Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación

No. 7

(siete)

SECCIÓN

páginas

de la 20 a la 20 de 64

... nosotros los profes

Guadalajara, México - Diciembre de 1995

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Derechos humanos, menores callejeros y educación

Ricardo Fletes Corona*

* Investigador de El Colegio de Jalisco.

¿Cuál es la relación que existe entre los menores callejeros y educación? En el presente escrito trataré de comunicar algunas reflexiones al respecto, o sea, la relación existente entre unos sujetos, los "callejeros", y un proceso, la educación.

El concepto callejero es descriptivo, refiere a la persona que anda mucho tiempo en la calle o vive en ella. Por supuesto, tiene connotaciones peyorativas. En este caso me refiero a los menores de edad que han hecho de la calle su lugar de residencia o, en el mejor de los casos -o en el menos peor-, el lugar donde transcurre la mayor parte de su vida.

En el trabajo con menores callejeros es comúnmente aceptada una doble clasificación de menores de este tipo, los denominados menor en la calle y menor de la calle. El primero hace referencia a aquél que una parte del día realiza actividades en la vía pública con el objeto de obtener algunas monedas y contribuir a su propia manutención y la de su familia; asiste a la escuela y en no pocos casos es irregular y presenta bajas calificaciones, mantiene relación con su familia o alguno de sus familiares. En el caso del menor de la calle, se considera que es aquel que ha roto el contacto con su familia, ha abandonado definitivamente la escuela, todo su tiempo transcurre en la calle u otros espacios públicos, está ligado a problemas de adicción y a la comisión de infracciones.

Independientemente del tipo de menor de que se trate, las implicaciones que tiene el hecho de que estos menores vivan, toda o parte de su vida en la calle, implica toda una serie de retos y necesidades que toca diferentes campos de las ramas del conocimiento, entre ellas, la jurisprudencia, psicología, trabajo social, educación, comunicación, medicina, etcétera, más aún, evidencian a las sociedades que los engendran y los abandonan a su suerte.

Por otra parte, si educar es, en su acepción más amplia, guiar, conducir, de manera organizada la transmisión de conocimientos, habilidades, valores ¿cómo se puede imaginar que un menor callejero viva un proceso educativo si su educación es al libre albedrío, de sentido común, en la calle, sin un sistema definido? Además, ¿quién lo educa?, ¿cómo se educa? Se puede argumentar, idílicamente, que estos menores aprenden de la vida misma, de la vida en la calle y que por lo tanto desarrollan todas las habilidades necesarias para ello. Pero hay que preguntarse acerca del precio que tienen que pagar estos menores para desarrollar las habilidades para sobrevivir en un medio en donde impera la ley de la selva, expuestos a todo tipo de abusos. El precio que deben pagar los menores, en conclusión, es muy elevado.

Aquí la cuestión viene a ser cómo se educa un menor que vive en la calle y, sin necesidad de hacer un mayor análisis, muy fácil se comprende que ni hay método, ni hay guía, por lo tanto, la calle no es el lugar donde mejor se puede educar un menor. Bien podríamos decir que es el peor, en donde las condiciones existenciales son patéticas y las educacionales francamente ausentes.

¿Qué esperamos entonces como resultado?, ¿por qué solemos pedir a estos menores que dominen habilidades de lectoescritura, de matemáticas, de "buenos modos", si es lo que seguramente menos les hemos ofrecido? Dicho en otras palabras, ¿qué les estamos dando hoy para exigirles mañana?

Parece que a fuerza de verlos cotidianamente en las calles de la ciudad, los hemos identificado como parte misma del ambiente, y no es así; hemos olvidado que estos menores son seres humanos, miembros de una sociedad de fin de siglo, que teóricamente tienen más derechos que obligaciones pero que, prácticamente es lo contrario, es decir, hacen más de lo que se supone deben y están capacitados para hacer: sobreviven en la calle.

Como no es muy válido sólo hacer reflexiones, sin llegar a por lo menos alguna proposición, vale decir que, en principio, hacer un esfuerzo mayor al actual es la tarea, pues hay que poner condiciones diferentes, muy diferentes para estos menores. Obviamente, la cuestión de los callejeros trasciende el ámbito meramente educativo y se seguirá presentando mientras las condiciones sociales y económicas que lo originan se mantengan.

Como una propuesta inicial, y sin que ello implique un enorme esfuerzo más allá del espacio escolar, bien podemos iniciar comentando con nuestros alumnos en el salón de clases al respecto, ver qué opinan ellos; aprovechar la frescura y sinceridad de sus ingeniosas ideas. También podemos –debemos– conocer los 54 artículos de la Convención Sobre los Derechos del Niño (que en cualquier oficina de la Comisión Nacional de Derechos Humanos los podemos obtener), difundirlos, darlos a conocer a los padres de familia y a los alumnos.

Entonces, la relación entre educación y menores callejeros es mínima; sería deseable y es necesario que se estreche cada vez más, iniciando, como lo propongo en el mismo salón de clases y la escuela, con los padres de familia, con los educadores mismos. Esa sería una contribución sobre todo en el aspecto preventivo del problema, con las generaciones actuales, tanto a nivel de padres de familia como con alumnos. Estos últimos en un futuro próximo podrán influir y exigir que no haya menores que vivan de y en la calle, a condición de que logremos despertar su receptividad hacia este problema social; tarea que sólo lograremos si iniciamos difundiendo información sobre los derechos de los niños, lo que a su vez, sin duda, contribuirá al desarrollo de una cultura de los derechos humanos, de la cual los menores deben ser los más favorecidos.

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