
Miguel Ángel
Martha Estela Domínguez Salmerón*
* Asesora técnica de la Dirección de Educación Especial de la
Secretaría de Educación Jalisco (SEJ). Directora de la Escuela de Educación Especial
No. 6.
Desde siempre han habido personas que sobresalen de la mayoría de sus
congéneres por la capacidad intelectual que muestran desde temprana edad. Pero también
destacan las experiencias críticas por las que pasaron, a fin de lograr algo de
reconocimiento y apoyo en el desarrollo de sus aptitudes de una manera grata, tranquila y
eficaz; enfrentaron, por otro lado, la incredulidad, la presión y hasta el rechazo de
quienes estuvieron cerca.
Miguel Ángel es uno más de estos seres humanos únicos que por su
capacidad intelectual superior experimentan el rechazo de la escuela del nivel preescolar,
sólo tiene cinco años de edad; la escuela primaria también lo rechaza. No hay que ir
muy lejos en la búsqueda de las causas, sus aptitudes manifiestas hacen que no encuentre
cabida en ningún lado.
Hutchinson y Young hicieron hace ya mucho tiempo una afirmación
sumamente interesante:
"La formación de la personalidad es un proceso más inquietante y complejo que la construcción de escuelas..."1
Esta es una aseveración tan vigente como
contradictoria. Como lo es el hecho de que a finales de este siglo se subrayen los
adelantos científicos y tecnológicos en todos los campos del saber humano, pero se
cierren heméticamente las oportunidades a Miguel Ángel, Armando, Xóchitl o como se
llamen los niños que requieren, del sistema educativo y de los profesores para una
atención diferente, avanzada, acorde a sus posibilidades; soslayando así los adelantos y
posibilidades netamente humanas en favor de la ciencia y la tecnología.
Pero veamos de cerca a Miguel Ángel. En fechas recientes tuve la
oportunidad de compartir con él unos momentos de los que dejo constancia; sostuvimos una
plática muy enriquecedora que me permití grabar y que ahora reproduzco en sus partes
fundamentales, para ustedes; también he considerado importante incluir los manuscritos
mutuos y dibujos, a manera de ilustración de este texto.
Entrevista
Examinador. ¿Sabes escribir tu nombre? (Entregándole una hoja blanca y
lápiz).
Miguel Ángel. Sí, pero préstame una regla. (La recibe y traza con ella
una línea, donde cabe exactamente su nombre).
E. Muy bien, ahora te voy a decir algunas palabras para que las escribas
enseguida. (Dicto: dinosaurios, gaviotas, cocodrilo, jirafa, ardilla, cangrejo. Antes
de escribir cada palabra, traza una línea sobre la que escribe).
M. A. (Al llegar a la palabra gaviota, pregunta pensativo). ¿Oye,
hay palabras que no se si se escriben con g o con j.
E. ¿Cómo gaviota?
M. A. Sí.
E. Se escribe con g. (...continúa escribiendo hasta terminar
la serie). Miguel Ángel, ¿sabes que son todas esas palabras que
escribiste?
M. A. Sí, son animales.
E. ¿Y cuál te gusta más?
M. A. El dinosaurio. (Ya la mamá del niño me había externado este gusto
de Miguel Ángel).
E. Pues, vas a pensar lo que más te gusta de los dinosaurios y lo vas a
escribir aquí abajo, ¿de acuerdo?
M. A. Sí, ¿de "cuánto" quieres que escriba? (Se refiere al
tamaño de la línea).
E. ¿Que te parece de unos... 27 centímetros?
M. A. Bueno. (Marca la línea y escribe dos nombres de dinosaurios, la
última letra la escribe más pequeña, voltea hacia mí y luego ve en el escritorio mis
anteojos). ¿Puedes ver esta letra?
E. Sí.
M. A. Pero no tienes lentes.
E. Si quieres me los pongo, pero de todos modos la veo bien.
M. A. ¿La ves más grande con los lentes?
E. La veo pequeña, porque la escribiste pequeña.
M. A. Entonces tus lentes no sirven.
E. Y, ¿por qué escribiste estos nombres?
M. A. Porque me gustan mucho. (Describe las características de ambos:
tamaño del cuello, forma de las patas, cuerpo, etc.).
E. ¿Hasta qué número sabes Miguel Ángel?
M. A. Hasta el cien.
E. Entonces te voy a decir algunos y tú
los vas escribiendo. (Se le dictan, "salteados", varios números hasta el
200, él los escribe correctamente). ¿No que nada más sabías hasta el
100? (Sonríe). Yo creo que también sabes el 300, a ver, escríbelo.
M. A. (Escribe 13, y se queda pensando un momento) Nada
más le falta el "cientos", pero no sé cómo es.
E. Yo no dije 13, te dije 300. (Se queda pensando
un momento más).
M. A. No sé cómo es.
E. (Borro el 1) No te dije 13,
te dije 3 (mostrando 3 dedos), cientos (señalo el 100 y
200), agrega 2 ceros al 3.
M. A. ¡Ah!, ya entendí.
E. A ver... Escribe estos nombres. (Le
dicto los restantes, que anota correctamente. Después, apunto sumas y restas, se las
presento en hoja aparte). Bien Miguel Ángel, veamos si puedes hacer
estas operaciones.
M. A. Sí las sé. (Las resuelve sin utilizar los dedos o
"rayitas"; la suma de dos cifras la empieza de izquierda a derecha).
E. (Ahora dibujo algunas figuras destacando porciones sombreadas, se las
presento) ¿Sabes como se llaman?
M. A. Sí.
E. Escribe su nombre junto a cada una.
M. A. (Al terminarle escribir) Estas son figuras geométricas.
E. Tienes razón, son figuras geométricas. (Señalo diferentes fracciones
en cada figura). ¿Sabes cómo se llaman estas partes a las que les puse
rayitas?
M. A. No.
E. ¿Te parece bien que ahora me leas un poquito de este libro? (Abro una
página al azar, es un libro infantil).
M. A. Sí. (Lee fluídamente y sin errores).
E. ¿De qué se trató la lectura, Miguel?
M. A. De las personas. ¿Qué es diversas?
E. Que son diferentes, que no son iguales.
M. A. ¡Ah!, con razón dice que son de
colores. Mira, tú y yo somos negritos pero hay otros güeros.
E. Así es. ¿Qué más decía, Miguel?
M. A. Que opinan y platican.
E. ¿Y qué es opinar?
M. A. Pues, decir lo que piensas.
E. (Anoto un breve texto en cursiva, se muestra con el último enunciado que se
agregó después). ¿Puedes leer esto?
M. A. Sí. (Lo hace, nuevamente, con fluidez y sin errores). ¿Quién
es?
E. ¿Tú, quién crees que sea?
M. A. Mi papá.
E. ¿Tú, crees que es tu papá?
M. A. El también se llama Miguel Ángel.
E. (Agrego el último enunciado) ¿Sigues creyendo que es tu
papá?
M. A. No, soy yo. (Sonríe). ¿Sabes que tengo 13 libros de
dinosaurios?
E. No sabía que tenías tantos, ¿ya los leíste todos?
M. A. No.
E. ¿Por qué?
M. A. No ves que toda la gente quiere que lea fuerte, así, yo sólo puedo
decir más o menos palabras, pero no muchas palabras.
E. ¿Y por qué?
M. A. No te digo que todos quieren que lea fuerte.
E. ¿Y por eso no has leído todos tus libros de dinosaurios?
M. A. Sí.
E. ¿Y por qué no los lees quedito, cuando estés solo, para que leas todas
las palabras?
M. A. No lo pensé.
E. ¿Y crees que solito sí puedas leer muchas palabras?
M. A. Pues, sí.
E. Pues hazlo, para que puedas terminar tus libros.
M. A. Sí.
Conclusiones
Aunque ésta sólo es una pequeña muestra de lo que este interesante niño nos puede
ofrecer, hemos intentado fundamentar con ello algunas conclusiones de carácter general:
* Obviamente Miguel Ángel u otro niño como él, "no puede"
cursar el preescolar, aún teniendo 5 años de edad, por el progreso que muestra tanto en
la matemática como en la lengua escrita.
* Es innegable que se desempeña como un niño del nivel de primaria y
no precisamente del primer grado.
* Es injusto que por su edad y lo que sabe, no tenga lugar en ninguno
de los niveles.
* Por lo visto nos inquieta más, a todos, la construcción de escuelas
que la atención de estos niños; cuando que estas cosas no son excluyentes.
* Merecen la oportunidad, como cualquier ser humano, de aprender y
conocer, de ser atendidos por el sistema educativo, de conformar una personalidad sin
frustraciones y sin restricciones.
* Resulta importante consolidar, lo antes posible, un programa para
atenderlos, apoyarlos e impulsarlos.
* Los profesores no deben seguir ignorando a estos Miguel Ángel o
simplemente optar por la solución del rechazo.
* El profesor debe prepararse, afrontar, apoyar, contribuir al adelanto
del género humano como tal, humanizando lo científico y lo tecnológico, que muchas
veces está fuera de su alcance.
Queda abierta la interrogante sobre lo que ha sucedido y continuará
aconteciendo con todo este potencial, si no se vislumbra la oportunidad que hasta hoy se
les ha negado en nuestro país.
Nota
1. Hutchinson, M. y Young, Ch. La
educación de niños y jóvenes inteligentes. Edit. Paidós. Argentina, 1970. p. 35.