Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación

No. 7

(siete)

SECCIÓN

páginas

de la 50 a la 51 de 64

el recreo

Guadalajara, México - Diciembre de 1995

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La sociedad del engaño

Marco Aurelio Larios*

* Poeta y ensayista. Es investigador en el Departamento de Estudios Literarios (DEL) de la Universidad de Guadalajara (UdeG).

—Tú estás más jodido que cualquiera en este país y te pones a defenderlo.

—Porque lo quiero, –dijo el tío Amador–.

—Yo también lo quiero, pero no lo defiendo –dijo Gregorio Camero–. Eso sería jugarle sucio a la propia desgracia.

Luis Fayad, Los parientes de Ester

I

Se puede suponer que la desgracia propia no es directamente proporcional a la desgracia de la sociedad en la que se vive. Quien así lo deduce halla algo de razón en creer que los asuntos personales se debaten casi siempre en la esfera de lo afectivo, y por lo tanto, resulta más cómodo extender los motivos de la desgracia personal al azar, al accidente o al destino de cada hombre. Pero esto se vuelve engañoso de pronto cuando descubrimos que muchas reacciones afectivas provienen exactamente de una situación social que pudo haber sido distinta si otra fuera la desgracia de la sociedad.

Se puede conjeturar también lo contrario: la desgracia propia se aligera con la mejora de las condiciones sociales. Si muchas de las reacciones afectivas son impotencias contra una sociedad que no termina de resolver sus conflictos, la solución de nuestras desgracias pudiera empezar con las soluciones sociales. Lo cual significa ceder la problemática de la existencia a satisfactores materiales, y por ende, conseguibles según planes y proyectos políticos. Pero tampoco hay aquí una absoluta razón para creer que el bienestar social provoca la felicidad personal.

Quizás la solución de esta bipolaridad humana no se resuelva con un simple raquetismo. La verdad –o la trampa– no necesita estar en un solo lado; ni tampoco se la gana quien mejor mueve su raqueta intelectual. La experiencia de los hombres no excluye nada humano y sus causas –como bien lo apunta Paul Veyne cuando diserta sobre la historia– no son geometrales. Por eso, las desgracias –las propias y las sociales– no constituyen entre sí ecuaciones matemáticas de proporcionalidad, como tampoco se desentienden las unas de las otras. Se afectan recíprocamente, aunque haya momentos en la historia individual y colectiva que se perciban más unas que otras; incluso habrá lapsos en que las primeras se expliquen solo, y solamente, por las segundas. Después de todo, la coincidencia (de desgracias) forma parte de nuestro azar.

 

II

Algo de esto último hay en Los parientes de Ester (1978) del escritor colombiano Luis Fayad, recientemente reeditada por la UNAM.

La novela comienza con la desgracia personal de Gregorio Camero: la muerte de su esposa, Ester, y termina descubriéndonos las desgracias de todos los parientes. Luis Fayad nos hace observar los dobles juegos de la moral clasemediera, de la apariencia pública, del decoro social que mutuamente se imponen los personajes con sus chismorreos y críticas soterradas. Luis Fayad nos adentra en esos juegos familiares del vasallaje, donde el pariente que más dinero posee es el que más influye y gobierna en la voluntad de los demás. La historia sirve para enfatizar que el dinero y la doble moral hacen el peor de los contubernios.

La dinámica de esta obra radica en el traslado vivencial que el autor hace constantemente de un personaje a otro; es decir, las escenas novelescas se suceden de personaje en personaje. Si bien, los hechos y sentimientos de Gregorio Camero ocupan el primer plano en la historia, esta dinámica de traslado nos conduce también a la situación vivencial de los demás personajes (las tías y los tíos de Ester, la hermana de Ester y su esposo libanés, la sobrina y los propio hijos de Ester). Esta técnica narrativa identifica las relaciones familiares como una red de azares y destinos, donde los deseos y las frustraciones de los personajes van conectándose entre sí. Las desgracias de unos se reflejan en las desgracias de los otros. Nadie puede ser feliz sino con trampa y por un momento: son los ardides cotidianos para engañar a la fortuna, aunque con eso se acreciente el adeudo de las desgracias.

Gregorio Camero tiene, además, otra desgracia –quizás mayor que la muerte de su esposa–: la de ser burócrata de salario miserable que no aspira mayor ventura que llegar al día de su jubilación. La suerte de tener un empleo seguro como oficinista no lo parece tanto. Camero se sabe enjuiciado por su hijo cuando suplica al director una prórroga para pagar la colegiatura; su hija quinceañera, incapaz de observar la honradez de su pobreza, lo desprecia por haber sido siempre un hombre falto de agallas para enriquecerse. Gregorio Camero debe vender a escondidas las pocas pertenencias de su difunta esposa.

Y esto sucede igualmente con los otros personajes. La desgracia personal del tío Ángel Callejas, por ejemplo, radica en ocultar a sus parientes que tiene mujer y un pequeño hijo, pero no puede hacer más nada porque ante los demás es un solterón de sesenta años, jubilado y, sobre todo, dependiente de su hermana rica, quien le impone su moral ñoña.

Como en una red, las esperanzas que Gregorio Camero y Ángel Callejas oponen a sus desgracias personales empiezan a cruzarse: planean poner un restaurantito que los saque de sus penurias económicas y modificar en algo su suerte. No quieren suponer la improbabilidad de su proyecto porque las necesidades de la esperanza son mayores a cualquier duda. Así se entrampan mutuamente para creer que el sueño no sólo es posible sino probable.

Conforme avanza la trama de la novela, la suerte de los personajes deja de parecernos menos personal y más social. El desempleo, la jubilación, los malos salarios, sin ser desgracias propias, terminan por desgraciar lo más íntimo de ellos.

Esta novela de Luis Fayad parece querer revelarnos: una vida desgraciada no sólo se debe al azar, al accidente o al destino inevitable, sino también a la mala administración de un gobierno, a la abulia social para modificar las condiciones de existencia, a los excesos de corrupción y violencia que imponen una sociedad de engaño, estafa y fraude. Las desgracias de la sociedad se vuelven endémicas: cada quien las padece a su manera pero las padece. Son los males de muchos que consuelan a tantos -a los que gozan con las desgracias ajenas para engañar las propias-, pero cuyo consuelo no es ninguna solución, ni personal ni social.

Luis Fayad nos narra así el desengaño de Gregorio Camero y del tío Ángel Callejas cuando la realidad rebasa sus esperanzas y se descubren mutuamente que lo del restaurantito había sido un ardid grotesco de la esperanza ante el infortunio:

El tío Ángel no alzó los ojos. Oyó las palabras pausadas que se compadecían de ambos y luego vino otro silencio antes de que Gregorio Camero se levantara.

—Tú no tienes la culpa de nada –dijo–. Por lo menos no eres más culpable que yo. Eso nos pasa por ponernos a pensar pendejadas –se quedó parado con las manos entre los bolsillos del abrigo–. De lo que sí tenemos la culpa es de que necesitamos llegar a viejos para comprender que en este país se necesita mucha honestidad para sobrevivir sin matar a nadie.

 

III

Estos alcances conscientes de los personajes de Luis Fayad redefinen las desgracias personales. Al principio de la novela parecía que el fragor de la vida diaria era un batallar casi solitario y anónimo que cada quien enfrentaba según sus posibilidades humanas, pero hacia el final sabemos –junto con los personajes– que la batalla no es propia ni elegida sino impuesta a la sociedad por algunos cuantos que, como una sociedad pequeña e invisible, actúan y rigen, y terminan imponiendo su diseño de sociedad. A la sociedad concreta le toca asumir los costos de esa otra sociedad interior e invisible sustentada por el engaño y el fraude.

"La sociedad del engaño" se da en las relaciones que establecen los individuos. Incluso domina hasta las expectativas y los sueños más íntimos de las personas. Muchos la recrean y la sustentan; la viven. Otros se defienden de ella con honestidad –como lo hace el ficticio Gregorio Camero– pero no pueden derrotarla. La mayoría la padece en sus desgracias, sin saber distinguir si son propias y accidentales o sociales e impuestas; solamente la sufre y se lamenta siempre. Pobreza, devaluación, mal gobierno se aúnan a enfermedad, soledad, desamor. El engaño se cumple a fondo: nadie tiene la culpa: o bien, en la versión popular e irónica, ‘la corrupción somos todos’. En el fondo sabemos que esto no es así, que no todos participamos del engaño aunque lo padezcamos.

Al pensar que "la sociedad del engaño" es una especie de sociedad invisible en el interior de la real, me viene a la mente aquella frase de Italo Calvino: "De una ciudad no disfrutas las siete o las setenta y siete maravillas, sino la respuesta que da a una pregunta tuya". La idea de Calvino parece positiva y reveladora. Sin embargo, en el orden de las preguntas, las respuestas no siempre son alentadoras. La que más conmueve es la insospechada. Y en este sentido, "la sociedad del engaño" parece una respuesta inesperada.

La metáfora de Calvino es útil para intuir que al interior de una sociedad real se mueven varias "sociedades invisibles" como respuestas a los actos de los hombres. Algunas de estas respuestas dominan más que otras. Y casi no les hacemos caso, mucho menos si son negativas. Pero están ahí sin perder nunca su propiedad invisible. No importa si no las vemos; sabemos de su existencia. Optimistas consideramos que los límites de su extensión no nos tocarán, o que no nos pertenecen, y no podemos identificarnos con ellas. En otras palabras, no las consideramos respuestas idóneas para nuestra sociedad concreta, hasta que de pronto las tenemos tan cerca, tan instaladas en nuestro espacio personal, que nos contaminan y nos hieren en lo más íntimo de nosotros. Llegan a ser también desgracias compartidas, a pesar de los consuelos y de los tontos. Creo que esto les pasó a los personajes de Luis Fayad: se encontraron que la razón de sus desgracias personales era compartir sin remedio "la sociedad del engaño" que ya carcomía a la sociedad real.

Gregorio Camero, Ángel Callejas o Amador Callejas son como los hombres de cualquier ciudad que, más tarde que temprano, comienzan a percatarse de que la "sociedad" donde viven no es la mejor. Al final de la novela –como en la vida real– terminan sintiendo que las desgracias propias ya no son tan personales sino las que impone una sociedad no fácil de derruir: la del engaño.

Y todo esto, de algún modo, se parece tanto a nuestra situación actual.

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