Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación

No. 8

(ocho)

SECCIÓN

páginas

de la 74 a la 75 de 76

documentos

Guadalajara, México - Diciembre de 1995

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Normalismo en México: crisis de ruptura y continuidad

Jesús Ulises González García*

* Secretario General de la Sección 47 del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación (snte).

El término Normalismo ha venido teniendo un uso cada vez más recurrente para referirse a lo que son y han sido las escuelas Normales, desde las primeras que se fundaron en el último tercio del siglo xix, hasta las que se han venido estableciendo en este siglo. Pero el concepto no se refiere precisamente al intento de registrar las vicisitudes por las que han pasado dichas instituciones, sino que ha venido intentando ser una caracterización educativa, incluso filosófica, de lo que ha representado conforme a su papel en la formación de docentes y la escuela pública.

Creo, sin embargo, que la realidad de hoy exige resignificar el concepto de Normalismo, buscar otras dimensiones de análisis que permitan hacer una revisión más analítica de su composición y sus expresiones, para hacer luego una ulterior caracterización que permita proponer auténticas alternativas que posibiliten su permanencia, pero fundamentalmente su transformación.

Cuando hablo de una nueva noción caracterizadora del Normalismo, me refiero al análisis crítico de su modelo de funcionamiento, así como lo que ha ido representando en el contexto del sistema educativo nacional, pensando todo ello como paradigma que se reproduce y refuerza –generación tras generación– y en todo lo que ello representa en su ejercicio educativo y comunitario.

Desde la perspectiva del Normalismo es necesario reflexionar sobre la calidad del trabajo docente y el tipo y características en que se ejecuta la formación del maestro, la cual debe ir encaminada a procesos continuos de mejoramiento y promoción que les permita realizar un análisis personal y grupal de su desempeño docente, en los niveles institucional y social.

Se trata entonces de deslindarse de esa alegoría de efemérides, de panegíricos, de virtudes ofrecidas a través del tiempo, que han sido como el estilo recurrente en muchos de quienes abordan la problemática Normalista; es necesario hoy concebirla como expresión de una cultura, la cultura del Normalismo –para llamarle de alguna manera–, es decir, de acercarse a todo lo que dentro de ella se hace presente, una forma de ser, de sentir, de pensar, de quienes han gravitado y gravitan al interior de ella a través de diferentes roles: alumnos, maestros, egresados, autoridades, comunidad.

Conforme a lo anterior; si en realidad de lo que se trata es de buscar un análisis más sistemático de lo que son y han sido, fundamentalmente, las escuelas Normales y lo que hoy representan, es necesario poner los pies sobre la tierra, para con una visión crítica y sobre todo autocrítica, reconocer sus avances y limitaciones, sus rezagos y aportaciones, para construir una verdadera alternativa de cambio.

 

La vida cotidiana en las escuelas Normales: entre la reproducción y la transformación

La reproducción se ha asentado en las escuelas Normales y esa recurrencia ha sido convertida en un quehacer virtuoso y autocomplaciente. Qué quiero decir con ello; trato de señalar que las responsabilidades formales asignadas se asumen como si fuese un ejercicio académico pleno, no importa que éste se sustente en un limitado ejercicio de funciones, en un trabajo que la mayoría de las veces resulta disperso, sin evaluación adecuada y una inamovible práctica metodológica.

Padecen nuestras escuelas Normales el anquilosamiento de su accionar docente; no han llegado los aires de la renovación pedagógica ni de una reforma administrativa mínima; en suma, su modelo académico está desfasado con relación a las exigencias culturales contemporáneas. El “maestro catedrático” se eterniza en su función sin más expectativas que lo que marcan las exigencias del horario. El trabajo colegiado es sólo fortuito y formal, la planeación y la evaluación institucional están regularmente ausentes.

No obstante las reformas académicas que se han llevado a cabo en otras instituciones de educación superior e incluso en la educación básica como producto de la modernización educativa, en las escuelas Normales dicho proceso es inédito. Su única función, la docente, se ejerce de manera desarticulada, con métodos anacrónicos y con criterios de evaluación unilaterales y autoritarios; resultado: un nivel académico cada vez más deteriorado.

 

Lo administrativo como camisa de fuerza

Otro factor reacio al cambio es la estructura orgánica de las escuelas Normales; estas siguen funcionando como escuelas Secundarias, es decir, están concebidas simplemente para la operación de un plan de estudios, con una planta directiva constreñida a las funciones administrativas, una plantilla de catedráticos pagados a veces peor que maestros de enseñanza media, y una nómina de personal de apoyo escolar y de servicios. Desde la perspectiva de las funciones sustantivas, no existe institucionalmente una estructura colegiada que ofrezca nuevas posibilidades de vinculación interdisciplinaria entre las áreas de trabajo, como la coordinación docente, la investigación y la planeación, el servicio social y la titulación, la difusión y la extensión educativa, la promoción de recursos tecnológicos y didácticos; en fin, todos esos espacios del quehacer colegiado propios de una institución de educación superior. Debemos ubicar, en su justa dimensión, a la noble e indispensable función de lo administrativo como un elemento de apoyo insustituible para el ejercicio de la academia y de ninguna manera convertirlo en su camisa de fuerza.

Si alguna de las anteriores funciones se ejercen en algunas de nuestras escuelas Normales es más bien por el voluntarismo de los profesores o la intencionalidad inusual de algunos directivos. Pero sin un régimen de legitimidad institucional, todo lo que se pudiese avanzar está siempre sujeto a la vicisitudes de los cambios, a los inicuos recursos financieros y a lo constreñido de los recursos humanos. La precariedad y la improvisación son el signo regular que caracteriza su función.

Con todo lo anterior no quiero, sin embargo, pintar un panorama sólo oscuro de lo que sucede al interior de las escuelas Normales. Existen evidencias múltiples de la entrega de muchos maestros, de sus innovaciones en materia de ejercicio docente y de propuestas pedagógicas y metodológicas, pero el camino del infierno está siempre lleno de buenas intenciones, es necesario pasar de las excepciones a las realizaciones generalizadas. Las escuelas Normales requieren un cambio a fondo de su estructura orgánica, convertirlas en verdaderas instituciones de educación superior; insertarlas en el proceso de renovación educativa y de modernización; reconocer y promover al “maestro catedrático” y convertirlo en un auténtico académico, con todo lo que en lo laboral, salarial, formativo y ejecutivo significa.

El proyecto del Normalismo a la luz de su organización, estructura y diseños curriculares debe anticiparse a los escenarios, debe recuperar valores perdidos y proponer nuevas formas de trabajo. Un auténtico trabajo docente que eleve la calidad de la educación; debe partir de una verdadera y continua formación del maestro, que sepa conjuntar lo teórico con lo práctico. Debe recuperar su papel de agente transformador de la sociedad.

Deben las escuelas Normales dejar de ser el piso más bajo de la pesada pirámide jerárquica que padecen y otorgarles un carácter más autónomo, más autogestivo; tanto en lo financiero, como en lo orgánico y académico. En este sentido, el Sindicato debe reivindicar un cambio que empiece por hacer una profunda caracterización académica y educativa del Normalismo; debemos pasar también a ejercer una autocrítica de lo que el snte ha hecho o ha dejado de hacer para ubicar a las escuelas Normales en la antesala de la modernización; en Jalisco, la Sección 47 está en ese camino.

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