Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación

No. 7

(siete)

SECCIÓN

páginas

de la 53 a la 54 de 64

... el recreo

Guadalajara, México - Diciembre de 1995

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El Profeta

Gloria Velázquez*

* Tepatitlán, Jalisco (1947), estudió Letras en la UdeG, Ciencias de la Comunicación en la UAM-Xochimilco, realizó el posgrado de Letras Iberoamericanas en la UNAM. Ha publicado artículos literarios en diversos diarios y semanarios de Guadalajara y de la ciudad de México.

Entró a la antesala de el Paraíso, caminó hacia el fondo y a la derecha. Empujó la puerta cantinera y se vio a sí mismo. Las dos hojas de la puerta seguían moviéndose. Tocó su barba de tres días y el bigote. Abrochó el botón del cuello de la camisa para ocultar los rastros de sudor y humo de la ciudad concentrados en rayos verticales y horizontales. Inclinó la nariz, escuchó risas y una carcajada que provenían de una de las mesas. Clavó la nariz en el viejo saco de casimir, pasado de moda. No era loción a lo que olía. Volvió a olerse el sobaco derecho y sonrió. Con una servilleta de papel se limpió los dientes. Volvió a sonreír con una carcajada interior. Abrió una puerta metálica y entró a descansar a sus anchas. Dio un suspiro. Salió a lavarse las manos, las uñas bien cuidadas, y volvió a verse en el espejo. Salió del centro de lo que ellos llamaban el Paraíso y anduvo por la antesala, satisfecho de haber visitado el único, el auténtico, el universal Paraíso. Buscó una mesa que tuviera una silla desocupada.

 

El profeta llegó

Como era su costumbre pidió una cerveza Estrellita. Mientras la traían tomó el periódico y echó un vistazo por el mundo. Recibió la buena Estrella en ayunas, encendió el primer cigarro de la mañana. Mientras se decía que no había mayor placer que tomar una cerveza en ayunas, escuchaba la charla entre los tres hombres: problemas del país, América Latina, Oriente, Europa ex-oriental y ex-occidental, África, el hambre, el cólera, el SIDA, la contaminación, la deuda exterior, el agujero de ozono, el niño de Tlaquepaque asesinado por no entregarle al ratero su cachucha, el "yo por eso eduqué a mis hijos para que no corran si alguien los asalta", "es mejor darles lo que traes", el "yo opino que...", el "tú no opinas nada porque no tienes hijos", el "tú no tienes madre y yo no digo nada".

A la cuarta ronda de cervezas apareció un platón con botana. Los tres hombres tomaron su pata y una tostada. Algunas patas tenían pelos. Luego le pasaron tres patas sobrantes al Profeta. Lo dejaron comer la carne avinagrada y fueron bajando las voces hasta tocar el silencio absoluto. El Profeta, después de haber comido, habló, como si se tratara de un "Brindis del Bohemio", numerito con el que se había iniciado en el oficio de profetizar:

—El juicio, en tu caso, –le dijo al hombre que tenía a su izquierda–, no se va a resolver a tu favor. Primero, porque tu hermano tiene más dinero que tú. Déjalo que gane, que él se quede con la casa que ahora está intestada; mira, al final ninguno de los dos se la va a llevar al Paraíso. O vende la casa donde vives... arriésgala y apuéstala. Apuesta todo lo que tienes y por todos los medios posibles gánale. Cuando uno quiere ganar, gana. Cuando uno se desanima, pierde. Así, ganas la casa de tu padre pero pierdes la tuya; te quedas igual que antes con la satisfacción de ser el ganador, del otro modo serías el perdedor... pero no arriesgas, no pasas corajes, y aquí, tus amigos te invitan una cerveza.

—A ti, –le dijo al siguiente–, lo que te digo es que tienes dos posibilidades, pero puedes tener tres; una es que sigas con tu mujer y te hagas de oídos sordos; sigues viniendo al Paraíso por la mañana, en la tarde andas por el Purgatorio de las chambas y en la noche aguantas el infierno. La casa de uno siempre es un infierno y que levante la mano el que no esté de acuerdo. Dos; dejas a tu mujer, la dejas con papeles, no así como así. Trabajas mañana, y tarde, y noche, para que puedas vivir y darle el chivo: pierdes el Paraíso de tiempo completo, aunque de vez en cuando puedes venir. Tres, la dejes y nos dejas: pierdes totalmente el Paraíso, te vas lejos... al limbo, a donde nadie te conozca, donde te convertirás en sombra de cantina, en hombre solo, apestoso, pediche, sin otra ilusión que tomarte una cerveza en ayunas; al principio desesperado, después ni desesperado ni nada... vacío, con los ojos puestos en el suelo. Aquí eres tú, tienes un lugar en el Universo, tienes un lugar en el Paraíso, de nadie es esta silla más que tuya.

Al tercero le profetizó que una nube negra se detendría sobre su casa. El hombre, inmutable, ni siquiera preguntó por qué. El Profeta siguió: —...todo lo que sube, baja. Una época de prosperidad y favores tiene su contrario. En tu vida siguen los tórnales. Te toca tornar, regresar los favores recibidos o los otros harán mutis en tu vida. Te sigue una época de malas rachas, te caerá el chahuistle, las siete plagas de Egipto llegarán a tu jardín. La envidia se empezará a apoderar de los otros cuando te nombren Secretario de Gobierno: perderás tu silla en el Paraíso; perderás tus amigos; no cagarás como Dios manda; no podrás meterte el dedo para sacarte un moco de vez en cuando, siempre te observarán; no irás al Baratillo los domingos a buscar un libro raro, una revista vieja o a comerte un plato de barbacoa por la avenida Ávila Camacho. Si aceptas ese puesto en el gobierno, sabrás que la tormenta ha llegado.

—¿Y tu profecía para hoy, para ti mismo?, –preguntó el hombre de la diestra.

—Para mí no hay profecía. El Paraíso es mi casa. Yo pregunto, quién va a pagar mi cuenta y cuantas cervezas puedo pedir.

Los tres hombres guardaron silencio. El hombre flaco del frente dijo: —yo pago tu cuenta si nos lees el mural, pero lee bien, ayer no dijiste nada interesante, estás perdiendo agudeza visual.

El Profeta siempre interpretaba la pintura mural de la pared, atribuida a José Clemente Orozco. Se decía que la habían borrado por la cantidad de obscenidades que saltaban a la vista. El mural no existía, pero el Profeta recordaba trozo a trozo, tonos, líneas, y describía el mural como si los clientes del café El Paraíso lo tuvieran a la vista.

El Profeta leyó la pared. El mural era una pintura vieja y con trozos desprendidos. El dueño no había querido resanarlo por temor a parchar El Paraíso. Así iniciaba la historia del mural contada por El Profeta:

—Ahí tienen ustedes que Adán y Eva estaban en El Paraíso. En ese tiempo no se usaban sillas con patas chuecas, ni habían aprendido a hacer manteles de caucho. No había camiones que echaran tanto humo, ni edificios altos, como el de aquí junto que cuarteó al Paraíso. Como ustedes pueden ver, señores, a la izquierda del mural aparece Eva. Seguramente Adán le mamó las chiches tantas veces que se le borraron; textualmente adán se acabó a Eva, se la comió a besos. Por eso Eva no se ve, ella está en Adán. Esa es una teoría de la desaparición de Eva; la otra es que siendo ella tan fea, en vez de pintarse, ella misma se fue despintando hasta que se borró. A la derecha tienen ustedes a nuestro padre Adán, solo. Al revés es nada. Como su nombre lo indica Nada contempla a Eva, que al revés es Eva. El Ave voló. Ave en vuelo y Nada, pues da Nada. Como él Nada, nada. Esas que ven son olas. Este mural es de fama internacional porque es el primer paraíso que muestra al auténtico Adán, Nada y la auténtica Eva, Ave, en el mar. El nada, ella voló.

—Esas manchas de mar, olas que se ven, o si no tienen inspiración meados fósiles de algún dinosaurio que no alcanzó a pararse, asomo de la modernidad, sí señores. El Paraíso es el primer mural del siglo veinte en Guadalajara, anterior al Paraíso de María Izquierdo, la mujer del militar. Las vanguardias entraron a Guadalajara con estos curvilíneos diseños, matices, sugerencias tonales, desplazamientos formales y repetición, eco de líneas, ad infinitum. Culminan en la techumbre con un manierismo concretista, remacha en una ondina de líneas curvas que atrapan a esa araña que ven realmente allí. Contemplen, señores, la unión de lo real maravilloso con el concretismo y el desvanecimiento de la forma. Estos meados que ves compadre, ¿no los ven?, han sido contemplados por los hombres de más preclaro pensamiento jalisciense. Las imágenes están dentro de nosotros, lo que no se ve, búsquenlo en la planta alta de su cabeza, el pen jaus del cerebro. Por eso, de espaldas al Paraíso, de espaldas al mural, puedo enumerar uno a uno todos los objetos: Adán, Eva, el manzano, la manzana, un perro, una perra, una naranja, una zanja, una tanga, una changa, una chancla que Adán no volverá a levantar, una canción: "Levántate, no pidas más perdón...", "Perdón, vida de mi vida...". Señores, dos Estrellas cada uno, no es mucho pedir. Cinco entre los tres, si quieren, soy Profeta de Cinco Estrellas.

El mesero siguió llevando cervezas y botanas. Pero mañana, se dijo El Profeta de Cinco Estrellas, mañana qué diablos les iré a contar.

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