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Cítese este artículo
como: Hernández
Grajales, Gregorio de Jesús. "Una visión introspectiva del normalismo
rural versus normalismo rural en Chiapas. ¿Posibilidades de una nueva
ruralidad?", artículo publicado en: La Tarea, revista de
educación y cultura de la Sección 47 del SNTE/Jalisco (núm. 19,
diciembre de 2006).
Una visión introspectiva del normalismo rural
versus normalismo rural en Chiapas
¿Posibilidades de una nueva ruralidad?
Gregorio de Jesús Hernández Grajales*
* Profesor normalista. Maestro en Ciencias de
la Educación. Director de la Escuela Secundaria "Liceo José Vasconcelos"
de Tuxtla Gutierrez, Chiapas.
Hoy día,
la Escuela Rural en México dista mucho de seguir siendo parte de
aquel proyecto posrevolucionario que sirvió de pilar para constituirse
como Estado-Nación mexicano. Continúan los discursos, la inspiración y
hasta el protocolo ritual de prácticas escolares que configuraron la
mística de aquellas escuelas comunitarias, están ahí, incluso en la
norma escolar (la parcela escolar por ejemplo), en las estadísticas, en
los informes de las escuelas, pero, seguramente, sólo algunas
excepciones podrían escapar a la simulación de la escuela de hoy frente
a la memoria nostálgica de los preceptos que le dieron origen. Por una
parte, porque resulta ahistórico y antidialéctico no considerar las
transformaciones del escenario; por otra, porque ha resultado muy cómodo
reproducir y repetir justificaciones y aseveraciones legitimadas por el
discurso generalizado que se representa en la misión del profesor rural,
al parecer, visto de manera igual en todos los tiempos. O lo que es
peor, en nombre de, o como herencia de la revolución mexicana querer dar
continuidades a lo que se fue, apologizando el pasado, que incluye a las
posiciones encontradas, tanto de aquellos que ven en la escuela rural
una misión de apostolado y de entrega hacia el trabajo comunitario, sin
anteponer la condición de sujeto social del profesor (lo que lo incluye
como sujeto con pathus y sus ethos), o bien, de la
confortable misión revolucionaria del normalista rural cuyo discurso
contestatario de Estado y visión misionera de guerrillero parlante no
coincide con sus prácticas cotidianas y modus vivendis de estar y
ser en la circulación y posesión de los bienes materiales.
En todo caso, si las prácticas hasta ahora engendradas son
irreversibles por la fuerza de su constitución y representación social,
que, por diversos intereses ahora guarde; se requiere entonces, de una
concepción distinta para ubicarse en planos abiertos y de lugares
francos; asumir, primero, una dimensión simbólica que la represente
frente a los nuevos imaginarios de lo rural. Se require, después, de
prácticas dinámicas que permitan al ahora "profesional" de la docencia
rural, estar en la dinámica histórica de las comunidades, de acuerdo con
su real misión y tarea social que le demande la propia comunidad rural
contemporánea.
El Normalismo Rural fue uno de los pilares del actual
sistema nacional de educación en el país; sería injusto no reconocer la
labor histórica de aquellos maestros en la constitución del campo
magisterial básico y como parte del sistema educativo mexicano. No
obstante, parece falso seguir vendiendo la imagen y semejanza de
aquellos por la simulación de éstos; incluso, por respeto a los
primeros. El normalismo rural ha sido pilar en la cultura del
sindicalismo mexicano, más allá del germen que lo hizo posible. El
magisterio nacional se debe no sólo a figuras académicas como Rafael
Ramírez, Moisés Sáenz, entre otros, sino también, a la historia
construida por los héroes anónimos: los preceptores rurales, que en su
necesidad de sobrevivencia se asumieron en una cultura corporativa que
las organizó y los puso en la tradición política, siempre al lado del
Estado, con todo y sus acuerdos y desacuerdos. Caudillos culturales y
caudillos políticos, asumieron así la responsabilidad de las
orientaciones. Estructuras organizativas siempre piramidales que
llegaron para quedarse en la práctica revolucionaria tanto de Estado
como de la disidencia. Líderes consuetudinarios, parcelas de poder,
grupos de control, prácticas caudillistas, sobornos, corrupciones,
desviaciones institucionalizadas, favoritismo, clientelismo y una gran
lista de adjetivos que representan muy bien el imaginario social del
gremio; mismo que, por confort, encuentra dificultad para
representarlo y reconocerlo como propio. Todos los adjetivos anteriores
pueden verse como simples signos que en la complejidad de sus
significados, seguramente, unas contienen o significan a otros. Lo
importante es que están ahí, dibujando y expresando las tradiciones y
continuidades en el escenario tenso de las relaciones hegemónicas de
poder en la vida particular del normalismo y, más específicamente aún,
del normalismo rural en Chiapas.
A la par, están también las historias de los caudillos olvidados,
de aquellos normalistas rurales excepcionales que en su proceso de
entrega y convicción se hicieron mártires, héroes y ejemplos de la causa
popular: Lucio Cabañas, Genaro Vázquez, entre otros; de esos hombres,
líderes, pero también de los que fueron tropa, de esos que sintieron en
carne viva la pasión, la convicción, más allá del discurso, los que
asumieron con responsabilidad el desgarre familiar y social que implica
creer en las utopías propias y extrañas, de los que vivieron su momento
histórico y luego sobrevivieron para tomar distancia en la madurez de
sus cautelas o, quizá, de los que siguen atrincherados en cualquier
organización social demandado los sueños eternos de los miserables. De
esos que sí pueden contar y fomentar el espíritu revolucionario sin
esquizofrenias ni simulaciones por la virtud de sus vivencias. De esos,
a los que la Escuela Rural les permitió discursear pero también actuar
de acuerdo con el momento histórico que les toco vivir. También hay
quienes, extrañamente, en la distancia de los tiempos aluden con pasión
el fervor de sus ideales, pero, al final, se reconocen en la
equivocación de sus actos, sin tirar nunca la trayectoria de sus
convicciones solidarias para con el necesitado. Por ellos, la Escuela
Rural y el Normalismo Rural están aún de pie, en el imaginario social de
algunos sectores del magisterio.
De ahí que el normalismo rural contemporáneo, acotado
arbitrariamente a partir de las representaciones de sus egresados, nos
permite pensar que las generaciones de las dos últimas décadas del siglo
XX sean quienes más se distancien y usufructuen con mayor evidencia, la
historia brava y combativa del Normalismo Rural. Sin embargo, las
generaciones de los setenta, herederas del activismo guerrillero de
Lucio Cabañas y Genaro Vázquez, principalmente, representan el cierre de
la era comprometida con el fervor comunitario y contestatario, pero, a
su vez, la dadora de mayor numero de egresados críticos insertos en la
administración pública del Estado.
Relaciones de origen y constitución del normalismo rural que marcan
algunas rutas simbólicas yuxtapuestas y cuyas distinciones se generan en
el propio trayecto y ejercicio de formación que van poniendo en práctica
las normales rurales, en cada una de las entidades en que aparecen y
coexisten. De ellas intento dibujar cuatro huellas específicas que me
parecen arbitrariamente importantes para sistematizar las fases en que
se fue dibujando el espectro social del Normalismo Rural a partir de la
imagen social del preceptor rural:
Uno. Que podrá parecerles a muchos una información
descontextualizada y ajena al normalismo rural. No obstante, antes de
iniciar con el origen especifico del Normalismo Rural, que lo marca con
la identidad posrevolucionaria y de fortalecimiento para aquellos
maestros misioneros producto de la Escuela Rural Mexicana, me parece que
no es conveniente soslayar el antecedente histórico del entramado social
en que surge la imagen del preceptor de la educación básica
pública, de aquellos intentos por institucionalizar y poner en el
escenario de los imaginarios y de las representaciones sociales la
figura del preceptor primario, del hombre extraído de la tradición del
atrio de la iglesia para ponerlo frente a un grupo de niños, de jóvenes
y hasta adultos analfabetas para incorporarlos al proceso y proyecto
cultural del Estados-Nación mexicano de los tiempos postindependientes.
Dos. La de origen oficial. Fundada en los principios del
trabajo organizador y de promotor cultural, actividad de oficio y de
extensionismo nacionalista que nace con Rafael Ramírez y se consolida
con la institucionalización de la Escuela Socialista. Acotadas en sus
variantes, se caracterizan más por el compromiso y la capacidad de
organización al lado del proyecto de Estado, que los representa,
especialmente, a partir de los imaginarios de libertad, igualdad y
justicia social.
Tres. De la escuela rural desheredada del Estado. Que se
asume e incluye con todo y sus representaciones populares de origen, en
el proyecto progresista de Unidad Nacional, vía alfabetización, pero
ahora, no sólo como operador de Estado, sino, a su vez, vigilante
incómodo del destino nacionalista y de las distancias populares de los
imaginarios de igualdad y justicia social. Este trayecto de
consolidación de la identidad política del normalismo rural, que lo pone
como principal semillero de sujetos críticos que igual transitan con el
mismo fervor por las trincheras y guerrillas sociales antigobiernistas,
como también, por los senderos del poder gobiernista a partir de las
coyunturas del propio Estado, manifiesto más o menos hasta el inicio de
la penúltima década del siglo XX. Sin soslayar por supuesto, el gran
aporte de la mayoría de sus egresados a la tradición sindical del
magisterio nacional disidente.
Cuatro. De la escuela rural descontextualizada. Que desde
los años 80, circunscribe su lucha sólo a partir de sus demandas
internas, mantiene relaciones con organizaciones sociales pero sin la
trascendencia activista ni ideológica del beneficio social, donde sus
habitus formativos se ausentan del trabajo y la cooperación
comunitaria, hasta centrar su lucha en demandas materiales como circuito
interno, que lo han colocado en la comodidad de la dependencia
paternalista del Estado, cancelando así sus posibilidades potenciales
sin ningún suministro formativo de trabajo comunitario, y de
autosuficiencia, en tanto población interna. El autogobierno que se
demanda se queda, así, en la administración del confort otorgado
por el Estado. Conquista sesgada que se le "gana" al Estado y que, con
su complacencia y a largo plazo, está aniquilando las potencialidades
formativas del profesorado rural, ya que, al proyecto político, sin
rumbo, se antepone el proyecto formativo que pudiera dar beneficios a
las comunidades rurales. Lo rural es, así, un signo perdido en las
prácticas formativas, mas no en el discurso formativo que alienta
actitudes y se establece en el "deber ser".
Esta problemática del Normalismo Rural, que a su vez es una
problemática de la escuela rural mexicana contemporánea, debe verse más
allá de lo expresado en los pretextos de calidad y eficiencia requerida
por la política educativa; obliga a pensar en alternativas reales de
impacto al usuario rural que se complementen y enriquezcan con las
posiciones ideológicas que generan las Normales Rurales, a fin de entrar
al rescate de la participación activa del profesor rural en los avatares
de las comunidades campesinas e indígenas del país. México, con todo y
la modernidad que presume, sigue practicando una política campesina e
indígena rudimentaria y devastadora, ofrecida sólo con signos rurales de
clientelismo comunitario, pero ha desatendido la puntualidad de los
servicios básicos como régimen de Estado social benefactor. Por su
parte, el maestro rural, formado exprofesamente para ello, requiere
activarse como sujeto crítico en la frecuencia de esta ruralidad
contemporánea. La fuerza de la identidad histórica lo obliga así, a no
dar sólo un servicio educativo desde el apostolado, tampoco sólo desde
la lógica de la eficiencia moderna, pero sí, desde el mínimo sentido de
pertenencia social y de compromiso con el trabajo comunitario posible;
sobre todo si se pone de manifiesto la pertenencia de clase y de origen
rural de sus estudiantes.
Si es evidente que el Normalismo Rural fue pilar central en la
constitución del moderno Estado mexicano, es lógico pensar, a la vez, en
las posibilidades de reorientación de dicho normalismo, que, sin temor a
revisar lo hecho hasta ahora, pueda, con certeza, mantener la idea firme
de darle al pueblo —más que pensar en el Estado—, un servicio en
correspondencia con las demandas contemporáneas de las comunidades
indígenas y campesinas, particularmente de Chiapas. Los procesos de
escolarización rural deben así, reorientar el sentido del papel del
profesor y de la escuela en la comunidad. El proyecto cultural del
Normalismo Rural, del cual se ha agenciado la escuela, hasta ahora sólo
se ha circunscrito al ya obsoleto ritual cívico y patriótico, así como a
la participación escolar del maestro en la reproducción curricular
formal.
Ello, permite afirmar que hablar de las normales rurales sin tomar
en cuenta su historia, desarrollo y la participación que han gestado en
el escenario político educativo de la región donde se ubican, sería como
condenarlas a dos de las posiciones clásicas mostradas con tanta
frecuencia:
1ª. A la complacencia y nostalgia por la labor
misionera del maestro rural, así como legitimarla en su discurso
revolucionario y contestatario de Estado, mismo que lo encumbra, en la
apología de su defensa, como la única oportunidad que se les deja a los
más desprotegidos frente al embate capitalista en sus versiones liberal
y neoliberal. Discurso seductor que engendra pasiones y genera créditos
en el ámbito de la euforia gremial de los egresados. Situación que se
justifica siempre bajo el argumento de ser una de las pocas herencias
representativas de la gesta revolucionaria de 1910, que, dicho sea de
paso, no debe estar por nadie en tela de juicio y debe ser la defensa
más importante, eso no está en cuestionamiento. Sin embargo, es la
acción formativa de la que se dispone como estructura escolar y como
gestora de habilidades y actitudes la que sí requiere refuncionalizarse,
por condición dialéctica de su propia estancia y permanencia en la
historia de la educación pública.
2ª. Al mantenerse en esa ruta de tradición discursiva
revolucionaria, por un lado, y de actitudes de vida conservadoras, por
otro, la escuela Normal está muriendo de inanición, a través de un
ejercicio institucional, "ocupada" en el desempeño curricular y en la
incorporación eficaz de sus procesos de pedagogización y escolarización
cotidianas, consolidando la actitud de olvido y marginación paulatina de
lo rural y de las alternativas de reivindicación hacia el trabajo y
mística de la vida comunitaria, desaprovechando las posibilidades de
vigencia y de su acción puntual como espacio protagónico de la vida
rural en esta era de la "reivindicación del campo" (que, verdad o no)
constituye una fuente y pretexto de recreación de lo rural y de la
reivindicación reciclada de la misión del normalismo rural, al menos en
un estado eminentemente rural y marginal como Chiapas, donde, más allá
del discurso neoliberal hacia el campo, sigue siendo un escenario
demandado por la necesidad de actores rurales, especialmente de docentes
dinamizadores de los quehaceres y pensares comunitarios.
Por ello, la trayectoria del normalismo rural en Chiapas no puede
ser una trayectoria lineal de buenas intenciones; tampoco puede
entenderse como una maquiavélica intención de Estado, lo que obliga, a
su vez, a cuestionar la veloz campaña argumentativa de que el normalismo
rural es una fiel respuesta de la lucha revolucionaria de 1910, o que
hoy es una "escuela de la violencia". Responsabilidad es, entonces,
hurgar en las condiciones de la única normal rural en Chiapas, de su
aparición, de su orientación y, por supuesto, de su relación en la
constitución del campo del poder en la entidad, lo que implica no sólo
conectarla con la constitución del poder del Estado en la región, sino
con el complejo entramado político y cultural que los grupos de poder
alternos y subalternos configuraron, dando sentido a una política
educativa, determinada por esta red de relaciones en el campo de poder
en Chiapas.
Lo que sí debe quedar claro, para los detractores del normalismo
rural y de la escuela pública, es que, las normales rurales,
independientemente de su ubicación geográfica en México, de la condición
política y académica que guarden frente al Estado, siguen siendo
espacios que sobreviven por su referencia popular y su significación de
oportunidades limitadas para jóvenes de comunidades campesinas e
indígenas. Continuidad histórica que no debe pervertir la fidelidad de
sus intenciones; reorientándolas hacia una dinámica de política
incluyente que justifique no sólo su permanencia, sino el crecimiento
del número de normales de atención popular, pero que, a la vez, fije la
ruta del servicio rural y la mística de trabajo cultural, fundados en el
desarrollo y formas de vida digna en y para el campo. Implica así, una
formación docente, más allá del discurso revolucionario, más allá
también del pragmatismo utilitarista. Formación rural en y para la vida
rural, sin menoscabo de su formación intelectual o posesión de un
capital cultural vasto. Oficio y profesión, origen y desarrollo,
permitirían contextualizar la misión del profesor rural más allá de la
movilidad social en que se ha convertido la carrera normalista para la
gran mayoría de jóvenes egresados, representados potencialmente por una
cultura y hábitos citadinos; por tanto, portadores de una imagen social
de jóvenes actuales (ex rurales), cada vez más distantes de los avatares
de oficios y hábitos culturales del campo y del indigenismo chiapaneco.
Trayectos formativos que se vuelven distantes del compromiso y de
las prácticas escolares de origen rural, lo que, obviamente, no implica
deslindar responsabilidad total en una juventud cuyo contexto histórico
contemporáneo —sin excluir sus responsabilidades—, los remite y
determina como parte de una compleja división social del trabajo y de la
misión rural distinta que se ha generado específicamente en el entramado
de las comunidades rurales actuales. Una nueva ruralidad exige un
normalismo distinto, capaz por tanto de reorientar el trayecto formativo
que genera la institución formadora; lo que implica una especificidad de
política educativa para el campo a partir de la convergencia de acuerdos
entre grupos y sujetos del campo de poder del Estado. Condición que se
antoja imposible ante el esquema estructural que tanto el normalismo
como las comunidades rurales han asumido a partir de la red de acuerdos
políticos que los grupos organizados han tejido, más allá del propio
interés social que se discurséa.
Sin embargo, resulta nodal para el momento histórico de rupturas,
establecer opciones de reorientación que le permitan sobrevivir ante el
embate del Estado y de sus propias condiciones estructurales internas
que han reproducido formas difíciles de oxigenación hacia el trabajo
rural.
Desde el escenario externo, hay que entender también, por supuesto,
que al normalismo rural contemporáneo le acompaña hoy un panorama
multidisciplinar en el servicio comunitario, plagado de profesiones y
agentes diversos que van desde médicos, ingenieros y trabajadores
sociales, hasta agentes comunitarios, comisariados ejidales, sacerdotes
y pastores, pasando por una compleja maquinaria de control social cuya
red gubernamental está matizada de dispositivos y procesos corporativos
que aparecen, unas, como fuentes de atención social y otras como
actividad política abierta en la red tensa de relaciones comunitarias.
En este sentido, la función educativa de la escuela rural ha sido
trastocada, mas no eliminada desde sus espacios de acción áulica y sus
implicaciones comunitarias. Sigue ahí, pienso incluso que con algunos
retos mayores a los de la misión de aquellas escuelas rurales de origen.
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Fuente:
INEGI, Chiapas, XII Censo General de Población y Vivienda 2000.
Tabulados básicos |
Esta diversidad de profesiones comunitarias ha sido superada por la
expansión aritmética de la población; progreso y multiplicación de
profesiones que ha modificado la pérdida de la misión de la escuela
rural pero que no ha sido suficiente para los retos de la consolidación
cultural, propia de un Estado mexicano moderno que juega a la diversidad
de proyectos culturales sexenales civilizatorios, y que, generalmente,
se ubica en la tradición organizativa clientelista. Capital cultural
cuya continuidad se reproduce significativamente en sus instituciones;
de ahí que los datos del analfabetismo —al menos en Chiapas— aún sean
alarmantes ante los ojos de una modernidad también sin rumbo. Véase, más
abajo, el rezago educativo de la población de 6 a 14 años, por sexo, que
el INEGI registró durante el año 2000.
Población analfabeta cuya disminución ha sido lentísima, por lo que
el Estado se ha empañado en recordarlo permanentemente, asignándole, a
la escuela básica y rural, todo el peso del fracaso; soslayando así, la
responsabilidad que tiene sobre su propia historia y, puntualmente, en
la administración de la pobreza y marginación económica que caracterizan
a la población mayoritariamente indígena y campesina de este estado. El
rezago educativo es, así, la etiqueta estereotipada del magisterio
chiapaneco, y con la que más se discurséa y se pone de relieve en el
contexto nacional, por parte de los gobiernos nacionales y chiapanecos,
sin considerar la corresponsabilidad de la política y la constitución
del poder que ellos han guardado históricamente, frente a los procesos
educativos de la entidad. Verbigracia, el avance de la última década
sobre el ya famoso rezago educativo que se tiene, frente a la
media nacional, como se muestra en la gráfica de más arriba.
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Fuente:
INEGI, Chiapas, XII Censo General de Población y Vivienda 2000.
Tabulados básicos |
Escenario rural chiapaneco donde, invariablemente, participan,
directa o indirectamente, los maestros rurales chiapanecos y de cuya
participación social, refleja un estado del arte, del ser y estar del
normalismo rural, de sus formas de inclusión en los procesos educativos,
de sus distancias y ausencias en la misión comunitaria, de la labor
cultural en las propias aulas y su impacto en el propio rezago educativo
comunitario. Pero también y "junto con pegado", frente a la relación
inminente que las autoridades gubernamentales han decidido establecer en
materia de ruta política sobre la educación de los chiapanecos. Política
educativa, cuya tradición privilegia el trabajo corporativo y de control
hegemónico del poder; modelo que se transfiere al mismo tiempo, y de
forma irreversible, como una tradición política formativa hacia el
magisterio (más allá de las conquistas sociales y de la misión
liberadora que la actividad docente pueda y quiera tener), subsumida,
generalmente, en hábitos políticos de corrupción orientados e
internalizados por el ejercicio de vida de las instituciones formadoras,
y hasta desde la propia cultura sindical de gremio que se niega a
transformarse. Hábitos de poder que se adquieren más allá del currículo
escolar prescrito, y más allá de la racionalidad académica y cultural de
los centros de formación ideológica que se puedan pensar y tener, de ahí
que, la política educativa carezca de fundamentos académicos
sistemáticos y previsibles frente a la realidad política contemporánea.
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