Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación

No. 6

(seis)

SECCIÓN

páginas

de la 50 a la 50 de 60

... el recreo

Guadalajara, México - Marzo de 1995

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Ojos que se ven llover

Sergio Figueroa*

* Guadalajara, Jalisco, 1964. Licenciado en Letras, maestro en Literaturas del Siglo XX y doctor en Letras por la Universidad de Guadalajara. Ha publicado ensayos sobre literatura fantástica: "Lo que dicen los límites: orillas, fronteras, colindancias en la poesía, la narrativa, el cine y el pensamiento", (2005), entre otros. En 2005 obtuvo mención en la Revista El Cuento en el concurso de minificción.

Esta vez el espejo no reflejó mi imagen cuando intentaba rasurarme. Mi primera reacción fue de terror, pero me consolé pensando que todo era un sueño. La noche había estado saturada de vino y música, los cuates me insistían en que me quedara, pero la disciplina en mi trabajo no permite ninguna falta de responsabilidad.

Regresé a la cama y me vi ahí tendido, en la misma posición que duermo siempre. Es un sueño, me dije. Intrigado me acerqué al cuerpo, a mi cuerpo. Le di algunas palmadas en una mejilla, lo sacudí por los hombros. Nada. Quería despertarme para que acabara esta maldita pesadilla.

Al cargar el cuerpo me di cuenta que estaba muy débil. Lo arrastré por los hombros hasta el baño, lo acomodé en la tina. Con mucho cuidado abrí la regadera. El agua fría no lo hizo reaccionar. Le puse un espejo en la nariz, ningún rastro de vida. Estaba muerto. Mi angustia crecía por esta broma absurda. Quizás había quedado prisionero en mi propio sueño de moribundo. Lloré.

Volví a acostar mi cuerpo en la cama, con la toalla lo sequé lentamente. Tomé el teléfono y pedí una ambulancia para que recogieran los restos de mí. Me acerqué a la ventana, afuera la lluvia empapaba la ciudad. Sentí deseos de caminar bajo el agua. Me vestí con gabardina y sombrero, nada me detenía aquí.

Antes de salir, me vi de nuevo, ahí tendido, sin vida. Lloré. Lloré mucho por mí, por mi vida, por mi muerte, la familia y mi novia. Pero a pesar de todo me sentía liberado. Me había quitado un gran peso de encima.

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