Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación

No. 7

(siete)

SECCIÓN

páginas

de la 58 a la 59 de 64

los efectivos

Guadalajara, México - Diciembre de 1995

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Juan Luis Vives

(Tomado de Tratado de la enseñanza. Edición de La Lectura. Madrid, 1923)

Juan Luis Vives

Juan Luis Vives

 

A partir de este número, incluimos esta nueva sección, desde donde se pretende recuperar los aportes más importantes y significativos en relación con la cultura pedagógica de eméritos y reconocidos maestros, que a pesar de la distancia cronológica de sus aportaciones, su pensamiento puede servir como una herramienta que nos permita analizar la evolución de la pedagogía en general: los efectivos. Vaya pues, esta pequeña probadita como una invitación a que el lector profundice posteriormente en sus obras.

 

Nace en Valencia, España, en 1492. En 1509 inicia sus estudios superiores en París,   pero debido a la rigidez escolástica que predomina en la Sorbona, en 1512 se traslada a Bélgica para estudiar primero en Brujas y luego en Lovaina.

Allí traduce a los clásicos, especialmente a Cicerón y Plutarco. Entabla amistad con Erasmo de Rotterdam, con quien revisa y comenta la obra de San Agustín, La ciudad de Dios. Vives y Erasmo se hacen acreedores de la hostilidad de elementos oficiales del catolicismo, al grado de ser tratados de herejes. En 1522 Vives se ve obligado a viajar a su país natal, por razones familiares, y a la muerte de Antonio de Nebrija le es ofrecida la cátedra de latinidad en Alcalá de Henares. Un año después viaja a Inglaterra, donde es promovido doctor en la Universidad de Oxford y nombrado profesor de humanidades.

En las cortes inglesas desempeña el cargo de preceptor de los príncipes. En 1524, Vives contrae matrimonio con Margarita Valdura, parienta suya. Posteriormente, en forma alternada, continúa viviendo y enseñando en Brujas, Bruselas y Lovaina. Carlos V le otorga, en 1532, una pensión pues económicamente siempre estuvo mal. Juan Luis Vives muere en 1540 a consecuencia de cálculos renales y fiebre.

Los escritos del autor abarcan amplias y variadas ramas del saber. Su contribución a la pedagogía se registra en la obra La instrucción de la mujer cristiana, que significa una reivindicación de la pedagogía femenina. Para el autor, la virtud cristiana y la cultura intelectual se apoyan mutuamente en la educación femenina. Sin embargo, su aportación principal queda consignada en su Tratado de la enseñanza, donde nos dice que el maestro es el indicado para investigar sobre la capacidad de sus alumnos y para designarles la ocupación conveniente. Si alguien no sirve para las letras, que renuncie y se consagre oportunamente a la profesión para la cual se juzgue adecuado y en la que trabaje con mayor provecho. Sólo por selección cuidadosa se logra lo que los griegos llamaron "educación perfecta".

Juan Luis Vives se desenvuelve dentro de la corriente renacentista, que a grandes rasgos se caracteriza por el estudio de la vida y las costumbres del hombre basándose en los clásicos grecorromanos, en contraposición con los sabios medievales, para quienes lo más importante son las prácticas religiosas y el estudio de la teología.

 

El tratado de la enseñanza

Fines que deben proponerse al llevar al niño a la escuela / Diagnóstico de la índole y disposiciones de cada uno / Si conviene educarle en casa o en la escuela / Cuestión muy antigua que aquí trata el autor detenidamente.

Cuando un padre lleve a un niño a la escuela, hágasele ver que no ha de acudirse a las letras como un medio de procurarse un sustento de la ociosidad, fin indigno de trabajo tan elevado. Si el maestro confirma con sus obras y vida entera esta máxima, será fácilmente creída por los demás; en caso contrario, medrada confianza abrigarán los padres con la prudencia y probidad futura del alumno, viendo que quien ha de ser su ejemplo demuestra las cualidades opuestas.

Antes bien se le debe manifestar que el objeto de los estudios es hacer al joven más instruido y mejor por lo tanto. Durante uno o dos meses permanecerá en la escuela para examinar sus dotes mentales; y los maestros se reunirán aparte cuatro veces cada año para hablar y preguntarse mutuamente sobre la capacidad de sus alumnos y para designar cuál sea la ocupación que según las individuales disposiciones conviene a cada uno de ellos.

Decía Cicerón de Apolonio de Eblebanda, maestro de retórica: "Aunque era de pago su enseñanza, no consentía que perdiese tiempo a su lado quien no había de resultar buen orador; al despedirle solía aconsejarle dedicarse a la profesión para la cual le consideraba más apto".

Lo mismo que el profesor pagado deben conducirse los doctores gratuitos; los filósofos y teólogos hacer lo que el retórico; los cristianos lo que el gentil, impidiendo que se pierda tiempo y dinero, y que de las letras sólo se obtenga ignorancia y un conjunto de errores que hagan del hombre una bestia herida que se deja suelta en la sociedad.

Realizada debidamente la enseñanza, respetarán los indoctos a los sabios como a dioses venidos del cielo, mirarán sus escuelas cual lugar sagrado y honroso habitado por alguna deidad, como antiguamente lo fueron Helicón y el Parnaso. Cosa es muy indigna, bien pensado, que se burlen de nosotros y desprecien, a causa de nuestros hábitos y torpeza. Las personas sin instrucción, siendo lo peor del caso que es con justicia. Mas no podría tolerarse que a menudo tienen sentimientos más moderados los campesinos, los zapateros y carpinteros, las gentes inferiores, que muchos intelectuales.

A una escuela bien gobernada no sólo habrían de acudir los niños, sino aún los mismos viejos, como refugio, huyendo de las tempestades que la ignorancia y los vicios producen; a todo el mundo atraerían los buenos maestros con esa especie de majestad y autoridad que respiran; y de mayor provecho para los oyentes sería esa confianza y respeto, que los golpes y amenazas; más punzante el estímulo para el estudio, y motivo para obedecer a los preceptores, la admiración de su talento y virtudes.

Tal será la verdadera Universidad, esto es, "una reunión y convenio de personas doctas al par que buenas, consagradas para hacer iguales a ellos a todos cuantos allí acudiesen para aprender"; no bastando que sean buenos algunos si hay muchos malos, porque éstos los vencerán en número, intrigas y audacia, vemos, en efecto, que suelen adherirse los discípulos a quien más condescienda con ellos.

Se ha discutido dónde es preferible dar la enseñanza, si en casa o fuera de ella. Siendo una escuela tal como la hemos descrito aquí sería muy provechoso instruirse en ella desde temprano, a seguida de la lactancia para asimilarse buenas costumbres pronto, y desechar como cosa nueva las detestables, a semejanza de cierto discípulo de Platón que viendo a su padre colérico., se extrañó y ofendió mucho, asegurando no haberlo visto nunca en su maestro. Ahora, tal como son hoy los lugares donde se estudia, la dificultad de resolver es mayor de lo que se cree; y puede la cuestión establecerse el domicilio, el país y el extranjero.

Lo esencial es que el niño se acostumbre a complacerse con las buenas cosas, a amarlas, y al contrario, disgustarse de las que no lo son y aborrecerlas; también tiene importancia en todo caso el que se acomoden las explicaciones a la capacidad infantil, que no consiste más bien el aprendizaje en una costumbre que penetra dulcemente, perdurando todo el resto de nuestra vida las sentencias que oímos en aquella edad, particular cuando se confirma luego mediante la razón. Además, son los pequeños algo de naturaleza simiaca y propensos a imitarlo todo, principalmente a quienes consideran digno de ello, padres, ayos y maestros.

Por eso heredamos, de quienes debíamos recibir un espíritu sano, uno corrompido por los elementos que acabamos de mencionar.

Es muy conveniente que atienda con esmero el padre a las costumbres de su hijo, más aún que a la herencia misma; téngala o no, son aquellas de mayor importancia y en primer lugar debe estar la probidad, porque las riquezas "pronto las adquiere el bueno y las disipa el perverso". Así la razón como las sagradas Escrituras demuestran con preceptos y ejemplos que el Señor pedirá a los padres cuenta de la educación de sus hijos; por esto al tratarse de la enseñanza deben recapacitar seriamente sobre este punto decisivo; ver si hay en la familia quien pueda ejercer influjo nocivo en la tierna mente del niño, y en tal caso separarlo del lado de éste, siendo posible, y de no serlo, enviarle fuera a instruirse.

Eso hacían los antiguos romanos, llevando sus hijos junto a algún varón principal de gran respeto y santidad para habituarle a la disciplina; así fue llevado Cicerón a Q. Escévola, muy distinguido por su linaje, dignidad y riqueza; ni rehusaban los ancianos esta carga a causa de la grandísima utilidad finalmente para el bien general, pues el futuro Estado no había de ser otro, desaparecidos ellos, que como fuesen los niños o jóvenes que quedaban. Como pocos o casi nadie piensa en el bienestar común, todos desdeñan esa función que en modo alguno debían despreciar, sino, antes bien, desear y admitir por amor a su patria, concepto que ni siquiera se comprende en la mayor parte de las naciones. Tal es el egoísmo en que solemos vivir.

 

Influencia del trato diario paterno

Todo resulta mejor en el país propio; se crían más sanos los cuerpos jóvenes y con mayor provecho para mantener el vigor creciente; es más liberal y pura la educación entre personas ancianas y prudentes, sin contar con que el trato diario paterno impide perder su cariño mutuo, a la par que se renueva cada día el directo de la patria potestad con la continuidad de posesión; crece el cariño si el menor es bueno y observa en su padre muestras de honradez y sabiduría, difundiéndose entre ambos el amor natural de la sangre común; si aquél es malévolo y hay que emplear el miedo, no hay como el de los padres y allegados que se adquirió desde la lactancia y aumenta con la edad.

La mayoría de los jóvenes no se inducen al bien más que por respeto a los padres y por facilitarles motivos de alegría, según dice Plutarco de M. Coriolano; y aún estando en los países más remotos, el recuerdo de aquéllos sirve a muchos de gran estímulo para imitar allá su conducta.

Los amigos y allegados procurarán explotar el entendimiento del niño buscando sus aptitudes dominantes; ya de ello dará él mismo continua muestra; si no sirve para las letras, que renuncie a malgastar la hacienda, y lo que es peor es, el tiempo, y se consagre oportunamente a la profesión para la cual se juzgue adecuado y en la que trabaje con mayor provecho.

Es razón entonces de contener en su origen los vicios que asoman; el espíritu tierno podrá formarse para lo bueno; dentro del país es fácil que la autoridad de los padres, parientes y amigos pueda conservar en el discípulo el respeto a sus preceptores.

Menor motivo de corrupción existe en esa edad cuando se tiene cerca a personas interesadas en su educación que traerán de nuevo al buen camino a quien empieza a descarriar, con mano blanda y cariñosa; también será auxiliar el respeto adquirido hacia los mayores desde la infancia, confirmado con el tiempo. Así, por impulso y ley natural sigue actuando el amor filial, que no es lícito pensar se desarraigue en la voluntad del joven; en ese caso lamentable "habrá de mostrarse a sus ojos y alrededor de sus espaldas la saludable vara de la disciplina" que el sabio Salomón ponía como principal bien y saludable remedio de aquella edad. Con ello crecerán en la unión de la vida familiar el cariño de los padres y a la patria, por cuyo bien ha de mirar como el primero y más caro deber favoreciéndola con todo su esfuerzo.

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