
El antiguo alumno: el nuevo maestro
Hugo Medrano
A la profesora Cecilia Gómez,
por ser la Seño Ceci, siempre.
...más fuerza tiene el tiempo
para deshacer y mudar las cosas
que las humanas voluntades.
Miguel de Cervantes Saavedra
Una de las mejores y mayores experiencias académicas que he tenido en
mi vida como docente, y más que nada como sinodal en los exámenes profesionales de
titulación en la Universidad Pedagógica Nacional, es la de examinar a los que pudieron
ser mis maestros y algunos de ellos, maestros de mis maestros.
Cuando uno se enfrenta profesional, intelectual y académicamente a las
personas que nos enseñaron a leer, a sumar, a jugar, en fin, a entender la vida, nos
vienen a la mente toda una serie de vivencias de cuando nosotros estábamos en
circunstancias diferentes, es decir, cuando nosotros éramos los examinados y ellos los
examinantes, cuando ellos lo sabían todo y nosotros nada, cuando ellos mandaban y
nosotros, a veces, obedecíamos.
Cuando muchos de ellos tenían -aún persisten maestros con esta
mentalidad- la idea de que "la letra con sangre entra" y de que con golpes,
gritos y castigos se entiende mejor y más pronto la lección. Y cuando no sabíamos que
ellos no sabían que entre la escuela (nuestro segundo hogar con un director, y un
profesor que nos preguntaba el "Voy a la escuela para..." y la respuesta siempre
la dejábamos en blanco , o "En la escuela nos preparan para ..." y los puntos
suspensivos siempre se quedaban así: en suspenso, porque esta era una de las preguntas
más difíciles que nosotros habíamos tenido en nuestra corta vida escolar y aún no
teníamos la suficiente experiencia profesional para poder contestar a las preguntas de
este inmenso tamaño, porque en el libro decía "Digamos siempre la verdad" y
nosotros no queríamos decir mentiras) y la casa se entabla una lucha que ganaba siempre
la casa porque allí era donde más a gusto estábamos porque allí era el primer hogar,
donde no nos castigaban, porque no sabíamos que Benito Juárez había nacido en San Pablo
Guelatao, en el estado de Oaxaca. O porque no sabíamos leer con claridad y fluidez las
lecturas de "El conejito blanco" o "Patitas blancas" donde decía
(...) ten cuidado de no abrir la puerta sino a los amigos. Recuerda que el lobo ronda por
estos contornos (...), o porque no nos habíamos aprendido de memoria.
La bandera mía
bella bandera
te doy mi vida
mi vida entera (...)
O también el fragmento del "Corrido de Domingo Arenas" que le gustaba mucho a mi hermano Jaime y que de tanto recitarlo él, aprendí yo también que:
El panadero hacía pan,
pan de dulce,
pan de sal;
rosquillas para los niños (...).
También, ¿por qué olvidar que cuando mi hermana
Elvia leyó la lección de "Martha, la pequeña enfermera", decidió serlo y
nunca lo fue?, de Mi libro de Lengua Nacional; en fin era una lista interminable
por las que era preferible estar en casa. Porque la lucha que hay entre estar en la
escuela o la casa, siempre la perdía la escuela -o el maestro-, por mala.
También, frente a ellos en el momento de su examen de capacitación
profesional, hay toda una rápida serie de interrogantes -que no titubeos- que son como un
acto de contricción de ¿por qué voy a cuestionar a los seres que me han enseñado la
suma de las naranjas, la resta de las manzanas, la mitad de la piña, la docena y la media
docena de golondrinas, y el uso del compás y el transportador, y los simpáticos changos
amaestrados -que no maestros- que siempre brincaban de un prisma a otros. Los números
romanos desde el I que vale 1, hasta la M que vale mil, pero pasando por la D que vale
quinientos, la C que vale cien y la L que vale cincuenta? ¿Por qué le voy a enseñar que
en el libro de Aritmética y Geometría. Estudio de la Naturaleza se encuentran los
alimentos especiales que nos hacen crecer fuertes y sanos, por qué les voy a enseñar
cómo funcionan los aparatos digestivos, respiratorio y circulatorio, pasando por saber
que los árboles son nuestros amigos y los estados del agua son líquidos, sólido y
gaseoso?
La Geografía, porque deberíamos de saber que nosotros los mexicanos
somos de distintas regiones, con todos sus caudalosos ríos -incluyendo los pequeños-,
sus altas montañas -el Iztacíhuatl y el Popocatépetl- y que estas regiones podía
iluminarlas a mi gusto; y, sobre todo, a conocer cuáles son las capitales de los estados
de Aguascalientes y Zacatecas y repasarlas hasta que me las aprendiera.
La Historia, desde cuando, de dónde y por dónde fue la llegada del
hombre a América -por el estrecho de Bering-, hasta la heróica defensa de los habitantes
de Tequila contra las fuerzas rebeldes del "Tigre de Álica", un 24 de enero de
no sé cuál año, pero que también teníamos que saber cuáles fueron las etapas por las
que había pasado la historia de México en ese momento; y entre esas cosas deberíamos
aprender cuáles eran los pueblos que conformaban la Triple Alianza.
El Civismo desde saludar a la Bandera con el brazo bien levantado y los
dedos bien derechos y "Mexicanos al grito de guerra/ el acero aprestad y el
bridón/ (...)" -sin saber que muchos años después frente al pelotón de
conocimientos nos enteraríamos que el bridón es el caballo brioso- y oírlo de pie,
respetuosamente, y cantarlo con "entusiasmo y recogimiento", hasta dejar el
asiento a las personas mayores que vayan de pie en el camión, o preguntarnos también
"¿de qué manera podemos socorrer a los pobres?", o "¿por qué hacen bien
los muchachos que ayudan o sirven a los pobres y a los enfermos?" Y cómo va a ser mi
servicio a México -pregunta que apenas empiezo a contestar-, porque "Debo servirla
siempre con mi pensamiento, mis palabras, con mis actos". También porque hasta ahora
(¿por qué hasta ahora?) daré en todo lo que haga, el ejemplo de honradez, de rectitud y
de sentido de responsabilidad.
Entonces, qué, cómo, por qué, con qué autoridad voy a cuestionar el
profesionalismo y la casi incontable experiencia a la persona que me tuvo, al principio de
mi vida escolar, mucha, muchísima paciencia, casi infinita. Por qué voy a cuestionar a
las personas que me enseñaron para qué sirven el jabón, el peine y el cepillo de
dientes; por qué le voy a preguntar que por qué me puso a calcar y colorear el escudo
nacional. Y por último, que me dio un último consejo, que en verdad fue el primero y uno
de los principales:
(...) sólo quienes trabajan y se habitúan a trabajar se libran del peligro de caer en la miseria, o sean capaces de salir de ella si la buena fortuna no los ha ayudado. En cuclillas y si hacer nada, el mendigo, o el ignorante, será siempre el ignorante o el mendigo.
Toma como modelo a las abejas, siempre laboriosas,
siempre útiles en su esfuerzo, cuyo producto, además de ser valioso, es dulce.
Estudia, pues; estudia y trabaja, hoy como niño, mañana como hombre,
y serás el gran constructor, el arquitecto de tu propia vida.
Así que ¿cuáles son los méritos específicos con los que cuento
para evaluar a mi propio maestro de primaria o al que pudo haber sido: que conozco
teóricamente más y mejor sobre las tesis pedagógicas de Sócrates, Platón y
Aristóteles: Francisco Bacon, San Juan Bosco, Juan Enrique Pestalozzi, José Martí, la
Salle, Piaget, Freire? Es cierto, sin embargo, las dudas no se disipan, permanecen, porque
las respuestas que nos damos -al menos yo- no son suficientemente convincentes. Las dudas
que nos embargan no son gratuitas. Son el resultado de todo un proceso de desarrollo ajeno
a la voluntad humana; el tiempo y el espacio han conformado la circunstancia para que se
cumpla una frase célebre, de no sé cuál sabio, que se ha convertido en ley y en humana
verdad: "ay de aquel alumno que no supere a su maestro".
El tiempo ha pasado. Muchas blancas lunas, muchas granizadas lluvias,
muchos inviernos solitarios y fríos, muchos implacables soles han quedado atrás y muchas
cosas han cambiado, incluso, entre ellas la escuela, los maestros y los alumnos. Ahora los
alumnos van a calificar a los maestros -siempre lo han hecho-; los maestros deben
escuchar, callar y aprender de los alumnos. La vida es algo curiosa, sin duda.
Entonces, ¿qué hacer, qué pensar, qué decir, cuando se tiene a la
persona que cada vez que decía nuestro nombre, temblábamos, sudábamos o nos daban
escalofríos cada vez que pasábamos al pizarrón a hacer una división de 234 entre 29?
¿Qué hacer frente a una persona que, después de mucho tiempo, nos enseñó las primeras
barras, óvalos y "moños" para tener soltura en nuestra caligrafía; conocer
las bases de la justicia, la bondad, la virtud, la honestidad, el conocimiento y el hombre
mismo? ¿Qué hacer frente a ellos, nuestros primeros maestros? Frente a ella que:
Tu mano, puesta sobre mi mano, me enseña a escribir (...) Abres, maestro, un libro, y al empezar a leer es como si abrieras una ventana que nosotros no conocíamos; nos muestras así el cielo claro, el sol brillante, mariposas y pájaros, países lejanos, hombres que han sido heróicos al cumplir con su deber. Por eso nos gustan (hasta ahora) tus libros, que deseamos tener entre las manos y leer. Por eso hemos aprendido a amarlos (...).
Esa ventana que era para nosotros -al menos para
mí- un lugar por donde entraba luz que nos dejaba solamente encandilados, más
confundidos y comprender, en ese tiempo, poco.
Todo ésto y más pienso cuando estoy frente a los sustentantes que
fueron mis maestros, o pudieron haber sido. Sin embargo, lo que más pienso en esos
momentos de su examen profesional, es que hay una cosa cierta y muy grande como el cielo:
que lo que estoy estudiando ahora es únicamente para prepararme y estar presto al examen
que, algún día, me aplicarán los que hoy son mis alumnos.