
C |
I | N | E | F | I | L | I | A |
Un voto por el espectador insatisfecho
Francisco Arvizu Hugues*
*Investigador en la Universidad de Guadalajara.
¿Se somete el espectador a los dictados de la
crítica cinematográfica o puede ser ésta un simple paliativo que enmarcaría toda
sucesión y reproducción de lo fílmico?
Lo decimos porque, desde nuestra irreductible capacidad de azorados
espectadores frente esa caverna platónica llamada pantalla cinematográfica, en
múltiples ocasiones el noble ejercicio del criterio evidencia las salvedades de una
simple y llana muestra de humanidad, y es lo que nos interesa: ser capaces de recibir los
dardos del cine, escapar de los parámetros espaciales y volumétricos, botar por la borda
el cronómetro; ser uno y mismo en cada instante. Como experiencia subjetiva, en calidad
de ocio regenerativo, como préstamo virtual, que al deliberar con el tiempo hace de un
segundo el contacto con la divinidad sensible: inteligencia instantánea, fuera de
calidades o temáticas; la moral sale sobrando cuando se asume la condición de espectador
cinematográfico.
El cine se vive y debe vivirse, los alcances de su misterio solamente
tienen que ver con el transcurso mismo. Los juicios, necesarios, siempre al alba. Pero, la
capacidad de juzgar, o lo primario de "me gustó" o "no me gustó",
representan la mejor asumisión de cada quien en su cada cual visión de aquello tangible
e intangible, a la vez, llamado cine. Sea lo que fuere éste. Por otra parte, misiones de
la crítica son orientar, servir de guía para el recaudo de un cuerpo a recorrer: el
cine, la cinta, los filmes, celuloide, historias, tiempos consumidos o por consumirse.
Hasta ahí, y desde ahí, el ojo avizor del uno se somete a esa magia venida de todos los
puntos y de todas las neuronas. Ello es lo único que cuenta.
Estadísticas y enlistados aparte (Miguel Barbachano Ponce, hace varios
años, sometió a escarnio las listas de las "diez mejores películas del
siglo", para mostrar que cada generación cambia sus parámetros y objetivos, en una
serie de artículos publicados en La Jornada, hace un tiempo), encuestas (como las
"Cien mejores del cine mexicano", del equipo de la revista Somos),
seminarios o sesudas cavilaciones desde observatorios, cronopios ajustados y algunos famas
infelices; el goce del cine es la única verdad digna de tomarse en cuenta. Es lo pertinaz
de la calidad de inteligencia que toda asumisión del sujeto tenga que ver, de ahí, por
fin la meta de este escrito. Mi aversión personal por las "estrellitas", o
asteriscos, adosadas por flamantes críticos a listas de estrenos o lo que sea, tiene su
raíz elemental.
Que una de la India María lleve una estrella, equivalente a algo así
como "ni se moleste" o "aléjese corriendo", poco o nada hace por
espantarnos nuestra última neurona, cuando les confieren hasta cuatro o cinco estrellitas
a productos tan infumables como Angel de fuego, de Dona Rotberg, tan sólo para no
abandonar los linderos de la exclusiva división del "cine nacional". Que a Natural
born Killers (Nacidos asesinos), de Oliver Stone, se la degrade, deturpe, por unos,
mientras otros la ensalzan como el epítome del road movie de los noventa, no
constituye chanza o albur barato, azaroso. Es casi la ley de la vida como espectador
cinematográfico, claro espécimen por nada en peligro de extinción, máxime si tomamos
en cuenta las implicaciones lúdicas que nos proporciona el video. Ya lo sabemos, y muy
bien: no es el video la pantalla cinematográfica, más bien quedaría suspendido como un
placebo al alcance de nuestra membresía. Nos vale, pues basta con salir de dudas a la
primera provocación: verla, detenerla y volverla a ver.
Esa es la condición infinita del cine, o sea, las posibilidades
abiertas de rehacer en cada mirada la instancia de un arte perenne (dudamos que el video
mate el espectáculo fílmico). Porque al ser espectadores cumplimos con su historia, con
su proceder y, ante todo, por ser incapaz de ser sujeto a esquemas fijos o juicios
sumarios, muchas veces sin haber sopesado en su íntegra cabalidad el producto en sí.
Claro, aunque suene a fantasía, no lo es tanto. A veces les basta leer los sumarios
difundidos por agencias de información para que sesudos críticos elaboren una crítica
de x o tal cinta o filme; y no contentos con ello, la publican y
la firman. Lo más seguro, para no herir susceptibilidades (con sus honrosas excepciones),
se quedan en la narración del argumento. Y hasta ahí, de nuevo. La crítica suplantada
por nada más contar la trama; por desgracia, casi la regla en nuestro devaluado país.
Por ello, al superar los temores y resquemores por determinada actitud,
postura o juicio flamígero de la crítica (con independencia de valías y prestigios), el
cine vive y perdurará su magia en cada pestañazo de la imagen puesta en movimiento. Ser
espectador insatisfecho, o el placer desatado del goce inteligente: el cine.