
Reflexiones en torno a la pintura contemporánea
Paulino Nivón Velásquez*
* Egresado de la Escuela Normal Superior de Jalisco
con especialidad en Español.
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Niña con alcatraces, de Diego Rivera |
Las siguientes líneas no pretenden ser una sesuda disertación sobre
cuestiones estéticas; son, si acaso, algunas reflexiones íntimas que bien pudieran
servir como invitación al conocimiento y revaloración de la cultura nacional a través
de un producto espacio-temporal como lo es el arte y en este caso particular, la pintura.
Son diversos los factores que interactúan en la conformación de lo
que llamamos identidad: concepto dinámico, por lo demás. Para México es fundamental el
componente indígena que sustenta un sincretismo inacabado. El reciente conflicto en
Chiapas abre una llaga que no sabemos cuando cerrará, pero que pone de manifiesto
lacerantes cuestiones que estábamos por olvidar. Valga pues, este entremés de optimistas
conceptos como redescubrimiento de un orgulloso pasado indio.
En el principio fueron los muralistas de Bonampak, luego vino el
cristiano y con él una cosmovisión nueva que se impuso a latigazos en el nombre de Dios.
Somos producto de un parto doloroso, río de dos arenas, que mezcladas,
ya no pueden separarse.
Luego vinieron los émulos, modernos tlacuilos que abriendo brecha
impresionaron al mundo: Rivera, Orozco y Siqueiros. Portadores de una renovada verdad,
desinhibidos emisarios de una expresión plástica y estética en pos de la revancha.
Propuesta que corre subterránea como venero de sangre desde el remoto pasado de nuestros
ancestros indígenas, honrosamente americanos.
Colores vivos y terrosos, naturales diríamos, que son el espejo más
fiel del figurativismo al servicio de la abstracción matemática: de las grecas mayas, de
los petroglifos aztecas; síntesis y diáspora en una concresión imposible pero palpable,
porque sobrevivió al pillaje extranjerizante, al hurto pretendido de nuestros tesoros que
custodiaba Cuauhtémoc, lo único que no pudieron robar porque era volatil a la fenestrada
incomprensión del invasor.
Simplicidad en las formas, que sintetiza un universo cultural propio y
milenario: propio pero ajeno, es decir, enajenado; milenario pero joven, frente a los
entornos recíprocamente desconocidos.
Para sorpresa del mundo, la pintura mexicana contemporánea ocupa un
lugar relevante; entender por qué ocupa ese lugar, requiere un viaje temporal a uno de
nuestros remotos orígenes.
Frente a los atónitos ojos del observador europeo, renace esplendorosa
la imagen exótica del llamado nuevo mundo; calificativo que denota, según los
sociólogos, una visión eurocentrista que ya permea aún a nuestros marginados grupos
étnicos.
Hemos recorrido ya un largo camino en la búsqueda de una identidad
nacional: México no es sólo el águila y la serpiente.
En ese esfuerzo por reencontrarnos, por redescubrirnos, necesitamos
reconciliar nuestros orígenes brutalmente amalgamados en el crisol de una mal llamada
conquista.
En los pintores mexicanos contemporáneos, los viejos y los jóvenes;
los muertos y los vivos, que ocupan un lugar privilegiado en el mercado mundial del arte,
detectamos una línea común, un cordón umbilical que los liga a la misma matriz
mexicanista de profetas desterrados: Tamayo, Soriano, Cuevas, Toledo, Frida, Reyes
Ferreira y otros.
Artistas que en el ejercicio catártico de liberar nuestros traumas,
freudianamente interpretados, bogan como modernos Ulises hacia el sitio de Troya, que es
el mundo, para regresar victoriosos a Itaca, que es la patria.
Pero no basta el dominio técnico-cromático del oficio, se requiere y
se da una suerte de carga genética indómita a la que hay que dejar fluir, llorar,
desangrar; con una sensibilidad especial que los antes citados han mostrado con creces y
que ya se presiente en los punteros maestros nuevos de la plástica.
Formamos una Nación en cierne que ha mostrado al mundo su talento
pictórico y que se dispone a erguirse en democracia y libertad por la revancha sublimada
de nuevos horizontes. Si somos capaces de entender y valorar nuestra identidad, podremos
destacar en otras áreas, pese y por nuestra juventud como país.
Observando el retrato de una niña indígena que vende alcatraces,
renace mi esperanza.