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Manuel Ramírez: pintor y fotógrafo de la vida

El pintor y fotógrafo Manuel Ramírez abre la portada del número 18 de la tarea, nos ofrece un excelente acrílico sobre tela de gran formato, titulado: "El poeta de la tierra". Presentado a colores, nos permite apreciar en todo su esplendor la calidad y factura de una obra plástica que ha llegado a su plenitud. Dos breves artículos enmarcan la obra de nuestro huesped honorario, en ellos se reseñan dos vertientes de su basto quehacer creativo: la fotografía y la pintura. Pero, más allá de lo que pueda decirse con palabras, hacemos desde aquí una invitación para adentrarnos en su obra a través de la vista.
     Presentamos a lo largo de las páginas de nuestra edición impresa, sólo que en blanco y negro, algunas piezas representativas de su más reciente producción, tanto fotográfica como pictórica. De esta última faceta (Manuel Ramírez, pintor) ofrecemos, en nuestra edición electrónica, una pequeña Galería, esa sí a todo color, para que nuestros lectores interesados puedan acercarse a un mejor conocimiento y disfrute de su obra; se ofrece, también, como un reconocimiento a su talento y su gran disposición para colaborar con este proyecto editorial.

el cazador de luz

rubén bonet*
* escritor y artista visual. autor de los libros de narrativa amebas y logaritmos y sin título. sin nada. participa en la compilación me ves y sufres, de reciente aparición. ha participado en colectivas e individuales de pintura, fotografía e instalación. principal instigador de la fundación "adopte a un escritor". Correo del autor: adopteaunescritor@yahoo.com

uno de los factores que hace de la fotografía un acto altamente poético es el método para captar lo sublime, para arrancarle a la realidad sus significados ocultos.
     como cazadores de la nada –o del absoluto– tanto el fotógrafo como el poeta escudriñan la vida aguardando ese segundo en el que se detona una explosión de la realidad manifestándose a los ojos de nuestra consciencia, de nuestra percepción, como un momento de lucidez donde ciertos secretos se revelan.
     lo mismo ocurre en los retratos que hace manuel ramírez, donde merced a la magia de la luz y más allá de los rostros retratados encontramos una radiografía del alma y la de una historia perdida (en ese instante felizmente reencontrada).
     con la mirada de un ojo observador y atento, y la persistencia del buen cazador de imágenes, ramírez recoge el fruto de sus pesquisas y deambulajes en estos oficios; ensayo imprescindible, por otra parte, para acercarnos a la identidad de una comunidad majestuosa y remota, representantes de la cultura wixarica, asentada en San Miguel Huaixtita en la sierra de Jalisco, lugar que el artista conoce bien por llevar a cabo desde hace varios años talleres de pintura con gente del lugar. talleres que ha dado resultados excelentes, por cierto.
     en ese ámbito de la familiaridad que da el no ser un desconocido y sí un personaje querido por la comunidad, el fotógrafo y también pintor se encarga de "robarles el alma" en instantáneas de escenas cotidianas: en la escuela, en el campo, bordando sus magníficas telas... o cuando logra que posen para él, para ofrecer a nuestros ojos un desfile de bellos retratos, una galería de rostros bellos y adustos, que denotan profundidad y orgullo de raza. una raza aguerrida e independiente que por mantener autonomía y costumbres ha quedado al margen del progreso y de los planes sexenales de desarrollo: la triste realidad de la mayoría de las comunidades aisladas.
     como cazador el fotógrafo conoce bien a su presa: la combinación de situación y luz adecuadas. y en esto último, el manejo de la luz, manuel ramírez demuestra ser todo un experto, todo un poeta que conoce como la palma de la mano la herramienta de su escritura: la luz.


Nota de los editores: la omisión de mayúsculas, en este texto, es deliberada. Se ha respetado el estilo del autor.

Manuel Ramírez, pintor

Paulino Nivón Velásquez*
* Licenciado en Espaņol por la Escuela Normal Superior de Jalisco (ENSJ). Correo del autor: paunivon@hotmail.com

Creación y recreación son líneas paralelas en la obra de Manuel Ramírez. Creación porque es un inventor de una suerte de abecedario fabuloso, propio y elemental en el que las plantas y los animales protagonizan las escenas de sus pictogramas; en ellos cobran voz y pasan a ser los ejecutantes de un rito ancestral y mitológico. Recreación, porque Manuel es el tlacuilo, el traductor, el intérprete y por ende el guía que nos acompaña en un viaje al interior de ese mito-realidad de nuestras culturas indígenas.
     Pero el pintor no se queda expectante, con audacia propone las claves para decodificar y entender la simbología de la cual es portavoz. Más todavía, nos invita a hablar el mismo lenguaje, a interactuar con los colores, las texturas y los soportes que conforman, integradas, su obra plástica.
     Porque Manuel es también susceptible al asombro, sorprende y se sorprende con sus hallazgos, es el eterno aprendiz que enseña, que construye con los demás, que rescata tradiciones pictóricas olvidadas, que se nutre con la savia de nuestro indianismo americanista, que universaliza. Es el viajero que lleva y trae, el embajador, el itinerante, el saltimbanqui.
     Otra faceta en la obra de Manuel Ramírez es la búsqueda, que no se agota, por cierto, en lo cromático, aunque nos entregue mil verdes en un solo cuadro cuyo tema es un modesto chapulín. No se agota en los papeles que crea, con sus manos, a partir de fibras naturales que pasan a formar parte de la obra; no bien termina de ensayar las posibilidades de la copra del coco, cuando ya prueba el bagazo de la caña de azúcar o las fibras del maguey. No se agota en las técnicas ni en los recursos expresivos: serigrafía, grabado, fotografía y dibujo también le son familiares; las mezcla, las decanta, las sublima. Por eso, aunque estamos frente a un pintor maduro y hecho, siempre será un artista joven.

Manuel Ramírez Martínez (1959) nació en Santa María del Valle, Jalisco. Ha realizado numerosas exposiciones individuales y colectivas desde 1983, tanto en México como en el extranjero. Ha sido ganador de importantes premios y distinciones entre los que destacan: un Primer Lugar en la categoría Pintura en el "Salón de Octubre" del Instituto Cultural Cabañas (Guadalajara, Jal., 1990); y el haber sido seleccionado dos veces en el "Concurso Nacional de Arte Joven" de Aguascalientes, Ags., en 1987 y 1994. Obra suya ha pasado a formar parte de las colecciones permanentes de importantes museos e instituciones culturales, como: Museo del Chopo (México, DF); Escuela de Artes Oficios (Granada, España); Museo de Arte Assis Chateaubriand (Campina Grande, Paraiba, Brasil), y Museo de Arte de Araia (Alava, España).