
Adiós Ana María*
Equipo La Tarea
La muerte es cotidiana.
Y sin embargo parece tan lejana,
sobre todo en la Juventud.
Son otros los que mueren
aun cuando sea a mí a quien amenaza
la muerte a cada momento.
Louis-Vincent Thomas
Nuestra amiga, hermana de profesión,
cómplice de correrías, compañera de batallas todas, nos ha dejado. Ana María Figueroa
Pintor, maestra, ha muerto.
No haremos este recordatorio a su memoria una nota luctuosa, un culto
necrófilo. No nos lo perdonaría, porque amó la vida. Tanto, que ofreció su existencia
a revalorarla a través de su preocupación por la infancia ¿qué no hay acaso ejemplo
más claro por la vida que pensar en los niños? Maestra normalista trabajó con ellos en
sus juveniles correrías profesionales.
Otros proyectos la hicieron ampliar sus horizontes, pero ellos
estuvieron siempre como el objetivo principal de sus esfuerzos intelectuales. Más, por
aquellos niños necesitados de atención especial y cuidadosa debido a su endeble
condición social y psicológica.
Pero no fue filántropa ni buscó para ellos la caridad humillante. No
era esa su filosofía; sino que se enfrascó en el debate teórico y pedagógico sobre su
condición humana y educativa para aportar juicios y alternativas propiciatorias para
cambiar de raíz el desventajoso ambiente donde se supone deben aprender.
Cursó por ello la Escuela Normal de Especialidades y por eso delineó
su campo terminal hacia la educación básica cuando llevó en la Universidad la maestría
en Sociología.
Antes, al unísono de sus estudios normalistas había estudiado en la
Facultad de Filosofía y Letras. Pero lejos de la petulancia que caracteriza a quienes
hacen se su currículum una permanente quema de incienso, Anita capitalizó sus
reflexiones para indagar las condiciones del proceso de conocimiento y otras actitudes de
los niños que asisten a nuestras escuelas públicas.
Conocimos a Ana María en diferentes tiempos y circunstancias:
condiscípulo, colega, militante, maestra. Caleidoscopio que sin embargo se resume en una
personalidad ordinaria y modesta, enfrascada en un itinerario dedicado al trabajo
creativo, al estudio, a la vida apacible, a veces al sigilo.
Pero un vértice indisoluble aunó nuestra visión común hacia ella:
su amor secreto por la libertad. Secreto por que nunca vociferó consignas empapadas de
retórica demagógica. Secreto porque partía de un sentimiento libertario de lo más
íntimo de su alma y se plegó a su conducta y su trabajo en una tesitura que por
cristalina parecía invisible. Libertad secreta porque la ejerció en el fino hilo de la
cotidianeidad y en su condición personal de mujer y maestra.
Anita fue libre y quiso que esa libertad transitara hacia los amplios
espacios de la vida social, principalmente dentro de los muros de la escuela pero también
de la política y del campus académico, porque estos ámbitos determinan finalmente y en
última instancia el contexto real y evidente donde el escolar llega, ve, aprende.
Fue comunista cuando ser militante implicaba refugiarse en catacumbas,
aunque sólo fuese para repartir el periódico de su partido. Padeció las tribulaciones
de una incompatibilidad sentimental, pero no desmayó al infortunio sino que fue
desbrozando su vida con nuevos ímpetus; las contingencias parecían ser entonces un
acicate para encontrar nuevas rutas hacia adelante.
Libertad, fina libertad la que Ana María desplegó al conjuro de sus
propios fantasmas, íntimos y externos, recurrentes y soterrados. Condición imposible de
comprender por las mentes pequeñas, aquellas que quisieron hacer de ella un número más
en alguna nomenclatura del "seguidismo", de esos grupúsculos que se nuclean
huérfanos de principios bajo una tutela ad hominem. Exactamente lo contrario a la
propia condición de existencia de Ana.
Damos un adiós a Ana María. Ella guardó sigilosamente sus
preocupaciones íntimas en lo más recóndito de su ser. No sabemos si fueron ellas o el
ajetreo que imprimió a su quehacer creativo, profesional, exhaustivo, lo que calcinó su
batallador corazón atribulado.
Lo cierto es que ha partido y que la soledad que deja su ausencia se ha
cernido sobre nosotros. La sobrellevamos caminando sobre sus pasos, esforzándonos por
retomar las utopías que a ella nunca la hicieron flaquear.
* Puede consultarse un artículo de la autoría de Ana María Figueroa Pintor con el título de: Los libros de texto y el aprendizaje de la historia, en el núm. 1 de esta revista. URL: http://www.latarea.com.mx/articu/articu1/ana1.htm