
El espíritu romántico como fundamento fantástico
Sergio Guillermo Figueroa Buenrostro*
* Profesor-Investigador, asistente "C", de la maestría en "Literaturas del Siglo
XX", que se imparte en la División de Estudios de la Cultura (DEC) del
Departamento de Estudios Literarios (DEL), de la Universidad de Guadalajara
(UDG). Correo electrónico del autor: buenrostro64@uol.com.mx
La literatura fantástica nace como género en la época del
romanticismo, aunque es indudable que, como afirma Borges, surge con las primeras
manifestaciones literarias de la antigüedad La Iliada, La Odisea, y La Biblia.
El movimiento romántico contemporáneo, floreció en la primera
mitad del siglo XIX y fue de gran importancia para la cosmovisión artística de un mundo
dominado por los grandes avances de la ciencia que no permitía el paso libre de la
imaginación, herencia del siglo XVIII, donde imperaba el racionalismo y, por
consiguiente, el realismo, no la fantasía.
Con el advenimiento de la ciencia se logró crear una concepción
científica del orden racional y necesario de los fenómenos, después del reconocimiento
de un determinismo estricto en el encadenamiento de las causas y los efectos. La
Revolución Francesa, que muchos creyeron que anunciaba la anhelada Edad de la Razón por
el excesivo énfasis del lado racional del hombre, fue atacada de muchas maneras distintas
y en varios terrenos. La revolución no trajo nada positivo para el espíritu romántico,
sólo se había logrado crear una siniestra nueva época donde ya no existía la
posibilidad de los milagros. La única característica positiva era ese espíritu
combativo de búsqueda y aventura. Había que reaccionar ante ese monstruo con una
evasión de la vida cotidiana.
Varios poetas desdeñaban ese tormento de la razón limitante
aseverando que preferían el sentimiento y la fe a el ojo y el cristal de aumento del
sabio. Leopardi colocaba las más altas cualidades del corazón por encima de la razón.
Coleridge sostuvo que sólo el hombre de profundos sentimientos podía alcanzar los
pensamientos profundos.
Se intentó entonces mantener un equilibrio entre las facultades
racionales e intuitivas del hombre, dándole un enfoque nuevo a la naturaleza por medio de
una característica esencial: lo irracional. La intuición como forma estética de
creación era la mejor manera de atacar ese racionalismo que conducía a la desilusión de
la idea de progreso y el derrumbamiento de la esperanza. Novalis en Alemania, Charles
Nodier en Francia colocaron la intuición como fuentes de la visión humana por encima de
la razón.
Los artistas jóvenes y rebeldes del siglo XIX consideraron que la
mejor manera de plasmar su deseo de ruptura con la mentalidad, lo cotidiano y el
racionalismo a ultranza era potenciar estéticamente lo fantástico y lo maravilloso.
De este énfasis estético de lo fantástico el género del terror
adquiere consistencia y comienza a ser considerado como forma culta. Lo sobrenatural, la
leyenda tenebrosa y la balada del terror triunfan con el empuje de la literatura gótica.
El género fantástico quiere recuperar las metamorfosis clásicas y
los esquemas mitológicos para provocar el estremecimiento de lo desconocido. Se
fascinaban más por lo incierto que por lo cierto, el estado salvaje por la naturaleza
cultivada, lo derruido por la construcción ejemplar. Se reivindica el sentimiento, el
instinto y la emoción ante una sociedad para la cual la locura era todavía una
monstruosidad.
Aún así hubo contradicciones no resueltas por el movimiento
romántico: los sueños utópicos para el futuro al lado de una nostalgia del pasado; un
marcado nihilismo acompañado por un ferviente anhelo de fe; La pugna entre la nueva
religión y las nuevas ideologías.