
Tiempos de globalización:
la importancia de la pedagogía para la empresa
Ana Victoria Covarrubias Flores*
*Maestra normalista. Licenciada en pedagogía por la ENSJ. Concluyó la
Maestría en Educación en Salamanca, España.
Es evidente que las demandas de adaptación del sistema educativo, las
necesidades sociales y económicas de un país constituyen hoy el reto fundamental de las
políticas educativas. Esa adaptación se justifica en el deseo de los Estados de obtener
unos logros educativos cada vez más valiosos. Pero más valiosos ¿para qué?; ¿para
incrementar la competencia económica y tecnológica de los países?; ¿para compensar
ciertos desfases en sus economías?; ¿para garantizar una forma de convivencia más
acorde con la decisión política de un modelo de sociedad? La respuesta a estos
interrogantes supone una clarificación previa del ámbito o ámbitos a los que se abre
operativamente ese término elusivo y ambiguo de la adaptación de los sistemas en el
mundo educativo de una sociedad.
No existe un modelo unívoco y estable de adaptación del proceso y
productos educativos. La adaptación de un sistema educativo sería el efecto o
manifestación de un haz de relaciones armónicas entre los distintos componentes
internos: procesos, resultados o metas alcanzadas y externos: intereses sociales;
definidas por la política educativa.
Toda "adaptación" vendría definida, pues, por una
diversidad de ajustes múltiples, coherentes, entre todos y cada uno de los componentes
generales del sistema educacional, que son: el sistema de valores y las expectativas
sociales y económicas o laborales, de una parte, y necesidades educativas que demanda una
comunidad, por otra. Los objetivos y metas institucionales de la educación, de un lado y
los resultados educacionales alcanzables, de otro. Entre los imputs del sistema y
componentes operativos internos del mismo; asignación de recursos, procesos y medios
organizativos y didácticos, y los resultados obtenidos desde esa operatividad.
Es incuestionable que las sociedades políticas de los países
desarrollados se enfrentan, hoy a la tarea de configurar sus sistemas educativos y
técnico pedagógicos para que respondan con éxito a las necesidades previsibles de la
llamada "sociedad postindustrial", "sociedad de la información" o
"sociedad del conocimiento", e influyan en la orientación de sus cambios y
formas de vida. Mas si en todos los sectores sociales se hace difícil predecir con
seguridad, y de forma concreta, cuáles serán las características de ese modelo de
sociedad emergente, la orientación y los objetivos educativos que esos cambios postulan,
es una tarea erizada de dificultades aún mayores, al faltar una exacta comprensión del
contenido y trascendencia de esos cambios.
Los rápidos avances del conocimiento científico y tecnológico, sin
precedentes en la historia de la ciencia, a la vez que abren nuevas posibilidades de
conocimiento y de aplicación a la vida social, transforman la configuración del mercado
de trabajo y generan un nuevo orden de relaciones e interacciones recíprocas entre los
subsistemas sociales, culturales, económicos, laborales y educativos de la vida social.
La misma fluidez y rapidez de la transmisión del conocimiento científico-técnico,
producido en cada uno de esos subsistemas, refuerza su relación e interdependencia.
Como resultado estamos en los albores de una "revolución
científico técnica", en el sentido más amplio del término
"revolución", dadas las vastas consecuencias sociales que de ella se derivan,
de la que emerge una sociedad altamente tecnificada, la llamada "sociedad
postindustrial", "sociedad del conocimiento", o de la
"información". Esta sociedad "posindustrial" o del
"conocimiento" va a caracterizarse por una serie de rasgos que, a continuación
brevemente se señalan.
En primer término, el giro estratégico de toda la vida social ya no
radica tanto en unos recursos naturales cuanto en la apropiación y utilización del
"saber hacer" y en la capacidad autóctona, de cada país, de descubrimiento de
nuevos recursos científico-técnicos. En la nueva economía de esta sociedad, el capital,
la mano de obra, se sustituyen por la información y el saber. "El saber", dice
Peter Drucke, es ahora el capital central, el centro de costes, el recurso crucial de la
economía". La ciencia y la tecnología cobran, hoy, el papel determinante en los
procesos de producción que antaño tenían la energía o los minerales en las sociedades
industriales. Ellas son la clave diferenciadora que dan o restan ventaja competitiva a las
sociedades actuales. Y, además, su complejidad, continuo crecimiento e innovación hacen
que no sea factible su intercambio con otros bienes y servicios, ni que sea posible
usarlas con eficacia sin una movilización previa de conocimiento, habilidades y recursos
educativos e investigadores. Con razón se ha afirmado que, "los países del mundo
altamente tecnológicos se están dirigiendo, independientemente de su sistema político,
hacia una era meritocrática en la que la educación se convierte en el sustituto
democrático de los antecedentes familiares. La educación formal y la competencia
adquirida se han convertido en el primer criterio para la selección y promoción en el
mercado de trabajo".
Por otra parte, la tecnología se hace cada vez más científica, y el
conocimiento científico, como resultado de esa mayor vinculación, conduce, rápidamente,
a aplicaciones técnicas a gran escala. Ante esta intensificación de relaciones
ciencia-tecnología, no solamente se acortan cada vez más los tránsitos entre la teoría
y sus aplicaciones prácticas, entre el descubrimiento científico y la aparición de sus
efectos en los mercados laborales, sino que cada vez se acortan más los períodos de
vigencia de cada solución técnica. La vida media de utilidad de los productos y de las
técnicas se acorta.
Desde otra perspectiva, los ajustes económicos de la década de los
80, crisis energética, paros estructurales, inflación, internacionalización de los
efectos de las perturbaciones del crecimiento económico, junto a la necesidad de una
mayor flexibilización del mercado de trabajo, entendida como capacidad de adaptación de
los individuos ante los cambios estructurales y funcionales de la dinámica de empleo.
Esta flexibilización del mercado laboral, como instrumento activo de una política de
empleo, contribuye a resolver no pocos problemas de la dinámica de adaptación
educación-empleo.
Entre otras cosas, en primer lugar, los procesos de un necesario ajuste
económico; pues aunque la eficiencia económica no es un fin en sí misma, sino que ha de
estar al servicio del perfeccionamiento personal y del progreso social, estos no son
posibles sin unos adecuados niveles de actividad económica. Una sociedad justa y
progresiva se constituye sobre estructuras económicas sanas y equilibradas.
En segundo lugar, la necesidad de innovaciones tecnológicas y de
cambios en la vida profesional. Si, por un lado, el "paro tecnológico" ha sido
un efecto inducido de la nueva situación, por otro las perspectivas económicas, sociales
y profesionales se han ampliado con la aparición de las nuevas tecnologías, a las que
van estrechamente ligadas nuevas formas de organización de la vida social.
Tercero y último, la adaptación de situaciones sociales nuevas; el
persistente desempleo no sólo se ha convertido en problema social primordial en muchos
países, sino que va acompañado de otros problemas sociales que hay que resolver o paliar
desde la educación (delincuencia, drogadicción, ocio creciente, degradación
ambiental...).
Para esa flexibilización del mercado de trabajo, la enseñanza y la
formación constituyen el factor menos controvertido en las reflexiones sobre su
viabilidad, porque tienen una incidencia directa en las mentalidades y contribuyen a la
movilidad profesional, así como a la capacidad de enfrentarse con nuevas modalidades de
trabajo. Consideramos que las rigideces del sistema educativo, constituyen con toda
seguridad obstáculos al cambio más temibles que las propias rigideces del mercado
laboral.
La sociedad demanda, además, que la formación académica se vincule
hoy más a las necesidades prácticas del mercado laboral; hasta tal punto que la
orientación, conveniencia e intensidad de esa formación proyectada hacia los puestos de
trabajo, se decide más dentro de las políticas económicas y empresariales que de las
educativas o académicas.
Por otra parte, si bien en la década de los setentas, ante una
economía en expansión, sin desafíos ni desajustes estructurales especiales, con un
crecimiento económico sostenido y ritmo creciente de empleo en los servicios, sobre todo
en los docentes, se daba por supuesto una atención preferente y alto empleo de la oferta
educativa docente, las nuevas posibilidades económicas y tecnológicas han venido a
revisar esos planteamientos, al no poder limitarse los sistemas pedagógicos al simple
"mantenimiento" de su oferta educacional en el sector docente, y haberse puesto
de manifiesto la necesidad de su adaptación a nuevas necesidades educativas y
oportunidades de empleo en el sector.
De cara a una futura sociedad, no parece aventurado afirmar que las
relaciones entre oferta pedagógica y las oportunidades de empleo en el mundo educativo,
vendrán orientadas no sólo por la actualización y reajustes necesarios en la función
hasta ahora de mayor nivel de profesionalización, como es la docente, sino por los nuevos
horizontes y modalidades de ocupaciones y actividades profesionales acordes con las nuevas
tecnologías y necesidades del nuevo marco económico y social.
Como han puesto de relieves distintos trabajos sociológicos y
profesiológicos, en México nos encontramos, sobre todo a partir de la década de los
ochenta, en una profunda crisis de profesionalización de los licenciados en pedagogía.
Pese al auge despertado por las ciencias de la educación en el plano científico,
académico y universitario, apenas se ha logrado superar cuotas de diversificación
ocupacional con nuevos tipos de formación especializada, más allá de las que
tradicionalmente la sociedad ha admitido para las cualificaciones pedagógicas
universitarias. Manifestaciones de esa crisis son: el aumento progresivo de graduados en
ciencias de la educación sin profesionalizar; el estancamiento, cuando no regresión, de
las espectativas socioprofesionales en el sector; la inexistencia de un tercer nivel de
profesionalización de los estudios pedagógicos, una organización curricular
universitaria poco diferenciada, y casi exclusivamente polarizada en el esquema
tradicional de la función docente o paradocente, con escasas aperturas a otros campos
técnico-profesionales: planificación, administración, dirección y control educacional,
educación informal, animación sociocultural, educación permanente, ocupaciones
relacionadas con los medios de comunicación social y nuevas tecnologías de información,
y la ausencia de un estatuto profesional del pedagogo.
Mas parece razonable que, ante esos fenómenos de las "sociedades
posindustriales", que brevemente hemos caracterizado, así como sus implicaciones en
el sistema educativo, vaya emergiendo, paulatinamente, una mayor diversificación de
actividades pedagógicas y perspectivas de profesionalización pedagógica para atender a
la adaptación del sistema educativo a las necesidades sociales, culturales y perspectivas
de futuro que se abren en la vida social.
Una necesidad actual del pedagogo es la de poder desenvolverse con
bases institucionales en el ámbito de las empresas. Para ello es necesario que se den
estas en la formación durante toda la carrera de pedagogía, ya que tenemos una carencia
de formación muy notable para intervenir fuera del sistema educativo formal en cuestiones
que son de la competencia del pedagogo pero que falta la preparación necesaria en las
escuelas superiores de ciencias de la educación, pudiendo tener especializaciones en
pedagogía con un currículum interdisciplinario, con materias perceptivas y optativas
para la empresa, como lo hacen las universidades y escuelas superiores de pedagogía en
Estados Unidos. El objetivo fundamental de este trabajo, es que se forme al pedagogo para
que intervenga en las empresas de manera activa y eficaz, lo cual es necesario para que se
impartan los conocimientos básicos dentro de la carrera.
Merece, sin embargo, la pena destacar que, pese a la amplia
diversificación ocupacional a que se abre actualmente la actividad profesional del
pedagogo, su operatividad y eficacia está condicionada a varios factores o exigencias
curriculares y extracurriculares que, de modo convergente, han de concurrir a su
formación.
Existe poca correspondencia o adecuación entre demandas
socioculturales; funciones asignadas al pedagogo; perfiles profesiográficos y contenidos
curriculares, bien por que las funciones asignadas no satisfagan las necesidades sociales
y culturales de una sociedad, o bien porque el propio curriculum desconozca los
requerimientos profesiológicos y su nivel de adaptación social. En consecuencia, toda
funcionalidad del sistema técnico-pedagógico se verá sensiblemente deteriorada y
desaprovechada.
Por lo dicho anteriormente, es evidente que la empresa necesita de un
profesional de la educación para solventar los problemas de formación y reciclaje de sus
diferentes departamentos. En la actualidad muchas empresas tienen incorporados a varios
profesionales relacionados con el ámbito educativo, que constituyen el Departamento de
Recursos Humanos, pero más conveniente sería que las empresas contaran con un pedagogo,
que cubra las necesidades de formación, ya que la empresa requiere del perfil de un
formador eficiente, que cumpla con los objetivos de formación y de perfeccionamiento
establecidos según las necesidades objetivas identificadas, y estos con los menores
costos posibles. Con esto nos referimos que el pedagogo que va a formar parte de un equipo
de formadores debe prepararse por cuenta propia y cubrir las necesidades requeridas por la
empresa.
El formador debe estar bien informado sobre el tema o los temas que ha
de trabajar y ser capaz de adaptar sus mensajes pedagógicos a las necesidades de los
empleados. Debe ser consciente de la naturaleza e intensidad de los incentivos que motiven
a los empleados. Ese conocimiento ha de permitirle adaptar su comportamiento pedagógico y
organizar su intervención formativa, además debe ser capaz de encargarse del seguimiento
de la formación o de la aplicación de las "cosas" aprendidas en torno al
trabajo.
Todo formador debe preguntarse cuáles son las hipótesis que sustentan
la concepción, ejecución y evaluación de sus intervenciones pedagógicas en la empresa,
por lo que creemos necesario conocer las actividades de formación que realizará.
Las actividades de instrucción y formación de integrantes de las
empresas no pueden limitarse al nivel de ejecución de las tareas, a lo que todavía en la
actualidad se suele llamar "mano de obra". Sabemos que los mandos de los
departamentos existentes en una empresa también necesitan formación, que no basta
conocer los nuevos avances tecnológicos para dirigir bien una pequeña, mediana o gran
empresa; sino que hace falta saber organizar, dirigir hombres, conducirlos bien, motivarlos,
instruirlos y crear espíritu de colaboración entre ellos para una mejor eficacia y
productividad.
Es bastante frecuente que los directivos y ejecutivos de las empresas
tengan escasa formación acerca de las cuestiones, siguen llenos de prejuicios absurdos en
lo concerniente a las actitudes que debe tener un jefe para mantener su autoridad, andan a
ciegas en muchos aspectos sobre todo en la comunicación ante los subordinados.
Sin embargo, los movimientos en favor del aumento de la productividad
ponen de relieve la importancia de los problemas humanos. De hecho esto es lo que hace que
se reafirme la necesidad de mejorar el clima de las relaciones humanas dentro de la
empresa. Para mejorarlo se logra por medio de la formación del personal dirigente, en
todos los niveles jerárquicos de la empresa. Pero la formación no tiene que ser limitada
solamente al personal de los cuadros de mando, sino que, debe hacerse extensiva a todo el
personal de la empresa.
En todo nivel jerárquico, existen para cada hombre problemas
concernientes a su adaptación al trabajo, a su conservación, en forma, a su progreso
técnico y social. El ingeniero y el obrero tienen ambos necesidad de conocimientos
técnicos, de un clima favorable, de una posibilidades de desenvolvimiento; no en los
mismos dominios ni de la misma manera. Los dos son hombres pero de desempeño, de
funciones y de cometidos diferentes. Se han de tener en cuenta esas diferencias para su
formación dentro de la empresa y preocuparse igualmente del uno y del otro.
La formación se adquiere mediante de medios didácticos-pedagógicos:
procedimientos, técnicas, materiales; etcétera. Pero para que estos medios puedan
contribuir de forma eficaz, no se deben utilizar en todos los casos, o problemas que se
susciten, hay que hacer un análisis minucioso para aplicar adecuadamente las estrategias
que hoy día brinda la pedagogía
De una manera general se puede decir que el procedimiento, técnicas,
métodos pedagógicos, etcétera, no son más que herramientas que vienen a insertarse en
la formación, permitiendo resolver una dificultad pedagógica. El problema para el
formador es siempre el de adaptar el medio pedagógico al grado de comprensión de la
persona a formar, porque un mismo medio puede ser, pueril para algunos, o por el
contrario, muy sutil para otros. La elección del medio didáctico pedagógico adecuado es
un criterio determinante de la competencia del formador. La materia de la formación se
determina partiendo de problemas que se plantean o van a plantearse en la empresa.
La resolución de estos problemas de formación precisa un conocimiento
perfecto de los trabajos a efectuar, manuales o no. Además, todos los medios pedagógicos
puestos a disposición de los técnicos de la formación en la empresa deben ser conocidos
de ellos para que se utilicen cuando y donde respondan al problema.
La empresa debe vivir, conservarse, prosperar y ello tanto en su
estructura material como en su constitución humana, la importancia del hombre, individuo
o grupo humano en la empresa es fundamental, la maquinaria, el edificio, etcétera, sin el
recurso humano sería sólo materia inanimada, por eso el problema humano en una empresa
debe considerarse en su conjunto. Las funciones que contribuyen a resolverlo no pueden
fragmentarse en categorías jerárquicas.
Es decir, el campo de la formación en las empresas abarca toda la
extensión humana. Por ello, los medios didácticos que se deben emplear en la formación
deben dirigirse con la certeza de mejorar la comunicación, su integración y motivar
el espíritu de colaboración efectiva en su mundo laboral.
El reto que representa la formación en las empresas para la pedagogía
es innegable. La consideración del estilo de aprendizaje del adulto y las implicaciones
cognitivas que tiene el aprender a utilizar estrategias adecuadas para el análisis y
solución de los problemas que, con carácter contextual e interactivo se le presentan al
trabajador, abre una nueva perspectiva en la reflexión sobre la problemática de la
formación en el contexto del mundo del trabajo.
Además, las relaciones existentes entre el mundo del trabajo y el
mundo de la educación están adquiriendo un sentido diferente, de tal manera, que,
actualmente existe una mayor vinculación entre los sistemas económicos y los sistemas
educativos, y se considera como inversión y no como gasto a las partidas de recursos
encaminados al desarrollo y cualificación de los trabajadores.
Estas ideas proporcionan nuevas perspectivas a la educación dentro de
la empresa y amplían el campo de la actuación de sus profesionales desempeñando un
papel mas activo dentro de las organizaciones empresariales. La educación adquiere
sentido propio dentro de la empresa, armoniza las capacidades de los individuos en
relación a la labor que desempeñan y con respecto a sus propias expectativas personales
de desarrollo profesional.
Por tanto, la educación y, más concretamente, la formación se hacen
imprescindibles en la década de los noventa, clara heredera de los avances de la década
anterior, que mantiene una continuidad respecto a los adelantos tecnológicos y a los
cambios en el mercado de trabajo y, que está desarrollando nuevos tipos de contratación
y relaciones laborales que hacen necesario el desarrollo de una mentalidad flexible en los
trabajadores que les facilite una continua adaptación, productiva y competente, a la
diversidad de acontecimientos, tanto laborales como sociales, que se están produciendo.
En este momento en el que aparece un nuevo concepto de la pedagogía de
la empresa, que se caracteriza por la integración de la formación en el ámbito laboral
dentro del plan estratégico de la empresa, se pretende entender la formación como un
elemento más de la organización empresarial y se inscribe en las denominadas inversiones
"inmateriales" o "intelectuales". El saber se convierte, así, en una
fuerza productiva y su incorporación en las organizaciones adquiere un valor
estratégico.