Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación

No. 6

(seis)

SECCIÓN

páginas

de la 48 a la 49 de 60

... el recreo

Guadalajara, México - Marzo de 1995

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Destino

(Cuento ganador del Primer Lugar en el Concurso ’94, convocado por el Consejo Coordinador Estudiantil, CCE,
de la Escuela Normal Superior de Jalisco, ENSJ,, en el curso semiescolarizado)

Margarita Arias Hernández*

* Alumna de quinto semestre de la especialidad de Español en la ENSJ.

María de los Ángeles los trajo a esta tierra de fábula porque ninguno de los dos conocía este pueblo, sin embargo, a ella los comentarios le despertaron interés y sin detenerse mucho a pensar se trajo a la familia.

¡Ah, qué mujer, carácter es lo que le sobraba!

De todos modos él ya sabía que con lo del jornal no podrían aspirar a gran cosa. Por eso, llegado el momento, sólo llevaron consigo unos envoltorios de ropa y la aventura.

Llegaron a La Vía, pueblo llamado así porque por allí pasaba el tren.

Se establecieron en una casita que rentaron y por la mañana se fueron al cerro a pedir trabajo, picando piedra.

María trabajaba a la par que su hombre y que sus dos hijos; éstos, aunque pequeños, no se quedaban atrás. Después regresaban hambrientos, pero esperaban pacientemente la comida que María preparaba en una estufa de petróleo de dos hornillas.

Algún tiempo después, cuando las cosas iban mejor, una noche de cansancios se tumbaron en el petate, María de los Ángeles y Antonio se hicieron el amor justo cuando los rayos de la luna atravesaban el seto mal puesto de la casita. Fue aquí cuando quedó embarazada y las cosas empezaron a cambiar.

Ya avanzado el embarazo tuvo que quedarse en casa; Antonio y los muchachos se iban como siempre al cerro.

De esta manera, ella pudo relacionarse con sus vecinos (que no eran muchos) y hacerse cargo de mejorar el aspecto de su hogar.

Consiguió unos paños pintados que bordó para hacer unos cojines que rellenó con ropa vieja. Ya tenía una mesa y cuatro sillas de madera desvencijadas pero que servían para el propósito, también con retazos consiguió terminar una sábana que tendía amorosa sobre sus hijos cuando se acostaban en la hamaca.

En la pobreza era feliz, no conocía otra cosa. Pero eso no quitaba que fuera limpia y ordenada, exigía que su marido e hijos se disciplinaran con estas costumbres.

Todo iba bien, hasta que una tarde en que regresaba de lavar la ropa en el río, abrió la puerta (que quedaba amarrada con un hilo por fuera), el asombro la dejó muda al darse cuenta que el interior de su casa estaba lleno de culebras. Allí estaba una muestra de las que podían existir en el mundo. Después de pasados unos minutos, prorrumpió en gritos desesperados a los que acudió la vecina que de un tirón la arrancó del lugar, ya un poco repuestas de la impresión, acordaron rezar para retirar esos malos espíritus.

Cuando llegó el resto de la familia, el suceso pasó a segundo término, en vista de ser un poco incrédulos. Pero de todos modos María clavó por dentro de la puerta una cruz de palma, sólo por si acaso...

Para contribuir al gasto familiar, porque no le gustaba estar de ociosa, María pidió ropa para lavar y planchar a los ingenieros y tractoristas del cerro. De esta manera empezó a tener más dinero y pudo comprar unos fierritos para seguir planchando (los otros eran prestados), compró también mucho almidón y una colcha gruesa que cubría con un mantel. Quería que su trabajo fuera el mejor de la región.

Si preguntaban a los vecinos sobre esta familia, la respuesta era:

No se meten con nadie, son personas muy trabajadoras.

Se nos parte el alma ver cargar a María con toda esa ropa hasta el río, ¿pero qué podemos hacer?

Así las cosas, María se dormía hasta tarde, porque de noche era cuando mejor trabajaba, aparte le gustaba acostarse hasta sentir que sus ojos se la cerraban por el cansancio.

Una de esas noches, cuando aparte de la luz de su candil la acompañaban también los rayos de la luna llena, pensaba que era afortunada; podía soñar despierta y tener muy cerca a sus tres amores roncando en la esquina del cuarto. De vez en cuando se sobaba la panza, ésa que a cada rato crecía más. Ya le preocupaba, porque con los otros dos embarazos la barriga no le había crecido tanto como ahora.

En eso estaba cuando sintió que era observada. Se quedó quieta, quieta... esperando, y sintió con intensidad que una mirada se posaba en ella; se dio la vuelta, buscando (ella no era mujer que guardara respeto al miedo), y de pronto se encontró con una mirada intensa y profunda. Se quedó muda pero la enfrentó. ¡Qué caray! La ventana estaba abierta y el ave se había posado en el tronco del plátano desde hacía rato. Pensó en hacer algún movimiento para espantarla, pero no lo hizo. Después de sostener el reto unos instantes, la lechuza se marchó con un fuerte aleteo que cada vez se escuchó menos.

A la mañana siguiente, cuando ya había preparado el pinole, las tortillas y la sopa de arroz con frijoles, le platicó a su marido. Antonio la escuchó, pero la regañó diciéndole que ya veía lo que propiciaba con trabajar hasta tarde, molestar a la noche y a sus criaturas cuando todos los ruidos salen a pasear y desahogarse.

La naturaleza de María era de contrastes, por un lado firme como su tierra después de recibir la lluvia, pero su interior era de azúcar. Es por eso que a ratitos contemplaba el cielo, le gustaba encontrarle formas a las nubes, diferenciaba el verdor de los árboles, observaba cuando floreaba el plátano y pegaba el oído a la piedra en que lavaba, para encontrar el nacimiento del agua, que se desbordaba en constantes carcajadas.

Estaba al pendiente de lo que ocurría en el pueblo, fue así como vio cuando los hombres volvían de la caza, que por lo regular hacían del otro lado del río, donde la maleza era profunda. Le llamó la atención ver que los hombres no estaban sentados en el cayuco, como de costumbre, sino que permanecían de pié con unos barrotes en los hombros de donde colgaba "algo". Se quedó esperando hasta que el motivo de su curiosidad estuvo frente a sus ojos. Era una enorme boa que medía más de tres metros, pero no era eso lo que le llamaba la atención, sino el que el animal tuviera colores hermosísimos. Un naranja intenso por todo el cuerpo con motas azules que aparecían en la cabeza y se perdían en la cola, tenía también una franja ancha de color rojo; le gustó no cabía duda. Por eso no hizo caso a los comentarios de las gentes que murmuraban de las muchas cosas raras que estaban sucediendo.

Después de este suceso hablaba poco, ya conocía las respuestas de su marido y sus niños no podían entenderla. Procuraba estar ocupada, sembró en el patio trasero de su casa: yuca, macal, maíz y chile amashito; cercó la propiedad con ramas y troncos de árboles, pidió ayuda a sus hijos porque el noveno mes le agobiaba, sentía que se acercaba el momento. Ya no podía llenar el tanque con agua, ni podía moler el maíz. Su rostro mostraba la fatiga, sus ojos estaban rodeados de una sombra violácea. Aún así, cantaba, le gustaba esa que había capturado el espíritu de su tierra: "olor a tierra mojada" ...pero ahora, no pudo continuar porque se desplomó. Así la encontró el más pequeño de sus hijos, que corriendo fue con doña Lencha (la vecina) para que lo ayudara a meterla en la hamaca. Cuando Antonio y el otro pequeño llegaron, María no había despertado, por lo que fueron con doña Sheba, la curandera del lugar. Doña Sheba fue a verla, le revisó el pulso y pidió que salieran. Luego los llamó y recomendó que no se parara para nada porque de lo contrario perdería a la cría.

Después de algunos días, María retomó sus deberes y desde luego el parto se adelantó. Doña Sheba la atendió y llegaron dos pelotitas que tenían el pelo de color azabache. María lloró de felicidad, su deseo había sido cumplido doblemente, por lo que agradeció a Dios.

Los rostros de las niñas formulaban preguntas, empezando por sus cejas, señal de que no serían nada de tranquilas, María consideró que Dios le había mandado dos seres especiales a las que tendría que cuidar mucho.

La paz del hogar sólo era interrumpido por el llanto de las gemelitas que reclamaban su atención.

Cuando ya tenían cinco días de nacidas la mayorcita amaneció con fiebre. María le preparó agua con achiote y se la dio a beber, pero no pasó nada. Le dio baños con agua de pelos de elote hervidos, pero tampoco mejoró. Ya desesperados fueron con doña Sheba, que con sus montes remojados en alcohol logró que la fiebre cediera.

Esa noche María escuchó el canto del búho. Pensó en que son aves de mal agüero, pero como estaba cansada, se durmió. Cuando despertó fue para preparar el lonche, dejó a las niñas durmiendo y comenzó a barrer. Regresó para ver cómo estaban y fue entonces que vio algo que le llamó la atención, del lado izquierdo de la niña mayorcita se escapaba un cordón que se movía, levantó el pabellón para cerciorarse. Un grito de terror escapó de su garganta, del corazoncito de su pequeña entraban y salían hormigas negras, levantó a la niña en brazos y gritó: ¡¿por qué Dios mío?! El cordón de hormigas provenía de afuera. Llegaron las vecinas y le recomendaron que a la niña viva le hiciera una muñeca con ropas de la difuntita, de lo contrario también se le iría.

Después de amortajar el cuerpecito, lo pusieron en una cajita que consiguieron con mucho trabajo, después rezaron y levantaron la cruz. Llegó una comisión de vecinos que en forma muy amable les pidió que abandonaran el pueblo, que ya estaba bueno.

La partida fue triste (sólo para ellos), sin embargo la niña sonreía en brazos de su madre.

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