
Ojos que se ven llover
Sergio Figueroa
Esta vez el espejo no reflejó mi imagen cuando intentaba rasurarme. Mi
primera reacción fue de terror, pero me consolé pensando que todo era un sueño. La
noche había estado saturada de vino y música, los cuates me insistían en que me
quedara, pero la disciplina en mi trabajo no permite ninguna falta de responsabilidad.
Regresé a la cama y me vi ahí tendido, en la misma posición que
duermo siempre. Es un sueño, me dije. Intrigado me acerqué al cuerpo, a mi cuerpo. Le di
algunas palmadas en una mejilla, lo sacudí por los hombros. Nada. Quería despertarme
para que acabara esta maldita pesadilla.
Al cargar el cuerpo me di cuenta que estaba muy débil. Lo arrastré
por los hombros hasta el baño, lo acomodé en la tina. Con mucho cuidado abrí la
regadera. El agua fría no lo hizo reaccionar. Le puse un espejo en la nariz, ningún
rastro de vida. Estaba muerto. Mi angustia crecía por esta broma absurda. Quizás había
quedado prisionero en mi propio sueño de moribundo. Lloré.
Volví a acostar mi cuerpo en la cama, con la toalla lo sequé
lentamente. Tomé el teléfono y pedí una ambulancia para que recogieran los restos de
mí. Me acerqué a la ventana, afuera la lluvia empapaba la ciudad. Sentí deseos de
caminar bajo el agua. Me vestí con gabardina y sombrero, nada me detenía aquí.
Antes de salir, me vi de nuevo, ahí tendido, sin vida. Lloré. Lloré
mucho por mí, por mi vida, por mi muerte, la familia y mi novia. Pero a pesar de todo me
sentía liberado. Me había quitado un gran peso de encima.