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el
cazador de luz
rubén
bonet*
* escritor y artista visual. autor de los libros de
narrativa amebas y logaritmos y sin título. sin nada.
participa en la compilación me ves y sufres, de reciente
aparición. ha participado en colectivas e individuales de pintura,
fotografía e instalación. principal instigador de la fundación
"adopte a un escritor". Correo del autor: adopteaunescritor@yahoo.com
uno
de los factores que hace de la fotografía un acto altamente poético
es el método para captar lo sublime, para arrancarle a la realidad
sus significados ocultos.
como cazadores de la nada o del absoluto
tanto el fotógrafo como el poeta escudriñan la vida aguardando
ese segundo en el que se detona una explosión de la realidad manifestándose
a los ojos de nuestra consciencia, de nuestra percepción, como
un momento de lucidez donde ciertos secretos se revelan.
lo mismo ocurre en los retratos que hace
manuel ramírez, donde merced a la magia de la luz y más
allá de los rostros retratados encontramos una radiografía
del alma y la de una historia perdida (en ese instante felizmente reencontrada).
con la mirada de un ojo observador y atento,
y la persistencia del buen cazador de imágenes, ramírez
recoge el fruto de sus pesquisas y deambulajes en estos oficios; ensayo
imprescindible, por otra parte, para acercarnos a la identidad de una
comunidad majestuosa y remota, representantes de la cultura wixarica,
asentada en San Miguel Huaixtita en la sierra de Jalisco, lugar que el
artista conoce bien por llevar a cabo desde hace varios años talleres
de pintura con gente del lugar. talleres que ha dado resultados excelentes,
por cierto.
en ese ámbito de la familiaridad
que da el no ser un desconocido y sí un personaje querido por la
comunidad, el fotógrafo y también pintor se encarga de "robarles
el alma" en instantáneas de escenas cotidianas: en la escuela,
en el campo, bordando sus magníficas telas... o cuando logra que
posen para él, para ofrecer a nuestros ojos un desfile de bellos
retratos, una galería de rostros bellos y adustos, que denotan
profundidad y orgullo de raza. una raza aguerrida e independiente que
por mantener autonomía y costumbres ha quedado al margen del progreso
y de los planes sexenales de desarrollo: la triste realidad de la mayoría
de las comunidades aisladas.
como cazador el fotógrafo conoce
bien a su presa: la combinación de situación y luz adecuadas.
y en esto último, el manejo de la luz, manuel ramírez demuestra
ser todo un experto, todo un poeta que conoce como la palma de la mano
la herramienta de su escritura: la luz.
Nota
de los editores: la omisión
de mayúsculas, en este texto, es deliberada. Se ha respetado el
estilo del autor.
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Manuel
Ramírez, pintor
Paulino
Nivón Velásquez*
* Licenciado en Espaņol por la
Escuela Normal Superior de Jalisco (ENSJ). Correo del autor: paunivon@hotmail.com
Creación
y recreación son líneas paralelas en la obra de Manuel Ramírez.
Creación porque es un inventor de una suerte de abecedario fabuloso,
propio y elemental en el que las plantas y los animales protagonizan las
escenas de sus pictogramas; en ellos cobran voz y pasan a ser los ejecutantes
de un rito ancestral y mitológico. Recreación, porque Manuel
es el tlacuilo, el traductor, el intérprete y por ende el guía
que nos acompaña en un viaje al interior de ese mito-realidad de
nuestras culturas indígenas.
Pero el pintor no se queda expectante, con
audacia propone las claves para decodificar y entender la simbología
de la cual es portavoz. Más todavía, nos invita a hablar
el mismo lenguaje, a interactuar con los colores, las texturas y los soportes
que conforman, integradas, su obra plástica.
Porque Manuel es también susceptible
al asombro, sorprende y se sorprende con sus hallazgos, es el eterno aprendiz
que enseña, que construye con los demás, que rescata tradiciones
pictóricas olvidadas, que se nutre con la savia de nuestro indianismo
americanista, que universaliza. Es el viajero que lleva y trae, el embajador,
el itinerante, el saltimbanqui.
Otra faceta en la obra de Manuel Ramírez
es la búsqueda, que no se agota, por cierto, en lo cromático,
aunque nos entregue mil verdes en un solo cuadro cuyo tema es un modesto
chapulín. No se agota en los papeles que crea, con sus manos, a
partir de fibras naturales que pasan a formar parte de la obra; no bien
termina de ensayar las posibilidades de la copra del coco, cuando ya prueba
el bagazo de la caña de azúcar o las fibras del maguey.
No se agota en las técnicas ni en los recursos expresivos: serigrafía,
grabado, fotografía y dibujo también le son familiares;
las mezcla, las decanta, las sublima. Por eso, aunque estamos frente a
un pintor maduro y hecho, siempre será un artista joven.
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Manuel Ramírez Martínez (1959)
nació en Santa María del Valle, Jalisco. Ha realizado numerosas
exposiciones individuales y colectivas desde 1983, tanto en México
como en el extranjero. Ha sido ganador de importantes premios y distinciones
entre los que destacan: un Primer Lugar en la categoría Pintura
en el "Salón de Octubre" del Instituto Cultural Cabañas
(Guadalajara, Jal., 1990); y el haber sido seleccionado dos veces en el
"Concurso Nacional de Arte Joven" de Aguascalientes, Ags., en
1987 y 1994. Obra suya ha pasado a formar parte de las colecciones permanentes
de importantes museos e instituciones culturales, como: Museo del Chopo
(México, DF); Escuela de Artes Oficios (Granada, España);
Museo de Arte Assis Chateaubriand (Campina Grande, Paraiba, Brasil), y
Museo de Arte de Araia (Alava, España). |
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