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Guadalajara, México - Diciembre de 1995 |
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La docencia: un espacio para la reafirmación de la masculinidad de los profesores (Este trabajo se inscribe en el proyecto de investigación: Masculinidad y formación inicial de profesores en el Estado de México, en proceso desde 1993. Agradezco los comentarios del Dr. Gilberto Silva, de Pedro Cabrera y de los integrantes del Taller Educación y Género) Moisés Contreras Hernández* * Profesor investigador de la Escuela Normal en Tlalnepantla; fundador y coordinador del Taller Educación y Género en dicha institución y coordinador de Publicaciones y Divulgación Académica de la Fundación SNTE para la Cultura del Maestro Mexicano.
Encuadre En las décadas más recientes, la educación pública y con ella la escuela se convirtieron en problemas de carácter nacional,(1) no sólo porque ellas expresan la suma de aspiraciones sociales sino porque no garantizan el cumplimiento de la esperanza que representan, es decir, la educación y la escuela no pueden, por sí mismas, responder totalmente a las expectativas de la dinámica social; la educación como proceso y la escuela como institución dependen de la estructura de la sociedad global. La educación pública como derecho universal es muy reciente. Dos hechos determinan su aparición. Por un lado, el cambio científico tecnológico que impulsa la primera revolución industrial produce una transformación cualitativa en las relaciones productivas y en consecuencia impone nuevas formas de organización en todos los ámbitos; por otro, La declaración de los derechos universales del hombre plantea la necesidad de una institución encargada de asegurar la transmisión de la herencia social a la vez que certifique la cualificación de los sujetos para integrarse el campo productivo; actividades que la familia tradicional no podría cumplir. Los dos procesos condujeron a la universalización de la educación y por consiguiente el nacimiento de la escuela como una institución social y socializante; misma que, al paso del tiempo, se convirtió en sustituta formal de la familia y en representante de un sistema socioeconómico y político determinado. Frente a la familia, la escuela una institución muy joven apenas un poco más de doscientos años,(2) es la encargada del mayor y más importante proyecto humano: potenciar la dignidad de vivir en plenitud para el aquí y el ahora. En este sentido, la escuela como la familia son instancias de lo social donde se expresan, instituyen, refuerzan e institucionalizan las relaciones de poder, los sistemas simbólicos e ideológicos, en los cuales los contenidos del género se juegan siempre desde la lógica referencial del sexo, es decir, lo social adquiere carta de legitimación "natural", por tanto, de destino manifiesto, de identidad prescrita.
I. De la familia y la escuela Al considerar que la educación es la segunda tradición, toda vez que expresa la cultura social, los maestros son por extensión, los segundos padres y la escuela el segundo hogar. En este tenor, los maestros y maestras son los padres y madres intelectuales, respectivamente.(3) Los atributos parentales se extienden a los maestros: cuidado, atención, construcción de la identidad, trascendencia, ethos y filosofía, conocimientos y saberes.
Estas características se concretan a través de la clase y el estrato social correspondientes (relaciones de poder y producción); del corpus ideológico (creencias, usos y costumbres), y lenguajes (formas comunicativas y simbólicas). La escuela es, al igual que la familia, un espacio de cautiverio,(4) en tanto síntesis cultural que define el tipo de adscripción a un modelo de relaciones de poder, eminentemente estereotipado (ver Esquema A).(5) Este espacio se caracteriza por ser endogámico, privado e íntimo, en el que predominan la norma y el deber ser individualista y egocéntrico en función del sacrificio que ello exige; limitado hacia adentro y configurador de una doble marginación al enfrentarse al mundo público. En él predomina la subjetividad emocional, fundamentalmente romántica y acrítica, en oposición a la racionalidad; desde este sentido, la valoración que los sujetos hacen del trabajo que realizan se efectúa desde su propia mirada interna, siempre dependiente. En el espacio de cautiverio feminizado y feminizante se desarrollan los procesos de identidad, con la consecuente reelaboración de las imágenes masculinas y femeninas, predeterminadas por los procesos de socialización establecidos. Cada sujeto expone, de una u otra forma, lo que es en sí como persona, también lo que de sí mismo desconoce como síntesis de lo social. Pone en juego su biografía y lo que constituyen, según la norma, sus marcas de identidad. Es por eso que más allá de los contenidos académicos, de los planes y programas de estudio, de las condiciones materiales en que se desarrolla la enseñanza, de los equipos y apoyos para la docencia, se encuentran los elementos que constituyen a cada sujeto, su mundo axiológico, su cosmovisión, su actitud ética y política. Antes que la posesión de una licencia social o una etiqueta ahora títulos nobiliarios académicos se encuentra el entramado íntimamente humano que da sentido a las acciones de los sujetos, lo que les permite inscribirse al hacer social, las diversas lecturas que de lo real poseen, de la valoración y voluntad en cómo ejercen su posibilidad de vida, de trabajo, de goce y realización. Por esto afirmo que la escuela y con ella el trabajo de la docencia es el lugar donde la elección profesional confiesa sus rasgos biográficos, vocacionales, históricos y de responsabilidad personal. El maestro encuentra en la escuela un ambiente tan parecido al del seno familiar: la madre es la imagen articuladora que confirma y rechaza simultáneamente los estereotipos intergenéricos; al mismo tiempo, el padre confirma su presencia como una ausencia presente, y por tanto, el deber ser del hombre se asume por el otro como el deseo de conocimiento del padre y la necesidad de separación de la madre. Estos mitos, refuncionalizados constantemente en las relaciones familiares, refuerzan lo más reaccionario del ser hombre. La competencia que se desarrolla en la escuela está sustancialmente diferenciada desde los mitos genéricos, es decir, el hombre docente se encontraría en nula competencia en la actividad docente, ya que se enfrenta con pocos hombres, mismos que a su vez son espejos de su propia identidad, hipo e hipervalorizada; convive con niños y mujeres, sujetos que, por ideología, son de por sí sujetos devaluados, los unos porque son proyectos de lo humano y las otras porque son mujeres. El hombre expresa en la docencia el conjunto de rasgos que, si bien no le pertenecen genéricamente desde lo ideológico, son atributos de su condición humana (ternura, amor, comprensión, tolerancia, entre otros). La puesta en marcha y el perfeccionamiento de dichos atributos en el trabajo docente no pone en riesgo su masculinidad, antes bien, se convierten en facultades altamente valoradas, tanto por los mismos hombres como por las mujeres. Las relaciones escolares transitan, sin darse cuenta, desde los preceptos del género, hasta las formas en que se constituyen los seres humanos en las instituciones sociales. Los dos grandes ejes analíticos (familia/género, Esquema B) permiten a su vez dos grandes bloques actitudinales (Esquema C):
II. De las clases sociales y los géneros Quién educa, a quién se deberá formar y para qué deberá hacerlo, son las preguntas que deben responderse, de acuerdo con las exigencias del nuevo orden social. De tal forma que al tipo de ocupación corresponderá un tipo de educación y ésta, a un proyecto de sociedad. En este sentido podemos hablar de dos redes o tipos de escolaridad,(6) "cada red orientada a una población específica, con un contenido ideológico y de entrenamiento particular para así incorporar a cada tipo de población en lugares concretos de la división del trabajo..."(7) Así como las redes expresan una forma de división social, el género expresa otra, sólo que ésta apela a ciertas características sociales construidas históricamente que se asumen como naturales, de tal forma que la diferencia sexual facultaría per se un conjunto de habilidades, destrezas y cualidades propias de cada uno de los sexos y, en consecuencia, de los géneros.(8) El género legitimaría a la red y ésta justificaría la desigualdad; el uso del poder y el sentido de "destino manifiesto": pobreza y género es igual a dependencia y discriminación negativa. A modo de propuesta sintética, considerando las dos perspectivas analíticas red educativa y de género expongo la existencia de actividades educativas y laborales conocidas como "blandas o duras". Las primeras, corresponderían a las mujeres y las segundas, a los hombres. Unas se encaminan a la reproducción de vida social cotidiana, en función de la clase social a la que se pertenezca; además apuntarían a un tipo de actividad eminentemente pragmática, utilitaria, de rutina, y se expresarían en labores de cuidado y atención primaria de los procesos educativos y de salud-enfermedad, así como del área de servicios. Las otras actividades laborales corresponden a la industria hiperespecializada; al desarrollo científico tecnológico de frontera; a la educación superior, principalmente de posgrado; al control político y económico, entre otras funciones y determinaciones.(9) En el esquema c se ilustra la relación entre la red y el género, respecto del proyecto social específico que se desprende, en nuestro caso, de los elementos del proyecto civilizatorio que permanecen en aquél. Asimismo, se muestra cómo los elementos definen el tipo de educación y, por tanto, las instituciones a que da lugar el conjunto de elementos puestos en juego. Aunque desde 1984, por decreto, la formación para la docencia es una profesión de red larga 1985 para el Estado de México, su inserción en el sistema de enseñanza superior no la faculta como tal, antes bien, depende del marco del artículo tercero: sin autonomía relativa; sin recursos financieros propios; después del estatuto de licenciatura, con objetivos de formación diseminados en el campo de la ambigüedad y desde el paradigma universitario; sin tradición en investigación educativa en y para la docencia; sin vinculación entre las propias instituciones formadoras de maestros y con respecto de otras instituciones de educación superior; sin articulación con la educación básica, misma que constituye e instituye su campo laboral, existe poca esperanza. Hoy por hoy, el subsistema de formación de maestros en México se debate entre la tradicionalidad y la modernidad lo mismo sucede en casi todo el sistema educativo mexicano, entre la norma y sus fronteras, entre la eficiencia y la incapacidad, entre el entusiasmo y la frustración acumulativa, entre el sexismo y la intolerancia.
III. De los sujetos de la docencia y sus condiciones objetivas El trabajo docente, y con él la educación básica y la formación de maestros(10) estaría comprendido en el campo de red corta y de actividad blanda, toda vez que posee las características centrales de ellas, a saber:
Diversos estudios relativos al origen de clase de los maestros y estudiantes en formación en las escuelas normales(12) apuntan a ubicar a éstos en la clase media baja (Cuadros 1 y 2), debido a que los grupos sociales y laborales que predominan son:
Calvo (1979; 1994), Reyes y Zúñiga (1994), Contreras (1991) demuestran a través de la escolaridad, el origen de la familia y la ocupación de los padres, (Cuadros 3 y 4) que el capital cultural que poseen los estudiantes normalistas es muy limitado y se inscribe en la lógica de los conocimientos y actitudes adquiridos por la educación escolar; ésta, en muchos casos, es muy deficiente; asimismo, los usos y costumbres tradicionales sufren metamorfosis profundas, que se expresan, a través de la aculturación indiscriminada, una tremenda inseguridad de clase, actitudes críticas y políticas inmediatistas, de generación espontánea y con altos componentes fundamentalistas.
A la vez, dichas investigaciones permiten considerar el proceso migratorio al que se vieron expuestas las familias en las últimas décadas como un factor importantísimo para analizar el trabajo docente, ya que el fenómeno urbano y la descampesinización han cambiado radicalmente la configuración social, cultural, política y económica del México contemporáneo. A partir de lo anterior, la hipótesis que sostengo se expresa de la siguiente manera: los maestros generalmente devienen de familias migrantes, de núcleos parentales en proceso de proletarización, o son clasemedieros altamente feminizados.(13) Las condiciones estructurales de atracción y push pull (atracción y expulsión) identificados por los estudios urbanos (Singer, 1984; Castells, 1974; entre otros) aunados a las motivaciones personales de la población en tránsito, configuran a partir de 1940 la errancia obligada de grupos sociales básicamente campesinos en el interior del país y fuera de él.(14) En el Estado de México, para 1993, el 84.4% porcentaje superior a la media nacional de la población, habitaba en zonas urbanas; la migración anual era de 200 000 personas.(15) Cada sujeto que se ve forzado a migrar, deberá aprender, desde la añoranza, a renunciar a su origen para sobrevivir. Lo que está ocurriendo en el sujeto migrante es un proceso de bipartición social: cuerpo y espíritu divididos, cada uno de ellos para sí mismos.(16) Los datos derivados de la antropología latinoamericana y mexicana permiten identificar dos fenómenos relevantes:
El hijo próximo maestro será criado dentro de la familia bajo la férula de su madre, que lo cuidará de sí mismo y del padre y lo impulsará a reafirmar una masculinidad, ahora feminizada, saturada de prejuicios y chantajes, distorsionada e investida de reproches. Las ramificaciones de la familia consanguínea mexicana se expanden y solidifican vía el compadrazgo,(17) abriendo, de esta forma, el manto protector necesario para la sobrevivencia. Al mismo tiempo, la estructura de dominación política del Estado mexicano se fundamenta en la consanguinidad y en la afinidad, de tal forma que las relaciones de poder configuran un doble ordenador instituyente a través de las relaciones parentales altamente sexistas y la sobrevivencia del sistema político e ideológico hegemónicos.
IV. Docencia: un espacio para la reafirmación de la masculinidad La hipótesis que orienta nuestro trabajo concibe a la docencia como un ámbito de reafirmación de la masculinidad, en cuanto se adscribe a una actividad de cautiverio,(18) en la que la "revancha histórica de las mujeres"(19) y la "culpa histórica de los hombres"(20) reeditan el juego de paradigmas de los géneros, toda vez que la hegemonía del capitalismo financiero se impone en todos los órdenes de la organización social y determina las transformaciones científico tecnológicas, las revoluciones armadas y el desdibujamiento de las fronteras nacionales; en este sentido, la estructura de la familia y la sociedad mexicanas ha cambiado profundamente en las tres últimas décadas.(21) Para el maestro hombre, el trabajo docente representará el espacio para la reafirmación de su condición de género, creada desde lo masculino y reforzada por lo femenino; también el lugar donde logrará recuperar su masculinidad atrofiada. Lo masculino encuentra en la escuela un ámbito que recrea y fortalece una serie de "características prejuiciosas" que, si bien forman parte de la sociovisión que del mundo masculino se tiene, no resultan pertinentes para el sujeto que las vive. La identidad masculina de los maestros se inicia en la familia, continúa en la escuela dentro de los marcos sexistas de la sociedad y hallará más tarde su mayor expresión en la formación profesional. El futuro docente encuentra en la escuela Normal el cautiverio de las mujeres donde él, como hombre, por el simple hecho de serlo, dará cuidado, protección y valoración a la escuela y a la formación profesional. En la escuela volverá al mundo femenino inicial, donde las competencias, habilidades y destrezas serán adornadas con lenguajes en diminutivo, recetarios sentimentaloides, uniformes y actitudes moralinos, moños y manteles, servidumbre y autoritarismo; también reafirmará, vía el cautiverio, el adocenamiento masculinista: exhibición de cualidades como mitomanías, misoginia disfrazada y a la revancha, homofobia a ultranza atractiva desde el escarnio y liderazgo fatuo, altamente apolítico, o bien, oportunismo burocratizante. Estas características masculinas, construidas históricamente, se enfrentan con las nuevas mitomanías feminizadas, en un juego de identidades pervertidas durante el proceso escolar. La propuesta que hago, apunta a estudiar el origen de los maestros y estudiantes normalistas, para identificar y explicar cómo se expresan los diacríticos masculinos en la escuela. En este sentido, ¿cuál es la imagen de identidad a la que se adscriben los estudiantes que se forman y profesores que laboran en los centros de enseñanza? A nivel de propuesta es posible incursionar desde dos vías analíticas:
V. De los estudiantes normalistas en el Estado de México En el caso concreto del Estado de México (Cuadros 5 y 6) observamos que en la relación campo-ciudad la elección de la docencia es valorada de manera diferenciada:
Entonces, ¿qué hacen los hombres en una profesión altamente femenina y tan devaluada socialmente? El número elevado de mujeres docentes no conduce de manera automática a la feminización de la profesión, sin embargo, nadie vive con independencia de la reedición social de su biografía, tampoco fuera del desarrollo histórico. La mujer expresa en la escuela lo más conservador de su condición genérica; también, el conjunto de diacríticos desarrollados por el feminismo. El hombre juega con sus mitos genéricos tradicionales y con los nuevos estereotipos desarrollados a partir de la crisis del modelo intergenérico dominante. Ambos, hombre y mujer, desarrollan en la docencia un juego de espejos entre tradición y modernidad, por desgracia, también y sin darse cuenta, los signos de la inmediatez, del prejuicio y de las mitomanías. Volviendo a la regionalización socioeconómica del Estado de México, parece que:
Notas 1. "Actualmente se habla de la educación más como un problema que como un logro. Esto no siempre fue así. Todavía en los años sesenta, se hablaba de que entre las grandes realizaciones del México posrevolucionario se encontraba el sistema educativo nacional. Veinte años después es ya un lugar común, en los discursos de las más altas autoridades políticas y educativas del país y en la llamada opinión pública, referirse al deterioro de la educación..." Aurora Loyo: "Los fines y objetivos de la educación en los albores del nuevo milenio", Documentos de trabajo para su discusión. Primer Congreso Nacional de Educación "Educación pública de calidad y trabajo docente profesional: el compromiso sindical", México 1994, snte/Fundación snte para la Cultura del Maestro Mexicano, A. C. p. 1. 2. En nuestro país la universalización de la educación se establece a partir de la Reforma de 1857. Las características que se apuntan, si bien son consideradas generales en todos los países, en México adquieren el sello específico que le otorga nuestro desarrollo histórico y cultural. 3. Estas categorías las hemos venido trabajando en el Taller Educación y Género desde 1992; (Contreras, 1994). La tesis de licenciatura en educación primaria sobre mujeres solas en educación normal de Verónica Arellano y Alicia Lugo (1995) apunta hacia esta propuesta. 4. Marcela Lagarde: Los cautiverios de las mujeres. De madreesposas, putas, presas, monjas y locas. México, 1990, Facultad de Filosofía y Letras, unam. En el Taller Educación y Género proponemos que la docencia es uno más de los cautiverios desarrollados por Lagarde 5. Silvia Cruz Cruz, desarrolla en su proyecto de tesis la propuesta de uso de los espacios escolares en función de la construcción del cuerpo, en la cual demuestra cómo la docencia es uno más de los cautiverios que propone Marcela Lagarde. 6. Chistian Baudelot y Roger Establet: La escuela capitalista, México, 1976, Siglo XXI. 7. Beatriz Calvo: "El estudiante normalista: su origen de clase y su relación con el Estado", et. al., Educación y escuela. México, 1994, sep/Nueva Imagen. Tomo i. Es recomendable revisar, de la misma autora, Educación normal y control político, CIESAS, México, 1979. 8. Moisés Contreras Hernández: "Los retos de una utopía: la responsabilidad de una profesión", Encuentro Estatal de Investigación Educativa organizado por Educación Jalisco, a través del Sistema de Superación Magisterial en el Programa de Formación y Posgrado, Guadalajara, Jalisco, 7 de julio de 1994. 9. Liliana Morales: "La mujer en la educación superior en México", en: Universidad Futura, Universidad Autónoma Metropolitana, Volumen 1, Número 1, México, noviembre, 1988-febrero, 1989; de la misma autora: "La mujer que sabía latín: la mujer en la educación superior en México, El cotidiano, Núm. 53, México, marzo-abril, 1993. Las estadísticas y los censos nacionales (anuies, sep, inegi) demuestran cómo el fracaso escolar, entendido como la incapacidad para el ingreso, permanencia y egreso, así como la desvaloración de la calidad educativa es más alta entre las mujeres que entre los hombres. 10. SEP/ANUIES. Datos básicos de educación normal en México. México s/f. dgenam. Aunque en 1600 don Gaspar Zúñiga y Acevedo, conde de Monterrey, expide la "Ordenanza de los maestros del nobilísimo arte de leer, escribir y contar", no es sino hasta 1822, cuando la Compañía Lancasteriana promueve la formación de maestros. Las primeras escuelas normales que se fundan en México se ubican, curiosamente, en los centros mineros, como Oaxaca (1824), Zacatecas (1825), San Luis Potosí (1849), Guanajuato (1871) y Estado de México (1882), entre otros lugares. 11. Elizabeth Badinter: xy. La identidad masculina, Madrid, 1993, Alianza; Moisés Contreras Hernández: "Proyecto de estrategias docentes para la formación de profesores de educación básica" (1994, en prensa) , "Los retos de una utopía... (1994)" y, "La formación de profesores en el Estado de México en el contexto de la práctica educativa" (1995). 12. Calvo, 1979 y 1994; Reyes y Zúñiga, 1994; Contreras, 1991 y 1994 a, c, d y e; y Velázquez, 1995; Elizondo, 1993; Sandoval, 1994; Arellano y Lugo, 1995; Cruz Cruz, 1995; Schmelkes, 1994; Silva Ruiz, 1994; Ezpeleta, 1989; Fernández, 1992. 13. Al respecto, los años cuarenta y cincuenta marcan un parteaguas en el proceso de desarrollo del país, toda vez que el cambio de proyecto de nación surgido de la Revolución mexicana se orienta hacia la inserción al modelo de capitalismo dependiente, bajo la ilusión del desarrollismo industrializador. Éste nos permite identificar ciertos elementos para replantearnos las condiciones que impulsarán el cambio de relaciones sociales en las próximas décadas. Ahora vemos con asombrosa preocupación cómo la demografía, en su relación campo/ciudad, ha invertido sus porcentajes absolutos y relativos a finales del siglo xx: en 1930, el 82% de la población mexicana era rural, y para 1990, el 71% vive en centros urbanos, fundamentalmente en el Distrito Federal y en las zonas metropolitanas de las principales ciudades, como Guadalajara y Monterrey. 14. El excelente trabajo de compilación de Tino Villanueva: Chicanos, México, 1986, fce, muestra, a través del trabajo histórico, el ensayo y la literatura, diversos momentos de la migración mexicana hacia Estados Unidos. En el mismo tenor, el trabajo de Carlos García Mora y Martín Villalobos Salgado, como coordinadores de la monumental obra La antropología en México, México 1988, inah, particularmente en el tomo 4, analizan, desde la Etnología y la Antropología social, el asunto migratorio. 15. Gobierno del Estado de México: Plan de desarrollo del Estado de México 1993-1999, Toluca, 1993. Como dato indicativo, para 1970 cerca del 35% de la población de la Ciudad de México y más del 50% de la población de más de 20 años no ha nacido en ella. Desde la década de los sesenta se inició un nuevo modelo migratorio: la población de la Ciudad de México se movió hacia la periferia y se unió a la que por primera vez migraba, aumentando así el crecimiento de la zona conurbada. Por ejemplo, sólo en la zona conurbada al DF se asientan más de cinco millones de personas en los municipios de Nezahualcóyotl, Ecatepec, Naucalpan, Tlalnepantla, Cuautitlán Izcalli, Atizapán de Zaragoza y Chalco. (INEGI, 1990). Cada sujeto que migra deberá: a) olvidar volver su mirada al pasado, negando su herencia; b) adscribirse a la fantasía plástica del futuro incierto, al temor altamente paralizante y a la inseguridad de clase; c) no permitirse la debilidad de la nostalgia y mucho menos valorar con generosidad la riqueza del mundo primigenio; d) una vez conseguida la mimetización inicial aunque en el fondo refuerce lo más tradicional de su estructura, deberá insertarse, aunque muchas veces no entienda el proceso, en la nueva estructura, esto lo llevará a elegir entre el pasado y el presente con su carga de futuro incierto, de tal forma que se encontrará entre dos aguas: la incertidumbre será el sello, como marca de agua de la identidad: niega y acepta, reconoce o renuncia y, e) desarrollar un proceso de reeducación altamente lento y doloroso. Cada sujeto que migra expone sus raíces, se encuentra a la defensiva en los nuevos ambientes a los que se enfrenta y fortalece lo más conservador y prejuicioso de su estructura para proteger su identidad en riesgo. El temor es la huella de su megalomanía; la adaptación, el costo de su aventura; cada nuevo riesgo lleva implícita, de forma maniquea, la pérdida de lo ganado, también la degradación de sus propias raíces. 16. Este proceso de bipartición tiene el antecedente en la ideología judeocristiana: la negación del cuerpo por la salvación del alma, es decir, el asesinato de la vida por la fantasía del paraíso celestial, en suma, el sacrificio de lo más preciado: la vida misma. ¿Cómo superar este hecho? La proletarización impulsará la movilidad social por medio de la sumisión, la ambigüedad, el desconcierto y las mitomanías. En ambos casos migrante y proletarizado la inseguridad de clase será la identificación del clasemediero, del triunfador; en otras ocasiones, la dependencia física, social, alcohólica o deportiva, impondrá los límites de la división, haciéndolos más fuertes. 17. Los estudios de Genis, Lommnitz, Jáuregui, Redfiel, Eggan o Esponda, por citar algunos trabajos sobre parentesco y compadrazgo entre diversos grupos sociales, revelan que estas relaciones son profundamente solidarias. Éste es un hecho fundamental en México para insertarse en otros medios sociales, políticos y económicos, diferentes a los del origen. 18. La propuesta de Marcela Lagarde (1989) apunta a considerar sólo a las madreesposas, monjas, presas, prostitutas y locas como cautiverios, sin embargo, en el Taller Educación y Género, Contreras y Cruz Cruz (1994) y Martínez (1995) demuestran cómo la docencia cumple dicha caracterización. 19. La mujer masculinizada a partir de la redefinición de los procesos productivos, de migración y de cultura tratará de fortalecer su feminidad con los viejos y nuevos estereotipos, propugnará en su declaración de independencia por el respeto irrestricto e incondicional a lo que, por formación reactiva y a la defensa, considera que es su identidad. Parte de la batalla consistirá en poner en riesgo lo masculino y en socavar sus cimientos desde la reproducción; más tarde, junto con los hijos, hará frente común y dará paso a la venganza... desde la inconciencia. Ella tampoco podrá mirar con suficiente cordura lo que de masculino posee, en todo caso, la reivindicación será sinónimo de conculcación de un poder adocenado históricamente desde los hombres. 20. El viraje del hombre hacia adentro, a lo espiritual, impulsa la búsqueda de su identidad en direcciones extremadamente pendulares: la renuncia hacia todo lo que recuerde "lo masculino" porque se identifica con autoritarismo, fuerza bruta o indiferencia, actitudes que las mujeres han demostrado que son signos de primitivismo o atraso y que los hombres han aceptado como tales, sin pensar que la redefinición lleva implícita una serie de efectos e impactos sociales: I) la espera evasiva identificada con la actividad laboral a destajo, producto de la crisis económico social, casi permanente de las últimas décadas, II) la hiperespecialización compulsiva, impuesta por el capital, la industrialización y el desarrollo científico tecnológico, III) la contemplación acrítica del mundo a través de los medios masivos de información y, IV) el consumismo material y espiritual, han dado por resultado la pérdida de la esperanza y han incrementado la violencia, las mitomanías, el fundamentalismo y la soledad. 21. Fromm, Horkeimer, Parsons (1970); Gabriel Careaga (1980); Jean Gaudemet (1987); Maldonado, et. al. (1993); Monsiváis (1981); Contreras (1994), entre otros, revisan cuidadosamente los cambios extraordinarios ocurridos en la "sociedad occidental", y en México en particular. Martínez Vázquez, Griselda: "La mujer en el proceso de modernización en México", en El Cotidiano, Mujeres. México, Marzo-abril, 1993, UAM. pág. 19. Por ejemplo, "de 1970 a 1990 la contribución de las mujeres en la PEA total pasó de 19.04% al 23.59% lo que significó un incremento del 112.7% a diferencia de la tasa de crecimiento masculina que fue del 76.6% en ese periodo de 20 años." 22. Como muestra anotaremos que Tlalnepantla tenía en 1917 un total de 1 200 habitantes y para 1980 su población es de 810 000; sólo en los últimos treinta años su población creció geométricamente a más del 100% por década. 23. Dirección General de Educación Normal y Actualización del Magisterio (DGENAM): Datos monográficos de las Escuelas Normales en el DF, México, 1994. La entrada de las mujeres al campo educativo es proporcionalmente inversa a la masculina. El ingreso diferenciado obedece a cuatro causas fundamentales: I) la Revolución mexicana (se calcula que más de medio millón de hombres murieron), las mujeres tienen como misión la reconstrucción de la Patria, sus habilidades tradicionales les permitirán laborar en la docencia, en la salud y en los servicios, todas éstas, actividades propias de su género; II) la Segunda Guerra Mundial y la transformación científico tecnológica a que da lugar, impactan profundamente a la sociedad nacional; nuevamente en el país, mujeres y hombres se preparan llenos de estupor y esperanza, ante la expectativa de la guerra y el cambio de relaciones financieras, productivas y socioculturales; III) la migración y el crecimiento demográfico, aunado al desarrollo del feminismo, reeditan los estereotipos intergenéricos; IV) el impacto del capital financiero, promueve nuevas formas en las relaciones productivas y en la definición de las fronteras nacionales. Parece ser que la docencia es una profesión femenina y feminizante, toda vez que en las Normales se forman principalmente mujeres para realizar una actividad considerada femenina (75%, laborando: Sandoval, 1990; 90% en tránsito: Contreras, 1991; es importante señalar que para 1993 no había un sólo hombre inscrito en las Normales particulares del DF, mientras que la relación hombre/mujer se mantiene más allá del 50% en el conjunto de escuelas Normales privadas y públicas. 24. Durante la década de los cuarenta, la demanda sindical propuso el incremento salarial al magisterio, la respuesta de la sep fue la reducción de la jornada de trabajo pero el no incremento de los salarios, de tal forma que la cantidad de funciones y actividades de los maestros ha ido siempre en ascenso (recuérdese cómo se utiliza al magisterio para desarrollar una enorme cantidad de campañas y actividades que los sucesivos gobiernos e instancias públicas han sido incapaces de cumplir, por ejemplo: Cruz Roja, Vacunación, Reforestación, entre otras). Con la firma del Acuerdo Nacional para la Modernización de la Educación Básica (1992) se perfila el calendario escolar de 200 días, que, en una conversión muy gruesa, equivale aproximadamente a 40 semanas de 4.5 horas por día. 25. Contreras (1994: 1993), Polvo y Ortega (1990); Lugo y Arellano (1994); Cruz Cruz (1994), Ruiz (1994), proporcionan más elementos en cuanto a la estructura y organización de la familia de origen de los maestros. 26. Deolidia Martínez. El riesgo de enseñar. Fundación SNTE para la Cultura del Maestro Mexicano, AC. México, 1992. En este tenor, Elsie Rockwell (1985). En otro orden, a partir de 1984 (Federación; 1985, Estado de México), con la instauración de la licenciatura, la edad máxima de ingreso a la Normal es de 18 años. |
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