
Destino (cuento)
( Cuento ganador del primer lugar en el Concurso 94,
convocado por el Consejo Coordinador Estudiantil (CCE) de la Escuela Normal Superior de
Jalisco (ENSJ), en el curso intensivo)
Margarita Árias Hernández*
* Alumna de quinto semestre de la especialidad de Español en la ENSJ.
María de los Angeles los trajo a esta tierra de fábula porque ninguno
de los dos conocía este pueblo, sin embargo, a ella los comentarios le despertaron
interés y sin detenerse mucho a pensar se trajo a la familia.
¡Ah, qué mujer, carácter es lo que le sobraba!
De todos modos él ya sabía que con lo del jornal no podrían aspirar
a gran cosa. Por eso, llegado el momento, sólo llevaron consigo unos envoltorios de ropa
y la aventura.
Llegaron a La Vía, pueblo llamado así porque por allí pasaba el
tren.
Se establecieron en una casita que rentaron y por la mañana se fueron
al cerro a pedir trabajo, picando piedra.
María trabajaba a la par que su hombre y que sus dos hijos; éstos,
aunque pequeños, no se quedaban atrás. Después regresaban hambrientos, pero esperaban
pacientemente la comida que María preparaba en una estufa de petroleo de dos hornillas.
Algún tiempo después, cuando las cosas iban mejor, una noche de
cansancios se tumbaron en el petate, María de los Angeles y Antonio se hicieron el amor
justo cuando los rayos de la luna atravesaban el seto mal puesto de la casita. Fue aquí
cuando quedó embarazada y las cosas empezaron a cambiar.
Ya avanzado el embarazo tuvo que quedarse en casa; Antonio y los
muchachos se iban como siempre al cerro.
De esta manera, ella pudo relacionarse con sus vecinos (que no eran
muchos) y hacerse cargo de mejorar el aspecto de su hogar.
Consiguió unos paños pintados que bordó para hacer unos cojines que
rellenó con ropa vieja. Ya tenía una mesa y cuatro sillas de madera desvencijadas pero
que servían para el propósito, también con retazos consiguió terminar una sábana que
tendía amorosa sobre sus hijos cuando se acostaban en la hamaca.
En la pobreza era feliz, no conocía otra cosa. Pero eso no quitaba que
fuera limpia y ordenada, exigía que su marido e hijos se disciplinaran con estas
costumbres.
Todo iba bien, hasta que una tarde en que regresaba de lavar la ropa en
el río, abrió la puerta (que quedaba amarrada con un hilo por fuera), el asombro la
dejó muda al darse cuenta que el interior de su casa estaba lleno de culebras. Allí
estaba una muestra de las que podían existir en el mundo. Después de pasados unos
minutos, prorrumpió en gritos desesperados a los que acudió la vecina que de un tirón
la arrancó del lugar, ya un poco repuestas de la impresión, acordaron rezar para retirar
esos malos espíritus.
Cuando llegó el resto de la familia, el suceso pasó a segundo
término, en vista de ser un poco incrédulos. Pero de todos modos María clavó por
dentro de la puerta una cruz de palma, sólo por si acaso...
Para contribuir al gasto familiar, porque no le gustaba estar de
ociosa, María pidió ropa para lavar y planchar a los ingenieros y tractoristas del
cerro. De esta manera empezó a tener más dinero y pudo comprar unos fierritos para
seguir planchando (los otros eran prestados), compró también mucho almidón y una colcha
gruesa que cubría con un mantel. Quería que su trabajo fuera el mejor de la región.
Si preguntaban a los vecinos sobre esta familia, la respuesta era:
-No se meten con nadie, son personas muy trabajadoras.
-Se nos parte el alma ver cargar a María con toda esa ropa hasta el
río, ¿pero qué podemos hacer?
Así las cosas, María se dormía hasta tarde, porque de noche era
cuando mejor trabajaba, aparte le gustaba acostarse hasta sentir que sus ojos se la
cerraban por el cansancio.
Una de esas noches, cuando aparte de la luz de su candil la
acompañaban también los rayos de la luna llena, pensaba que era afortunada; podía
soñar despierta y tener muy cerca a sus tres amores roncando en la esquina del cuarto. De
vez en cuando se sobaba la panza, ésa que a cada rato crecía más. Ya le preocupaba,
porque con los otros dos embarazos la barriga no le había crecido tanto como ahora.
En eso estaba cuando sintió que era observada. Se quedó quieta,
quieta... esperando, y sintió con intensidad que una mirada se posaba en ella; se dio la
vuelta, buscando (ella no era mujer que guardara respeto al miedo), y de pronto se
encontró con una mirada intensa y profunda. Se quedó muda pero la enfrentó. ¡Qué
caray! La ventana estaba abierta y el ave se había posado en el tronco del plátano desde
hacía rato. Pensó en hacer algún movimiento para espantarla, pero no lo hizo. Después
de sostener el reto unos instantes, la lechuza se marchó con un fuerte aleteo que cada
vez se escuchó menos.
A la mañana siguiente, cuando ya había preparado el pinole, las
tortillas y la sopa de arroz con frijoles, le platicó a su marido. Antonio la escuchó,
pero la regañó diciéndole que ya veía lo que propiciaba con trabajar hasta tarde,
molestar a la noche y a sus criaturas cuando todos los ruidos salen a pasear y
desahogarse.
La naturaleza de María era de contrastes, por un lado firme como su
tierra después de recibir la lluvia, pero su interior era de azúcar. Es por eso que a
ratitos contemplaba el cielo, le gustaba encontrarle formas a las nubes, diferenciaba el
verdor de los árboles, observaba cuando floreaba el plátano y pegaba el oído a la
piedra en que lavaba, para encontrar el nacimiento del agua, que se desbordaba en
constantes carcajadas.
Estaba al pendiente de lo que ocurría en el pueblo, fue así como vio
cuando los hombres volvían de la caza, que por lo regular hacían del otro lado del río,
donde la maleza era profunda. Le llamó la atención ver que los hombres no estaban
sentados en el cayuco, como de costumbre, sino que permanecían de pié con unos barrotes
en los hombros de donde colgaba "algo". Se quedó esperando hasta que el motivo
de su curiosidad estuvo frente a sus ojos. Era una enorme boa que medía más de tres
metros, pero no era eso lo que le llamaba la atención, sino el que el animal tuviera
colores hermosísimos. Un naranja intenso por todo el cuerpo con motas azules que
aparecían en la cabeza y se perdían en la cola, tenía también una franja ancha de
color rojo; le gustó no cabía duda. Por eso no hizo caso a los comentarios de las gentes
que murmuraban de las muchas cosas raras que estaban sucediendo.
Después de este suceso hablaba poco, ya conocía las respuestas de su
marido y sus niños no podían entenderla. Procuraba estar ocupada, sembró en el patio
trasero de su casa: yuca, macal, maíz y chile amashito; cercó la propiedad con ramas y
troncos de árboles, pidió ayuda a sus hijos porque el noveno mes le agobiaba, sentía
que se acercaba el momento. Ya no podía llenar el tanque con agua, ni podía moler el
maíz. Su rostro mostraba la fatiga, sus ojos estaban rodeados de una sombra violácea.
Aún así, cantaba, le gustaba esa que había capturado el espíritu de su tierra:
"olor a tierra mojada" ...pero ahora, no pudo continuar porque se desplomó.
Así la encontró el más pequeño de sus hijos, que corriendo fue con doña Lencha (la
vecina) para que lo ayudara a meterla en la hamaca. Cuando Antonio y el otro pequeño
llegaron, María no había despertado, por lo que fueron con doña Sheba, la curandera del
lugar. Doña Sheba fue a verla, le revisó el pulso y pidió que salieran. Luego los
llamó y recomendó que no se parara para nada porque de lo contrario perdería a la
cría.
Después de algunos días, María retomó sus deberes y desde luego el
parto se adelantó. Doña Sheba la atendió y llegaron dos pelotitas que tenían el pelo
de color azabache. María lloró de felicidad, su deseo había sido cumplido doblemente,
por lo que agradeció a Dios.
Los rostros de las niñas formulaban preguntas, empezando por sus
cejas, señal de que no serían nada de tranquilas, María consideró que Dios le había
mandado dos seres especiales a las que tendría que cuidar mucho.
La paz del hogar sólo era interrumpido por el llanto de las gemelitas
que reclamaban su atención.
Cuando ya tenían cinco días de nacidas la mayorcita amaneció con
fiebre. María le preparó agua con achiote y se la dio a beber, pero no pasó nada. Le
dio baños con agua de pelos de elote hervidos, pero tampoco mejoró. Ya desesperados
fueron con doña Sheba, que con sus montes remojados en alcohol logró que la fiebre
cediera.
Esa noche María escuchó el canto del buho. Pensó en que son aves de
mal agüero, pero como estaba cansada, se durmió. Cuando despertó fue para preparar el
lonche, dejó a las niñas durmiendo y comenzó a barrer. Regresó para ver cómo estaban
y fue entonces que vio algo que le llamó la atención, del lado izquierdo de la niña
mayorcita se escapaba un cordón que se movía, levantó el pabellón para cerciorarse. Un
grito de terror escapó de su garganta, del corazoncito de su pequeña entraban y salían
hormigas negras, levantó a la niña en brazos y gritó: ¡¿por qué Dios mío?! El
cordón de hormigas provenía de afuera. Llegaron las vecinas y le recomendaron que a la
niña viva le hiciera una muñeca con ropas de la difuntita, de lo contrario también se
le iría.
Después de amortajar el cuerpecito, lo pusieron en una cajita que
consiguieron con mucho trabajo, después rezaron y levantaron la cruz. Llegó una
comisión de vecinos que en forma muy amable les pidió que abandonaran el pueblo, que ya
estaba bueno.
La partida fue triste (sólo para ellos), sin embargo la niña sonreía
en brazos de su madre.