
Notas sobre la práctica docente
Rubén Zataráin Mendoza*
* Investigador y asesor del Instituto Superior de Investigación y
Docencia para el Magisterio(ISIDM).
El aula de una escuela pública, lugar donde se objetivan las
relaciones docente-alumnos con el conocimiento socialmente construido, es el espacio
físico donde pueden generarse algunas lecturas del impacto real modernizador de la
educación mexicana.
Prueba operativa, perfiles de desempeño, didáctica crítica,
investigación participativa, programas por asignaturas, guías del maestro, cursos
"emergentes" de actualización, acuerdos 165 y 200 de evaluación,
obligatoriedad de la educación secundaria, carrera magisterial, Consejos Municipales de
Participación Social en Educación, federalismo educativo, Acuerdo Nacional para la
Modernización de la Educación Básica y Normal (ANMEB), entre otros, configuran el
escenario donde deviene la cotidianidad de quien hace docencia por profesión en el
Sistema Educativo Nacional.
Maestro-alumno/alumno-maestro: interacción necesaria, relación
proconocimiento uni o bidireccional de la comunicación, verticalidad u horizontalidad de
la interacción, empatía, antipatía o indiferencia en la afectividad, sujetos que se
imbrican en la relación educativa. Relación que se espera sea facilitada, generada,
promovida o dinamizada por el sujeto docente. El docente, categoría necesaria para la
comprensión de los procesos y en no pocos casos figura retórica en el discurso.
Ser docente además de la implicación ontológica y
sociológica incluye sobrellevar una problemática diversa: número de alumnos,
aprovechamiento efectivo, calidad didáctica, flexibilidad y "libertad"
programática, compromisos extraclase, carencia de insumos didácticos y en algunos casos
arcaicas formas de organización escolar y limitación de espacios adecuados para la
promoción del aprendizaje.
El ser docente es también criterio de evaluación social con y a
pesar de la utópica revalorización del magisterio. Así, el docente es blanco y
objeto de añejas críticas de los diversos sectores de la sociedad, los que conocen y los
que tienen por sistema hablar sin competencia. La trinchera desde la que se lanzan
proyectiles de distinto calibre es la calidad. El paisaje presenta interesantes matices
del negro al gris, pues enunciar insuficiencias y catalogar negativamente los procesos y
los quehaceres no es difícil a legos y sapientes. Estos, al lanzar juicios superficiales
operación intelectual poco profunda dificultan la búsqueda de alternativas
de solución y autolimitan su propuesta.
El filos pedagógico, la autoestima profesional en un gremio
politizado, urbanizado y feminizado, va acorde con los tiempos críticos posmodernistas,
con la credibilidad en el sistema y con la relación peso-dólar; esto es: a la baja.
Sin embargo, la formación de la niñez y juventud no puede ser
desencanto sexenal. En el magisterio, hay esfuerzos que pueden ser valorados y recursos
humanos preparados cuya energía puede ser desplegada.
La teoría del péndulo, característica del accionar político
nacional, fluctúa de lo negro a lo blanco, de lo cercano a lo lejano, de lo bueno a lo
malo, de lo excelente a lo pésimo; y ha de ser superado en ambos extremos. Existen
problemas es innegable, existen inercias, es cierto; pero también existe toda una
tradición de trabajo, una práctica educativa digna de ser rescatada y proyectada hacia
nuevas acciones.
Paul Roubin señala: "La iluminación de la humanidad no se da por
descubrimiento de la verdad sino por emancipación del error". En este horizonte, la
práctica docente ha de ser redimensionada y sometida a rigurosos análisis para
posibilitar estrategias reales de transformación. A los verbos asistir, enseñar,
aprender, evaluar, planificar, actualizar, dosificar y motivar, el profesor habrá de
agregar los de analizar, investigar, proponer e intervenir.
Más allá de la modificación de planes y programas en educación
básica; de la multiplicación de opciones formativas para docentes que en Jalisco llegan
al posgrado; de la enajenación del trabajo por la carrera magisterial; del protagonismo
de líderes sindicales y autoridades oficiales; de la ensalada teórica y pseudooperativa
que va desde la didáctica crítica y la investigación participativa hasta la calidad
total; más allá de la sucesión de secretarios en el ramo educativo de los últimos seis
años: Bartlett, Zedillo, Solana, Pescador Osuna, Alzati y Miguel Limón, que ilustran la
discontinuidad y muestran un proyecto educativo endeble, deberá retomarse el sentido del
quehacer formativo y asumir que la transformación educativa -llámese reforma,
revolución o modernización- es un proceso lento que habrá de superar la dimensión
retórica, el activismo ingenuo, la falta de continuidad y la acción de escaparate.
La actualización masificada de docentes de educación básica a partir
de la reforma educativa de principios de los 70, la modificación de planes y
programas de estudio de la educación Normal a mediados de los 80, la reformulación
de contenidos y materiales de estudio para la educación primaria y secundaria de 1993,
ilustran pinceladas de diferente colorido y significación desde la política-planeación
educativa y la teoría pedagógica curricular. La inercia es bastante y el cambio
sustancial en el hacer educación es poco visible. No hay entonces bálsamo de Fierabrás
que lleve por la vía corta a la modificación de actitudes, decires y haceres docentes,
según Pierre Ducros "la dinámica del cambio es profundamente contradictoria. Quien
dice cambio dice a la vez temor y deseo de cambiar". Esta paradoja del cambio si no
es considerada en la formación de docentes puede generar muchos fracasos y desalientos;
la ciencia pedagógica, la discusión mundial acerca del perfeccionamiento docente tienen
bastante que aportar al campo de comprensión del fenómeno.
Durante las tres últimas décadas, la explosión de la matrícula y la
consecuente inclusión masiva de personal de distinto perfil y vocación, complejiza el
proyecto de actualización y cualificación del servicio. A nivel de discurso oficial, por
lo menos en los tres últimos planes nacionales de desarrollo y en los dos últimos
programas específicos del sector, hay alusión explícita al concepto de calidad de la
educación y se relaciona fuertemente la misma con la competencia profesional del docente.
Hacia este derrotero han concurrido acciones en cascada de las autoridades educativas
jaliscienses y hacia esa dirección la suma de buena voluntad y trabajo de equipos
técnicos operativos.
Sin embargo, el impacto real de tales acciones, objetivadas en cursos,
cursillos, reuniones de análisis y otros, no trascienden a la velocidad necesaria la
impermeable práctica educativa. Circula conocimiento, se lee más ciencia de la
educación, se habla bastante del sector en los medios de comunicación, se producen en
serie generaciones de analistas e intervencionistas de la práctica directiva-docente,
maestrantes versados en investigación, pedagogía, psicología social, planeación,
sociología; se promueven licenciaturas en educación preescolar, primaria, secundaria; se
crean al vapor pseudodoctorados y otros aderezos con fines de lucro y protagonismo
personal. Pero el circuito de bienes culturales queda a nivel de circulación, de débil
consumo y de escasa o nula producción. Ponderado el nivel de desarrollo del sistema de
superación magisterial desde la perspectiva piagetiana se estaría en el estadio
preoperatorio y desde la visión comtiana, estaríamos lejos del estadio de las sociedades
científicas o positivas.
¿Es válido entonces afirmar el fracaso de la
actualización-formación de docentes? Para los hermeneutas ingenuos, los
apologistas-usufructuarios del estado de cosas y los líderes sindicales alienados y
alienantes, la respuesta es negativa y hay seguridad de que se avanza. Para otros se está
haciendo algo, pero esa acción no incide en la problemática estructural que determina el
hacer educación en el espacio concreto donde cada uno se encuentra parado. Del resultado
en el examen social de eficacia-eficiencia dan fe la niñez y juventud que hoy vive
cotidianamente en nuestras escuelas.
Un ejemplo tomado de fuentes oficiales: los datos estadísticos arrojan
en el recién concluido ciclo escolar el 6.47 y un 29.44% de reprobación en los niveles
de primaria y secundaria respectivamente; en deserción se estima que en preescolar se
genera el 8.8%, en primaria el 5.09% y el 8.68% en secundaria. Así, se explicita en el
diagnóstico del nuevo Plan Estatal de Desarrollo que la eficiencia terminal en secundaria
se ubica en el lugar 28, entre los estados, y los índices de deserción y reprobación
son mayores que los promedios del país.
Aunque los indicadores anteriores no ilustran tragedia, sí dejan
frías algunas buenas intenciones y minan la confianza en la gestión del sistema,
concretamente en la esfera de acción que nos atañe en las presentes líneas.
En una coyuntura histórica donde hay un magisterio cautivo, de
vocación determinada por la sobrevivencia en tiempos de crisis económica-social, en un
momento en el que se impone una concepción reduccionista, ritualista, inmediatista y
enajenada acerca de la formación-actualización del maestro (manuales, cursillos,
talleres, métodos, técnicas, modelos, diplomas, constancias, carrera magisterial...) es
fundamental recuperar el imperativo categórico de una formación integral, científica y
exigente de los educadores; recuperar inteligencia, creatividad y experiencia como insumos
de la propia práctica educativa; discutir los temas básicos del ser y hacer docente sin
cuya interpretación y comprensión, los métodos, técnicas de enseñanza posmodernos,
insumos y tecnología de punta caen en terreno estéril.