
La Historia como
reconstrucción y disfrute:
apunte sobre el ejercicio de la crónica e historia regionales. La necesidad colectiva
del pasado como identidad
Antonio Ibarra Romero
Si hablamos de Historia, es porque para
todos ésta es un disfrute: su lectura, reconstrucción, reflexión.
La Historia como conocimiento del pasado, como "resurrección
imaginaria"1 de lo social pretérito es, en mi
opinión alternativamente un esfuerzo profesional y un ejercicio lúdico que va precedido
de una sociedad colectiva de memoria, de un requerido recuerdo sistemático y de una
explicación satisfactoria de éste, aunque provisionalmente aceptada.
De esta manera, la Historia no es sólo asunto de profesionales sino de
la sociedad, no sólo de la precisión sistemática sino del "imaginario social"2 vivo. Las continuas vueltas del tiempo vivido en lo
cotidiano nos seducen para voltear los ojos del pasado, a veces con entusiasmo y en
ocasiones con horror (como el Angelus novus de Walter Benjamin). El tiempo corre
como el agua y la reconstrucción episódica de éste en la en la vida de todos asemeja un
batán que golpea y golpea hasta lograr cribar el recuerdo y dar textura al pasado. La
necesidad de alimentar esa memoria colectiva, de refigurar esa imaginación del pasado da
al ejercicio de la crónica y de la historia una vitalidad inagotable.
Pero también, vale decirlo, la historia como "ejercicio
memorioso" es la forma colectiva de convivir con ella. La crónica de familia
con sus luces y silencios, la reseña de la vida pueblerina con sus
personajes, jerarquías y episodios íntimos o la comprensión del pasado nacional
como discurso de identidad, comparten una misma ansiedad social: identificarse con un
pasado. Dicho de esta manera, la permanente pregunta "¿para qué sirve la
historia?" sale sobrando.
El historiador memorioso como suele llamarse a Luis González, conjuga
esta dualidad del conocimiento histórico: necesidad y placer.3
La combinación de recuerdos colectivos (de viva voz o glosados por la evocación), la
reconstrucción documental e imaginación histórica pueden producir la crónica de todos.
Bien puede ser asistemática, prejuiciosa, autocomplaciente y cándida, pero es también
una versión plural del autoconocimiento social en el pasado: la llamada
"microhistoria".4
Por su cuenta, el historiador profesional si bien comparte con el
cronista la misma dualidad emocional necesidad y placer ha sometido en muchos
casos el vértigo de la imaginación a la precisión y la evidencia empírica. La
reconstrucción del pasado, cuando se parte de un conocimiento previo, de una herencia
cultural e intelectual compleja suele tropezar con mayores dificultades para hacer fluir
el pasado por su narración: de la proposición ética a precisión del lenguaje, los
datos y la continuidad del discurso.5 Así, mientras en
las universidades se entrena a los historiadores para refigurar el pasado como objeto de
conocimiento, en la sociedad se ejerce la historia como evocación imaginativa. Por ello,
quizás, la lectura misma de la historia sea entre muchos de nosotros menos una práctica
rigurosa y más un placer imaginativo.6
¿A qué viene para redundar toda esta historia? A la
confirmación de que el antecedente general de una vocación pasión por la
historia suele tener como mejor referente el disfrute de la historia, la
imaginación del pasado y en menor medida la idea precisa de profesionalizarse. En
cualquier caso, profesionales y memoriosos son productores de discursos históricos
distintos pero complementarios, de pasados imaginarios diversos que como lectores podemos
procurar o evadir. El placer del texto histórico, como escribiera Roland Barthes, está
en la permanente resurrección del mismo, en verse leído interpretado de una manera
lúdica o imaginativa.7
La necesaria renovación de la
historia académica
Sin embargo, la necesaria autonomía social de la investigación científica obliga a
repensar la relación entre la historia como "discurso" y la historia como
"imaginario social".8 Por varias razones, aún
la historiografía con mayor rigor académico se ha visto en la necesidad de utilizar
sistemáticamente, fuentes y testimonios de muy distinto tipo: iconografía, tradiciones
orales, graffiti, imaginería popular, etcétera. Cada vez, entonces, la academia
histórica se ve obligado a considerarlo "trivial social" e incorporarlo al
conocimiento, es decir a repensarlo y transformarlo en conceptos y categorías, cada vez
más dúctiles a la vida real.9
Así, entonces, si bien es cierto que en los últimos treinta años
asistimos a un espectacular avance de la historiografía académica, cada vez más con
mayores recursos técnicos y argumentales, también es verdad que la pulverización del
conocimiento histórico por vía de la especialización académica ha llevado
como contracorriente a la búsqueda de temáticas nuevas, a ensayar nuevos enfoques y
replantear viejos problemas. De ello podemos concluir que, aunque la historia sea
considerado un lujo académico, como conocimiento y como disfrute colectivo sigue siendo
tan relevante como lo fue entre los pueblos antiguos. Es, finalmente, un conocimiento
inseparable de la vida social.
La historia regional como
conocimiento y como construcción
Ahora bien, la historiografía regional tan de boga en las últimas décadas ha
transitado por varios senderos: por el de la reconstrucción memoriosa del pasado ya
por sus actores o bien por sus cronistas y también por el de la investigación
académica profesional. Para ambos enfoques y modos de hacer historia "la
región" es el objeto real de conocimiento y sujeto de la historia en tanto la unidad
social es el pueblo, la comarca, el terruño, etcétera.
Así entonces, culturalmente hablando, se puede encontrar una identidad
del alteño o sureño, del desarrollo de los valles, de la costa y en cualquier caso
podremos hablar de una "personalidad regional", más aún de una diversidad y
rivalidad que pasa por los prejuicios y las rutinas culturales de la vida social. Pero y
¿esto es la región socialmente hablando? ¿Es la geografía que al interactuar
históricamente con la sociedad configura lo regional? o ¿simplemente es la forma en que
se manifiesta la vida, el imaginario y el conocimiento del pasado en sociedades pequeñas?
Quizá sean una mezcla de todo, pero de que se vive socialmente la regionalidad es cierto.
La pregunta que queda es ¿conviene reconstruir históricamente hablando esta
sensación social convertirla en materia de conocimiento especializado? Quizás en el
camino de esta reconstrucción la historiografía regionalista ha perdido su encanto en
tanto que ha ganado cientificidad académica.10
Sin embargo, desde mi punto de vista, la región como objeto de estudio
y como sujeto de la historia es una invención, una construcción del imaginario
científico que encuentra en la sistematización de datos y episodios la unidad de lo
espacial, de lo cultural. De esta manera, la tradicional óptica ha convertido casi en una
disciplina a la historia regional. son más de una veintena los buenos, por originales,
libros de la materia, unos cientos los estudios relevantes e innumerables las
monografías, pero aún hoy no contamos con una reflexión crítica sobre este ejercicio.
No tenemos un balance historiográfico que vaya más allá de identificar temáticas,
problemas y fuentes. El trabajo de Eric Van Young11 es,
desde luego, el mejor esfuerzo por sistematizar y comprender globalmente la práctica de
los historiadores regionales académicos. Sin embargo, lo diverso e inasible de sus
referencias conceptuales se refleja en los estudios académicos: las regiones, como dice
Van Young son buenas para pensar un problema y mostrarlo, pero nada más.12 Lo relevante del análisis regional, entonces, está en tomarlo como
teatro explicativo de problemas históricos que rebasan la peculiaridad para explicar y
puede. La crónica bien escrita y vívida, contrariamente, se recompensa con el sólo
placer de la lectura.
Con este pesimismo epistemológico podemos concluir en que la
historiografía regionalista popularmente leída ha logrado más una función
cohesionadora en el discurso político y cultural que en la investigación académica. En
breve, prefiero el optimismo con que la crónica glosa el pensamiento local que cualquier
Historia General del Estado de Tal (con mayúsculas claro) donde suele describirse el
pasado de algún territorio de nuestra ficticia federación, como un conjunto social con
una personalidad y unidad histórica propias desde tiempos inmemoriales. Esa
historiografía institucionalizada es prescindible o bien reemplazable por una buena
crónica de época. Porque al final de todo esta discusión, coincidiendo con Van Young:
las regiones son buenas para pensar cuando se quiere llegar a ello.
Notas
1. El concepto es de Elías Trabulse.
2. Ver Enrique Florescano: Memoria mexicana.
México, 1992.
3. Su pueblo en vilo, El Colegio de México
(1986), así lo muestra. Existe una versión popular en Lecturas Mexicanas, FCE/SEP, vol.
59.
4. "La microhistoria es la menuda sabiduría que no
sólo sirve a los sabio campanudos nos dice Luis González. Es principalmente
autosapiencia popular con valor terapéutico, pues ayuda a la liberación de las
minisociedades, y a su cambio en un sentido de mejoría proporciona viejas fórmulas de
buen vivir a los moralistas; procura salud a los golpeados por el ajetreo y ha venido a
ser recientemente (1985) sierva o ancla de las ciencias sistemáticas de la sociedad;
destruye falsas generalizaciones y permite hacer generalizaciones válidas a los
científicos sociales", en Invitación a la microhistoria. FCE/CREA.
México, 1986. p. 134-135.
5. Ver la crítica de Michel del Certeau: La
escritura de la historia. Universidad Iberoamericana. México, 1985. pp. 15-30.
6. "¿Por qué en tantas obras históricas,
novelescas, biográficas, hay un placer en ver representada `la vida cotidiana´ de una
época de un personaje? ¿Por qué esta curiosidad por los detalles: horarios, hábitos,
comidas, casa vestidos, etcétera? ¿Es por el gusto fantástico de la `realidad´ (la
materialidad misma del `eso ha sido´)? ¿Y no el fantasma mismo el que convoca el `el
detalle´, la escena minúscula, privada, en la que puedo fácilmente tomar mi lugar? En
resumen, habría `pequeños históricos´(esos lectores) que obtendrían goce de un
singular teatro: no el de la grandeza sino el de la mediocridad (¿si es que hay sueños,
fantasmas de mediocridad?)". Roland Barthes. El placer del texto. Siglo XXI.
México, 1974. p. 86.
7. "Cuánto más una historia está contada de una
manera decorosa sostiene Barthes, sin dobles sentidos, sin malicia,
edulcorada, es mucho más fácil revertirla, ennegrecerla, leerla invertida (Mme. de
Ségur leída por Sade). Esta reversión, siendo pura producción, desarrolla
soberbiamente el placer del texto". Ibid., p. 44.
8. "Es necesario marcar bien los imaginarios del
lenguaje, a saber: la palabra como unidad singular, el lenguaje como instrumento o
expresión del pensamiento, la escritura como trasliteración de la palabra, la carencia
misma o la negación del lenguaje como fuerza primaria, espontánea, pragmática. Todos
esos artefactos son asumidos por el imaginario de la ciencia (la ciencia como imaginario);
la lingüística enuncia muy bien la verdad sobre el lenguaje pero solamente en esto: que
ninguna ilusión consciente es realizada; es la definición misma de lo imaginario; la
inconsciencia del inconsciente." R. Barthes. Op. cit., p. 54.
9. Ver los balances historiográficos de Solange Alberro:
"La historia de las mentalidades: trayectoria y perspectivas"; y de Magnus
Mörner: "Historia social hispanoamericana de los siglos XVIII y XIX: algunas
reflexiones en torno a la historiografía reciente", en: revista Historia
mexicana. El Colegio de México. XLII, 2, núm. 166. México, octubre-diciembre de
1992.
10. ver el entusiasta artículo de Pedro Pérez Herrero
en su compilación: Región e Historia en México (1700-1850). Instituto José
María Luis Mora. México, 1991.
11. "Hacer la historia regional: consideraciones
metodológicas y teóricas", en: La crisis del orden colonial. México,
1992. pp. 429-451.
12. Eric Van Young. "¿Son buenas las regiones
para pensar?: espacio, clase y Estado en la historia mexicana" (mimeograma), del
seminario permanente de historia regional del posgrado de economía. UNAM, 1991 (de
próxima aparición en la revista Ensayos).