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El profesor Alfonso L. Negrete, mártir de la Escuela Socialista
Francisco Barbosa Guzmán*
* Investigador del Instituto de Estudios Sociales (IES), de la Universidad de Guadalajara (UDG).
I
En un artículo
publicado en el primer número de esta revista: A
propósito de beatificaciones, se decía que parecía
válido y justo hablar de un réquiem por los maestros que sufrieron
atentados entre 1934 y 1939, más o menos, con motivo del desempeño
de su trabajo en la implantación de la educación socialista, cuando
recién la iglesia católica ha beatificado (el 4 de febrero de
1992) a un grupo de sacerdotes y laicos muertos, la mayoría, durante
la Cristiada (1927-1929). Que no borre el polvo del tiempo los nombres y las
motivaciones de aquellos maestros, dice el Editorial del número dicho.
Parece justa la relación hecha entre las beatificaciones
y la remembranza de los profesores, pues al fin y al cabo unos y otros fueron
víctimas y con aquello y esto se pretende lo mismo: que no se pierda
su memoria. También parece inevitable la conexión por estar en
ambos momentos involucrados y en franca tensión, la Iglesia y el Estado.
Aun cuando entre un momento y otro median diez años,
existe más de una comunicación entre ellos, una más, en
este caso una inmediata, es la de la cuestión educativa. Desde la promulgación
de la Constitución de 1917 esta materia generó conflictos; violentos
en tiempos de la Cristiada y con motivo de la reforma socialista del artículo
tercero constitucional. En esta última, con la participación de
grupos alzados de la "segunda" cristiada que reanimaron la guerra en los años
treinta; en algunos rumbos de la entidad no hubo tal reanimación, porque
de hecho la violencia de la "primera" nunca cesó.
De una u otra manera, el Estado y los católicos
han procurado hacer justicia a sus adeptos. Desde 1926, el Papa Pío XI
había declarado que él esperaba poner en el camino del altar a
los mártires mexicanos; solo que para que eso ocurriera hubo que esperar
una buena cantidad de años, por razones que nos excusamos de exponer
por falta de espacio. Los beatificados al cabo, cabe aclarar, lo fueron en virtud
de haber cumplido la condición de no haber participado en la rebelión.
No obstante, feligreses de algunas poblaciones del estado,
rescatando la memoria de algunos que no fueron tomados en cuenta por la Iglesia,
han conseguido en los últimos decenios que algunas calles lleven nombres
de sacerdotes, en su momento al menos procristeros, como en Arandas y en San
Julián. Que fueron perseguidos, pero a quienes también los consideran
sus benefactores por la obra social en ellas comprendida. Una calle de Tepatitlán
llámase Anacleto González Flores, líder cristero y según
parece, por un corto tiempo una delegación del municipio de Arandas llevó
el nombre del Arzobispo Francisco Orozco Jiménez, (luego el de Manuel
Martínez Valadez).1
También el Secretario de Educación Pública
Ignacio García Téllez (a la manera del Papa con los alzados) había
previsto homenajear a los profesores sacrificados, a los "mártires de
la Escuela Socialista·, con la designación de escuelas con sus nombres.2
Solo que en el caso que tratamos aquí, el del profesor Alfonso L. Negrete,
se le adelantaron al Secretario los campesinos del rancho donde trabajó
y murió. Como se verá, ellos lograron que a ese sitio se le denominase
Villa Negrete, para de esa manera guardar su memoria. Al parecer fue asesinado
por un grupo de "fanáticos", según eso azuzados principalmente
por los terratenientes.
II
Este maestro
fue uno de los que se comprometieron en llevar a la práctica la educación
socialista, establecida para el nivel primaria por la reforma del texto del
artículo tercero constitucional aprobada en diciembre 13 de 1934 (así
conservado hasta el año 1946) y cuyas primeras líneas indicaban:
"La educación que imparta el Estado será socialista y, además
de excluir toda doctrina religiosa, combatirá el fanatismo y los prejuicios".
La reforma implicaba varias campañas, la alfabetizadora
desde luego, y otras de bienestar social y de lucha en contra de todas las lacras
sociales.3
Unas tesis de la SEP (1934) fijaron a la reforma como finalidades, la de propugnar
por una convivencia social humana más justa; que de la organización
económica desapareciera la explotación del hombre por el hombre;
que formara hombres para participar en la "liquidación del latifundio".4
En Jalisco la reforma contó con el respaldo de
muchos profesores (y la oposición de otros) y de autoridades educativas.
También con el apoyo de los poderes ejecutivo y legislativo, en pleno
Maximato. Contribuyó a exacerbar los ánimos el hecho de que la
reforma tuviera por compañía una política radicalmente
anticlerical y antirreligiosa, cuyo impacto se extendía por muchas poblaciones
de la entidad, sobre todo por conducto de la Federación de Grupos Anticlericales
y Antirreligiosos de Jalisco. Para dar apenas una idea de esta Federación
basta con escribir un par de datos: a su primera convención (Guadalajara,
del 16 al 18 de julio de 1933) asistieron delegados de 74 agrupaciones, entre
ellas, el comité estatal del Partido Nacional Revolucionario.5
Pronto se incorporó la Federación a este Partido, el que entonces
vivió un período anticlerical (y la Iglesia un período
anti PRN).
La política con la característica dicha
antes, se expresó en muy diversas medidas tomadas por las autoridades.6
Conviene mencionar una, la expedición del decreto
3742 (del 26 de octubre de 1932) promulgado por el Gobernador Sebastián
Allende. Restringió el número de ministros de los cultos autorizados
para ejercer a cincuenta (en marzo de 1926 se autorizaron 250) reglamentado
de esa manera la fracción séptima del artículo 130 constitucional.
En resumen, imperaba un ambiente agresivo hacia la iglesia católica.
Cuando se aprobó la reforma del artículo
tercero, ya tenía tras de sí una cauda de inconformidades, sobresaliendo
la de los obispos y de muchos feligreses. Al iniciarse los cursos y presentarse
los maestros en las escuelas, los ánimos estaban caldeados. Sobre aquellos,
directores y padres de familia, pendía amenaza de excomunión,7
cuyo efecto práctico se tradujo en la huelga escolar. Para la Iglesia
la reforma era inadmisible por atea, por atentar contra el derecho de propiedad
y dicho en términos menos específicos, por conducir al socialismo.
Aún cuando habían proscrito el recurso
a la violencia, ésta se hizo presente, en particular en zonas rurales,
por conducto de católicos (existen reiteradas acusaciones de ser los
sacerdotes hostigadores) y por grupos de alzados en el movimiento llamado la
"segunda" cristiada. El objetivo selectivo fueron los profesores rurales y los
agraristas, sobre todo en Los Altos, donde se cometió el mayor número
de atentados. Esta situación condujo a la asociación de estos
dos grupos para defender sus vidas, la educación socialista y resistir
la acometida al reparto agrario.
La asociación tuvo por fundamento la intervención
de los maestros rurales en actividades políticas y sociales comprendidas
en su misión. Colaborar en el cumplimiento del programa de la revolución.
Ser guía del campesino y del niño; auxiliar al campesino, expuso
Lázaro Cárdenas, en su lucha por la tierra y al obrero en la obtención
y vigencia del salario mínimo.8
Y en efecto, fueron elementos clave en la ejecución de la reforma agraria.
Hubo sacerdotes que combatieron al mismo tiempo la reforma
escolar y la agraria, entonces, profesores y agraristas los tuvieron también
como enemigos. Los denunciaban, también los inspectores escolares y comunidades
agrarias en forma reiterada: amenazaban con excomunión a los padres de
familia, hacía labor antiagrarista y éste y aquél oficiaban
sin autorización, incumpliendo el decreto 3742 de que se habló
antes.
Reclamos que fueron desoídos por la autoridad
competente y así, a unos se les tomó presos o se les desterró;
a otros les revocaron la licencia para ejercer su ministerio, pasando como lo
hacían otros, a ejercerlo de manera subrepticia, etcétera.
El profesor rural que se comprometió en actividades
políticas y sociales9
(los que se desempeñaban en la ciudad mantuvieron una actitud más
"circunspecta", hijos de la clase media citadina conservadora)10
se atrajo la ojeriza de católicos exaltados, de sacerdotes y terratenientes.
David L. Raby publicó una lista dando cuenta de 139 incidentes o amenazas
de violencia en 26 estados de la República en el período 1932-1940.11
Allí aparecen los nombres de quienes sufrieron
asaltos, mutilaciones o la muerte, ya por motivos preponderantemente religiosos
o por su labor agrarista o por motivos mezclados. Casos de muerte reporta 79,
aunque la suma, cree, puede superar los 200. En la relación, Jalisco
ocupa el lugar número uno con quince incidentes; en ella se encuentra
el profesor Negrete con la anotación de "asesinado.
III
Por el
fallecimiento del profesor Negrete nos enteramos de su labor. Emerge la colaboración
habida con el sector de los agraristas y los sentimientos que los unieron. Sin
mayores comentarios nos referimos a ese hecho, toda vez que en los párrafos
anteriores creemos haber expuesto las circunstancias generales, preparando el
terreno para el relato del desenlace.
Negrete trabajaba en la escuela rural establecida en
la Hacienda de la víbora, municipio de Degollado, Jalisco. Para el censo
de población de 1930 era un rancho donde vivían 211 habitantes
y 221 para el de 1940. De acuerdo con la información periodística12
(esta es una advertencia) el 11 de abril, 1935, varios individuos lo acecharon
por la noche cerca de su casa; al acercarse a ella (o ya en su interior, dos
versiones existen) lo tomaron, lo amarraron y lo condujeron a las afueras donde
dispararon sus armas sobre su persona, a boca de jarro. Lo golpearon con piedras
antes o después de los disparos, escapando enseguida.
El periódico supo de los hechos por informes
proporcionados en la Liga de Comunidades Agrarias y Sindicatos Campesinos del
estado, por J. Jesús León organizador de comunidades agrarias
en el municipio de Ayo el Chico. ¿Quiénes fueron lo asesinos? Se
pregunta la nota y responde: se cree con cierto fundamento fueron fanáticos,
posiblemente instigados sobre todo por los terratenientes, afectados por los
trabajos del profesor. El cierto fundamento se hacía consistir en las
circunstancias de que Negrete manifestaba ideas francamente revolucionarias,
conformes con la orientación de la enseñanza socialista y sobre
todo, por su inclinación por organizar a los campesinos de ese lugar,
impulsando la formación de la comunidad agraria; motivo por el cual,
se supo, había tenido un altercado con los encargados o dueños
de la hacienda, "por las actividades agrarias del profesor".
Días después se reunió en Guadalajara
el Frente Unico Anticlerical de Maestros de Jalisco para tomar acuerdos ante
las agresiones de que estaban siendo objeto los docentes. Allí el padre
de Negrete, profesor también, relató la manera como asesinaron
a su hijo. La asamblea acordó pedir se cumpliera la reglamentación
del artículo 130 constitucional; hicieron responsables de sus vidas en
primer lugar al sacerdote, en segundo a la autoridad municipal y luego al comisario
ejidal donde existiera comunidad agraria y, desde luego, pidieron castigo para
los responsables.13
También pidieron el castigo para los responsables del asesinato de Negrete,
los maestros del Centro de Educación Socialista de Atequiza, Jalisco,
quienes aseguraron aquél había sido "víctima de los capitalistas
y el clero".14
Casi para cumplirse el cuarto aniversario de su muerte,
el gobernador del estado recibió una petición con fecha 8 de marzo
de 1939: en honor del profesor caído quieren cambiarle el nombre al poblado
de la víbora a Villa Negrete. En el documento las firmas de los peticionarios,
la del profesor rural del lugar Porfirio Chavira y la del comisario ejidal (seguían
unidos) Maurilio García, de la Comunidad Agraria, atiendan bien, "Alfonso
L. Negrete".
La petición llegó a la legislatura local,
a cuya deliberación fue sometido el dictamen del todo conforme.15
El último de marzo fue aprobado sin discusión y por unanimidad
de votos, tomando el decreto el número 4537.16
Para su promulgación pasó al Gobernador Silvano Barba González,
publicándolo en el Periódico Oficial El Estado de Jalisco,
el 15 de abril de 1939.17
Consiguieron los moradores, según decía el dictamen recién
citado "perpetuar el nombre de un maestro que les hizo beneficios y murió
en el cumplimiento de su altruista labor".
Notas
1.
Fonseca, Alfonso. Historia moderna de Arandas, Jalisco. México,
s.e., 1986. p. 45.
2.
El Jalisciense (Guadalajara), 17 de marzo de 1935.
3.
Ramírez, Rafael. La escuela rural mexicana. Secretaría
de Educación Pública (Col. Sepsetentas, no. 290). México,
1976. pp. 105, 111, 115.
4.
Monroy, Guadalupe. Política educativa de la Revolución Mexicana
(1910-1940). Secretaría de Educación Pública (Col.
Sepsetentas). México, 1975. pp. 93-95.
5.
Archivo Plutarco Elías Calles, Gaveta 1, acción antirreligiosa,
inventario 16.
6.
Si el lector gusta puede consultar del autor, La iglesia y el gobierno civil,
(Col. Jalisco desde la Revolución, Tomo VI) Gobierno del Estado de Jalisco-
UDG. Guadalajara, 1988, cap. "Una tregua: la esperada era de conciliación".
7.
Cfr. ibid, cap. "El encono de las relaciones por la cuestión escolar
y agraria".
8.
Lerner, Victoria. Historia de la Revolución Mexicana, "La educación
socialista". El Colegio de México. México, 1979, t. 17, pp. 114-115.
9.
Martínez Moya, Armando y Manuel Moreno Castañeda. La escuela
de la Revolución (Col. Jalisco desde la Revolución, t. VII)
Gobierno del Estado de Jalisco-UDG. Guadalajara, 1988. p. 231. Yankelevich,
Pablo. La educación socialista en Jalisco. Ediciones del Departamento
de Educación Pública del Estado de Jalisco. Guadalajara, 1985.
pp. 100-101.
10.
Cfr. Britton, John A. Educación y radicalismo en México:
"1.- Los años de Bassols (1931-1934)". Secretaría de Educación
Pública (Col. Sepsetentas, No. 287) México, 1976. pp. 156-157,
159.
11.
"Los maestros rurales y los conflictos sociales en México (1931-1940)",
en: Historia Mexicana, No. 70, Vol. XVIII. México, octubre-diciembre
de 1968. pp. 216-226.
12.
El Jalisciense, 17 de abril de 1935. "Un profesor fue muerto por un grupo
de beatos".
13.
Ibid. 24 de abril de 1935.
14.
Archivo Histórico de Jalisco. Telegrama del 16 de abril de 1935 a la
Secretaría de Educación Pública, transcrito a la Procuraduría
General de la República y por ésta al gobernador de estado. IP-I-935
AYC/3091.
15.
Archivo del Congreso del Estado. Fomento-decretos. Caja 2, exp. 681, 1939. (ACE).
16.
ACE: Libro de actas de sesiones, No. 178. Acta del 31 de marzo de 1939.
17.
Periódico Oficial El Estado de Jalisco, 15 de abril de 1939, p.
262.