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Guadalajara, México - Diciembre de 1995 |
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La formación del docente: a propósito del amor María Elena Fernández Neri* * Educadora y psicóloga. Investigadora de la Dirección de Psicopedagogía y asesora en la maestría en Educación: Intervención de la Práctica Educativa del Sistema de Superación Magisterial (SISUMA). En discusiones recientes sobre la docencia se han señalado una serie de condiciones y elementos que el maestro(a) requiere para elevar la calidad de su práctica profesional; queremos iniciar este artículo señalando los más destacados.
En nuestra localidad, desde hace varios años, la Escuela Normal Superior de Jalisco (ENSJ), la Escuela Normal de Especialidades de Jalisco (ENSEJ) y la Universidad Pedagógica Nacional (UPN), han venido ofreciendo a los docentes diversas licenciaturas, con especializaciones distintas y en diferentes modalidades de atención. Últimamente el Instituto Superior para la Investigación y la Docencia del Magisterio (ISIDM), ofrece la maestría en Ciencias de la Educación y el Centro de Investigaciones Pedagógicas y Sociales (CIPS), la brinda en investigación educativa. Recientemente, a través del Programa de Formación y Posgrado de la Secretaría de Educación, se implementó la Maestría en Educación: Intervención de la Práctica Educativa, cuya finalidad es introducir al profesional de la educación en un proceso sistemático de investigación-acción a partir del conocimiento, problematización e intervención de su práctica educativa. A partir de 1992, los maestros han venido recibiendo cursos obligatorios de actualización a través del Programa Emergente de Actualización Magisterial (PEAM), que se transformaría en Programa de Actualización Magisterial (PAM). Un buen número de profesores ha decidido mejorar su formación profesional cursando estudios en alguno de estos centros de superación académica; otros desde sus prácticas han venido renovando su labor, sirviéndose de los elementos que proporciona el estudio de los planes y programas vigentes, los cursos de actualización o de mejoramiento profesional, la reflexión y buena disposición al cambio; sobre todo, tomando con gran responsabilidad su función educativa y desempeño profesional. El docente ha venido reclamando reconocimiento social a su labor, de alguna manera el "buen desempeño" o "mal desempeño", trae consigo el reconocimiento desde los alumnos, otros docentes y padres de familia; quienes identifican a tal o cual docente como "un buen maestro" o "un mal maestro", también los hay que pasan desapercibidos. El esquema básico para ajustes de salarios a docentes y recientemente la Carrera Magisterial (1992), se ofrecen como estímulos económicos a quienes mejoren su formación o desempeño profesional. El profesional de la educación cuenta pues, con un cuadro de oportunidades y estímulos para su superación académica y profesional. Se le ofrecen puntuaciones escalafonarias, algunas oportunidades de promoción o ascenso, notas laudatorias o en su defecto se le sanciona con notas malas, notas bajas en el desempeño, créditos escalafonarios disminuidos, etc. Los estímulos económicos y los salarios al docente son insuficientes para la gran mayoría. Sin embargo...
En la experiencia cotidiana se observan actitudes del docente en su relación con los demás, van desde las francamente neuróticas: gritos, hostilidad, críticas, comentarios difamatorios o destructivos, envidias, etc. Otras como amabilidad y cortesía permeadas de desinterés por el otro, dobles caras, manipulación, conversaciones triviales y trato superficial. Los conflictos personales del docente son proyectados y desplazados dentro del núcleo escolar, hacia los alumnos o compañeros docentes.
Si percibo en otra persona nada más que lo superficial, percibo principalmente sus diferencias, lo que nos separa; si penetro hasta el núcleo percibo nuestra identidad, el hecho de nuestra hermandad.(1) El amor fraternal es la clase más fundamental de amor. Es el sentido de cuidado, responsabilidad, respeto y conocimiento respecto de cualquier otro ser humano. El amor a sí mismo permite el amor a todos los demás, no se da en forma separada, sólo en su coexistencia.(2) Desde la perspectiva frommiana, el fin último de la psicología es el amor; a partir de ello pudiera plantearse el fin último de la educación como favorecedor y propiciador en cada uno para la realización de sus propias potencialidades, proporcionando las condiciones adecuadas y la confianza en el propio poder a fin de resolver las necesidades humanas más fundamentales y cada quien se constituya en una persona amante que produzca a su alrededor el desarrollo de las potencialidades en los otros. La enseñanza más importante para el desarrollo humano es la que puede impartirse por la simple presencia de una persona madura y amante.(3) El amor es un arte y como tal requiere aprendizaje, no es un objeto que debe encontrarse, sino una facultad que debe crearse y ser desarrollada.(4) El amor es un poder que produce amor. El maestro aprende de sus alumnos, el auditorio estimula a su actor, el paciente cura a su psicoanalista, siempre y cuando no se traten como objetos, sino en una relación productiva y genuina. Cuidado, responsabilidad, respeto y conocimiento son mutuamente interdependientes, constituyen un síndrome de actitudes que se encuentran en la persona madura, en la persona que desarrolla productivamente sus propios poderes, que ha renunciado a los sueños narcisistas de omnipotencia, que ha adquirido humildad en esa fuerza interior que sólo la genuina actividad puede proporcionar.(5) El cuidado implica la preocupación por lo que se quiere; propiciar el alimento para el crecimiento y desarrollo de las facultades físicas, mentales, afectivas y psíquicas. Fomentar el gusto y la alegría por el aprendizaje, por el experimentar las propias facultades. Favorecer la autonomía y la autodeterminación. La responsabilidad implica la preocupación y actitud de responder ante las necesidades físicas, mentales, afectivas y psíquicas del otro, manifiestas o no. Significa disposición de dar cuenta del desarrollo del otro, requiere compromiso. El respeto supone tener conciencia de la individualidad del otro y permite el desarrollo en sus propios términos, atendiendo a sus intereses; no para servirme, ni con afán de explotación. Requiere ausencia de dominación. El conocimiento lleva a mirar al otro a profundidad, más allá de la periferia, significa escuchar y favorecer la expresión de sus sentimientos más profundos: miedos, angustias, inspiraciones, tristezas, alegrías. Requiere conversaciones más allá de lo aparente, de lo trivial. En la época contemporánea, la educación se ha orientado básicamente a la producción económica y ha desatendido con grandes consecuencias al ser humano como tal. Si el hombre quiere ser capaz de amar, debe colocarse en su lugar supremo. La máquina económica debe servirlo en lugar de ser él quien esté a su servicio. Debe capacitarse para compartir la experiencia, el trabajo, en vez de compartir los resultados.(...) Tener fe en la posibilidad de amor como un fenómeno social y no sólo como excepcional e individual, es tener fe racional basada en la comprensión misma de la naturaleza del hombre.(6) La formación del docente (concebido en su totalidad de ser humano) implica, además de la preparación académica, una formación humana que le permita tener interrelaciones saludables y generar un ambiente de verdadero diálogo, intercambio, aceptación y ayuda mutua. La preocupación por el desarrollo de las facultades humanas que lleven al ejercicio de relaciones interpersonales sanas y productivas (no en el sentido económico), debe constituirse en una preocupación del docente y en un proyecto desde las instancias formadoras, capacitadoras y actualizadoras del magisterio, que permita atender al profesional de la educación, a su condición humana, posibilitando el crecimiento y desarrollo psico-afectivo en pro de generar relaciones interpersonales saludables. En tanto no sea considerado y atendido el factor humano, los esfuerzos que se realizan en otros renglones serán insuficientes para lograr una educación de calidad, la anhelada educación integral y una mejor convivencia social.
Referencias bibliográficas 1. Fromm, Erich. El arte de amar. Ed. Paidós. México, 1991. p. 53. 2. Op. Cit., p. 63. 3. Op. Cit., p. 113. 4. Op. Cit., p. 16. 5. Op. Cit., p. 40. 6. Op. Cit., p. 128. |
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