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Cítese este
artículo como:
Nava Preciado, José María. "Mirada
sobre Vasconcelos", artículo publicado
en: La Tarea, revista de educación y cultura de la Sección 47 del
SNTE/Jalisco (núm. 19, diciembre de 2006).
Mirada sobre Vasconcelos
José María Nava Preciado*
"Debemos estar seguros de que la última revolución es obra de los hombres de menos de cuarenta años, [que] encaminará la cultura mexicana en el deseo que desea la juventud". (Vasconcelos, José. Conferencias del ateneo de la juventud. FCE. México, 2000. pp. 133).
"Pero cuando se
afirma en clase que cien yanquis podían hacer correr a mil mexicanos, yo
me levantaba a decir: –Eso no es cierto. Y peor me irritaba si al
hablar de las costumbres de los mexicanos, junto con las de los
esquimales, algún alumno decía: –Mexicans are a semi-civilized people.
En mi hogar se afirmaba, al contrario, que los yanquis eran recién
venidos a la cultura. Me levantaba pues, a repetir: –Tuvimos imprenta
antes que vosotros. Intervenía la maestra aplacándonos y diciendo: –But
look o Joe, he is a Mexican, is not he civilized? Is not he a gentleman?
Al principio me bastaba con estar atento en clase para la defensa
verbal. Los otros mexicanos me estimulaban, me apoyaban. Durante el
asueto se enfrentaban a mis contradictores, se cambiaban puñetazos. Pero
la pugna fue creciendo y llego a personalizarse. Un rubio sanguíneo,
agresivo, gringo acabado, la tomó directamente conmigo. La consabida
discusión sobre el valor de los mexicanos concluyo con un: –Eso lo
veremos a la salida". (Vasconcelos, José. El Ulises criollo.
FCE. México, 1983. pp. 32). Para Vasconcelos el gran valor del hombre, en su sentido más profundo, era su espiritualidad; entendía que no sólo era racionalidad, que también era profundamente emotivo, por eso era capaz de comprender la belleza y por ello, de descubrir los valores más fundamentales que nos da el arte. Por tanto, había que fundar la moral de la sociedad mexicana, no en los valores materiales sino en aquellos valores que despiertan lo más sublime del ser humano donde se da la síntesis del dolor y del placer. Esa era una de las grandes esperanzas de Vasconcelos: poder educar a un pueblo que tenía todas las potencialidades para aportar a la humanidad una cosmovisión cultural viva, ascendente y original. "Por carecer de una cultura autónoma, ha sucedido durante todo el tiempo que abarca nuestra historia, que cada cambio político de importancia modifica radicalmente la orientación de las ideas en materias filosóficas, estéticas, porque han sido por regla general los políticos quienes nos ha impuesto sus ideas rudimentarias sobre las altas cuestiones mentales, y será uno de los mejores frutos de nuestra lucha el cooperar para restablecer la ilustración superior sobre las bases independientes de la política [...] Cuando se fomente entre nosotros la clase de intelectuales y el poder público se acostumbre a respetarla en los asuntos que le incumben, tendremos una verdadera cultura y conjugaremos el peligro que cada cambio de ministerio renueva, a audacia del especialista". (Vasconcelos, José. Conferencias del ateneo de la juventud. FCE. México, 2000. pp. 133). Su autobiografía nos da cuenta de que fue un humanista trágico porque refleja con claridad la dignidad de los valores culturales y antropológicos que defendió, evoca y provoca sentimientos encontrados que nos dicen la profundidad de su pensamiento siempre fiel a la cultura, el hombre y la educación. Una juventud intensa que lo arroja a la vida bohemia y de repente al trabajo.
"Comí de prisa, cepille la ropa y me lustraba las botas, próxima ya la
hora de entrada a la Notaría, cuando apareció, por la puerta abierta del
cuarto en que estábamos reunidos, María Sarabia. ¡Con cuanto afán la
había buscado! Pero faltaban veinte minutos para mi cita. La sorpresa me
dejo confuso. Ella explicó: ‘regresaba del campo; tenía la tarde libre’;
me la dedicaba, perplejo me quede mirando, sin responder. Rápidamente se
cruzaron en mi interior deseos contradictorios. Algo me dijo que aquella
era una ocasión única; pero llegar tarde el primer día o no llegar, era
también catastrófico. Con la impresión que descargaba sobre mí un rayo,
tome una decisión tajante... ‘no puedo faltar a un quehacer’, le dije,
‘te dejo con los compañeros; a la noche si quieres’. Al decirlo sentía
que asesinaba mi dicha en el momento de tenerla, por fin, en la mano. Al
tiempo reflexione: ‘si falto a la primera tarea faltaré después en las
otras, y mi suerte se había derrumbado al momento que podía levantarme’.
Había dado mi palabra de estar puntual; me lo debía a mi mismo; no era
digno vacilar. Y me fui desgarrado y pensativo. Sus vivencias, siempre provocativas, narran la oposición de dichos sentimientos: el coraje contra lo extranjero, el amor maternal, el discurso apasionado, la defensa de los principios que terminan con los grandes amigos, la amargura de la derrota, la clandestinidad, Antonieta Rivas Mercado: "La llamaremos con un segundo nombre que a ella le gustaba de usar, aunque no tenemos porque hacer ocultación de identidad, se trata de una de las más grandes mujeres que el país ha producido en los últimos tiempos. Hallábase cuando se nos presentó en Toluca, en el ocaso de una carrera social ilustrada con su talento, su hermosura y una fortuna de bastante consideración, que había despilfarrado, parte en malos negocios, parte en dádivas, ya para el sostenimiento de una sinfónica, ya para la edición de revistas literarias selectas, o para los trabajos de un trato de minorías titulado "Ulises". Morena, bien hecha, elástica, ejemplar de fina raza nativa, su fuerza, sin embargo, estaba en su espíritu. De ojos grandes, comprensivos, conversación atrayente, seducía, no obstante cierta ironía escéptica agravada con el prurito de la frivolidad que enfermó a su generación turbia de la posguerra. El vestíbulo del hotel se turnó luminoso cuando me la presentaron. Aunque nos conocíamos de nombre, era la primera vez que nos encontrábamos. La misión generosa que llevaba hizo que con naturalidad se estableciese de inmediato una inteligencia perfecta entre nosotros". (Vasconcelos, José. Memorias II. FCE. México, 1982. pp. 717, 718). Hay voces que cuestionan su proceder político, puede ser que tengan razón, no dudo de que estas ideas de repente conviertan a los hombres en defensores a ultranza de lo que sustentan. ¿Pero tendrá sentido recordar sólo los desaciertos? Cuando entramos a la historia ésta nos va dando ejemplos y más ejemplos de lo que dicen y hacen los hombres, y creo, desde la lectura que hago de nuestro filósofo, que su pensamiento simboliza serias aspiraciones por las que hoy apuestan muchos mexicanos en materia política.
"Señores si es verdad que la fe mueve a ejemplos, seamos los primeros en
demostrar que está viva la patria y que es la voz de la patria la que va
a estar hablando por nuestros labios y así será la voluntad de la patria
la que resuelva esta noche en alborada de gloria. Sin duda, muchos de nosotros, recordamos a Vasconcelos por su gran tarea en la educación; el proyecto de la Escuela Rural Mexicana se convierte en un referente histórico y cultural de un intento por llevar la escuela a todo el país. La tarea educativa es vista por él como un proyecto antropológico que permitirá la realización plena del mexicano, que educado será capaz de crear su propia cultura y de sentar las bases de una nueva moralidad. Esa era la gran utopía, que hoy asoma a cada paso en estos momentos en que buscamos reencontrarnos ante el fenómeno de la mundialización de la cultura. "Todo para indicar que, mediante el ejercicio de la triple ley, llegaremos en América, antes que en parte alguna del globo, a la creación de una raza hecha con el tesoro de todas las anteriores, la razón final, la raza cósmica". (Vasconcelos, José. La raza cósmica. Ed. Porrúa. México, DF. 2005. p. 35.) Este es Vasconcelos, el apasionado de las ideas, de la vida, del pensamiento. |