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Maestros de carne y hueso
Equipo La Tarea
Uno de
los elementos básicos que debe poseer toda profesión es la conformación
de una imagen que le confiera un sentido social, que la dignifique y le dé
un código de conducta dentro del cual deba desarrollar su actividad específica.
Históricamente al educador se le ha concebido en dos sentidos antagónicos:
se le idealiza o se le define negativamente. Ambas posturas muy alejadas de
la realidad.
En el primer caso, aún persiste la imagen "apostólica",
obsoleta ya, si consideramos las diferencias sociales, académicas y del
contexto del trabajo de los docentes.
Aún cuando el magisterio ha experimentado un
significativo proceso de movilidad social ascendente, con base en el avance
en cuanto a preparación profesional, dichos logros se ven opacados por
el desprestigio de la profesión, expresado fundamentalmente por los bajos
ingresos que se perciben.
Se ha heredado la idea del mentor perfecto, extraterrestre,
el ser mitológico. Los biógrafos caen en lo cursi al resaltar
sumamente las virtudes personales de los docentes.
La imagen social del maestro les coloca en una encrucijada
pues el compromiso con la sociedad es tal, que los docentes han sacrificado
en ocasiones su propia y espontánea existencia, por una falsa vida "desciplinada
y ejemplar", dándose así un choque entre el "ser y el
deber ser".
Nos encontramos por ejemplo, a un sinnúmero de
maestros cuya vida fue dedicada total y exclusivamente al magisterio, por lo
que se tiene un patrón, entre otros, de maestra solterona, compulsiva
y con grandes frustraciones.
En el segundo caso, nos enfrentamos con la imagen de
maestro menospreciado: el déspota, prepotente, oficialista, sindicalero,
"puntero", holgazán, falto de vocación, centavero y
que mezcla otras actividades con su labor, en aras de "otras entraditas".
Es importante buscar un justo medio en la apreciación
del docente, considerándolo como un trabajador de la educación
que debe superarse, divertirse y vivir paralelamente a su fundamental labor
de educar. Es profesor que debe trabajar dos o tres turnos y estudiar los fines
de semana para subsanar las graves deficiencias de la formación normalista
para, algún día, por ejemplo, ingresar a la Carrera Magisterial,
gracias a una licenciatura o maestría que, indirectamente también
representará en sus ingresos, tres pesos más.
El mismo que sin haber sido preparado para ello, debe
realizar actividades administrativas y docentes que van desde llenar una forma
o vender golosinas en el recreo, hasta montar bailables, obras de teatro, desfiles,
exposiciones, concursos, y, desde luego, cubrir satisfactoriamente programas
en todas las áreas del conocimiento, aún cuando las diferencias
individuales no le permitan desempeñarse adecuadamente en todas ellas.
Institucionalmente se maneja un modelo de maestro, y
en la práctica la propia institución educativa impone algo diferente.
Se propone un tipo ideal de docente que busque el desarrollo integral de los
educandos, que forme e informe, que aconseje y dirija, que oriente y guíe,
y sobre todo, que sea un elemento de cambio social en la comunidad, que en la
mayoría de las ocasiones no es la suya. Sin embargo, se le distrae con
un sinnúmero de actividades ajenas a dicha profesión tales como
vender libros, uniformes, instrumentos musicales, organizar kermesses, rifas,
paseos, colectas e incluso el vals para fin de año. Actividades que distan
mucho del desarrollo comunitario.
En la actualidad ya no podemos hablar del mismo misionero,
apóstol, ejemplar, depurador y transformador de su medio. Patrón
ideal que ya nada tiene que ver con la realidad y que, incluso involuntariamente
hemos adoptado. Ese modelo terminó a decir del profesor Ramón
García Ruíz, cuando se iniciaron las dobles plazas en el magisterio.
Es preciso que la concepción del maestro sea
realista en cuanto a sus posibilidades y abarque la infinidad de aspectos que
definen su propia vida, pues es válido hablar de maestros imperfectos,
con problemas económicos, personales y sociales, sin dejar de lado el
aspecto humano y de vocación que sin duda poseen la mayoría de
ellos, porque por fortuna, y a pesar de todo... Los
maestros son también de carne y hueso.