
La
democracia en el aula como aporte a la prevención de la delincuencia
(Texto leído en el Pimer Congreso Nacional
para la Prevención del Delito; Guadalajara, Jal., 12, 13, y 14 de enero
de 1994. Se publica ampliado)
Víctor
Manuel Caamaño Cano*
* Asesor de la Universidad Pedagógica Nacional (UPN),
Unidad 141, Guadalajara.
La democracia
en cuanto soberanía del pueblo, participación popular, se opone
al privilegio, es decir, a la exclusión y la injusticia en que aquél
se finca. Pero también, en cuanto igualdad de oportunidades, posibilita
la justicia en la participación económica, social y cultural de
un mayor número de individuos; el respeto a su identidad y a sus derechos.
Mientras exista mayor participación democrática
real en la sociedad, se tendrán mejores posibilidades de evitar la opresión,
injusticia, pobreza, desigualdad, así como el trastocamiento de un orden
constitucional y armónico provocado por el descontento y la protesta
y, también, por la violencia con la que el privilegio trata de imponerse
para la interacción en las instituciones y organizaciones que en su agregación
y suma constituyen la sociedad.
Una mayor democracia posibilita en primer término,
un tejido social con mayor cohesión y, a la vez, mecanismos y canales
más racionales y adecuados para procesar los conflictos y las contradicciones
inevitables en cualquier sociedad compleja. En la actualidad, todas en mayor
o menor medida lo son. Mientras mayor fortaleza democrática exista, se
podrá garantizar de mejor manera la existencia de reglas generales de
convivencia y lo que es óptimo, el auténtico respeto a la ley.
Una democracia fuerte y participativa garantiza de mejor
manera la existencia de la pluralidad que contiene la sociedad en cuanto a estilos
de vida, preferencias y opciones de los ciudadanos, diferencias de gustos y
de opinión, y decisiones en el sistema electoral. La fortaleza democrática
radica en que esos gustos y expresiones sean respetados en función de
un acuerdo general que los regula y, también, en función de la
importancia que tienen dentro de la sociedad tanto desde el punto de vista de
garantizar su propio funcionamiento, como desde el punto de vista de la amplitud
del sector que representan: el desposeído por serlo, no está exento
de derechos (al menos jurídicamente); quien está en la abundancia,
no por ello puede transgredir la ley, es decir, los acuerdos generales que como
señales de tránsito regulan la vida cotidiana de los ciudadanos,
que rigen los intereses en conflicto evitando apelar a la justicia por mano
propia o a los abusos de autoridad. Una democracia fuerte produce instituciones
sólidas.
¿Qué cuestiones de la vida diaria no requieren
de una cultura democrática como prerrequisito para su mejor funcionamiento?
Cultura democrática en cuya formación y consolidación la
escuela cumple un importante papel.
Me serviré de algunos ejemplos para ilustrar
lo anterior. En una encuesta reciente publicada en una revista de circulación
nacional (Este país, núm. 31, octubre de 1993) se ponen
de manifiesto algunas cuestiones que tienen que ver con la delincuencia. Como
por ejemplo, la ignorancia de un gran número de personas con respecto
a la ley (si no se le conoce, ¿cómo se le respeta?). Y asociado
a lo anterior, el miedo a la policía.Por otra parte, la imagen de la
autoridad: la corrupción, el engaño, el abuso, la ineficiencia
y la inmoralidad han desprestigiado la imagen de quienes representan la autoridad
y ejercen el poder en México.
Además, el paternalismo y la pasividad ciudadana
permiten un importante patrón de comportamiento que los conduce a percibir
que la lucha contra el crimen y la delincuencia es responsabilidad exclusiva
del gobierno y sus autoridades. Indefensos y pasivos, estos ciudadanos esperan
que "alguien" les resuelva esta cuestión (en el Distrito Federal
tan sólo 25% conoce el teléfono de la policía). ¿Cómo
se puede pedir a las autoridades efectividad en la lucha contra la delincuencia
si los ciudadanos no están dispuestos a ayudar para ser protegidos.
Naturalmente que ello requiere información y
confianza en las autoridades, pero también autoestima y confianza en
sí mismos que, por cierto, la llamada "cultura de la pobreza"
está muy lejos de proporcionar. Ya que, paradójicamente, y de
acuerdo con la fuente citada, parece ser que cuanto mayor es el grado de satisfacción
con la vida más alta será la disposición a reportar delitos
y de manera inversa, cuanto mayor sea la insatisfacción, menor será
la tendencia a denunciarlos.
Y, a propósito de la cultura de la pobreza, es
necesario destacar la siguiente afirmación: "la familia mexicana,
ese portento de unión, solvencia y fuerza moral vitoreado por algunos,
o ese nido de vicio, incesto y promiscuidad condenado y a la vez exonerado por
los estudiosos de la llamada cultura de la pobreza está aquí
en juego". Ya que parecería existir suficiente unidad en la célula
doméstica promedio de los mexicanos para asegurar que un número
significativo de delitos cometidos dentro de la familia, serán solapados
por ella misma (op. cit.).
Comentario aparte merece la forma como se maneja la
televisión comercial, tan altamente monopolizada. Verdaderas universidades
del crimen deforman la personalidad de los espectadores del interminable desfile
de violencia gratuita y sin sentido y de inducción a la delincuencia
de diverso calibre, aderezadas de infatigables promocionales y comerciales ensalzando
e induciendo al consumo de alcohol y tabaco, como antesala para adicciones más
letales.
Para no hablar de la desleal competencia que provocan
con la misión de la escuela, al robar la atención y el tiempo
que exigen las actividades y las tareas escolares. La ironía de que el
mayor monopolio televisivo ha suplantado a la sep, cuenta con una innegable
evidencia.
Mientras que el espacio escolar trata de inculcar prácticas
y valores positivos hacia la sociedad y el individuo, habilidades creativas,
capacidad de participar constructivamente, etcétera; la obra televisiva
arrasa con sus propuestas destructivas que a diario envenenan las mentes de
niños, jóvenes, adultos, hombres y mujeres, bajo el inocente rótulo
de cultura del "entretenimiento".
Le bastan unos cuantos minutos a la televisión,
tal como se utiliza en nuestro país, supeditada a intereses mercantiles
y políticos que resueltamente chocan con el interés democrático
y social, para destruir el enorme y paciente esfuerzo cotidiano que supone el
acto educativo. Las largas horas de interés y de atención hacia
los niños y adolescentes, principalmente. Una verdadera tarea de Sísifo.
Los ejemplos anteriores nos permiten destacar la colosal
responsabilidad de la escuela, en primer término como escuela para la
democracia y la participación cívica. Asimismo, la urgencia de
revalorar su función en la formación de individuos seguros de
sí mismos, responsables, capaces de estar informados, de expresarse,
de hacer peticiones, de optar y decidir, de defender sus derechos y el estado
de derecho. En una palabra, de ejercitar la democracia.
Sin embargo, no podrá la escuela mexicana vigorizar
las tareas de democratización, si los maestros no predican con el ejemplo,
si no ponen en acción lo prescrito por el artículo tercero constitucional
más que, en el mejor de los casos, enseñar a sus alumnos a recitarlo,
si no revisan autocríticamente sus deficiencias e inhabilidades en cuanto
al impulso a la democracia se refiere.
Dar la palabra al niño, ganarlo con la autoridad
moral que da el reconocimiento en lugar de las presiones, chantajes, castigos
o amenazas, preferidos por el autoritarismo; estimular sus aciertos y esfuerzos,
ofrecerle en el aula las mejores condiciones de igualdad y libertad, erradicar
toda forma de discriminación (racismo, pobreza, sexismo, religión,
política...), habilitarlo para hacer valer la fuerza de la razón
y no la razón de la fuerza, considerar que su integridad biológica
y psicoafectiva requiere del más absoluto respeto, enseñarlos
a deliberar y pensar por cabeza propia, aceptar sus opiniones y proposiciones
más que manipularlas, es la mejor escuela de democracia y para la prevención
del delito.
Orientaciones
y sugerencias
Hacer del conocimiento de los alumnos y ensalzar una cultura cívica
de conocimiento y respeto a la ley, de manera sostenida y permanente. La peor
contrapropaganda a estos propósitos, será que el maestro no predique
con el ejemplo.
Despertar desde la más temprana edad, la inquietud de que la
legitimidad de las autoridades brota del reconocimiento de los ciudadanos y
que éste está asociado a una relación de respeto hacia
la autoridad a la escala que sea, pero de exigencia a que se conduzca de acuerdo
a la ley, la justicia y la honradez, porque, de no ser así, debiera ser
revocada.
Inculcar que la democracia no es inalcanzable, ni está reservada
a especialistas, que todos podemos decidir con nuestra participación
y con arreglo a acuerdos y procedimientos claros para todos. Que la política
se corrompe cuando se le desdeña y se deja en manos de unos cuantos sin
la participación democrática de todos.
Una actitud cívica que urge rescatar es el valor civil de denunciar
atropellos y hacer valer los derechos trascendiendo las declaraciones reivindicativas
o lo prescrito en el papel en que están escritas las normas.
Instruir a los niños sobre los derechos humanos que les asisten
y las formas de hacerlos valer, así como las medidas a tomar en casos
de amenaza a ellos o transgresión a sus derechos. Es muy importante infundirles
confianza capacitándolos en ese renglón.
Comentar con los alumnos los programas televisivos, en lo que a mensajes
antidemocráticos se refiere: exclusión, intolerancia, racismo
y glorificación de la injusticia y la violencia sobre los más
débiles (niños, mujeres y minorías de cualquier tipo).
Y, lo más importante: predicar con el ejemplo cotidiano en
el aula, dando espacio y hasta impulsando la libre expresión en un ambiente
de respeto y tolerancia sin favoritismos, censuras o burlas; respetando opiniones
en diferencia y enseñando el difícil camino de tal respeto; demostrar
que se le reconoce al grupo escolar la capacidad de expresarse y organizarse
de acuerdo a sus propios intereses o inclinaciones sin la imposición
o tutelaje del maestro; evitar que las expresiones orales o corporales pongan
de manifiesto actitudes segregacionistas, clasistas o racistas que ensalcen
bienes materiales o ciertas apariencias físicas; y sobre todo, rehuir
a la tentación de considerar la voz del maestro como indiscutible e infalible;
la modestia y el realismo favorecerán la comunicación y el crecimiento
de alumnos, pero también de docentes cuando se entienda que el maestro
no es más que un facilitador que está muy por debajo del pedestal
en que se quisiera situar. El beneficio de la duda metódica: como antídoto
a certezas fijas, favorecerá con mucho el logro de este propósito.