
La sociedad del engaño
Marco Aurelio Larios*
* Poeta y ensayista. Es investigador en el Departamento de Estudios
Literarios (DEL) de la Universidad de Guadalajara (UdeG).
Tú estás más jodido que cualquiera en este país y te pones a
defenderlo.
Porque lo quiero, dijo el tío Amador.
Yo también lo quiero, pero no lo defiendo dijo Gregorio Camero. Eso
sería jugarle sucio a la propia desgracia.
Luis Fayad, Los parientes de Ester
I
Se puede suponer que la desgracia propia no es directamente
proporcional a la desgracia de la sociedad en la que se vive. Quien así lo deduce halla
algo de razón en creer que los asuntos personales se debaten casi siempre en la esfera de
lo afectivo, y por lo tanto, resulta más cómodo extender los motivos de la desgracia
personal al azar, al accidente o al destino de cada hombre. Pero esto se vuelve engañoso
de pronto cuando descubrimos que muchas reacciones afectivas provienen exactamente de una
situación social que pudo haber sido distinta si otra fuera la desgracia de la sociedad.
Se puede conjeturar también lo contrario: la desgracia propia se
aligera con la mejora de las condiciones sociales. Si muchas de las reacciones afectivas
son impotencias contra una sociedad que no termina de resolver sus conflictos, la
solución de nuestras desgracias pudiera empezar con las soluciones sociales. Lo cual
significa ceder la problemática de la existencia a satisfactores materiales, y por ende,
conseguibles según planes y proyectos políticos. Pero tampoco hay aquí una absoluta
razón para creer que el bienestar social provoca la felicidad personal.
Quizás la solución de esta bipolaridad humana no se resuelva con un
simple raquetismo. La verdad o la trampa no necesita estar en un solo lado; ni
tampoco se la gana quien mejor mueve su raqueta intelectual. La experiencia de los hombres
no excluye nada humano y sus causas como bien lo apunta Paul Veyne cuando diserta
sobre la historia no son geometrales. Por eso, las desgracias las propias y
las sociales no constituyen entre sí ecuaciones matemáticas de proporcionalidad,
como tampoco se desentienden las unas de las otras. Se afectan recíprocamente, aunque
haya momentos en la historia individual y colectiva que se perciban más unas que otras;
incluso habrá lapsos en que las primeras se expliquen solo, y solamente, por las
segundas. Después de todo, la coincidencia (de desgracias) forma parte de nuestro azar.
II
Algo de esto último hay en Los parientes de Ester (1978) del
escritor colombiano Luis Fayad, recientemente reeditada por la UNAM.
La novela comienza con la desgracia personal de Gregorio Camero: la
muerte de su esposa, Ester, y termina descubriéndonos las desgracias de todos los
parientes. Luis Fayad nos hace observar los dobles juegos de la moral clasemediera, de la
apariencia pública, del decoro social que mutuamente se imponen los personajes con sus
chismorreos y críticas soterradas. Luis Fayad nos adentra en esos juegos familiares del
vasallaje, donde el pariente que más dinero posee es el que más influye y gobierna en la
voluntad de los demás. La historia sirve para enfatizar que el dinero y la doble moral
hacen el peor de los contubernios.
La dinámica de esta obra radica en el traslado vivencial que el autor
hace constantemente de un personaje a otro; es decir, las escenas novelescas se suceden de
personaje en personaje. Si bien, los hechos y sentimientos de Gregorio Camero ocupan el
primer plano en la historia, esta dinámica de traslado nos conduce también a la
situación vivencial de los demás personajes (las tías y los tíos de Ester, la hermana
de Ester y su esposo libanés, la sobrina y los propio hijos de Ester). Esta técnica
narrativa identifica las relaciones familiares como una red de azares y destinos, donde
los deseos y las frustraciones de los personajes van conectándose entre sí. Las
desgracias de unos se reflejan en las desgracias de los otros. Nadie puede ser feliz sino
con trampa y por un momento: son los ardides cotidianos para engañar a la fortuna, aunque
con eso se acreciente el adeudo de las desgracias.
Gregorio Camero tiene, además, otra desgracia quizás mayor que
la muerte de su esposa: la de ser burócrata de salario miserable que no aspira
mayor ventura que llegar al día de su jubilación. La suerte de tener un empleo seguro
como oficinista no lo parece tanto. Camero se sabe enjuiciado por su hijo cuando suplica
al director una prórroga para pagar la colegiatura; su hija quinceañera, incapaz de
observar la honradez de su pobreza, lo desprecia por haber sido siempre un hombre falto de
agallas para enriquecerse. Gregorio Camero debe vender a escondidas las pocas pertenencias
de su difunta esposa.
Y esto sucede igualmente con los otros personajes. La desgracia
personal del tío Angel Callejas, por ejemplo, radica en ocultar a sus parientes que tiene
mujer y un pequeño hijo, pero no puede hacer más nada porque ante los demás es un
solterón de sesenta años, jubilado y, sobre todo, dependiente de su hermana rica, quien
le impone su moral ñoña.
Como en una red, las esperanzas que Gregorio Camero y Angel Callejas
oponen a sus desgracias personales empiezan a cruzarse: planean poner un restaurantito que
los saque de sus penurias económicas y modificar en algo su suerte. No quieren suponer la
improbabilidad de su proyecto porque las necesidades de la esperanza son mayores a
cualquier duda. Así se entrampan mutuamente para creer que el sueño no sólo es posible
sino probable.
Conforme avanza la trama de la novela, la suerte de los personajes deja
de parecernos menos personal y más social. El desempleo, la jubilación, los malos
salarios, sin ser desgracias propias, terminan por desgraciar lo más íntimo de ellos.
Esta novela de Luis Fayad parece querer revelarnos: una vida
desgraciada no sólo se debe al azar, al accidente o al destino inevitable, sino también
a la mala administración de un gobierno, a la abulia social para modificar las
condiciones de existencia, a los excesos de corrupción y violencia que imponen una
sociedad de engaño, estafa y fraude. Las desgracias de la sociedad se vuelven endémicas:
cada quien las padece a su manera pero las padece. Son los males de muchos que consuelan a
tantos -a los que gozan con las desgracias ajenas para engañar las propias-, pero cuyo
consuelo no es ninguna solución, ni personal ni social.
Luis Fayad nos narra así el desengaño de Gregorio Camero y del tío
Angel Callejas cuando la realidad rebasa sus esperanzas y se descubren mutuamente que lo
del restaurantito había sido un ardid grotesco de la esperanza ante el infortunio:
El tío Angel no alzó los ojos. Oyó las palabras pausadas que se compadecían de ambos y luego vino otro silencio antes de que Gregorio Camero se levantara.
Tú no tienes la culpa de nada dijo. Por lo menos no eres más culpable que yo. Eso nos pasa por ponernos a pensar pendejadas se quedó parado con las manos entre los bolsillos del abrigo. De lo que sí tenemos la culpa es de que necesitamos llegar a viejos para comprender que en este país se necesita mucha honestidad para sobrevivir sin matar a nadie.
III
Estos alcances conscientes de los personajes de Luis Fayad redefinen
las desgracias personales. Al principio de la novela parecía que el fragor de la vida
diaria era un batallar casi solitario y anónimo que cada quien enfrentaba según sus
posibilidades humanas, pero hacia el final sabemos junto con los personajes
que la batalla no es propia ni elegida sino impuesta a la sociedad por algunos cuantos
que, como una sociedad pequeña e invisible, actúan y rigen, y terminan imponiendo su
diseño de sociedad. A la sociedad concreta le toca asumir los costos de esa otra sociedad
interior e invisible sustentada por el engaño y el fraude.
"La sociedad del engaño" se da en las relaciones que
establecen los individuos. Incluso domina hasta las expectativas y los sueños más
íntimos de las personas. Muchos la recrean y la sustentan; la viven. Otros se defienden
de ella con honestidad como lo hace el ficticio Gregorio Camero pero no pueden
derrotarla. La mayoría la padece en sus desgracias, sin saber distinguir si son propias y
accidentales o sociales e impuestas; solamente la sufre y se lamenta siempre. Pobreza,
devaluación, mal gobierno se aúnan a enfermedad, soledad, desamor. El engaño se cumple
a fondo: nadie tiene la culpa: o bien, en la versión popular e irónica, la
corrupción somos todos. En el fondo sabemos que esto no es así, que no todos
participamos del engaño aunque lo padezcamos.
Al pensar que "la sociedad del engaño" es una especie de
sociedad invisible en el interior de la real, me viene a la mente aquella frase de Italo
Calvino: "De una ciudad no disfrutas las siete o las setenta y siete maravillas, sino
la respuesta que da a una pregunta tuya". La idea de Calvino parece positiva y
reveladora. Sin embargo, en el orden de las preguntas, las respuestas no siempre son
alentadoras. La que más conmueve es la insospechada. Y en este sentido, "la sociedad
del engaño" parece una respuesta inesperada.
La metáfora de Calvino es útil para intuir que al interior de una
sociedad real se mueven varias "sociedades invisibles" como respuestas a los
actos de los hombres. Algunas de estas respuestas dominan más que otras. Y casi no les
hacemos caso, mucho menos si son negativas. Pero están ahí sin perder nunca su propiedad
invisible. No importa si no las vemos; sabemos de su existencia. Optimistas consideramos
que los límites de su extensión no nos tocarán, o que no nos pertenecen, y no podemos
identificarnos con ellas. En otras palabras, no las consideramos respuestas idóneas para
nuestra sociedad concreta, hasta que de pronto las tenemos tan cerca, tan instaladas en
nuestro espacio personal, que nos contaminan y nos hieren en lo más íntimo de nosotros.
Llegan a ser también desgracias compartidas, a pesar de los consuelos y de los tontos.
Creo que esto les pasó a los personajes de Luis Fayad: se encontraron que la razón de
sus desgracias personales era compartir sin remedio "la sociedad del engaño"
que ya carcomía a la sociedad real.
Gregorio Camero, Angel Callejas o Amador Callejas son como los hombres
de cualquier ciudad que, más tarde que temprano, comienzan a percatarse de que la
"sociedad" donde viven no es la mejor. Al final de la novela como en la
vida real terminan sintiendo que las desgracias propias ya no son tan personales
sino las que impone una sociedad no fácil de derruir: la del engaño.
Y todo esto, de algún modo, se parece tanto a nuestra situación
actual.