
La modernización educativa en el maestro
¿Actitud de desencanto o de cambio?
José María Nava*
*Asesor de la Universidad Pedagógica Nacional (UPN), Unidad 141, Guadalajara.
La realidad cotidiana nos presenta temas que no se desgastan, que no es
posible agotarlos en discursos ni en slogans. Estos problemas tienen la
singularidad de que en ellos cabe la opinión de todos, contemos o no con la información
suficiente. Esto, porque es posible problematizarlos desde diferentes formas, y porque
están en la epidermis de todos a los que involucra. Y también porque son categorías que
no pueden entenderse a través de un concepto unívoco que nos deje a todos satisfechos.
La modernización educativa es una categoría que discurre en el
quehacer diario de todos los que nos dedicamos a la educación. Se vuelve parte de las
circunstancias a las que nos enfrentamos día a día; es parte ya de nuestra
cotidianeidad.
Los propósitos centrales en que se sustenta la modernización son de
que con ella la sociedad resuelve sus aspiraciones en la esfera educativa; cómo la
entiende y hace referencia a ella es maíz de una nueva posibilidad que aspira a
convertirse en paradigma de una vida democrática. Por ello nos invita a problematizarla
con nuestra propia manera de ver las cosas en un intento de comprender mejor lo que sucede
en nuestra realidad educativa. Pero en esa totalidad que causa muchos bemoles, existen
algunos elementos que se convierten en ejes dinamizadores por los que germinan los
desafíos educativos. Uno de ellos es la figura del docente. Sobre él caben muchas de las
reflexiones, en las que hoy en día estamos parapetados.
Con la modernización educativa se busca un cambio, ante todo, una
transformación en la manera en como el docente venía realizando su praxis, una nueva
actitud para acercarse a ella.
Las actitudes del docente han surgido de creencias -pocas veces
racionales- que han respondido al orden en cuestión. Hoy día, se busca sean modificadas
por nuevas actitudes, que suponemos deben ser más racionales. Porque: "volver el
mundo más racional no sólo es explicarlo y comprenderlo, es también
transformarlo".1 Creencias ontológicas acerca de lo
que se considera razonable en cuanto al ser de la educación, pero con base en supuestos
epistémicos que la experiencia le ha marcado como altamente valiosos.
El proceso de modernización lleva ya una inversión de tiempo. Ha
caminado haciendo eco en todos los sectores de la sociedad, generando posturas,
controversias y testimonios. Muchos desde afuera, otros desde dentro. Los maestros a estas
alturas tienen ya su propia visión de lo que sucede en aquello en lo que se desenvuelven.
Ha sellado en ellos dos actitudes: a). Una actitud de desencanto ante lo que la realidad
le presenta y, b). Una de optimismo que acepta fielmente que la modernización está
logrando en él una actitud de cambio. Pasemos a hacer una revisión de la primera.
Tal parece que en nuestra sociedad se pretende ver a la educación
desde el maestro. El es, la medida de la problemática educativa. Dicho en términos
modernos, él es el protagonista. ¿Pero cómo entienden muchos docentes este
protagonismo? ¿Será que dicha óptica es una racionalización en la que el docente se
siente víctima de ser dominado por una nueva burocracia?
Cuando el docente siente que esa nueva racionalidad constituye una
forma de manifestarse del aparato administrativo, sin lugar a dudas que la modernización
no ha podido lograr otra cosa que desencanto. Sería el desencanto de la
modernización educativa. Con esta categoría el maestro asume una actitud que raya en
el escepticismo ante la nueva realidad que se le presenta en materia educativa y laboral.
No hay ya aceptación de los ideales educativos trazados por el Estado; se da el abandono
al proyecto modernizador; sólo se acepta el presente; desaparece la ilusión educativa;
tiende a perderse en su práctica el fomento a valores y verdades comunes a nuestra
sociedad; responde como un existencialista: todo vale igual.
Se enfrenta a una situación absurda: se arguye que su participación es
esencial, se le invita a que sea el actor principal en los cambios que las condiciones
sociales reclaman; pero otra cosa es -y el maestro lo racionaliza- que a través de esa
participación sea el verdadero artífice de la renovación. Ante ello, viene el abandono
del proyecto. Por otro lado se resiste, hay una hostilidad frente a esas actividades que
tienen la pretensión de actualizarlo. u que no son otra cosa -desde su óptica- más que
el fracaso del clamoroso éxito.
El conformismo se apodera del espíritu de esos maestros al aceptar lo
que está ahí: la realidad educativa tal como se presenta, sin ánimos de renovar nada,
puesto que nada vale la actitud de cambio en el docente ante lo existente. "Hay
quienes se instalan en el desencanto y lo racionalizan como un nuevo valor".2
Pero junto a esta actitud hay otra, que resulta ser significativa; es aquella
que demuestra en el maestro una constante superación pero lo que sucede, un intento por
cobrar conciencia de que el cambio es una tendencia propia del maestro en estos momentos;
donde se pasa de la tradición a lo moderno, pero sin dejar de reconocer el punto que une
a las dos prácticas educativas. En esta actitud, la nueva práctica educativa que
reemplaza a la tradición, no busca desplazarla completamente, sino que pretende empatarla
junto con la nueva tendencia, hacia un nivel superior.
El maestro no busca cancelar lo que durante mucho tiempo ha venido
haciendo; sino que pretende transformar esa realidad por una actitud renovadora donde se
confirme la libertad plena para que pueda ser puesta en marcha, de manera responsable,
toda una experiencia que es racionalizada con el ánimo de transformar su práctica, con
el deseo de que sus alumnos se conviertan en entes plenos de realización. Modernizar la
educación es entonces, conducir la práctica educativa con racionalidad valorativa. Esta
actitud no se observa en forma homogénea, sino que es una tendencia que presenta
diferentes formas particulares de ver lo que se hace; es un giro que comparte intereses y
proyectos comunes, por que se puede llegar a ellos a través de diferentes vías. Con esta
actitud el maestro se da cuenta que sus iguales pueden valorar de diferentes formas lo que
él hace; comprender el sentido que ellos le dan es adoptar una actitud intersubjetiva
como fundamento epistemológico de la realidad que se pretende conocer para luego
transformar; es fundamentar también esa actitud en una racionalidad, que coloca como meta
estratégica la lucha en favor de una solidaridad comunicativa.
Con esa actitud el maestro pretende escapar del aislamiento en que
durante mucho tiempo el aparato educativo, con ella el maestro se da cuenta que su
intencionalidad adquiere significado en cuanto se entrega a un proyecto que él mismo
puede y es capaz de crear. Los maestros no están dando lecciones de una nueva
racionalidad, donde ellos sí son capaces de aceptar y tomar en cuenta lo valioso que
encierra la práctica que realizan sus compañeros: "no pueden desligarse de
proyectos comunes, opciones, valoraciones, que constituyen "formas de vida
diferentes".3 Nos están poniendo frente a una nueva
concepción de lo que es la educación.
Estas dos actitudes, son las que hemos observado en nuestros
compañeros maestros. Nos inclinamos de manera particular porque asumamos la segunda;
aunque cabe señalar que la primera también es válida y constituye una manifestación
importante y valiosa que no hay que olvidar. Pero consideramos que la segunda actitud es
la que la sociedad reclama al maestro; de ahí que hay que sacar ventaja de ella; hay que
verla como la opción que el maestro presenta para seguir creyendo en lo retos de la
modernización educativa, una creencia que lo coloque en una práctica educativa en favor
de los alumnos. No se trata de meter al maestro en un amor inconsciente a su actividad;
sino de que el trabajo se ajuste a fines deseables e inteligentes y de manera más eficaz,
esto es, que se le permita poner en boga criterios más razonables que los que lo
caracterizan todavía. Por ello no caben los criterios formales y abstractos, las normas o
fines de quienes no se enfrentan a un grupo de alumnos; se traa de que los involucrados,
con nuevos esquemas racionales, logren crear, transformar y construir desde el aula nuevas
formas de organizar la sociedad; se trata de permitirle al maestro que marque las pautas
de la continuidad para salir de la irracionalidad y el atraso; de que el maestro se vaya
dando cuenta de que la educación de la sociedad, es sobre toda una empresa moral, una
apelación a una sociedad justa y fraterna donde él tiene la responsabilidad de elaborar
el proyecto de una vida más libre.
La elección entre la decadencia y plenitud está en función de la
respuesta a los retos de la sociedad actual. La decadencia supondría la carencia de
vibración ante tales problemas, mientras que la plenitud supone la creatividad, el
afrontar tales retos con sentido de responsabilidad.4
Los signos de una actitud de cambio están presentes en muchos
docentes. Se trata ahora, de que no pierda la convicción de que los grandes problemas de
la educación de nuestro tiempo son más bien éticos. Que se le respete, se le vea como
persona, pero como persona en su "terminología originaria, como ser propason, como
ser abierto a lo real, como relación con el origen, con los otros".5
Ahí tenemos el panorama que nos invita a problematizar sobre la educación
de manera constante, para no descuidarla, para plantear la disyuntiva. Pero el lector nos
preguntará, qué es lo que proponemos para que el maestro no transite las penurias de la
modernización en el desencanto. Algo sencillo: que la autoridad racionalice que la
apropiación de conocimientos, hábitos, valores y actitudes en nuestros alumnos no se da
exclusivamente en el salón de clases; sino que la cultura se manifiesta en los variados
espacios que la cotidianeidad presenta. Permitir que el maestro acerque al alumno a su
entorno, para que lo conozca y se reconozca en él, es garantizarle el libre ejercicio de
su tarea; es permitirle que contribuya decisivamente a que sus alumnos adquieran
conciencia de su ser y de sus limitaciones, dentro de la realidad que vive, a partir de lo
cual pueda orientar más certeramente su conducta. Por eso es tiempo de dejar que el
maestro trascienda su labor al aula sin muros.
Finalmente diremos que la modernización educativa ha servido para
elaborar instrumentos conceptuales que han entrado en uso; envolviendo a la sociedad en
una nueva posibilidad de optimismo. Esperemos pues, que todos seamos capaces de que no nos
lleve al fracaso, porque si es así, el maestro ya no estaría dispuesto a ser
protagonista del mismo.
Notas:
1. Luis Villoro. "Filosofía para fin de
época" en: Nexos, núm. 185, México, 16 de agosto de 1993, p. 44.
2. N. Lechnner. Los patios interiores de la democracia.
FCE. México. p. 11.
3. Villoro, op. cit., p. 49
4. Jesús Ballesteros. Posmodernidad: decadencia o
resistencia. Ed. Tecnos. Valencia, España, 1990. p. 101.
5. Ibid., p. 147.