. cit., p. 96.
15.
Hierro, Graciela. Op. cit., pp. 97-113.
16. Ibid. p. 86-97.
Bibliografía
CASTILLA, del Pino Carlos. Cuatro ensayos sobre la mujer. Alianza
Editorial. Madrid, 1982.
HIERRO, Graciela. De la domesticación a la educación de las mexicanas. Editorial
Torres Asociados. México, 1990 [Segunda edición].
REICH, Wilhelm. La revolución sexual. Editorial Planeta. México, 1985.