
La gestión de las escuelas
del siglo XXI exige estrategias coherentes de profesionalización
de la totalidad de los sistemas educativos
(El material de este artículo mantiene una línea
de reflexión que se corresponde con una línea de trabajo. Algunas
de estas propuestas han sido desarrolladas en diversas conferencias realizadas
con anterioridad)
Pilar
Pozner*
* Consultora de la Organización de los Estados Americanos
(OEA) y de Redes para la Organización y Administración Escolar
(REDES) de Argentina. Correo de la autora: pilarpozner@fibertel.com.ar
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¿Queremos
un mundo que cambie con nosotros,
sin nosotros, o contra nosotros? Michel Godet |
1. Contextos de cambios y
transformaciones que convocan a la educación
Los sistemas educativos contemporáneos se encuentran ante el desafío
de desarrollar capacidades y competencias que le posibiliten ofrecer a la sociedad
y a las personas una propuesta de formación significativa y apropiada
para enfrentar las demandas actuales y futuras a las que se están viendo
sometidos como resultado de profundas transformaciones económicas, tecnológicas,
sociales, culturales, políticas e ideológicas.
Este apartado tiene por finalidad recuperar, a
grandes rasgos, el escenario de cambios y transformaciones que convulsionan
al mundo, a sus mujeres y a sus hombres que se encuentran cotidianamente ante
sorpresas e incertidumbres: se viven épocas de innumerables cambios y
mudanzas. Reparar en este escenario es sustancial para comprender las demandas
y exigencias que las presentes transformaciones le reclaman a los sistemas educativos
que, por sí mismos, venían soportando ya una lenta y aguda crisis.
La revolución tecnológica que se
expande por el mundo en las últimas décadas ha traído aparejada
una profunda transformación en los procesos económicos y productivos,
en la organización social y en la concepción del mundo y de la
vida. Por ello, si bien la revolución tecnológica es, en última
instancia, un hecho económico, su impacto se extiende más allá
de las fronteras de los cambios productivos: esta revolución tecnológica
como lo fueran en su momento la Primera y Segunda Revoluciones Industriales
constituye un punto de inflexión y de ruptura, fundamentalmente, de tipo
social y cultural, que se impone con tal energía que trastoca a su vez
valores, instituciones y creencias de la vida personal y social.
Existe un amplio consenso en que se asiste a una
profunda transformación, de tal magnitud que hacen pensar en el inicio
de una nueva época; se está abriendo una etapa nueva de la historia
de la humanidad y resulta vital perfilar la actual situación y sus perspectivas
futuras, con miras a comprender el papel de la educación y, en especial,
de los sistemas educativos, ante los cambios que se experimentan en la vida
de los hombres y las mujeres. Señalaremos aquí sólo los
más relevantes, sin que la enunciación expuesta incluya jerarquización
alguna: un primer rasgo es el que se refiere a la velocidad con la que
se suceden los cambios; un dinamismo que abarca lo social, lo científico-tecnológico,
lo económico, y a sus relaciones; un segundo rasgo, es la globalización
de las actividades económicas y la feroz competencia que esto desata
entre las naciones para obtener más mercados; el tercer rasgo
a destacar es la complejidad de los contextos en los que se desenvuelven las
personas, como en los que se desarrollan las organizaciones tanto públicas
como privadas; el cuarto rasgo a señalar es el particular y creciente
papel que adquiere el conocimiento y la información con mayor base
científica en términos de la producción, el crecimiento
económico, y la generación de bienestar social; un quinto rasgo,
la heterogeneidad que produce este modelo a puntualizar; siendo a la vez, un
elemento que limita las posibilidades de desarrollo con equidad.
Este proceso de modernización e innovación
tecnológicas no ha avanzado hasta el momento de una manera unívoca,
generalizada y totalizadora, muy por el contrario: este proceso ha agudizado
las distancias entre los países más avanzados y los de menor desarrollo
relativo; ha demostrado hasta el presente poca capacidad de incorporación
de hombres y mujeres al sistema basado en el uso intensivo de conocimientos;
ha exacerbado y universalizado modos de exclusión social y pobreza; generando
una nueva división del trabajo donde se destacan aquellas economías
que demuestran ser altamente competitivas por introducir un elevado contenido
tecnológico conocimientos a su producción.
Se está fortaleciendo un modelo de hegemonía
económica basado en el conocimiento, que en lo social ha derivado en
la fragmentación y desarticulación de las sociedades, las naciones,
los sectores económicos, las regiones geográficas y los seres
humanos en general. Esta economía, basada en la competencia en un mercado
mundial, no puede sino derivar, en un espacio ocupado por ganadores y perdedores,
donde los primeros son quienes detentan el dominio del conocimiento y del poder.
Para América Latina esta coyuntura se suma
a tradicionales situaciones estructurales marcadas por la fragilidad de la democracia,
sus inestabilidades y rupturas, y lo que ello implica en la desarticulación
entre las instituciones, los actores y las políticas, y muy particularmente
en la fragilidad que le imprime a la socialización de los mismos actores
por la falta de continuidad institucional; situaciones históricas de
desigualdad en la distribución de la riqueza; crecimiento desigual entre
los sectores de mayor avance tecnológico, con otros de mano de obra intensiva,
y enormes contingentes y bolsones de población de excluidos de la producción
y el consumo más elemental. Así, se espera desde diferentes y
muchas veces antagónicos sectores, que el sistema educativo acometa un
doble propósito:
Formar para un nuevo perfil de competencias
en el que inteligencia-conocimiento-autonomía, sean ejes fundamentales
para enfrentar los requerimientos del nuevo mundo laboral, y;
Formar para el ejercicio de una ciudadanía
plena y sus valores.
En este escenario, el sistema educativo en general
y la escuela pública en particular viven el embate de estos cambios;
se les convoca a dar nuevas respuestas a las demandas inéditas, asignándosele
una alta prioridad para acompañar las actuales transformaciones económicas
con equidad y justicia sociales.
Y estos desafíos transcurren en un complejo
contexto de pauperización del oficio de enseñar, en condiciones
laborales deficientes, con escasos medios y recursos, y con políticas
económicas restrictivas de marcado acento en los resultados, escasa atención
por los procesos, los conocimientos instrumentales, y dejando postergado, en
último lugar, la formación del ciudadano.
De esta forma la escolaridad transita una coyuntura
en la que se precisa de ella, y, a la vez, se la analiza y cuestiona desde dentro
y desde fuera de ella; unos y otros coinciden: la escuela como organización
está en crisis. Demanda y crisis son dos realidades que desbordan a la
escuela. Hay que reconocer, asimismo, otros fenómenos que también
exceden o desbordan a la escuela en su capacidad por otorgar una respuesta adecuada
y pertinente. La sostenida expansión de la cobertura y ampliación
de los sistemas educativos. En términos cuantitativos, en 1990 un 90%
del grupo etario de 6 a 11 se encontraban matriculados, unos 73 millones de
niños; treinta años antes apenas se alcanzaba un 58% de la matriculación
para esas edades. No existe un avance homogéneo en toda la región;
subsisten diferencias entre los distintos países, entre los sectores
urbanos y los rurales; vastos sectores siguen en situación de exclusión
social en las ciudades y en el campo. Los progresos en materia educativa, de
todas formas, son importantes, hay un sostenido avance del alfabetismo; las
tasas de escolaridad primaria se ha duplicado; las de secundaria se cuadruplicaron
y las de superior se sextuplicaron. La matrícula se amplió de
manera no homogénea entre los diferentes niveles, y los sistemas crecieron
sin planificación previa, lo que implicó irracionalidad en el
asentamiento de la estructura física, falta de una política racional
y convocante de recursos humanos, incapacidad para atender con calidad esa cobertura,
etc.
La masividad supone una gran cantidad de estudiantes,
y la presencia de nuevas poblaciones estudiantiles que acceden al sistema educativo.
Esto tiene directa referencia al origen social de los nuevos estudiantes; ellos
provienen de otros tipos socioculturales, con distintas experiencias previas
tanto sociales como culturales. Frente a este mosaico diverso y heterogéneo
que presenta la población que demanda servicios educativos, la escuela
debe garantizar la generación de pluralidad de propuestas y de proyectos
de trabajo para los nuevos ingresantes; en el caso contrario, no se estaría
en condiciones de facilitar el acceso, la permanencia y la apropiación
de aprendizajes significativos y potentes para todos.
Históricamente, el sistema ha tenido cierta
incapacidad para integrar tanto en lo conceptual como en la práctica
escolar una multiplicidad de estrategias pedagógicas con potencia para
lograr aprendizajes para todos los sectores sociales. Ha sufrido, también,
una cierta limitación para generar en sus propios actores docentes, expectativas
positivas sobre el desempeño escolar de todos o al menos de muchos de
los estudiantes que asisten a la escuela.
Hoy día, en estos tiempos de grave crisis
social de la América Latina, la escuela se encuentra absolutamente bloqueada
por la condensación de ser la única agencia social con posibilidad
de atender a la población, y la única institución en la
que se concentra la mayor parte de las políticas sociales: alimentación,
programas compensatorios diversos, salud y la propia educación. Lo que
está llevando a disminuir el tiempo de trabajo pedagógico y escolar
de los docentes y a la saturación más extrema de la complejidad
de situaciones a las que tienen que atender, desatendiendo con ello, su función
de generar aprendizajes para todos los estudiantes.
2. Los nuevos tiempos de
las políticas
La nota más relevantes de la evolución de los sistemas educativos
desde los años 80 en la región americana es sin lugar a dudas,
el peso que se le ha adjudicado la escuela como organización.
Este reconocimiento se extiende también hacia nuevas concepciones de
la carrera y la profesionalización docente, a la identificación
de la escuela como objeto de análisis, al desarrollo de una gestión
y una pedagogía centrada en la escuela, y en tanto así, en un
espacio de generación de innovaciones y transformaciones educativas.
Sin duda, estos acercamientos han estado más
próximos cuando las lógicas de inspiración de la descentralización
y/o desconcentración estuvieron más cerca de planteamientos democrático-participativos
y de lógicas pedagógicas, que de otros planteamientos tecnocráticos
y economisistas (Filmus, 1997). Estos procesos no se realizaron sin contradicciones,
paradojas y ataduras, que se tratarán en el tercer y cuarto apartado.
Entre las cuestiones más destacables, por
su influencia en la toma de decisiones en educación, el estudio y la
formación de los docentes en América Latina, pueden mencionarse
sin orden jerárquico alguno distintos actores y diversos
aportes en contenido y modalidad.
En esta última década, el ámbito
educativo tuvo un amplio movimiento y desarrollo, a modo de ejemplo, pueden
mencionarse: en primer término, los eventos y esfuerzos relacionados
por los propios pasos por los organismos internacionales, por los bancos de
fomento, por organismos no gubernamentales o instituciones del sector sindical
docente; y por la difusión de textos producidos y difundidos en América
Latina, sobre temáticas educativas y gestión en el comienzo de
la década. En segundo término, no pueden dejar de incluirse aquí
las más relevantes y nuevas modalidades de concretar las políticas
educativas: los acuerdos nacionales, así como la sanción de leyes
nacionales de educación en varios países de la región:
A). Entre los aportes y consensos gestados en
reuniones de trabajo que dejaron su huella, sobresale en primer término:
La Conferencia Mundial "Educación para todos" realizada en Jomtien,
Tailandia, del 5 al 9 de marzo de 1990, que reuniera a ministros de educación,
funcionarios cercanos a la toma de decisiones, investigadores, y formadores
de todo el mundo. Tuvo la capacidad de gestar y liderar la búsqueda
de un nuevo compromiso y una nueva conciencia para atender las problemáticas
educativas, y el talento para ampliar la mirada sobre los mismos y de que
sus planteamientos fueran significativamente superadores de los análisis
anteriores y de las soluciones más conocidas. A partir de la adopción
del concepto Necesidades básicas de aprendizaje se abrieron
nuevos panoramas y perspectivas para generar y replantear las políticas
y las estrategias de la educación pública, replanteándose
los fines mismos de la educación, su capacidad para generar estrategias
diversas para llegar a toda la población, los planes de estudio, la
extensión de la escolaridad obligatoria hasta los 14 años tema
impensable en muchos países en desarrollo hasta ese momento y
la necesidad de apertura del sistema político para incorporar a la
sociedad civil al debate sobre la educación que se quiere, es decir
la búsqueda de consensos sociales y el abandono de las reformas educativas
aisladas socialmente y fragmentadas técnicamente. El tema de la necesidad
de formar competencias agregadas o complejas y no sólo capacidades
instrumentales simples queda instalada desde este evento.
En segundo término, se destacan las múltiples reuniones
de organismos internacionales, multilaterales, nacionales y reuniones de ministros
de educación que se realizaron en esta última década
y se constituyeron en espacios de impacto en la toma de decisiones en educación
a escala de las naciones, como las Cumbres de las Américas de
1994, 1998 y 2001, lideradas por la OEA, que impulsaron acuerdos y metas para
el fortalecimiento de la democracia, la realización del potencial humano
y el incentivo a la prosperidad, el reforzamiento de la gestión educativa
y la capacidad institucional, entre otros puntos tratados.
También entre estas reuniones, es destacable la V Reunión,
PROMEDLAC V, convocada por la UNESCO en Santiago de Chile en 1993. En
la misma, se llegó a la premisa de que los cambios socioeconómicos
abren la posibilidad de que la educación se convierta en el factor
clave para el desarrollo de América Latina, a partir de lo cual los
participantes de la reunión plantean la necesidad de ampliar la permanencia
de los estudiantes en la escuela, y, de aumentar la calidad, la eficiencia
y la equidad de los servicios prestados, propiciando la modernización
de los estilos de planificación y gestión para lograr una educación
de calidad abierta a los requerimientos de la sociedad; los procesos de descentralización
educativa; y una gestión responsable de las instituciones escolares,
la profesionalización de los educadores, considerando el relevante
papel que podrían desplegar los directivos escolares para construir
una educación de calidad. Y las reuniones Cumbres Iberoamericanas,
que de 1991 a 2001 se han realizando, con una amplia agenda pertinente para
reflexionar sobre las problemáticas de la región.
Por último, y sin ánimo de agotar esta sucinta enumeración,
conviene mencionar el texto Educación y conocimiento: eje de transformación
productiva con equidad (CEPAL-UNESCO, 1992) que tuvo una gran resonancia
y amplió el debate sobre las relaciones entre educación,
desarrollo y movilidad social.
B). Cabe consignar, asimismo, nuevas modalidades acuñadas para la construcción de políticas públicas en educación:
Algunos
ejemplos de ellos son los Acuerdos Nacionales Sectoriales, concretados
en materia educativa, que apuestan a superar las medidas aisladas de corto
plazo para atender con más eficacia las problemáticas ligadas
a la extensión de la cobertura y a la calidad de la educativa. Citaremos
algunos de esos acuerdos, suscritos en la última década: Costa
Rica, Congreso Pedagógico Nacional, 1990; Ecuador, Consulta Nacional
Educación Siglo XXI, 1992; Honduras, Primer Congreso Pedagógico
Nacional, 1992; México, Acuerdo Nacional para la Modernización
de la Escuela Básica, 1992; República Dominicana, Plan Decenal
de Educación, 1992; Brasil, Compromiso Nacional de Educación
para Todos, 1993; Honduras, Plan Nacional de Desarrollo Educativo, 1994-1997.
Los Acuerdos alcanzados demuestran resultados
de los más disímiles: hubo quienes se vieron satisfechos con
la aprobación de un texto de consenso; otros, en cambio, promovieron
reformas constitucionales y la sanción de leyes; la mayoría
ha coincidido en colocar en el centro del debate nacional a la temática
educativa, en congregar energías para renovarla y hasta concretar modalidades
y plazos para su implementación.
A su vez, se han promulgado en varias
naciones de América Leyes de educación, a saber: México,
Ley Nacional de Educación, 1993; Argentina, Ley Nacional de Educación,
1994; Colombia; Ley Nacional de Educación, 1994; Bolivia; Ley de Reforma
Educativa, 1994. Las mismas encaran de muy distinta manera los contenidos
y los procesos de implementación de las reformas.
Acuerdos y leyes han dejado una nueva realidad social: Ministerios de Educación de alcance nacional, muchas veces sin escuelas, debido a las políticas de descentralización, desconcentración y reestructuración que fueran realizados en forma drástica y veloz, pero que implicaron una sustantiva reestructuración de los niveles de los sistemas educativos.
3. Tendencias de las reformas
educativas en tiempos de políticas económicas recesivas
Asimismo, las reformas educativas encaradas en América Latina en
el último decenio, se caracterizan por tres rasgos fundamentales: reformas
impulsadas por la búsqueda de una rápida y eficiente reducción
del gasto en servicios públicos; reformas tendientes a generar una mayor
educación de los recursos humanos con vistas a lograr una mayor competitividad
de las economías nacionales en términos de sus actividades económicas
y; reformas impulsadas por criterios que procuran que la educación genere
mayor movilidad social y mayor equidad.
Sin precisar aquí un análisis exhaustivo
de estas tendencias, puede afirmarse que las reformas en marcha en la región
poseen de una u otra forma, componentes de cada uno de los rasgos mencionados
más arriba. En lo discursivo, todas recurren al compromiso con la equidad
y la justicia sociales; en sus implementaciones específicas, se encuentran
lógicas y prácticas que se centran en el impulso por el incremento
de la competitividad, por la reducción del gasto público y con
políticas económicas más que recesivas, poco propicias
para generar desarrollo y para auspiciar o sostener políticas educativas
inclusivas. Observadas desde el contenido de las propias reformas, el hecho
más auspicioso es que el otorgamiento a la educación de un
rol protagónico para generar una sociedad con otras competencias sociales,
laborales y personales, puso en el tapete nuevos temas y enfoques sobre el sistema
educativo.
En efecto, las reformas han puesto en el centro
del debate nuevos temas y preocupaciones en el sistema educativo. Puede identificarse
en toda América Latina una transformación sobre la necesidad de
cambiar las culturas de trabajo de los administradores y de quienes gestionan,
y de los propios docentes. Comienzan a plantearse algunas tendencias que es
necesario remarcar, entre las cuales pueden destacarse las siguientes:
a). Aparecen las cuestiones relacionadas con la
escuela como organización, con lo divorciados que han estado, hasta ahora,
lo pedagógico de lo organizativo. Esto ha llevado a reflexionar cómo
ha podido ser que a lo largo de cambios lentos, o veloces como los actuales,
la escuela como institución haya permanecido igual a sí misma
por más de un siglo. Se plantean reformas no sólo ligadas a cambiar
contenidos curriculares, a considerar técnicas didácticas o materiales
de trabajo, sino planteamientos de cambio ligados también a la necesidad
de revalorizar el espacio donde se concretan los aprendizajes, ese espacio que
se relaciona, a su vez, con los estudiantes y con la comunidad: la escuela o
el establecimiento escolar. Puede afirmarse que la escuela comienza a visualizarse
como una totalidad y que la misma, a pesar de todo, es concebida como el centro
de los sistemas.
Si bien la mayoría de las reformas educativas
en curso comienzan con una puesta al día de los planes y programas de
estudio, se da el reciclaje de los docentes en servicio por la extensión
de la obligatoriedad de la escolaridad de la enseñanza; es así
que las reformas de la enseñanza van lentamente incorporando, en un segundo
momento, las cuestiones ligadas a la gestión de los establecimientos
escolares. Términos como gestión de las instituciones educativas
y textos comienzan a circular en el mundo educativo. La gestión contribuye
a desplegar la comprensión y los niveles de intervención de los
docentes; comienza, lentamente, a analizarse el modelo burocrático de
administrar la educación y esto lleva muchas veces a comprender ataduras,
desganos, falta de expectativas. Si bien se relaciona gestión con un
cambio en el concepto mismo de conducción de las instituciones, no existe
un acuerdo aún sobre su pertinencia y utilidad, se le relaciona con el
mundo de las empresas productivas, se le desvaloriza, se le teme. Los planteles
comienzan a organizarse alrededor de proyectos, con diferentes denominaciones:
Proyecto Educativo Institucional, Proyecto de Centro, Proyecto
Pedagógico Institucional, etc. Se incorpora una lectura más
"informada" sobre lo que sucede en la escuela; comienza a situarse la acción
de enseñar, ya no es sólo la aplicación de contenidos teóricos
a una realidad y a unos estudiantes uniformes e idénticos. Actualmente
se incorporan los Planes de mejora (Pozner, 2003), que intensifican más
aún las posibilidad de trabajar en equipo, resolviendo problemas de aprendizaje
situados o circunscritos a cada institución. Hay una superación
del concepto de planificación; se incorpora una concepción de
planificación estratégica que le posibilita a los distintos actores,
mayor y mejor toma de decisiones y niveles de intervención.
Si bien se incorpora en el debate cotidiano de
lo educativo al "Proyecto", se registra, muchas veces, un cierto vaciamiento
del concepto; en su uso se comprueba que no se le vincula a la evolución
del sistema educativo, ni como herramienta para alcanzar una educación
de más y mejor calidad. No se percibe de manera generalizada, porque
esta modalidad de trabajo tendría la capacidad de exigir mayor profesionalismo,
y porque sin duda habrá de requerir mayor y "otra" formación.
b). Aparecen, asimismo, innovaciones ligadas a
aspectos de reordenamiento, que incluye la democratización en la toma
de decisiones; éstas son encaradas como cambios de descentralización,
desconcentración o reestructuración. Estas opciones, por otra,
parte aparecen muy ligadas a culturas sociales e históricas de cada ámbito
nacional. En comprobación de ello, pueden citarse las experiencias realizadas
en los estados de Paraná y Minas Gerais en Brasil; y las innovaciones
llevadas a cabo en los proyectos consolidados en gestión educativa y
escolar en México y en Argentina (ver bibliografía adjunta). Una
cierta autonomía es consensuada, pero son variados los problemas
relacionados con este concepto. Se observan resistencias, tanto en los organismos
centrales como en los enseñantes. Existe una gran confusión en
este asunto, al no poder asumirlo como un punto de partida, lo que implicaría
un proceso de democratización para poder lograr un punto de llegada.
Se asiste, asimismo, a la aparición, tímida aún, del concepto
equipos directivos de establecimientos públicos que le otorgarían
participación a los enseñantes, los estudiantes, los padres y
a las fuerzas vivas de la localidad.
La autonomía es vista aún como que
cada quien se arregle como pueda, y no como interdependiente entre los diferentes
niveles o subsistemas. Existen otros conceptos que empiezan a generar un lenguaje
más propicio para definir y trabajar en las nuevas realidades, tales
como: gestión escolar, gestión educativa, y el propio
concepto de gestión: "La gestión educativa puede
entenderse como la toma de decisiones y acciones desarrolladas por los gestores
que pilotean amplias organizaciones de escala macro, dan cuenta de las políticas
de talla nacional, de las decisiones como país". En tanto que la
gestión escolar: "se relaciona con la toma de decisiones en
el ámbito de las instituciones educativas tendientes a generar los resultados
de aprendizaje que se propusieron" (Pozner, 1995). El concepto de
Gestión lo tomamos de Gore (1999), que lo define como:
"un saber de síntesis que relaciona conocimiento y prácticas,
que vincula ética y eficacia, política y administración;
en procesos que apuntan al mejoramiento continuo de las prácticas educativas
incorporando aprendizajes por exploración y aprendizajes adaptativos".
c). El perfil profesional y educativo de los
inspectores o supervisores y directivos de la enseñanza
comienza a tenerse en cuenta, ya no son considerados como simples administradores.
Los directivos pasan a ser considerados más como actores educativos,
con un papel protagónico en las instituciones educativas, que como meros
administradores; se despliega su rol, se apunta a que puedan pilotear las escuelas
de una manera renovada. Cuando se realizan concursos para cubrir cargos de directivos,
aparece como una de las temáticas del mismo: nuevo rol directivo y
gestión escolar. Se habla de la calidad de los aprendizajes y se
les comienza a vincular con algunas variables institucionales de la escuela,
y no sólo con sector social al que pudieran pertenecer los niños
y jóvenes. Pero no deja de ser inquietante que tanto directivos como
inspectores por igual, continúan también con el ejercicio de una
gran cantidad de tareas administrativas, ocupándose, permanentemente,
de las urgencias más banales. Se desarrollan programas de formación
de supervisores y/o inspectores y directivos de la enseñanza, en varios
países de la región, con la intención de capacitarlos en
las nuevas temáticas.
En Argentina, Uruguay y México se realizan
actualmente cursos, y aunque estos aún son aislados, vinculados a la
urgencia de los procesos de reforma, puede afirmarse que estos programas poseen
una organización diferente a los tradicionales. Estos programas aún
no han sido institucionalizados o construidos con una cierta sistematicidad
o continuidad, y lo que es más grave aún, se circunscriben a periodos
presenciales generalmente cortos, sin seguimiento y monitoreo posterior. Sin
embargo, se les exige a unos y otros que rápidamente evolucionen en su
profesionalización: generando una nueva gestión en su establecimiento,
poniendo en marcha proyectos educativos institucionales, animando a los docentes
para constituir equipos pedagógicos, e incorporando una cultura de la
evaluación y de la medición de los aprendizajes. Los inspectores
de la enseñanza, si bien son convocados a participar de cursos de formación,
estos se realizan, muchas veces, sin que exista un consenso claro todavía
de sus nuevos roles, funciones y tareas. Hay esfuerzos aislados por redefinir
su perfil, sus herramientas de trabajo al interior de las instituciones que
se organizan con mayor autonomía alrededor de proyectos. En esta nueva
modalidad de organizar las instituciones educativas resta una gran tarea por
definir la entidad de las relaciones entre los inspectores, los directivos y
los enseñantes.
d). Comienza a considerarse que la enseñanza
puede dejar de ser una práctica aislada, solitaria y fragmentada
y también que la necesidad de integrar más a las instituciones,
estimulando el desarrollo de equipos de trabajo y de comunidades académicas
que puedan producir conocimiento sobre la posibilidad que tienen de producir
o no aprendizajes, en su institución, cuándo, cómo y por
qué. Puede decirse que los docentes, no la sociedad aún, comienzan
a visualizar aspectos de las prácticas educativas con una concepción
más amplia, y no sólo reducida a los actos didácticos.
La profesionalización docente en general, no sólo en el papel
de directivos y supervisores, es relacionada con la posibilidad de que los mismos
incorporen una mirada más amplia del hecho de enseñar y el desafío
de lograr aprendizajes para todos: la gestión global de los establecimientos
escolares.
Estos cambios y reformas no incorporan grandes
modificaciones en las condiciones del trabajo docente en lo referido a salarios,
evolución de la carrera docente, estímulos e incentivos, a los
tiempos consagrados en la preparación de sus clases o a la participación
en el trabajo colectivo en las actividades del proyecto. La formación
inicial no ha sido radicalmente reformada todavía, y puede afirmarse
que el gran postergado en las reformas educativas son los docentes que aún
no han sido incorporados, con todo su potencial, a conformar la sustentación
de los grandes cambios que se les exige. En este sentido, esta no ha sido una
década que haya considerado suficientemente la problemática de
las modificaciones sustantivas para la jerarquización y profesionalización
docente de forma integral y sustentable.
4. Lecciones aprendidas para
una agenda de trabajo pendiente
A pesar de los significativos avances que se expusieron más arriba, se
constatan brechas y tensiones entre los postulados y las implementaciones realizadas,
de ello hablaremos en este apartado, aún sin entrar aquí en un
profundo análisis de las mismas. Pueden mencionarse, por lo menos, algunas
cuestiones básicas que estarían aprisionando el despliegue
de la profesionalización de los diversos actores de los sistemas educativos.
Los propios procesos de transición, que van de los tradicionales sistemas
centralizados de administrar lo educativo a formas más flexibles y descentralizadas,
han mostrado puntos críticos que es menester mencionar, tanto
como lecciones aprendidas, sin dejar de realizar a su vez, algunas consideraciones
interpretativas y propositivas sobre lo ocurrido.
Sin duda que a la luz de lo expuesto más
arriba, se advierte en América Latina que se ha iniciado la revisión
de la disociación existente entre el funcionamiento pedagógico
y el funcionamiento organizativo de las instituciones educativas, que no deja
de mostrar inicios con retrocesos, políticas inconclusas, poco sistemáticas,
etc.; aunque en los últimos años resulta cada vez más frecuente
el tránsito del viejo paradigma burocrático que amparaba la administración
escolar hacia un nuevo paradigma más abierto, que va adquiriendo espacio
y predicamento en los procesos de reforma, que incorpora a la gestión
educativa y la gestión escolar como elementos prioritarios
de estos movimientos:
a). Falta aún reunir convicción
y coherencia entre las políticas económicas y las demandas que
los estados y la sociedad le reclaman al sistema educativo; economías
nacionales excluyentes no generan la mínima equidad requerida para que
los sistemas educativos puedan contribuir a producir historias escolares exitosas
para todos sus estudiantes, siendo que ahí es dónde podríamos
encontrar el valor agregado de cada institución escolar, a la hora de
dar cuenta de sus resultados educativos. Pero para ello, las escuelas tendrán
que poder ocuparse profesionalmente de ello y no quedar atrapadas en la urgencia
del asistencialismo. Al interior de los propios sistemas educativos habrá
que solventar las interrelaciones entre los ámbitos de los ministerios
nacionales, los ámbitos provinciales o regionales y los espacios de los
equipos locales que muchas veces son los propios planteles educativos; comprendiendo
realmente las necesidades intrínsecas de cada escala y no trasladando
lógicas externas al funcionamiento de las escuelas, que no hacen más
que producir desorientación y anomia cada vez mayores.
Si bien el desarrollo de los sistemas educativos
ha sido uno de las campos privilegiados de las acciones de los estados que se
han manifestado en los procesos de reforma, descentralización, desconcentración
e innovación, que han promovido el fortalecimiento de la gestión
escolar de las escuelas, puede constatarse en la región americana una
gran diversidad de situaciones y circuitos con los que se llevaron a cabo en
cada contexto nacional. Se observa que falta definir claramente las funciones
y roles de cada uno de los ámbitos, algunas veces en su formulación
explícita, pero mucho más en sus dinámicas cotidianas,
para que los centros educativos cuenten con la posibilidad de gestarse como
organizaciones eficientes, participativas comprometidas con el mejoramiento
continuo de los aprendizajes; falta afianzar así los grados de articulación
del sistema educativo.
Esto exige generar un enfoque integral de la
reconstrucción institucional de los sistemas educativos que logre afianzar
las administraciones de ámbitos central, regional y local, en culturas
de trabajo colaborativas, que vayan transitando del control al juicio discrecional
de los actores educativos con potencialidad de buscar entre todos la gobernabilidad
pedagógica. Una de las tareas básicas es la redefinición
articulada de competencias y funciones de los ámbitos central, regional
e intermedio, so pena de que ello conlleve a perder, por parte de los estados
nacionales, la gobernabilidad de un instrumento de democratización y
cohesión social como lo son las políticas educativas.
b). Se requiere desarrollar claridad y precisión
terminológica y conceptual sobre los nuevos campos y contenidos que se
han desarrollado en estos últimos años por los sistemas educativos.
No hay precisión en la utilización de conceptos diferentes como
gestión, gestión educativa, gestión escolar, autonomía
interdependiente, competencias clave, equipos directivos, entre otros; para
lograr esta gesta de dotar a los sistemas educativos de gobernabilidad política
y pedagógica.
c). Los procesos de formación que acompañan
a las reformas, no siempre contribuyen al cambio de paradigma y sus nuevas competencias,
ya que el sistema pareciera permanecer sordo a las demandas de generar profesionalización
del oficio de enseñar o de dirigir instituciones educativas. Si bien,
las actuales políticas educativas hacen referencia a la necesidad de
contar con docentes profesionales, éstas, no asumen, la mayoría
de las veces, que el cambio educativo para efectivizarse en transformación
educativa requiere de generar procesos de formación acordes y pertinentes,
de "otros" procesos de formación que tengan la capacidad de superar modalidades
consagradas y enraizadas. La aspiración de realizar los cambios educativos
en tiempos relativamente cortos y sólo con esfuerzos intensos, no siempre
coincide con la velocidad "humana y cultural" del propio cambio de los sujetos.
Los procesos de formación, en esta coyuntura, más que nunca, deben
asumirse como de largo plazo, y requerirán que los sistemas sean capaces
de movilizar una gran masa crítica de saberes para los distintos actores,
y con diversos soportes. Habrá que poner a disposición de los
directivos escolares, cursos y seminarios para formar sus competencias profesionales,
pero, acompañados de los materiales para liderar, a su vez, en su institución,
esos aprendizajes en una red continua de aprendizajes del colectivo docente.
Es preciso generar y distribuir generosamente esa masa crítica de saberes
en videos u otros soportes que ingresen a las instituciones para recuperar la
pasión por seguir aprendiendo a lo largo de toda la vida profesional
del docente.
d). Se observa escasa producción y transferencia
de recursos y materiales para el aprendizaje y la profesionalización
de las competencias de los actores de los diversos niveles del sistema, en el
marco de la gestión educativa y escolar. También se observa que
faltan suficientes espacios para la realización de foros para la transferencia
crítica de las experiencias realizadas con miras a acrecentar su calidad
y pertinencia para resolver los problemas específicos que se presentan
en cada país en particular. Se requiere, asimismo, incrementar las pasantías
de los equipos de los sistemas educativos en una búsqueda de que su permanente
"pensar y hacer de pie" pueda alimentarse con la reflexión y observación
de otras realidades similares o diferentes, pero que requerirán de poner
en acción su experiencia reflexiva que alimente la conciencia del ¿por
qué hago lo que hago?, ¿cuál es su sentido?, etc. La incorporación
de tecnologías informáticas que no siempre han sido creadas para
el público al cual se dirige, no resuelven los problemas profesionales
específicos que se tienen. Muchas veces las propuestas informáticas
no están articuladas con otros materiales adecuados, ni presentan los
grados de interacción que las subjetividad del sector docente requiere.
Pocas veces se considera, a su vez, que estas tecnologías sólo
se hallan más al alcance de los actores que residen en las principales
capitales de los países de la región y no en el interior de los
países. Esto no impugna su incorporación, pero se requiere repensarlas
con creatividad y diseño específico si se quiere lograr un alto
impacto en su acceso y formación. Se requieren actividades de capacitación
y perfeccionamiento en diversos soportes presenciales y a distancia
para los administradores educativos que se desempeñan en los altos cargos
directivos, para los funcionarios de rango intermedio, y para las administraciones
del ámbito provincial o regional.
e). El cambio de gestión de las instituciones
educativas puede ser un momento (tiempo-espacio) preciso y precioso para apuntalar
los procesos de profesionalización de las prácticas educativas
y sus actores: inspectores, directivos, docentes. Pero un riesgo esencial de
no considerar este conjunto de tensiones y sus implicaciones, es que estas lleven
a una banalización de la formación en gestión, al incluírselas
en el discurso, pero, que en la práctica no aparezcan jamás, con
lo que puede llegar a constituirse en un tema de moda en las reformas educativas.
Y, en tanto así, se corre el riesgo de que no llegue nunca a concretarse
como transformación educativa. Otro riesgo potencial es que se pueda
llegar a confundir alguna de las actuales implementaciones relacionadas con
temas de gestión institucional, con la falta de necesidad de asumir transformaciones
educativas alrededor de estas problemáticas. Por último, la suma
de tensiones y contradicciones de las reformas educativas pueden derivar en
la desactivación de la potencialidad y la voluntad de seguir pensando
y aportando a la reflexión sobre: ¿qué escuela queremos?,
¿cuál es necesaria de construir?, ¿para quiénes?, ¿con
qué finalidades? Resultaría altamente peligroso continuar concibiendo
acciones y consensos sobre la necesidad imperiosa de transformar la educación,
si al mismo tiempo los sistemas de formación permanecen prácticamente
intactos desde su creación. Si bien se requieren profesionales de
la enseñanza, aún a los formados recientemente se les ha instruido
para continuar siendo obedientes educadores de la vieja usanza. En este sentido,
es necesario avanzar y explicitar algunos principios y premisas que no deberían
soslayarse en los procesos de formación que apuntan a formar a profesionales
de la educación, y muy particularmente la formación de los cuadros
medios y directivos de la enseñanza. Como derivación de lo expuesto
más arriba, esta coyuntura necesita precisar los espacios y los procesos
de formación en gestión; es en función de esta línea
de reflexión que resulta pertinente construir un encuadre que valore
entre otros elementos, los siguientes:
f). Los actuales cambios paradigmáticos
exigen incorporar y comunicar reglas de juego claras y reconocidas por la totalidad
de la comunidad académica y de la comunidad escolar. Estos cambios requieren
de transformaciones legales y normativas que posibiliten las mudanzas organizacionales
y de estructuras que se pregonan y demandan. Lo organizacional, así,
podría dejar de ser un objeto histórico, algo dado e inamovible
como estatua mítica e infalible, para convertirse en el punto nodal del
cambio, al reconsiderar entre otros aspectos: fines, propósitos, contenidos,
agrupamientos, tiempo y espacio de la escolaridad. A su vez, este esfuerzo por
el cambio exige construir espacios y tiempos de formación en gestión
que posibiliten articular nuevos saberes, actitudes y aptitudes que hagan posible
llevar adelante una gestión educativa de calidad y, a su vez, que contemplen
tiempos, continuidad y monitoreo, con capacidad para estimular el inicio de
posibles innovaciones educativas, potenciarlas y acompañarlas a buen
puerto. De lo contrario, iniciar proyectos que se desmoronan ante el primer
obstáculo lo único que construirá es mayor resistencia
a los cambios educativos. Los procesos de formación en gestión
deberían incluir como desafío superar la cultura del individualismo
que impide gestar reales comunidades académicas alrededor de los proyectos
institucionales, un cambio significativo en la profesionalización será
imposible que tenga éxito, si no se presta también una atención
respetable al desarrollo del profesorado y a los principios del juicio y de
la autonomía profesional que se inscriben en ese proceso.
Por último, si estas comunidades académicas
no asumen como eje primordial de su trabajo el mejorar los aprendizajes de todos
los estudiantes de esa escuela, no podrá, legítimamente, acumular
conocimiento sobre la enseñanza y generar así una real acumulación
de conocimiento sobre la docencia, que genere profesionalización y nuevas
identidades profesionales.
g). Para lograr el desarrollo de comunidades de
aprendizaje académicas en los establecimientos escolares será
preciso contar con directivos capaces de impulsar intencionalidades compartidas
en los equipos de trabajo, y además, se constituyan en los catalizadores
fundamentales de los proyectos institucionales. Las instituciones educativas,
en su renovada modalidad de trabajo por proyectos institucionales y equipos
de trabajo federados alrededor de generar aprendizajes para todos los estudiantes
de la institución, precisarán de asesores e impulsores de los
proyectos, procesos e innovaciones: para ello será preciso formar a los
inspectores de la enseñanza en las nuevas competencias que requieren
los nuevos puestos.
h). Generar dispositivos de profesionalización
para los actores del sistema educativo que aborden y articulen distintas estrategias
que contribuyan a generar un amplio abanico de saberes y competencias posibles
de ser trasladadas a los centros de trabajo. Una propuesta sistemática
de trabajo con un cuerpo de conocimientos teóricos, adecuados a los nuevos
requerimientos de los centros educativos, exige que a su vez recupere los conocimientos
y problemáticas que provienen de la práctica y de los obstáculos
cotidianos. Y que esta propuesta sea coherente entre las competencias y saberes
que la realidad le exige a los actores en sus prácticas y los contenidos
del propio curso. La profesionalización requiere que se parta de los
conocimientos previos o disponibles del personal en formación, de tal
manera que se puedan construir recorridos de formación significativos
y enriquecedores.
Asumir a los participantes como depositarios de
una gran experiencia, considerándolos como productores de conocimientos
y no sólo consumidores de informaciones teóricas muchas veces
inadecuadas para el trabajo en el seno de las instituciones o estratos del sistema.
Esto exige un serio esfuerzo por salir de lo anecdótico, romper con las
lecturas simplistas y estereotipadas, quebrar el inmovilismo burocrático
y pragmático, para que se puedan concebir acciones "pensadas" y con "proyecto"
en las instituciones escolares; en definitiva, generar una ruptura con cierto
conocimiento de "sentido común" y generar el desarrollo de un pensamiento
objetivado a través del ejercicio de una práctica teórica
y reflexiva. Renovar los modelos de profesionalización de los distintos
actores de la red educativa incorporando modalidades y tecnologías de
trabajo a distancia, innovadoras y con potencia para llegar a toda la población
susceptible de ser formada.
Esto supone superar, asimismo, las prácticas
de cursos aislados y llegar a originar una continuidad de formación que
vaya perfilando y comunicando una nueva carrera pedagógica para docentes,
directivos y supervisores, gestores, en lo referido tanto a la formación
inicial como a la formación continua. Este continuo de formación
necesitará de la creación de espacios de formación que
superen la capacitación por individuos aislados, y que estimulen aprendizajes
en equipos de trabajo, favoreciendo los intercambios horizontales, la deliberación
entre colegas, los espacios de simulación de innovaciones, de observación
mutua, los intercambios y las estadías de trabajo y estudio.
Asimismo, la responsabilidad que nos impone este
punto de inflexión de los sistemas educativos exige, a su vez, ser extremadamente
claros, considerar los requisitos para apuntar hacia una cultura profesional
de los funcionarios públicos de los sistemas educativos; requiere, asimismo,
no pensar que los espacios de formación pueden con todo el esfuerzo a
realizar. Se requiere de considerar otras dimensiones de la búsqueda
de la profesionalidad y la valorización del ser docente maestro,
profesor, directivos, inspector, gestor. Es preciso considerar los sistemas
de incentivos, de salarios, las condiciones de trabajo y de la carrera profesional.
El desafío de potenciar nuevas identidades y cuadros profesionales
impone superar la racionalidad instrumental con la que tradicionalmente se realizaron
las reformas educativas y ampliar la mirada para construir medidas menos aisladas
y más holísticas que apunten a elevar la calidad de la enseñanza.
5. A modo de cierre: seis
prioridades estratégicas insoslayables
Todo proceso de descentralización que profundice modalidades de gestión
y la profesionalización de los actores de los sistemas educativos, exige
redistribuir capacidades y responsabilidades para organizar el funcionamiento
de los sistemas educativos en el futuro, para ello, es posible identificar grandes
prioridades de carácter estratégico para la transformación
de los mismos en el contexto de los desafíos aludidos a lo largo de este
texto.
Se trata de seis núcleos de decisión
estratégicos para orientar la compleja tarea de conducción
de un sistema educativo. Las modalidades e instrumentos específicos a
través de los cuales se puedan poner en práctica estas prioridades,
dependerán de cada situación específica, en la línea
de trabajo que venimos afirmando desde hace tiempo. (Pozner, 2000).
La necesidad de invertir sistemáticamente
y con criterio en la formación de recursos humanos, es la primera
de ellas. El futuro de las organizaciones, y en particular de la educación,
dependerá de su capacidad para formar adecuadamente a sus plantillas,
tanto docentes como administrativas. Es necesario contar con instrumentos eficaces
que garanticen la actualización permanente de esos recursos humanos y
su contacto con los cambios en el mundo del conocimiento y la tecnología.
El sistema educativo, que trabaja con el conocimiento, no puede quedar al margen
de los cambios que en él se producen. Pero, además de formación
y actualización permanente, contar con recursos humanos de calidad implica
una profunda revisión de los sistemas de selección y promoción
vigentes en la educación. En particular, parece necesario sustituir los
viejos sistemas de selección de cuadros basados en antigüedad y
exhibición de certificados de inescrutable valor, por sistemas de selección
y promoción basados en la demostración de competencias profesionales.
La segunda es multiplicar y potenciar
las instancias de encuentro e intercambio horizontal dentro del sistema.
Complementar la comunicación exclusivamente vertical con redes y equipos
de trabajo que involucren a diverso tipo de actores: escuelas con problemáticas
similares que se reúnan a compartir sus diagnósticos y experiencias;
encuentros de trabajo de directivos y supervisores de una región; instancias
de trabajo colectivo de los docentes que pertenecen a un mismo plantel. Es preciso
romper la tradición del ejercicio profesional exclusivamente individual
y comenzar a gestar un nuevo concepto y una nueva práctica de profesionalismo
colectivo.
En tercer término, es preciso
reinstaurar los liderazgos en los múltiples niveles del sistema.
El trabajo en equipo no garantiza la productividad y la gestación de
nuevas propuestas si no existe orientación, visión de futuro y
capacidad de aterrizar las ideas en proyectos realizables. Si no existe clara
capacidad de liderazgo en todos y cada uno de los distintos niveles del sistema,
difícilmente la autonomía y el trabajo en equipo darán
los frutos esperados.
Las escuelas requieren garantías de que
tanto sus directivos y supervisores como también sus docentes sean formados
sistemáticas en contenidos y competencias que conjuntamente con la reflexión
sobre sus experiencias, tengan la potencia de hacer frente a las complejas problemáticas
a las que tienen que dar respuestas cotidianamente, incorporando una lectura
del mediano y largo plazo, y no exigidas por la urgencia de lo inmediato. A
no ser que nos responsabilicemos todos los que trabajamos en el sistema educativo
de que hemos abandonado un proyecto integral de país, con todo lo que
ello implica.
La cuarta, muy relacionada con la
anterior, se refiere al trabajo que es necesario desarrollar para aumentar
la capacidad de decisión a nivel local. Las unidades principales
de los sistemas educativos, los planteles, deben contar con una efectiva autonomía
para la toma de decisiones, sobre un rango más amplio de aspectos y emprender
proyectos con autonomía, flexibilidad y responsabilidad. Las cuatro prioridades
ya mencionadas, requieren de múltiples y variados sistemas de formación
y profesionalización de las plantillas que conforman los sistemas educativos
de la región, reconociendo sus historias, sus avances y las problemáticas
que tiene que resolver.
La quinta prioridad, es crear múltiples
sistemas de información para las escuelas que propicien la distribución
a cada plantel de más conocimientos sobre la propia institución
y su contexto, que propicie a su vez una mayor responsabilidad institucional
por los resultados de aprendizaje que logran, así como crear mecanismos
de evaluación coherentes con la información que las propias escuelas
requieren para comprometerse en procesos de mejora continua.
El funcionamiento de un sistema más descentralizado,
en el que diferentes instancias tengan mayores poderes de decisión e
iniciativa, requiere de la existencia de un conjunto de instrumentos o procedimientos
de control social y de evaluación de los resultados de la diversidad
de proyectos y gestiones. De lo contrario nos arriesgamos a que la diversidad
de propuestas implique mayor segmentación e inequidad en el servicio
educativo. No se debe sacralizar la autonomía y suponer a priori
que todo proyecto, por el mero hecho de haber sido elaborado a escala local,
automáticamente será pertinente y permitirá mejorar la
calidad de la educación que se brinda. Es necesario pues que existan
múltiples mecanismos de evaluación de resultados, de evaluación
de proyectos, y de circulación de información al respecto, que
dé una gran transparencia a la labor educativa.
La sexta prioridad, esta ligada a la necesidad
de diseñar, recrear otros y nuevos modos de articulación del
sistema educativo con el entorno, que generen más articulación
y consenso. Crear nuevas instancias de participación de padres, establecer
nexos con organizaciones de la comunidad que puedan colaborar con la labor educativa,
crear espacios en los que se puedan escuchar las necesidades y demandas de las
familias, los trabajadores, las universidades, que tengan en relación
con lo que el sistema educativo aporta a la sociedad. Se trata de crear puentes
de articulación con el entorno en todas las instancias y escalones del
propio sistema educativo, de modo que sea sensible y capaz de registrar las
señales culturales, sociales, políticas, económicas, emitidas
por los ciudadanos y procesar las respuestas adecuadas en un clima de participación
y de construcción de consensos.
Así, en la actualidad uno de los primordiales
dilemas a los que se enfrentan los sistemas educativos en lo referido a la gestión
educativa y la gestión escolar, es saber si serán capaces de lograr
la profesionalización de los actores de los mismos; puede sintetizarse
en la siguiente pregunta, que es a su vez una convocatoria a trabajar en su
resolución: ¿existe efectivamente una transición hacia
nuevas culturas profesionales o el conocido pasado fagocitará todo intento
de devolverle al sector docente en sentido amplio su poder
epistémico y político?
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