
Entre el aula y la esquina
Rogelio Marcial V.*
* Investigador de El Colegio de Jalisco.
Para El Tana,
por su terca defensa
de seguir perteneciendo a la banda
y a la escuela.
Aprendiendo hoy. Las exigencias que día a día enfrentamos en nuestra
cada vez más compleja realidad inmediata, desde el núcleo familiar, el grupo de amigos,
la pareja, el barrio, la escuela, el trabajo, etc., se han hecho más complejos conforme
lo va requiriendo la sociedad en la que vivimos. Cada día debemos demostrar capacidades
suficientes para interpretar y actuar sobre nuestra realidad, para no quedar al margen de
la vida comunitaria y el desarrollo individual. Que la sociedad en la que vivimos se
modernice, obliga a que todos los que nos desenvolvemos en ella busquemos no quedarnos
atrás de tal modernización.
Todo ello ha traído consecuencias inmediatas en nuestra vida
cotidiana. Una de ellas se evidencia en el hecho de que los procesos de socialización a
los que se enfrentan las nuevas generaciones, también son cada vez más complejos y con
mayores exigencias para el adolescente. Cada vez con mayor fuerza, los jóvenes tienen que
ir echando mano de diferentes herramientas para lograr desenvolverse, adecuadamente, en
nuestras complejas sociedades.
Así, al enfrentar los procesos de socialización, algunos niños y
jóvenes necesitan, más que otros, diferentes experiencias y aprendizajes. Ello tendrá
mucho que ver con el sector social al que se pertenezca, el ambiente inmediato y la
personalidad del individuo. En realidad, para aquellos jóvenes que viven en barrios
populares, los mecanismos de sobrevivencia cotidiana les enseña la importancia de
comprender y conquistar la calle, la esquina, el barrio, la ciudad. Conocer y reconocer
los símbolos, significados, lenguajes y espacios; saber interpretar e incorporar
vivencias y experiencias; toparse con actores, usos y funciones sociales; todo ello se
estructura como un cuerpo de información, que no es asequible en otra realidad, que no
sean los espacios abiertos de nuestra colonia o barrio de nuestra ciudad. Para los
jóvenes pertenecientes a esos sectores sociales, lo que se aprende en el aula de la
escuela se debe complementar con la educación informal que proporciona la ciudad, sus
barrios y sus calles.
La ciudad es la principal oferta iniciática al alcance del niño que quiere salir de casa. No tiene bastante (no es posible tener bastante) con la escuela.1
La ciudad, con todos sus espacios internos, guarda para el adolescente cierto grado de misterio y prohibición; los cuales, según G. Bataille, permiten que sean posibles la aventura, la iniciación, la educación. Por ello, los procesos se socialización exigen, en nuestras urbes modernas, que los niños y jóvenes fortalezcan su desarrollo mediante la educación formal recibida en las aulas escolares, como también con la educación informal de las vivencias cotidianas.2 No es de extrañarse que para muchos jóvenes sea atractivo recorrer los barrios y construir espacios propios, lo que colaborará en su socialización cuando las calles del barrio presentan una vida propia y diversificada.
El adolescente aspirará a dominar el barrio y a adentrarse en la ciudad. Pero si el barrio no tiene estructura urbana diferenciada, si no ofrece posibilidades de vida colectiva, la socialización será pobre.3
Cuando ambos tipos de educación (la formal y la
informal), se presentan en los jóvenes de manera complementaria, ellos se ven en mejores
posibilidades de responder adecuadamente a las exigencias que se presentan cotidianamente,
hoy en día, en la ciudad.
Para muchos jóvenes de otros sectores sociales de pertenencia (clases
medias y altas), las vivencias y experiencias citadinas buscan ser sustituidas
por otros medios de formación. El salir a la calle implica una serie de riesgos
que muchas veces se prefiere no tomarlos. El respeto, la incertidumbre o el miedo a
ciertos espacios y tiempos propios de la ciudad, son la causa de que muchos jóvenes de
estos sectores sociales prefieran otras formas de recibir información y conocimiento,
sobre todo cuando ello se puede realizar dentro de la seguridad del hogar paterno. Debido
a ello, la televisión, los videojuegos, las enciclopedias por computadora, etc., han ido
tomando una importancia central en la formación individual de millones de niños y
adolescentes que tienen acceso a ellos.
Sin embargo, no se necesita ser un experto pedagogo y educador para
darse cuenta que la realidad que presentan estos medios es, sólo relativamente, cierta.
Muchas veces, en especial en la televisión, se presentan como reales, ambientes,
personajes y hechos con exageradas cargas de ficción; lo que posiblemente provocará
interpretaciones erróneas de la realidad para muchos adolescentes que aún no tienen las
herramientas necesarias para ubicar en un lugar preciso tal información (o
desinformación, mejor sería decir). En vez de contribuir positivamente en la
socialización de millones de jóvenes, los medios de comunicación masiva obstaculizan o
desvían muchos de estos procesos en la mayoría de los casos. A pesar de ello, no debemos
desechar tales medios como fuentes de información, pero sobre todo los jóvenes deben
corroborar y poner a prueba la información que reciben de ellos, mediante recorridos
cotidianos por la ciudad.
Para aprender hoy, los niños y jóvenes deben estar en condiciones de
tener un acceso a la educación escolar, aprovechando adecuadamente el tiempo que se le
dedica mediante una motivación impulsada por los profesionales de la educación. Pero
además, necesitan perderle el miedo a la furia urbana y salir a conquistar el barrio, la
ciudad. Necesitan recorrer ambientes y espacios que les enseñen las diferentes facetas de
la ciudad, los distintos actores que la habitan y recrean, los complejos lenguajes que se
desarrollan. Finalmente, se debe completar el cuadro con el acceso a los medios de
comunicación para explotar toda la información que está al alcance; pero no sin recibir
tal información de una manera crítica y poniéndola a prueba con las experiencias de la
vida diaria, con las aclaraciones de los adultos bienintencionados, con las
interpretaciones de otros jóvenes. Para lograr una socialización positiva de la
juventud, cualquier sociedad tiene que ser capaz de poner al alcance del chico y la chica
esta serie de elementos. Si no es capaz, los jóvenes no son los culpables de procesos
inadecuados de socialización, la propia sociedad es la responsable.
El significado de la escuela
Es precisamente dentro de este complejo contexto, donde debemos ubicar las razones de
la asistencia y no asistencia a la escuela por parte de la juventud. Muchas veces las
decisiones individuales de acudir a la escuela, de asistir a clases de forma corriente,
implican una serie de valorizaciones que sobrepasan el gusto o la conciencia de la escuela
como parte positiva en la formación personal. Para comprender realmente la deserción
escolar, debemos considerar lo anterior.
Las reflexiones que a continuación se presentan sobre la juventud y la
escuela, tienen como origen un largo tiempo de trabajo directo con un sector de la
juventud: aquellos jóvenes que se reúnen en las esquinas de sus barrios y que son
conocidos como chavos-banda. A pesar de que la realidad de estos jóvenes llega a variar
considerablemente de ciudad a ciudad y de barrio a barrio, la relación que guardan con la
institución escolar presenta generalidades dignas de ser consideradas.4
En primera instancia, podemos decir que resulta peligroso aceptar
acríticamente la idea de que los chavos-banda están apartados de las escuelas. Creer que
una característica esencial en estos jóvenes, para ser aceptados por el grupo, es haber
abandonado la escuela, tiene muchos puntos que deben aclararse.
De ninguna manera podríamos decir que el propio grupo impulsa a que
sus integrantes permanezcan en las aulas escolares. Pero igualmente inexacto sería
afirmar que un requisito infranqueable para estar dentro del grupo sea el abandonar la
escuela. Ciertamente, cada vez es más difícil mantenerse en la escuela conforme el joven
va cumpliendo más años. Es común que los mayores del grupo, que suelen ser los
líderes, hayan dejado ya la instrucción escolar. Pero ello responde más a necesidades
inmediatas de sobrevivencia cotidiana que a valorizaciones positivas o negativas de la
escuela como institución de educación.
En este sentido, es conveniente señalar que para muchos de los
jóvenes que están insertos en bandas de esquina, cada vez es más evidente que la
obtención de diplomas escolares no es ninguna garantía para conseguir o permanecer en un
empleo. La realidad a la que se enfrentan, y la que enfrentan sus hermanos, padres,
vecinos, etc., les demuestra que la necesidad de reproducirse, cotidianamente obliga a las
economías familiares a aprovechar al mayor número de elementos del núcleo familiar para
la obtención de ingresos. Esto es, la escuela no retribuye inmediatamente el tiempo que
se le dedica, y muchas veces tampoco lo hace a largo plazo.
No queremos pasar por alto que para muchos jóvenes de nuestro país,
la oportunidad de recibir educación está limitada. Sin embargo, también es justo
reconocer que la decisión de no seguir en la escuela a veces tiene que ver más con
valoraciones personales de los jóvenes, que con cuestiones estadísticas de cupo en los
planteles escolares. Cualquier intento por disminuir la deserción escolar en los sectores
populares de la población, tendría forzosamente que retomar la problemática como algo
complejo, que tiene implicaciones para los adolescentes, originadas tanto en la
personalidad del individuo, el ambiente familiar, la realidad cotidiana del barrio, los
difíciles procesos de socialización, como también en las oportunidades escolares,
laborales, culturales y de esparcimiento que ofrece la sociedad.5
A pesar de que las anteriores afirmaciones son muy generales, queda
aclarar que en lo concreto, en la realidad específica de cada grupo juvenil en su barrio,
de cada miembro del grupo con su ambiente familiar e historial escolar, las valorizaciones
subjetivas y objetivas que realiza cada chavo-banda con respecto a su relación con al
escuela, llegan a variar considerablemente. No todos los adolescentes que pertenecen a
bandas de esquina tienen la misma concepción sobre la escuela: algunos la califican más
positivamente que otros. Justo sería reconocer que no por ser chavos-banda están todos peleados
a muerte con la escuela. La misma sociedad ha construido falsas ideas sobre este tipo
de grupos juveniles,6 y la separación de ellos con la
institución escolar es algo que tendría que ubicarse en cada contexto específico, sin
hacer generalizaciones calificativas o descalificativas.
Comentarios finales
Es evidente que para la mayoría de los sujetos sociales es difícil poder interpretar
las cada vez más complejas estructuras de las sociedades modernas. No es extraño, por
eso, que muchas bandas tiendan a construir y defender visiones del mundo, valores y
concepciones que en ocasiones se separan de las normas sociales establecidas. Este
fenómeno socio-cultural es conocido como la constitución de identidades, que encuentran
su razón de cohesión en la semejanza de la realidad a la que se enfrentan. Precisamente
cuando la carencia o falta de acceso al bienestar social es el elemento de cohesión, las
identidades que se constituyen suelen establecer fuertes lazos de solidaridad. No sin
razón escribiría Alan Touraine, un estudioso de los modernos movimientos sociales, me
comunico con la gente en la medida en que lo que no tenemos es lo que tenemos en común.
Así, las sociedades modernas han sido testigos de la constitución de
nuevas identidades sociales, identidades que luchan por un lugar reconocible y conquistado
dentro del conglomerado urbano de pertenencia. Han surgido con específica importancia la
presencia de mujeres, ancianos y pensionados, damnificados, homosexuales, ecologistas y,
en particular, los jóvenes. Todos estos actores sociales son sujetos particulares,
concretos, que responden a condiciones de reproducción cotidiana específicas.
Los chavos-banda no escapan de esta realidad. Tal vez para muchos de
ellos sea de incalculable valor la educación informal que reciben en sus barrios, en los
encuentros nocturnos en la esquina de reunión. La banda, la clica, el barrio, propician
la solidaridad entre jóvenes y colabora en la socialización de muchos de ellos.
Inclusive en algunos casos el grupo juvenil logra sustituir a la familia, la escuela o la
parroquia en el desarrollo del joven. Sin embargo, la escuela nunca dejará de representar
la posibilidad, tal vez cada vez más lejana, de acceder a una preparación formal que
ayude en la calificación individual de muchos de ellos para ciertas labores o
actividades. Si estos jóvenes lograran combinar la educación formal de la escuela con la
educación informal de la esquina, estarían en mejores condiciones de enfrentar su
realidad. No vemos el porqué de abandonar o prescindir de una de las dos fuentes de
formación y socialización.
Notas
1. Borja, Jordi. "La ciudad
conquistada", en: La Jornada Semanal, nueva época, núm. 104, 9 de junio de
1991. México. p. 18.
2. Toda una corriente de la antropología ha estado
atenta, entre otras cosas, a la transformación de los requerimientos para sobrevivir
cotidianamente en las grandes urbes modernas, así como las implicaciones socio-culturales
de ello. Al respecto ver: Bazán, Lucía, "La ciudad y sus retos: cuando la
antropología se hace urbana", en: Papeles de la Casa Chata, año VI, núm. 8,
CIESAS. México, 1991.
3. Borja, J., op. cit., p. 18.
4. La experiencia que hemos tenido es con grupos
juveniles de la ciudad de México, en la ciudad de Zamora, Mich., y actualmente en la
ciudad de Guadalajara y su zona conurbada.
5. Trabajos serios sobre la deserción escolar han puesto
de manifiesto que muchas veces son los diferentes ambientes en los que se ven envueltos
los niños y adolescentes desertores, los que contribuyen a que se presente el abandono de
la escuela. En el caso del fenómeno de chavos-banda, en ocasiones la escuela es atractiva
para estos jóvenes debido a que representa la posibilidad de seguir frecuentando
amistades; mientras que lo referente a la formación escolar deja de tener importancia.
También es cierto que en ocasiones las instalaciones escolares pasan a formar parte del territorio
defendido por el grupo, y no dejan de tener cierto control sobre él. Es interesante
en este sentido el trabajo que sobre estos grupos juveniles y la escuela se presenta en
Rockwell, Elsie. "De huellas, bandas y veredas: una historia cotidiana en la
escuela", en Rockwell, Elsie y Mercado, Ruth. La escuela, lugar del trabajo
docente. Departamento de Investigaciones Educativas, IPN. México, 1986.
6. Al respecto ver Gingold, Laura: "Feos, sucios y
malos. El poder de sentencia de las etiquetas sociales", en: revista Nueva
Sociedad, núm. 117, enero-febrero de 1982. Caracas, Venezuela.