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Tres personajes distintos y un solo escritor verdadero
Ana
María García Castañeda*
* Coordinadora del Área de Docencia de
la Dirección de Educación Abierta y a Distancia de la Universidad
de Guadalajara.
Al "negro" Guerrero
y a su primo como pretexto.
Asomado
desde el barandal de la escalera, Moncho presenciaba la fiesta; antes había
sido protagonista esencial en los preparativos, las "cocas" adquiridas
en la tienda de la esquina sin importe, así lo atestiguaban; preparó
también el escenario para el baile, donde Roberto su hermano, aprovechando
a Virginia López con su "Amorcito azucarado que sabe a bombón",
bajaría la mano más de la cuenta y al mismo tiempo mordería
el lóbulo de alguna oreja excesivamente perfumada, con riesgo de tragarse
el arete.
En un descuido, justo cuando iniciaron las "calmaditas"
y, aprovechando los ojos entrecerrados de los bailarines, que ya no veían
nada, y el "Only you", indispensable tema del "Hit Parade",
que debe ser escuchado en toda reunión que se precie digna, Moncho se
apodera de la portada del disco de la Montiel, aquel en el que aparece con un
escote interminable y, ahí, en la intimidad de su cuarto, sin prestar
atención a "Los marcianos llegaron ya", e inspirado/ ayudado
por las cejas arqueadas, la mirada cachonda, los labios entreabiertos y, desde
luego el profundo y generoso escote, Moncho se sume con las sienes palpitantes
en el "Amor propio".
Después de la salida de la Prepa, el sello de
los Hermanos Maristas en la formación básica, el traje gris, al
que habrá de hacerle algunos ajustes, pues era del padre. Ahora ausente.
El baile de graduación, el carro prestado, "Opel" para más
señas, que desde luego pertenece al cuñado, las primeras llegadas
tarde, la luz del cuarto de la digna/luchona/sufrida/madre/viuda; Lucía
y el primer beso, el de amor, el que no se le da a cualquiera.
Una tarde a Moncho lo sorprende el sueño de las
letras, ahora su nombre se pronuncia Ramón; Ramón escribe, Ramón
lee a los Clásicos. La Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM
es el escenario de la búsqueda, de la necedad de cuajar páginas
en blanco de la literatura.
Ramón encuentra un disfraz apropiado: mezclilla,
greña larga y el "Vocho" que no se raja, donde descubrió,
al meter tercera el desenfado de las piernas femeninas e, invariablemente, como
en aquella noche de "Amor propio", la sangre se le agolpa en las sienes.
Cortázar y su "Rayuela" bajo el brazo le acompañan siempre.
Circulando por la Avenida Insurgentes en el cruce con Alvaro Obregón,
a unas cuantas calles de CU, se le atraviesan los tanques de los granaderos,
las "pintas" que reclaman justicia y que atacan a la burguesía;
a Ramón se le atora en los puños y en la garganta el grito de
su generación, la del 68.
Época de "chavos macizos", del paraíso
verde instalado en Puerto Escondido, de la huella de "Avándaro"
en la memoria, de las "buenas vibras" que dejó el eclipse.
Etapa para identificarse con el maestro/cuate/sabio Juan Manuel, con el que
Ramón comparte la pasión por la literatura; el profe que se fue
desgastando y perdió estatura y disminuyó en peso, porque nunca
se decidió a dejar el magisterio y se afanó en la vergonzante
tarea de posponer su escritura personal.
Se cumple el presagio, o la ley de la vida, o el desarrollo
natural, o vaya usted a saber que, con el amor que se inventa a fuerza de orgasmos
compartidos, y al que luego se le llama "pareja", o "compañera",
compañera que Ramón aceptó en su espacio, pero despojada
de la terrible mancha del convencionalismo matrimonial, apenas una reunión
con los cuates, con los meros macizos, con los auténticos, para anunciar
que "ella y yo", compartiremos el mismo espacio, la misma cama, el
mismo baño. Ramón y Susana desnudos el uno frente al otro, se
preocupan más que ocuparse en ejercer su libertad, libertad que los obliga
al "yo" y "tú", pero nunca a trabajar el "nosotros".
Se inicia el juego, el invento de juntas extraordinarias,
los ¿pequeños? Engaños; a los amigos se les recibe en el
"depa" con queso, pan y vino, a la pareja anticonvencional se le gasta
y desgasta el ánimo, la cama se comparte, pero no el orgasmo; entonces
regresan al principio, a estar solos.
En este juego de individualidades engañosas,
Gonzalo Celorio transmite, con letras que de tan vivas parece que se burlan,
la tristeza y soledad profundas del muchacho grande que se traga aquello de
que "el lecho ajeno es de quien lo trabaja", y nos despierta a la
dolorosa realidad de Ramón Aguilar, a eso de los 40 de edad, cuando se
da cuenta de haber trabajado tan poco o tan nada el propio.
Moncho, Ramón, el Lic. Aguilar, que aprendió
a no confiar en los de más de treinta, son el personaje que sirve
de pretexto a Celorio, en esta su primera novela, para hacer un recuento minucioso
de su vida. ¿coincidencias?, no, tal vez, siendo cuidadosos, similitudes.
Aguilar, el cumpleañero de más de treinata, como el autor no abandona
la Facultad, se nota productivo y con "puesto" oficial; Celorio de
44, también concluye la carrera de letras y ahora coordina la Difusión
Cultural de la UNAM.
Amor propio, ¿es, entonces, una novela autobiográfica?
Descúbralo sumiéndose en el texto de 194 páginas, donde
Gonzalo Celorio muestra eso que se considera como un talento, el de contar/decir
más de lo que está escrito, el don para ocultar, tras las grafías,
el sentimiento.
Celorio
Gonzalo.
Amor propio.
Tus-Quest [Col. Andanzas].
México, 1992.