
El reencuentro con Freire
Oscar Bitzer
En un artículo publicado en esta sección de
¿Y que pasó con Paulo Freire?
Regresamos al tema que le da título a esta página. Cuando conocí a Paulo Freire de
carne y hueso, casi simultáneamente con sus primeros libros, eran los controvertidos
años finales de los sesenta -concretamente en 1968 en Pátzcuaro, Michoacán-. El maestro
acompañaba al siglo en su edad pero se adelantaba a sus compañeros en sus ideas. Ahora,
en 1994, lo evoco nuevamente a partir de otra experiencia vivencial.
En septiembre pasado, tuve el privilegio de asistir a Buenos Aires a un
evento en el que Paulo Freire fue el protagonista principal. Se trataba de un diálogo
acerca del diálogo con un maestro argentino; y allí pude intercambiar fugazmente unas
palabras, que aproveche para solicitarle su domicilio postal y su teléfono actual. De muy
buena gana y de puño y letra, Freire me anotó su dirección en San Paulo, Brasil, donde
reside en este momento.
Hoy quisiera compartir la impresión personal que me causó este
reencuentro, veinticinco años después. En la sala de un teatro porteño reinaba la
impaciencia y la expectación ante la inminente llegada de Paulo Freire, unas quinientas
personas, la mayoría de ellas maestras, esperaban la entrada de alguien venerado como un
ídolo.
¿Que veinte años no es nada?
Por fin -rodeado de fornidos intelectuales barbones que le formaban un cerco móvil
infranqueable- apareció la figura del anciano maestro, caminando lentamente en medio de
aplausos y vivas del público pleno de admiradores. Y aquí es donde el impacto fue mas
fuerte para mi; su voz, muy apagada, apenas podía escucharse, y sus palabras en un
"portuñol" casi incomprensible, lograron el silencio total de sus fans. Hablaba
más en portugués que en castellano, pero esto no impedía la comunicación con los
maestros argentinos, que con frecuencia lo aplaudían. Medio millar de maestros y maestras
-que habían pagado 30 dólares por verlo- no perdían palabras y festejaban las bromas o
las ocurrencias del buen humor freireano. Por momentos Freire apelaba ala ayuda de una
maestra cuarentona, sentada cerca de mi en primera fila, quien lo auxiliaba en la
traducción de varios términos al español. Luego me enteré que era su esposa, porque
enviudo de aquella mujer madura y apacible que conocí en Pátzcuaro.
El final la moraleja y la
pizza
Cerca de la media noche y después de dos horas de diálogo, cuando el tema había sido
precisamente el diálogo los asistentes llegaron al paroxismo, al anunciarles que un
comité pediría para Paulo Freire el Premio Nobel de la Paz.
Pero lo que más interesa es el contenido ideológico de la palabra de
la palabra de Freire no ha variado. Sigue en su postura de luchador social, preocupado por
los grandes temas de la educación de los oprimidos: "continuaré trabajando contra
el sistema, -dijo- aunque este se ponga nuevos disfraces".
De allí salí emocionado y a la vez triste por que los años se le han
venido encima a Freire y a mi también. En compañía de una buena amiga, quien había
conseguido los boletos con mil mañas -cuando las localidades estaban agotadas-, caminamos
por Corrientes en pleno invierno porteño, en busca de una pizzería abierta. Tomamos vino
tinto y charlamos sobre México. La cátedra pasó, después el maestro que nos habló
sobre el costo social de la estabilidad económica lograda por un excéntrico presidente,
añorando la vida nocturna de otros tiempos en "La reina del Plata".
Si aceptáramos que "todo tiempo pasado fue mejor",
estaríamos afirmando que "todo tiempo futuro será peor". Y eso es pensar
negativamente ¿verdad?