
Memorias
del polvo
Por qué darle teatro a los niños
Antonio
Camacho*
* Director de la Compañía de Títeres
La Coperacha. Saxofonista.
Pararse
frente a un grupo de niños puede ser como el escritor frente a la hoja
en blanco o un lienzo para el pintor.
Uno
transita con sus baúles llenos de títeres y personajes, cuentos,
canciones, acercándose al fin del siglo, descubriendo nuevas situaciones,
alguna dramática especialmente para los niños: el etnocidio en
Bosnia, la miseria en América Latina, los niños de la calle, la
muerte de Cantinflas, etcétera; y uno sabe que no puede dejar de trabajar
con ellos, de buscarlos, de tener cada vez más espectadores de los adultos,
dispuestos a intercambiar aplausos, risas gritos, historia, música...
Este
trabajo del teatro de títeres tiene una contradicción fascinante;
se llega con facilidad a la idea de que "los niños son iguales aquí,
en España, Cuba, Nueva York, Tepatitlán". Por un lado, porque
por otro es notable e interesante la diferencia mostrada por espectadores-niños,
o de una escuela o zona escolar del Sector Libertad o un colegio, de la ciudad
al medio rural, un país a otro e incluso de un niño a otro.
Si
partimos de la idea de Pichón Riviere sobre la formación de la
"matriz vincular" o grupo interno, o sea ese grupo de recuerdos, imágenes,
fantasmas, gustos formados en la más tierna y trascendente etapa de la
niñez a través de las relaciones de afecto, amor protección,
sumisión, etcétera; que recibimos en la familia y que es afirmado,
enriquecido o perturbado en ese otro grupo externo o "matriz aprendizaje",
resulta, al mismo tiempo atractivo y temerario asumirse como profesional del
teatro y además infantil, por todo lo que para la mente infantil implica
toda esta trama.
Porque
la verdad es que un adulto, al menos aparentemente, es un ser ya formado cuando
asiste a un espectáculo y el niño o el joven queremos o no, consciente
o no, no podrán con facilidad marginar o eliminar de su formación
la presencia o la manifestación estética de esta realidad y nadie
podría decir con certeza la importancia o penetración que resulte;
por eso es claro el papel que debe tener el teatro y la importancia de los problemas
de los niños, igual o más que los adultos. Así,
es posible e importante eludir la distorsión de hacer "didactismo"
o "adoctrinamiento" con este teatro, y en cambio asumir una responsabilidad
en el sentido de responder a esta incógnita invitación y reto
que es un grupo de espectadores-infantes, que si les hemos llamado hoja o lienzo
en blanco fue por hacer uso de la metáfora, pero que en realidad es un
"monstruo" de cabezas y ojos envueltos en un mar de imaginación,
ansias, esperanzas y a veces hambre, maltratos, padres desintegrados, etcétera;
y sólo nos queda la honestidad, la sencillez, el esfuerzo en nuestro
trabajo, buscar la identidad cultural y la comunicación más clara
y profunda posible, para aspirar a aportar cualquier elemento (cosa o idea)
útil a su formación o placer y por lo tanto también a las
de nosotros.